Yo solo quería una taza de café
Yo solo quería una taza de café
Ayer fui a la cocina por un poco de café, nada más que eso, una simple tacita de café, algo sencillo, de todos los días, pero bastó ver que uno de los cables de la cafetera estaba microscópicamente dañado para que todos mis pensamientos se desviaran con una rapidez realmente difícil de comprender, porque en ese preciso instante el café dejó de existir en mis pensamientos y fue reemplazado por algo totalmente diferente.
En el lugar que ocupaba el café aparecieron unas ideas que la corteza prefrontal adoptó con una seriedad desproporcionada, como si estuviera evitando una tragedia. De modo que fui a buscar a la bodega un rollo de cinta adhesiva, convencido de que estaba resolviendo algo de vital trascendencia, como si estuviera a punto de corregir una pequeña falla en la arquitectura del universo, una ley menor pero imprescindible que, de no ajustarse a tiempo, acabaría por desordenarlo todo en el cosmos: primero de forma casi invisible, luego con desajustes que comenzarían a propagarse sin control, hasta terminar alterando la órbita de algún planeta menor, el comportamiento de las mareas y de los astros, y, en un escenario perfectamente plausible, incluso cosas tan delicadas como intentar servirme un café sin provocar una catástrofe. Lo que nunca imaginé es que acababa de abrir una puerta que no iba a conseguir cerrar con facilidad.
En la bodega, ese territorio confuso y salvaje donde los objetos envejecen sin ningún propósito definido y se extravían con una facilidad casi ofensiva, desapareciendo justo cuando uno empieza a necesitarlos, encontré un alicate herrumbrado. Ahí apareció esa trampa psicológica en la que uno queda convencido de que no puede avanzar con la tarea principal sin antes resolver una secundaria que nadie solicitó, como si existiera una jerarquía secreta que exige cierto decoro en las herramientas antes de autorizar su uso. Así que decidí aplicarle aceite en aerosol, no porque fuera necesario, sino porque el cerebro recompensa ese tipo de pequeñísimas decisiones con una descarga sutil de satisfacción, esa dopamina discreta que no distingue entre lo útil y lo irrelevante. Y, por supuesto, el aerosol decidió dejar una inmensa firma estampada en mi camisa: una garrafal mancha oscura que en ese instante reconfiguró todas las prioridades, desplazando el cable, el café y cualquier vestigio de lógica. Porque si algo caracteriza a la mente humana es su capacidad de abandonar lo importante en cuanto aparece algo que parece urgente, aunque no tenga la menor importancia o, como en este caso, una más de las frecuentes zancadillas de mi insólito cerebro.
Fui entonces a buscar algo para limpiar la mancha y, en el trayecto, noté un vaso fuera de lugar en el fregadero; lo acomodé, lo cual me llevó a ver los platos, y lavé uno, solamente uno, bueno… dos, porque incluso en el caos hay principios éticos que uno decide respetar. Pero esos dos platos activaron una cadena de asociaciones que no respondieron a ninguna lógica consciente, como si el cerebro hubiera decidido que, ya que estaba ahí, debía intervenir en todo lo que se cruzara en su campo visual. Así, la casa empezó a transformarse en un desorden disperso, inconcluso, casi salvaje, difícil de explicar, con objetos desplazados, tareas iniciadas y abandonadas, pequeñas huellas de intención que nunca llegaron a completarse y que terminaron por convertirse en una especie de museo del esfuerzo inútil que, visto desde afuera, comenzaba peligrosamente a parecer arte contemporáneo, con una disposición tan arbitraria que habría dejado a Salvador Dalí tomando notas y preguntándose si no se le había olvidado pintar algo.
En algún punto, mientras yo transitaba ese recorrido sin una dirección establecida, me encontré a mi esposa observando la escena con esa expresión que no era exactamente un enojo abierto ni una sorpresa inesperada, sino algo más complejo, una mezcla difícil de clasificar, a medio camino entre la incredulidad, el disgusto dominado y la sospecha razonable de que lo que tenía enfrente no podía explicarse del todo con argumentos lógicos, porque, después de todo, le había desordenado casi toda la casa. Refunfuñaba, con razón, mientras yo, completamente ajeno a la dimensión externa del desastre, comenzaba a buscar mis anteojos con una convicción que solo podía explicarse por una desconexión momentánea entre la percepción y la realidad. Revisé mesas, cajones, sitios improbables, lugares donde jamás los habría dejado, incluso me fijé en las partes más profundas del refrigerador, lo cual, en retrospectiva, tenía una justificación bastante seria: porque ya en una ocasión, durante una noche de sed, me había levantado de la cama en la madrugada a buscar un poco de agua y había regresado con una empanada de queso, una bolsa de papas tostadas y una guayaba enorme, aparentemente sin mis anteojos, que al día siguiente, después de horas de búsqueda infructuosa, mi esposa los encontró adentro de la nevera, encima de la bolsa con empanadas; lo cual confirmaba dos cosas: que mi criterio nocturno era sumamente discutible y que, en circunstancias específicas, el refrigerador sí entraba dentro del rango de posibilidades razonables.
Pasó casi una hora antes de que la realidad del extravío de mis anteojos, siempre sencilla y siempre humillante, se impusiera: ¡los tenía puestos! En ese instante se produjo un silencio interno difícil de describir, una pausa en la que el cerebro intentó reconstruir la secuencia de eventos sin lograr encontrar un punto claro de origen, como si toda la cadena hubiera sido inevitable desde el primer segundo. Regresé entonces a la cocina con la intención de terminar, de una vez, lo que en teoría había sido el propósito original de toda aquella odisea: preparar una simple taza de café, y ahí estaba la cafetera: intacta, con su problema inicial; sin haber sido intervenida; sin café. La camisa seguía manchada; la casa, desordenada; y yo, con una taza vacía en la mano, observándolo todo con una mezcla incómoda de lucidez y resignación, intentando entender en qué momento exacto una acción tan simple había decidido salirse completamente de control y, sobre todo, cómo había logrado invertir casi una hora sin producir absolutamente nada, salvo evidencia concreta en mi contra.
Avancé entonces con una determinación renovada, casi heroica, ignorando el estado de la casa, la camisa con el gran manchón todavía fresco y cualquier rastro de caos previo. Pero en el trayecto, justo al cruzar el garaje, vi en el suelo una mancha oscura que, por alguna razón que mi cerebro consideró absolutamente incuestionable, interpreté como aceite, lo cual activó de inmediato una nueva línea de acción que no admitía demoras, porque claro, uno no puede vivir con la sospecha de una fuga mecánica sin verificarla; así que fui por una linterna, me agaché, luego me arrodillé y luego prácticamente me arrastré debajo del carro con una seriedad digna de un peritaje internacional, iluminando cada centímetro como si fuera a encontrar evidencia clave para un juicio histórico.
Tras varios minutos de inspección minuciosa, concluí que la supuesta mancha de aceite no era más que un inocente charco de agua, lo cual no solo invalidaba toda la investigación, sino que además dejaba una consecuencia inmediata y tangible: la nueva camisa, esa que me había puesto para reemplazar la anterior, ahora tenía una enorme marca en la espalda, producto de mi contacto íntimo con el suelo del garaje; de modo que, sin haber arreglado el minúsculo daño del cable, sin haber preparado la tacita de café y habiendo logrado ensuciar dos camisas en menos de una hora, me encontré de pie, linterna en mano, contemplando lo que ya no parecía tener ninguna lógica, con una serenidad sospechosa, esa calma que aparece cuando ya no queda absolutamente nada más por arruinar.
Y así fue como, en algún punto que no logro reconstruir con precisión, terminamos en una mesa de Starbucks, con dos cafés frente a nosotros. Mi esposa me miraba con esa expresión severa que no necesita palabras, mientras yo trataba de contener una risa que se me escapaba a intervalos irregulares, como si mi propio cerebro aún estuviera procesando lo ocurrido, hasta que el empleado, con una calma admirable, me preguntó:
—¿Cómo desea su café?
Y yo, sin pensarlo demasiado, le respondí:
—Lo quiero ya, en una taza, caliente y, por favor, no me distraiga con más preguntas… es que acabo de ver que mi reloj tiene el minutero atrasado; y, si me pongo a adelantarlo, no volvemos a mi casa este año.
Mi esposa giró lentamente la cabeza hacia mí, con esa precisión milimétrica que suele preceder a un dictamen, y no dijo nada, lo cual siempre es peor, porque el silencio en ese tipo de situaciones no es una ausencia de diálogo, sino una enorme acumulación de conclusiones; minutos después, mientras esperaba que ocurriera lo inevitable, me llevé la mano al bolsillo del pantalón, palpé una vez, luego otra, y sentí ese vacío existencial que solo producen los objetos olvidados, la miré con una mezcla de cautela y esperanza y le dije:
—Decime una cosa… ¿vos trajiste plata?
Ella no respondió de inmediato, solo mantuvo su mirada fija en la mía, esa mirada que encerraba un juicio completo en la Corte Internacional de La Haya, con debate incluido, sentencia firme y, si uno insistía en resistir esa mirada, con altas probabilidades de obtener una apelación denegada. Fue entonces cuando supe que su respuesta, más que afirmativa o negativa, era, en realidad, una evaluación profunda de mis capacidades funcionales como adulto, con diagnósticos, pronóstico reservado y tratamiento a largo plazo incluidos.
Al final, el café estaba ahí, no como una fabulosa conquista, sino como una especie de tregua, como si después de todo aquel absurdo recorrido, la realidad hubiera decidido devolverme, sin bombos ni platillos, al punto exacto del que nunca debí salir. Mientras lo sostenía en la mano, todavía con esa enorme sonrisa que aparece cuando uno reconoce el insólito disparate en el que se metió solo, entendí algo mucho más concreto de lo que me gustaría admitir: no es que uno se distraiga ni que sea torpe, es que la mente, con una habilidad casi artística, evita lo simple cuando tiene la oportunidad de complicarlo. Como si resolver lo inmediato fuera demasiado fácil y necesitara adornarlo con una cadena innecesaria de desvíos, y así, sin darse cuenta, uno convierte una taza de café en una expedición completa, con planificación improvisada, ejecución errática, múltiples líneas de acción abiertas al mismo tiempo y resultados francamente discutibles. Una de esas misiones en las que uno sale por café y termina con dos camisas sucias, la casa desordenada y, por supuesto, sin café.
—Ay… —murmuré—, esos benditos olvidos que empiezan a hacer pequeños estragos en los adultos.
—¿En los adultos? —replicó mi esposa, con una ironía cuidadosamente calibrada para no ofender—. En los adultos de la cuarta edad… habrás querido decir.
Pero esas últimas palabras no fueron bien procesadas por mi cerebro, porque para entonces ya estaba completamente concentrado en adelantar el minutero de mi reloj, con la misma seriedad con la que, horas antes, había decidido arreglar un cable que, hasta donde sé, sigue exactamente igual.
Y a usted, estimado lector, ¿le ocurre alguna vez que sale hacia la cocina con la intención perfectamente razonable de prepararse una taza de café y, sin saber muy bien en qué punto exacto se desvió, termina atravesando la bodega, ese territorio confuso y salvaje donde los objetos desaparecen justo cuando uno los necesita, ensuciando una, luego otra camisa, arrastrándose bajo el automóvil con una linterna en la mano para investigar una supuesta fuga de líquido que no existe; mientras en algún rincón de su mente calcula trayectorias con una precisión inquietante, como si estuviera supervisando la aproximación de una nave espacial a la Luna?
Al final, uno termina, inevitablemente, sentado en un Starbucks, frente a una taza de café que no preparó, bajo la mirada silenciosa de su esposa, que ya no discute, porque ha entrado en una fase más avanzada de evaluación clínica, intentando recordar en qué momento exacto todo se salió de control.
D. M.

