Viernes trece, un gato negro… y claramente el problema era yo
Viernes trece, un gato negro… y claramente el problema era yo
Ayer confirmé algo importante: uno no necesita mala suerte cuando tiene suficiente iniciativa propia. El resto del día fue una secuencia de decisiones cuestionables, accidentes perfectamente sincronizados y una serie de eventos que, vistos en conjunto, se encadenan con una precisión poco tranquilizadora.
Hay una forma particularmente humana de enfrentarse al mundo: no comprenderlo del todo y, aun así, inventarle reglas, como si el caos tuviera un minucioso manual de instrucciones de uso. Así nacen las supersticiones, esas curiosas alianzas con lo intangible que nos permiten creer que, si hacemos lo correcto, tocar madera, evitar escaleras, cargar una pata de conejo, entonces el universo, conmovido por nuestra ingenuidad, decidirá no arruinarnos el día.
Dicen que romper un espejo trae siete años de mala suerte. ¡Siete!, ni seis ni ocho, como si la desgracia llevara consigo una minuciosa agenda romana. Ayer, de la forma más torpe posible, confirmé esa teoría: intentando colgar un cuadro que jamás pidió ser colgado, le di un golpazo seco al espejo más cercano y lo convertí en minúsculos fragmentos, con una precisión que habría sido admirable… si hubiera sido a propósito. Y fue justo en ese instante, mientras recogía los restos con algo más de resignación que de destreza, cuando la superstición dejó de parecer un simple capricho numérico y empezó a tener un trasfondo inquietante. No es casual que venga de una época en la que mirarse en un espejo no era algo trivial, sino profundamente perturbador, lo suficiente como para no quedarse mirándose demasiado tiempo, como si lo reflejado no fuera solo una imagen fiel, sino algo nuestro que quedaba atrapado, inmóvil y silencioso, en el vidrio. Romper el espejo, entonces, no era solo romper vidrio; era meterse en un problema bastante más difícil de barrer.
Algunos proponían enterrar los fragmentos a la luz de la luna llena, una escena que siempre me ha parecido digna de un ritual solemne… si no fuera porque implica salir al jardín en la penumbra, con una escoba, una bolsa para la basura y una dignidad que, con un criterio admirable, decidió no acompañarme. ¡Infeliz, traidora con vocación de estatua: firme, decorativa y completamente inservible! El problema, claro, es que yo ya había cumplido con el único requisito: romper el espejo, en un arranque de iniciativa completamente injustificada que terminó con vidrio por todas partes, con el detalle no menor de que esa noche, para completar el cuadro, había luna llena, como si el calendario hubiera decidido participar activamente en esa conspiración.
Yo, fiel a la tradición y con una convicción que hoy prefiero no analizar con profundidad, decidí cumplir con el procedimiento y salí al jardín a enterrar los fragmentos; lo hice con tal concentración que, en medio del entierro, podría jurar que se escuchó el aullido cercano de un par de lobos, lo cual, dadas las circunstancias y la creciente diversidad zoológica que parece estar arribando al Parque del Café, no me sorprendió del todo; uno empieza con ardillas y perros, sigue con gatos negros y termina compartiendo el ritual con criaturas de mayor envergadura y bastante más respetables. Entre la penumbra, la luna y mi creciente arrepentimiento, logré además algo inverosímil: clavarme un diminuto fragmento de vidrio en el pie, lo suficientemente pequeño como para no verlo y lo suficientemente cruel como para recordarme, con cada paso que di, que hay rituales que no espantan la mala suerte, sino que la perfeccionan, y que no volveré a enterrar un espejo en mi vida, por razones médicas, éticas y, sobre todo, por pura supervivencia, ni aunque la luna llena insista en invitarme.
Está también la célebre costumbre de tocar madera, esa manía automática que uno repite casi sin pensar, como si bastaran dos o tres golpecitos en una mesa, para decidir si la próxima noticia será buena o no. Su origen, dicen, está en los antiguos europeos que creían que los espíritus habitaban los árboles; lo curioso es que hoy tocamos escritorios, puertas, pupitres, nuestra cabeza y hasta la de algún amigo distraído, como si en cualquier superficie pudiera haberse reciclado discretamente aquel viejo espíritu arbóreo, ahora adaptado a muebles y amistades. Yo, fiel a la tradición y con una confianza que solo da la ignorancia, decidí llevar el ritual un paso más allá y le di tres pequeños golpecitos a mi esposa en la cabeza; el sobresalto fue inmediato, el plato de sopa caliente que sostenía hizo una trayectoria breve pero memorable y terminó volcándose con una precisión quirúrgica sobre mi pie, exactamente en el dedo donde, horas antes, había decidido incrustarme un fragmento de vidrio. Fue en ese instante, entre el ardor de la sopa y la punzada del vidrio, cuando comprendí que hay rituales que no solo fallan en protegernos, sino que parecen coordinarse entre sí para perfeccionar el daño.
Y qué decir de la advertencia solemne de no pasar debajo de una escalera. Es una de esas normas que se transmiten con la gravedad de una ley física. Algunos hablan de geometrías sagradas; otros recuerdan su asociación con las ahorcamientos. Pero más allá de símbolos y explicaciones, la razón más simple sigue ahí, bastante convincente por sí sola: que algo pesado puede caerte en la cabeza… y, por supuesto, nunca con delicadeza.
Y luego está la sal, ese pequeño mineral al que le hemos dado una importancia casi dramática. Derramarla no es un accidente: es, según la tradición, una invitación a la mala suerte. El gesto correctivo es universal: tomar un poco y lanzarla por encima del hombro izquierdo, como si con eso pudiéramos cegar a los malos espíritus. Ayer, fiel a esa tradición perfectamente cuestionable, derramé sal con una eficacia que ningún supersticioso habría desaprovechado. Acto seguido, tomé un poco entre los dedos y la lancé por encima del hombro con una convicción admirable. Solo para darme cuenta, en el peor momento posible, de que mi esposa estaba exactamente en la trayectoria del ritual. La sal le cayó directo en un ojo; el grito fue inmediato y absolutamente legítimo. Y yo, con la mano aún en el aire y el ritual perfectamente ejecutado, comprendí que hay tradiciones que, más que espantar la mala suerte, la invitan a quedarse a vivir con uno.
La pata de conejo, por su parte, merece un capítulo aparte. Los antiguos celtas creían que los conejos tenían una conexión especial con lo oculto. Con el tiempo, alguien decidió que llevar una de sus patas en el bolsillo era una forma válida de atraer la buena suerte, una de esas ideas en las que la fe avanza y la lógica se queda atrás. Y claro, hay una pregunta que nadie quiere hacer en voz alta: si la pata es tan poderosa, ¿por qué no le sirvió al conejo?, o mejor aún, ¿por qué no le sirvieron cuatro?
Yo, por supuesto, no quise quedarme atrás y durante un tiempo llevé un llavero con una de esas patas. Hasta que un día decidí quitarlo; la cadena se enredó, la pata no salía y, en ese instante en que todo empieza a salir mal, la llave del automóvil de mi esposa cayó con una precisión cruel en una hendija entre las tablas del piso. Lo que vino después fue un desfile de intentos inútiles: pinzas, cuchillos, una tarjeta de crédito que quedó completamente inutilizada y ya fue reportada al banco, una linterna cuya batería se fue apagando junto con mi esperanza, y una fe que claramente no estaba a la altura de la situación. Cuando mi esposa llegó, me encontró en el suelo, con una explicación que ni yo mismo terminaba de creer; convencerla de ir a la cerrajería fue un ejercicio que ninguna pata de conejo logró facilitar.
Con todo esto en mente, ayer en la mañana abrí los ojos y miré el calendario: viernes trece. Lo observé con solemnidad y decidí no darle importancia. Lo que no vi, o no quise ver, era que se trataba de un viernes trece… del año pasado. El calendario llevaba meses sin cambiarse. Un detalle que habría sido fácil de evitar si me hubiera puesto los anteojos, como insiste mi esposa. Pero no. Salí a caminar. A los pocos metros, un gato negro cruzó frente a mí y, sin mayor ceremonia, me dio un arañazo de más de dos centímetros. Me reí e intenté hacerle cariño; respondió con otro rasguño, esta vez en el otro brazo. Continué mi camino y, poco después, de puro coraje, pasé debajo de una escalera con la seguridad injustificada de quien cree estar desafiando las circunstancias; en ese mismo instante, un balde de pintura verde turquesa se desprendió desde lo alto y me bañó con una generosidad que habría emocionado a cualquier artista… o arruinado a cualquier persona sensata, como lo hizo conmigo.
Regresé a casa en un estado difícil de describir. Mi esposa me miró, recorrió con absoluta seriedad aquel nuevo y desafortunado tono verde turquesa que ahora ocupaba mi cabeza como si se tratara de una decisión estética, intentó no reír… pero no lo consiguió. Lo único que se escuchó fue una carcajada sonora.
Por la noche decidí salir nuevamente; llevaba el brazo vendado, el cabello teñido de verde turquesa y, por iniciativa de mi esposa, un collar de ajos, como si a esa altura de los acontecimientos lo sensato fuera no dejar ningún frente sobrenatural sin cubrir. Minutos después aclaró que era para vampiros, lo cual no mejoraba mi aspecto ni respondía a una amenaza concreta, pero parecía darle una tranquilidad que yo, francamente, no compartía. Caminábamos juntos, o eso creía yo, hasta que noté que ella prefería ir varios pasos detrás, alegando con absoluta honestidad que era por el olor que iba dejando a mi paso.
Y así, entre gatos negros con muy mal carácter, escaleras mal ubicadas, baldes con pésima puntería, calendarios mal leídos, espejos rotos, sal volando por los aires, patas de conejo que no le funcionaron ni al propio conejo y ajos que no espantan nada pero sí alejan a la gente, entendí algo bastante simple: no es que haya fuerzas invisibles organizándose contra nosotros, es que nosotros mismos nos metemos en problemas con una creatividad admirable y luego buscamos a quién echarle la culpa. Las supersticiones, al final, no son más que una forma bastante elaborada de convencernos de que todo tiene una explicación, aunque esa explicación implique tocar madera, lanzar sal o enterrar espejos. Porque la verdad, mucho más simple, es que la vida siempre encuentra la forma de sorprendernos… y casi nunca con delicadeza.
Y a usted, estimado lector, le dejo una recomendación sencilla: si mañana ve un gato negro, un espejo torcido, una escalera mal puesta o un salero sospechoso, haga lo que le dicte su conciencia… pero hágalo despacio, con suma precaución. Mire bien el piso, confirme el calendario y mantenga distancia de todo lo que pueda caerle encima. Porque la mala suerte no necesita ayuda… pero uno siempre encuentra la manera de colaborar. Y si me disculpa, voy a tocar madera… aunque, recordando lo de mi esposa, mejor ni lo intento.
D. M.

