Una pincelada sobre la verdad, nuestra moral y el universo
Confieso que el título de este artículo puede parecer enormemente pretencioso. Hablar de la verdad, la moral y el universo en unas pocas páginas, cuando la humanidad lleva milenios tratando de comprenderlos, exige una formidable dosis de imprudencia o, más probablemente, una absoluta falta de modestia. Yo diría que, en mi caso, hay muchísimo de las dos cosas.
Hay una pregunta que me ha atormentado durante largo tiempo: ¿buscamos realmente la verdad o buscamos razones para seguir convencidos de que somos los dueños absolutos de ella? Quien busca la verdad debería estar dispuesto a descubrir que se ha equivocado, mientras que quien solo pretende demostrar que la tiene busca argumentos que confirmen lo que siempre ha asegurado poseer. Y quizás ahí esté una de las grandes paradojas del ser humano: poseemos una inteligencia extraordinaria para descubrir la verdad, pero también una capacidad formidable para convencernos de que somos dueños de ella... incluso cuando estamos abismalmente equivocados.
En 1894, Alfred Dreyfus, un capitán judío del ejército francés, fue acusado de entregar secretos militares a Alemania, condenado por traición y enviado a cumplir prisión perpetua en la isla del Diablo, frente a las costas de la Guayana Francesa. Las pruebas eran insuficientes y el antisemitismo tuvo un papel decisivo en su condena, pero cuando aparecieron indicios que señalaban a otro oficial como responsable, las autoridades militares, en lugar de reconocer su error, llegaron incluso a utilizar documentos falsificados para defender la acusación. En 1899 volvieron a declararlo culpable y, aunque recibió un indulto ese mismo año, tuvo que esperar hasta 1906 para que la justicia francesa reconociera su inocencia.
Me resulta profundamente desgarrador recordar todo lo ocurrido con el capitán Dreyfus. Una buena parte de la sociedad francesa prefirió defender una condena injusta antes que admitir que sus instituciones se habían equivocado, y Francia, la nación que había proclamado la libertad, la igualdad y la fraternidad, terminó siendo escenario de enormes manifestaciones de antisemitismo. Aquellos principios, tan hermosos en los discursos y, por supuesto, sobre el magnífico papel en que habían sido escritos, perdieron todo su significado cuando llegó el momento de aplicarlos a quienes, por el simple hecho de ser judíos, no tuvieron derecho a disfrutar de tan maravillosamente proclamada libertad, igualdad y fraternidad. Y pensar que, más de un siglo después, Francia continúa siendo escenario de una alarmante oleada de antisemitismo: en el 2024 fueron incendiadas sinagogas en Ruan y La Grande-Motte, y durante el 2025 las autoridades registraron 1.320 actos antisemitas, entre ellos 126 agresiones físicas. ¡Mil trescientos veinte actos de odio contra los judíos en un solo año, precisamente en la nación que proclamó la libertad, la igualdad y la fraternidad! Y hay otro dato estremecedor: según el Servicio de Protección de la Comunidad Judía, el 53 % de los actos antirreligiosos registrados en Francia durante el 2025 fueron antisemitas, ¡a pesar de que los judíos representan menos del 1 % de la población! El 2026 tampoco se está librando de semejantes horrores: Durante el primer semestre se registraron 532 actos antisemitas, de los cuales el 73 % consistió en agresiones, amenazas u otras formas de hostigamiento directo contra personas. En febrero, tres jóvenes judíos fueron amenazados con un cuchillo al salir de una sinagoga y unos individuos forzaron la entrada de un restaurante kosher de París y rociaron sus instalaciones con ácido, causando importantes destrozos. En julio, la policía descubrió en Sarcelles un automóvil robado que contenía un fusil de asalto Kalásnikov cargado con siete cartuchos, una pistola Beretta con diez y varios cargadores adicionales, además de un bidón de gasolina. El vehículo fue localizado a unos 500 metros de una sinagoga, en medio de sospechas de un posible atentado terrorista que obligaron a evacuar a unas 300 personas. Ese mismo mes fue destruida una placa que recordaba a una familia francesa que había salvado a un niño judío durante las persecuciones nazis. ¡Hasta el recuerdo de quienes arriesgaron sus vidas para salvar a los judíos terminó convertido en blanco de semejantes agresiones! En agosto, un hombre amenazó de muerte a una pareja de turistas judíos en la zona de Aviñón, invocando a Hitler y lamentando que no hubiera terminado el exterminio de los judíos. Y en octubre, durante una movilización estudiantil en Carpentras, varios jóvenes encapuchados lanzaron consignas contra los judíos, mientras que en la Universidad de Créteil se denunciaban amenazas, mensajes antisemitas y referencias nazis. ¡Más de un siglo después del caso Dreyfus, Francia continúa ofreciéndonos motivos para preguntarnos cuánto hemos aprendido realmente de nuestra propia historia! Y, lamentablemente, no hace falta ser un genio de las matemáticas para descubrir que la respuesta se aproxima peligrosamente a cero. ¡A cero!
España ofrece otro ejemplo histórico que merece nuestra atención. En 1492, los Reyes Católicos ordenaron la expulsión de los judíos que no aceptaran convertirse al cristianismo; más de quinientos años después, el país intentó reparar simbólicamente aquella injusticia concediendo la nacionalidad española a descendientes de judíos sefardíes. En mayo del 2024, la vicepresidenta segunda del Gobierno español, Yolanda Díaz, provocó una enorme controversia al proclamar que «Palestina será libre desde el río hasta el mar», una expresión que la embajadora de Israel condenó por considerar que implicaba la eliminación del Estado judío. Un año después, en mayo del 2025, el presidente Pedro Sánchez calificó a Israel, ante el Congreso de los Diputados, de «Estado genocida», provocando una enérgica condena del Congreso Judío Europeo, que consideró sus palabras profundamente irresponsables, moralmente indefendibles e históricamente indignantes. En septiembre, Sánchez anunció nueve medidas adicionales contra Israel y aseguró que permitirían a los españoles afirmar que su país había estado en el lado correcto de la historia. El anuncio desencadenó una crisis diplomática: Israel acusó al gobierno español de antisemitismo y anunció sanciones contra integrantes de su Ejecutivo, mientras España rechazaba aquellas acusaciones y llamaba a consultas a su embajadora en Tel Aviv. ¿Desde cuándo pueden los gobernantes anticipar el juicio de la historia y reservarse, además, un lugar entre los justos? Estar convencido de hacer lo correcto no significa tener la razón. ¡Jamás!
En septiembre del 2026, la ministra española de Juventud e Infancia, Sira Rego, volvió a proclamar su apoyo a una Palestina libre «desde el río hasta el mar» y pretendió hablar en nombre de toda la sociedad española. La Federación de Comunidades Judías de España condenó sus palabras como antisemitas, por considerar que negaban el derecho del pueblo judío a la autodeterminación. ¡Y semejante declaración provenía, nada menos, de la ministra responsable de la juventud y la infancia! ¡Inconcebible! Tanto Rego como Yolanda Díaz habían sido objeto, un año antes, de prohibiciones de entrada a Israel, anunciadas durante la crisis diplomática de septiembre del 2025. ¿Y qué clase de compromiso contra el antisemitismo proclama Pedro Sánchez si, ante una condena tan grave de las palabras de su propia ministra, no le exige una rectificación pública? ¡Qué fácil es condenar los prejuicios ajenos y qué difícil enfrentarlos dentro del propio gobierno! Entretanto, el antisemitismo seguía dejando episodios inquietantes: en el 2025 se registraron 221 incidentes antisemitas, un 14,5 % más que el año anterior; en julio del 2026, un grupo de turistas judíos franceses denunció haber sido perseguido, insultado y escupido durante cerca de hora y media en Barcelona, después de salir de una sinagoga; y en octubre, manifestantes increparon en Madrid a quienes acudían a una actuación de la compañía israelí de danza Batsheva, llamándolos «asesinos» y «fascistas». ¿Desde cuándo asistir a una función de danza convierte a sus espectadores en responsables de las decisiones militares del gobierno de Israel? ¡Qué extraordinaria contradicción la de un país que, después de más de cinco siglos, intenta reparar la injusticia de haber expulsado a sus judíos, pero ni siquiera ha conseguido defenderlos de los horrorosos prejuicios que hicieron posible aquella barbaridad! Prejuicios que todavía no ha logrado desterrar. Y si continúa recorriendo ese camino equivocado, ¡jamás lo conseguirá!
El presidente de Turquía, Recep Erdogan, ha demostrado una extraordinaria facilidad para condenar sin contemplaciones las atrocidades que atribuye a sus adversarios, mientras no tiene el menor reparo en presentar como libertadores a los responsables de la atroz y sanguinaria masacre del 7 de octubre del 2023. El 27 de diciembre de ese mismo año comparó a Benjamín Netanyahu con Adolf Hitler y las operaciones militares israelíes en Gaza con la persecución nazi de los judíos, llegando incluso a preguntar qué diferencia existía entre ambos dirigentes. Al mismo tiempo, había descrito a Hamás como un movimiento de liberación, a pesar de que sus integrantes, junto con los de otros grupos armados, habían asaltado brutalmente las comunidades israelíes, asesinado a cientos de civiles indefensos, entre ellos niños, mujeres y ancianos, cometido actos de tortura, horrendas violaciones sexuales y otras atrocidades, y secuestrado a 251 personas que fueron llevadas como rehenes a Gaza. ¡Doscientas cincuenta y una personas, de las cuales solamente 166 regresaron con vida! ¡Solamente 166! Las otras 85 regresaron sin vida, víctimas de una barbarie que comenzó con los asesinatos del 7 de octubre y continuó durante el cautiverio en Gaza. Entre las víctimas estaban Shiri Bibas y sus dos pequeños hijos, Ariel, de cuatro años, y Kfir, de apenas nueve meses, quienes, según la investigación israelí, fueron cobardemente asesinados por sus captores. ¡Una madre y sus dos pequeños hijos! ¡Qué cobardía tan bestial! Y las atrocidades no terminaron ahí: hubo rehenes encadenados durante meses en túneles subterráneos, sometidos al hambre, golpeados, humillados y privados de atención médica. Mujeres como Amit Soussana y Romi Gonen denunciaron haber sufrido espantosas agresiones sexuales durante su cautiverio, mientras otros sobrevivientes relataron horrendas torturas físicas y psicológicas. Seis rehenes fueron asesinados y sus cuerpos encontrados en un túnel de Gaza. ¿Qué clase de movimiento de liberación secuestra bebés y niños, los asesina, viola mujeres, tortura prisioneros y somete a seres humanos indefensos a semejantes horrores? ¡Hamás! ¿Y con qué autoridad moral puede Erdogan comparar a otro gobernante con Hitler mientras presenta como libertadores a quienes participaron en semejante barbarie? ¡Qué desfachatada hipocresía!
El 18 de febrero del 2024, el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, provocó una enorme controversia al comparar lo que ocurría en Gaza con el exterminio de los judíos por Hitler. Sus palabras fueron duramente condenadas por el gobierno israelí, mientras Hamás se apresuraba a celebrarlas públicamente con bombos y platillos. Nueve días después, lejos de retractarse, Lula aseguró que volvería a decir exactamente lo mismo, pretendiendo justificarse con el argumento de que nunca había pronunciado la palabra «Holocausto». ¡Como si la gravedad de semejante comparación dependiera de haber utilizado ese término y no de haber invocado expresamente a Hitler y el exterminio de los judíos! Y la controversia estaba lejos de terminar: en junio del 2025, ante nuevos cuestionamientos por sus declaraciones sobre Israel, Lula exigió que se terminara con el «victimismo», provocando otra enérgica reacción de la comunidad judía brasileña; en julio, su gobierno retiró a Brasil de la Alianza Internacional para la Memoria del Holocausto; y en septiembre, el presidente sostuvo que los judíos brasileños deberían escribirle a Netanyahu para reprocharle sus actuaciones en Gaza y dejar de defenderlo. La Confederación Israelita de Brasil rechazó sus palabras como un ataque directo contra la comunidad judía del país. ¿Acaso el hecho de ser judíos los convierte en responsables de las acusaciones que Lula dirige contra el gobierno de Israel? ¡Qué peligrosa manera de trasladar a una comunidad entera las acusaciones políticas de un presidente contra un gobierno extranjero! Mientras se sucedían estas controversias, la Confederación Israelita de Brasil documentaba una situación alarmante: según su informe publicado en marzo del 2026, durante 2025 se registraron 989 incidentes antisemitas, un 149 % más que en el 2022. ¡Novecientos ochenta y nueve incidentes antisemitas en un solo año! ¿Cuántos siglos más tendrán que transcurrir para que comprendamos que ningún ser humano debe cargar con las culpas que otros pretenden atribuirle por su origen, su religión o su identidad? ¡Cuántos siglos más! ¡Qué espantosa manera de mantener vivos los prejuicios que tantas y tantas tragedias han provocado a lo largo de la historia!
El Reino Unido nos enfrenta a un episodio histórico imposible de recordar sin indignación. En mayo de 1939, cuando la persecución nazi contra los judíos europeos se intensificaba y miles de familias buscaban desesperadamente refugio, el gobierno británico publicó el Libro Blanco, que limitó la inmigración judía a Palestina a 75.000 personas durante los cinco años siguientes y condicionó cualquier ingreso posterior al consentimiento de la población árabe. ¡Una decisión terrible, adoptada por un gobierno que conocía perfectamente aquel horror y que, aun así, decidió restringir una de las principales vías de salvación de sus víctimas! Más de ochenta años después, el antisemitismo continúa cobrándose vidas en territorio británico: el 2 de octubre del 2025, durante Yom Kipur, el día más sagrado del calendario judío, un terrorista embistió con su automóvil a varias personas frente a una sinagoga de Mánchester y después atacó con un cuchillo a quienes se encontraban ahí, en un atentado que dejó dos muertos y varios heridos. En julio del 2026, el jefe de la Policía del Gran Mánchester reconoció una omisión estremecedora relacionada con aquel atentado: sus agentes habían incautado teléfonos móviles del terrorista antes del ataque, pero ni siquiera examinaron su contenido; cuando finalmente lo hicieron, encontraron pruebas relacionadas con la preparación de otro atentado. ¡Una negligencia verdaderamente imperdonable! El 2026 tampoco se está librando de semejantes horrores: en marzo fueron incendiadas cuatro ambulancias de una organización judía de emergencias en Londres, provocando explosiones y obligando a evacuar a decenas de vecinos; en abril, varias sinagogas fueron blanco de ataques incendiarios y un terrorista apuñaló a dos hombres judíos en plena calle. ¡Hasta las ambulancias destinadas a salvar vidas se convirtieron en blanco de semejante odio! En mayo, una mujer insultó y amenazó a varios niños judíos frente a su escuela y agredió a un padre que intentó defenderlos, mientras que, en Mánchester, siete adolescentes atacaron a una pareja judía arrojándole piedras y ramas e intentando arrancarle sus prendas religiosas. La organización Community Security Trust registró 1.926 incidentes antisemitas durante el primer semestre del 2026, entre ellos 135 agresiones físicas y 420 episodios en los que aparecieron referencias a Hitler, al nazismo o al Holocausto, o se utilizaron símbolos nazis. ¡Qué terrible contradicción la de un país que, después de haber cerrado una de las principales puertas de salvación a los judíos perseguidos por el nazismo, todavía no ha aprendido a combatir a quienes incendian sus sinagogas, atacan a sus niños y utilizan los símbolos de Hitler para sembrar el odio! ¿De qué sirven entonces las rimbombantes declaraciones contra el antisemitismo si no se consigue impedir que semejantes atrocidades continúen ocurriendo? ¿De qué sirven? ¡De nada!
Durante siglos, los judíos fueron responsabilizados de epidemias, crisis económicas y toda clase de desgracias con las que nada tenían que ver; acusaciones absurdas que sirvieron para justificar persecuciones, expulsiones y matanzas. Los prejuicios, sin embargo, han demostrado una extraordinaria capacidad para sobrevivir: cambian de aspecto, encuentran nuevas justificaciones y hasta consiguen presentarse como grandiosas pruebas de una moral irreprochable. Y resulta indignante comprobar la saña con que, después de tanto sufrimiento, todavía hay quienes pretenden hacerlos responsables de decisiones que nunca tomaron, como si el hecho de ser judíos los condenara a cargar con un estigma imborrable, por los siglos de los siglos. ¿Con qué autoridad condenamos los prejuicios de generaciones anteriores si seguimos alimentando los mismos odios, aunque ahora tengamos la desfachatez de disfrazarlos de convicciones políticas y causas nobles? ¡Qué extraordinaria facilidad tenemos para señalar con el dedo las injusticias del pasado y qué abominable ceguera demostramos cuando esas mismas injusticias nacen de nuestras propias convicciones!
Cuando Sócrates expresó aquella idea que solemos resumir en «Solo sé que no sé nada», nos dejó una de las grandes enseñanzas de la filosofía: reconocer nuestra propia ignorancia es el primer paso hacia la sabiduría. Más de dos mil años después seguimos admirando aquella lección, aunque estoy casi seguro de que una buena parte de la humanidad preferiría pasarse horas discutiendo con el filósofo antes de llegar a concederle la razón. Y pensar que habitamos un pequeñísimo planeta que gira alrededor del Sol, esa estrella que nos mantiene con vida, pequeña y extraviada entre los miles de millones de estrellas de nuestra galaxia, que a su vez es apenas una entre las incontables galaxias de un universo cuya inmensidad apenas podemos imaginar. Y, sin embargo, nosotros, los diminutos habitantes de la Tierra, todavía encontramos razones para sentirnos extraordinariamente importantes. ¡Hasta el punto de atrevernos a dictar sentencias sobre lo que es verdadero, justo y moral, como si el universo entero estuviera esperando conocer nuestra opinión!
Hay algo en nuestra forma de pensar que nunca ha dejado de asombrarme: podemos pasarnos media vida defendiendo una idea, discutiendo con quienes la cuestionan y buscando argumentos para demostrar que tenemos la razón; pero cuando las pruebas nos contradicen, encontramos mil y una explicaciones para no reconocerlo. ¡Qué extraordinaria facilidad tenemos para justificar nuestros errores y qué implacables nos volvemos al juzgar los ajenos! Nuestras convicciones forman parte de nuestra educación, de nuestras lealtades y hasta de la imagen que tenemos de nosotros mismos, pero ¿desde cuándo los años que llevamos defendiendo una idea la convierten en verdad? Y así regreso a la pregunta con la que comenzamos: ¿buscamos realmente la verdad o buscamos razones para seguir convencidos de que somos los dueños absolutos de ella?
No pretendo que quienes lean estas páginas terminen pensando como yo. ¡Lo único que me faltaba! Cada quien tiene derecho a sus propias convicciones, y sería una enorme contradicción que, después de cuestionar tantas ideas ajenas, terminara convencido de que las mías son las únicas que merecen ser escuchadas. Me daría por satisfecho si alguno, al terminar de leerme, se preguntara si alguna vez defendió con absoluta seguridad algo de lo que sabía mucho menos de lo que creía. Y, por supuesto, yo también tendría que hacerme esa pregunta. Y ahora que llego al final, me asalta otra duda: comencé con la intención de escribir un artículo filosófico y terminé dedicando una buena parte de sus páginas a acontecimientos políticos. No sé si la filosofía consiguió iluminar esos acontecimientos o si, en algún momento, fue la política la que terminó arrastrando a la filosofía por caminos que jamás intenté recorrer.
Y pensar que todo comenzó con la pretensión de dar apenas una pincelada sobre la verdad, nuestra moral y el universo...
David Montvelisky

