Un dolor que no se irá
Aquella mañana, la sala de espera estaba casi llena. Dos enfermeras atendían detrás del mostrador mientras otras salían de los consultorios para llamar a los pacientes. Entre conversaciones en voz baja, teléfonos que sonaban y personas que iban y venían por los pasillos, transcurría otro día cualquiera en el hospital.
En uno de los asientos esperaba un hombre de unos ochenta años. Vestía una camisa blanca de manga larga, con el cuello almidonado, pantalón oscuro y unos zapatos que parecían haber sido lustrados hacía muy poco tiempo. De vez en cuando miraba hacia el mostrador, aunque la mayor parte del tiempo parecía concentrado en sus pensamientos.
Una mujer de unos cincuenta años hablaba con una de las enfermeras al otro extremo de la sala. Parecía preocupada y escuchaba con atención las explicaciones que recibía, haciendo de vez en cuando alguna pregunta. Cuando terminó, guardó unos documentos en la cartera, tomó las muletas que había dejado apoyadas contra el mostrador y se dirigió con dificultad hacia uno de los asientos vacíos junto al hombre. Era evidente que le faltaba una pierna y tuvo que detenerse un par de veces para recuperar el equilibrio antes de llegar a su destino, donde apoyó las muletas a un lado y se sentó. El hombre volvió la cabeza y la observó durante unos segundos, hasta que su mirada se detuvo en la pierna ausente y su semblante cambió. Bajó la vista por un instante, como avergonzado de haberla observado, pero poco después volvió a mirarla, esta vez con evidente preocupación.
—Buenos días —dijo mientras se enderezaba un poco en la silla.
Ella se limitó a devolverle una sonrisa.
—Perdone que me meta donde no me llaman, pero ¿vino sola? —preguntó el hombre, mirando nuevamente las muletas—. Si necesita que le avise a algún familiar para que la ayude...
—No, gracias. Vine con mi padre —respondió la mujer.
—Ah, bueno. Entonces no está sola —dijo él, más tranquilo.
—No, no estoy sola.
El hombre guardó silencio durante unos instantes, aunque su mirada retornó a la pierna de la mujer.
—¿Fue hace mucho?
—Tres semanas —respondió ella, comprendiendo a qué se refería.
—Tan reciente... Lo siento mucho.
—Fue un accidente —explicó la mujer, bajando la mirada hacia el suelo.
—¿De tránsito?
—Sí. Mi esposo iba manejando. Mi madre venía con nosotros.
—¿Ellos están bien? —preguntó tras esperar unos instantes, por si ella quería agregar algo.
—No. Los dos murieron —respondió, sofocada por los sollozos.
—Dios mío... Perdone. No debí preguntar —dijo el hombre al verla en ese estado.
—No tiene por qué disculparse —respondió la mujer mientras se secaba las lágrimas.
—¿Y su padre? ¿Está bien? —preguntó después de unos incómodos segundos.
—No... Él... él tampoco está bien —respondió la mujer, con la voz entrecortada.
—Lo siento mucho.
—Gracias.
Durante algunos minutos ninguno de los dos habló. Después, el hombre vio una fotografía de San José colgada en una de las paredes.
—¡Esto ha cambiado muchísimo! Cuando yo era joven, San José era otra cosa —dijo, y continuó hablando de las largas caminatas que hacía desde Barrio Amón hasta el centro; de negocios que habían desaparecido hacía décadas y de un señor que vendía lotería cerca del Mercado Central, cuyo apellido todavía recordaba perfectamente.
—Había una cafetería... ¿Cómo era que se llamaba? —dijo, intentando recordar—. Bueno, no importa. Lo que sí recuerdo es que el café era buenísimo.
—Entonces eso es lo importante —respondió ella.
—¿A usted le gusta el café?
—Sí, mucho.
—A mí también. Pero ya no puedo tomar tanto como antes —comentó con resignación—. A mi edad parece que todo lo bueno está prohibido.
La mujer sonrió y él continuó hablando, esta vez de un partido de fútbol al que había ido cuando era apenas un muchacho. Recordaba el año, el marcador y hasta el nombre del jugador que había anotado el gol definitivo. Incluso trató de recordar si había ocurrido en el primer tiempo o en el segundo, hasta que terminó convencido de que había sido poco antes de finalizar el partido.
—Perdone... ¿cómo se llama usted? —preguntó de pronto.
—Claudia.
—Claudia —repitió despacio, como tratando de fijar el nombre en su memoria—. Mucho gusto. Yo soy Alberto.
Claudia le devolvió una sonrisa melancólica.
Alberto retomó la historia exactamente donde la había dejado. Claudia lo escuchaba mientras jugaba distraídamente con el cierre de la cartera y, muy de vez en cuando, alguna ocurrencia de Alberto conseguía hacerla sonreír.
—Mi papá fue quien me llevó por primera vez al estadio —recordó Alberto—. Yo debía tener unos diez años. Tal vez once. Mi mamá se oponía porque decía que podía pasarme algo entre tanta gente, pero él insistió en que ya estaba suficientemente grande. Me acuerdo hasta de la camisa que llevaba puesta: era blanca, con unas rayitas azules muy finas.
—Qué buena memoria —comentó Claudia.
—Para algunas cosas —respondió él con una sonrisa—. Mi padre murió hace más de cincuenta años y todavía puedo cerrar los ojos y verlo sentado en el corredor de la casa leyendo el periódico.
Durante un buen rato continuó hablando de sus padres, de un perro sin ningún pedigrí que había sido su inseparable compañero de infancia y de la vieja casa en la que había crecido, donde alguna vez intentó sembrar papayas, aunque el intento resultó ser un fracaso total. Seguía hablando cada vez más animado cuando el sonido de un teléfono a pocos metros de ellos interrumpió su relato. Alberto llevó una mano al bolsillo de la camisa y después revisó los del pantalón.
—No encuentro mi teléfono —murmuró.
Buscó nuevamente en sus bolsillos, cada vez más desconcertado, hasta que finalmente dejó de hacerlo. Poco a poco, su mirada volvió a perderse en algún lugar de la sala.
Una enfermera salió de uno de los consultorios y pronunció un nombre. Alberto levantó la cabeza y siguió con la mirada a la persona que se dirigía hacia la puerta. Después, volvió a acomodarse en su asiento.
—Espero que no falte mucho —comentó.
Pasaron algunos minutos más hasta que la puerta de uno de los consultorios volvió a abrirse y una enfermera se asomó a la sala de espera.
—¿Alberto Rodríguez...? ¿Alberto Rodríguez...? —llamó en voz alta la enfermera para hacerse oír en medio del bullicio.
Claudia tomó las muletas, se puso de pie con dificultad, se inclinó hacia Alberto y le acomodó con delicadeza una de las puntas del cuello almidonado de la camisa, que se había doblado hacia adentro. Después de darle un beso en la cabeza, le dijo:
—Vamos, papá. Ya es tu turno...
David Montvelisky

