ÚLTIMA HORA: DOS PERSONAS CONVERSANDO
ÚLTIMA HORA: DOS PERSONAS CONVERSANDO
Hay días en que las ideas parecen hacer fila para entrar en la cabeza. Uno apenas alcanza a escribir una cuando ya está llegando la siguiente. También existen esos otros días, bastante más ingratos, en que la mente queda tan vacía como el refrigerador de un estudiante universitario a final de mes.
Hace ya muchos años aprendí que confiar una buena idea a la memoria suele ser un pésimo negocio. En el mismo instante en que aparece, uno está absolutamente convencido de que será imposible olvidarla. Diez minutos después sigue teniendo la certeza de que era una idea extraordinaria; el único inconveniente es que ya no recuerda cuál era. Desde entonces, adopté la costumbre de anotar los posibles temas para futuros artículos apenas se me ocurren.
Descubrir una buena idea resulta mucho más sencillo que encontrar el lugar donde uno decidió anotarla. La famosa lista puede estar en la computadora; en una hoja suelta mezclada con recibos de agua y electricidad; en una libreta que alguna vez compré para llevar las cuentas de la casa y que terminó sirviendo para todo, menos para llevar las cuentas; entre papeles que guardé «por si acaso»; detrás de la garantía de algún electrodoméstico; dentro de la caja de un regalo del Día de los Enamorados que, por alguna razón que todavía no logro explicar, sigo conservando o, si las cosas siguen como hasta ahora, entremezclada con la comida de los pájaros en el jardín. A estas alturas ya estoy convencido de que las buenas ideas tienen la mala costumbre de esconderse donde a uno jamás se le ocurriría buscarlas.
La semana pasada la famosa lista volvió a hacer de las suyas. Después de revisar cajones, papeles, comida de pájaros y rincones de la casa con un entusiasmo digno de un arqueólogo, tuve que admitir la derrota. Fue justamente ese día cuando nuestra amiga Jaya Tischler le comentó a Raquel que por qué no me sugería escribir un artículo sobre la conversación. Nunca sabré cuáles eran los temas escondidos en aquella lista, pero sí sé que, gracias a ese comentario, dejé inmediatamente de buscarla.
La conversación es una de esas realidades tan profundamente incorporadas a nuestra vida que rara vez nos detenemos a pensar en ella. Nos parece algo tan natural que olvidamos una pregunta verdaderamente fascinante: ¿cómo llegó nuestra especie a desarrollar una capacidad tan extraordinaria?
Nuestra especie lleva sobre la Tierra unos trescientos mil años. En ese tiempo inventamos la agricultura, la escritura, la imprenta, la electricidad, las vacunas, Internet y hasta el control remoto, uno de los mayores aportes a la civilización para quienes ya estábamos cómodamente sentados en el sillón. Sin embargo, mucho antes de cualquiera de esos inventos ocurrió algo que cambiaría para siempre nuestra historia: desarrollamos la capacidad de conversar.
Durante cientos de miles de años no hubo libros, escuelas, universidades ni bibliotecas. Todo el conocimiento de una generación tenía que transmitirse a la siguiente a través de la palabra hablada. Alrededor del fuego se enseñaba dónde encontrar agua, cómo fabricar herramientas y cómo sobrevivir un día más. La conversación fue, probablemente, la primera universidad de la humanidad y la única en la que nadie preguntaba si aquello entraba en el examen.
La conversación hizo mucho más que transmitir conocimientos. También permitió que los seres humanos aprendieran a cooperar, a confiar unos en otros, a resolver conflictos y a imaginar soluciones colectivas para problemas que una sola persona jamás habría podido solucionar. Antes de construir aldeas construimos conversaciones; antes de levantar ciudades aprendimos a escucharnos.
Nuestro cerebro tampoco permanece indiferente durante una conversación. Mientras hablamos, interpreta gestos, silencios, emociones e intenciones con una velocidad asombrosa. Tal vez por eso una conversación encierra mucha más complejidad de la que aparenta.
Cualquier médico con algunos años de experiencia sabe que muchas veces el diagnóstico comienza mucho antes del estetoscopio. Empieza cuando el paciente siente que alguien realmente lo está escuchando. Hay conversaciones que alivian incluso antes de aparecer el primer tratamiento.
La psicología ha puesto de manifiesto desde hace mucho tiempo que conversar no consiste únicamente en intercambiar información. Cada conversación modifica, aunque sea ligeramente, la manera en que entendemos el mundo y a nosotros mismos. Mientras hablamos organizamos recuerdos, damos nombre a emociones que hasta ese momento apenas intuíamos y descubrimos aspectos de nuestra propia forma de pensar que permanecían ocultos. No es extraño que muchas de las decisiones más importantes de la vida nazcan en medio de una conversación sincera y no durante largas horas de reflexión en soledad.
Ahora bien, si la conversación nos ha acompañado desde los albores de la humanidad, si ha contribuido a nuestra supervivencia, al desarrollo del conocimiento y hasta a nuestro equilibrio emocional, resulta inevitable hacerse una pregunta inquietante: ¿por qué precisamente ahora, cuando disponemos de más medios para comunicarnos que en cualquier otro momento de la historia, conversamos cada vez menos? Basta con entrar a un restaurante para comprobarlo. Cuatro personas comparten la misma mesa, pero cada una mantiene una intensa conversación... con su propio teléfono. De vez en cuando alguien levanta la vista durante unos segundos para anunciar que la comida está muy buena. Los demás asienten sin despegar los ojos de la pantalla. Si un arqueólogo del futuro encontrara esa escena, probablemente concluiría que aquellos pequeños rectángulos luminosos eran los verdaderos integrantes de la familia.
Sin embargo, sería demasiado fácil declarar culpables a los teléfonos. Ellos no reemplazaron nuestras conversaciones; simplemente ocuparon un espacio que nosotros mismos dejamos vacío. Si hoy las pantallas ocupan nuestras mesas, nuestros hogares y hasta nuestras reuniones familiares, no es porque nos hayan vencido, sino porque nosotros mismos fuimos cediendo terreno. Ese terreno empezó a perderse mucho antes de que aparecieran los teléfonos inteligentes. Desde hace años nos acompaña una vieja conocida, casi siempre disfrazada de virtud: la prisa. Hemos llegado a admirar a quienes viven permanentemente ocupados. Nos impresiona quien responde mensajes mientras almuerza, atiende llamadas durante el trayecto al trabajo o comenta, con un orgullo apenas disimulado, que hace días no tiene tiempo ni para almorzar. Sin darnos cuenta, convertimos la prisa en una medalla y la falta de tiempo en un motivo de prestigio. Así comenzó, casi sin que lo advirtiéramos, el lento pero inexorable abandono de la conversación.
La prisa no solo redujo el tiempo que dedicamos a conversar; también transformó la manera en que escuchamos. Mientras la otra persona todavía está hablando, nosotros ya estamos preparando la respuesta, buscando un contraargumento o pensando en la siguiente tarea que nos espera. Escuchar dejó de ser un acto de atención para convertirse en una breve pausa antes de volver a tomar la palabra. No resulta extraño que tantas personas sientan que nadie las comprende. En realidad, muchas veces lo único que necesitan es encontrarse con alguien dispuesto a hacer algo que, paradójicamente, parece estar desapareciendo: escuchar al otro sin prisa, ¡escucharlo de verdad!
La tecnología terminó por adaptarse perfectamente a esa nueva forma de vivir. Si no tenemos tiempo para conversar, siempre podemos enviar un mensaje; si el mensaje nos parece demasiado largo, bastan unas pocas palabras; y si hasta escribirlas exige un esfuerzo excesivo, para eso existen los emojis. Hemos conseguido algo que nuestros antepasados alrededor del fuego jamás habrían imaginado: mantener una conversación completa sin necesidad de construir una sola oración. Un pulgar levantado, una carita sonriente o un corazón pueden resolver en segundos lo que antes requería varias palabras. Son recursos extraordinariamente útiles y yo mismo los utilizo, pero conviene recordar que comunicar no siempre significa conversar.
Una condición indispensable para cualquier buena conversación es la disposición a escuchar aquello con lo que no estamos de acuerdo. Conversar con quien piensa exactamente igual que nosotros resulta agradable, pero pocas veces nos obliga a revisar nuestras propias certezas. El verdadero desafío comienza cuando la persona que tenemos enfrente interpreta el mundo de una manera diferente. En lugar de preguntarnos por qué piensa así, con demasiada frecuencia escuchamos únicamente lo necesario para encontrar el momento de demostrarle que está equivocada. La conversación deja entonces de ser un encuentro y se convierte en una competencia en la que alguien tiene que ganar.
Quizás las redes sociales no inventaron esa necesidad de tener razón, pero encontraron la manera perfecta de alimentarla. Ahí las opiniones suelen expresarse con rapidez, las respuestas llegan a la velocidad de la luz y reconocer que el otro podría tener algo de razón parece una concesión reservada para personas excepcionalmente valientes. Una frase escrita en segundos puede provocar una discusión de horas entre personas que, sentadas frente a frente y con una taza de café entre ellos, probablemente habrían descubierto que sus diferencias no eran tan grandes. Nos acostumbramos a reaccionar antes de preguntar, a juzgar antes de comprender y, en demasiadas ocasiones, a responder antes de terminar de leer.
Nuestra necesidad de compartir lo que sentimos, pensamos o vivimos permanece intacta, aunque la conversación haya ido perdiendo terreno. Seguimos queriendo contar una alegría, buscar consuelo ante una preocupación, pedir una opinión cuando no sabemos qué camino tomar o simplemente relatar esas pequeñas cosas que nos ocurrieron durante el día. Lo que ha cambiado es la forma de hacerlo. Podemos intercambiar decenas de mensajes, fotografías, audios y hasta mantenernos al tanto de lo que hacen personas a las que no vemos desde hace años. Ninguna de esas posibilidades garantiza que alguien se detenga a escucharnos cuando realmente lo necesitamos. Una de las grandes paradojas de nuestro tiempo consiste en que nunca tuvimos tantas maneras de mantenernos en contacto y nunca fue tan fácil confundir estar comunicados con estar verdaderamente acompañados.
Las mejores conversaciones siguen apareciendo donde menos se las espera. Surgen en sobremesas que se prolongan hasta que alguien descubre que han pasado varias horas, entre amigos que empiezan hablando de cualquier tontería y terminan confiándose algo que jamás habían pensado contar, entre parejas que después de muchos años continúan descubriendo cosas el uno del otro o entre desconocidos que comienzan a hablar por casualidad y se despiden una hora después con la extraña sensación de conocerse desde hace mucho tiempo. Mientras esas escenas continúen ocurriendo, quizás sea demasiado pronto para declarar a la conversación una especie en peligro de extinción.
Por ahora, me queda una pequeña tranquilidad. La semana pasada perdí una lista llena de posibles temas para escribir y, gracias a una conversación entre dos amigas, terminé encontrando uno que llevaba trescientos mil años esperando su turno. Cuando Jaya le sugirió a Raquel este tema, no podía imaginar hasta dónde iba a llevarme aquella idea. Yo tampoco. Comencé pensando en escribir sobre algo tan cotidiano como conversar y terminé recordando que buena parte de lo que somos como seres humanos nació precisamente ahí: cuando aprendimos a sentarnos frente a otro, contarle algo y, sobre todo, escuchar lo que tenía para decirnos.
Me resisto a imaginar un futuro en el que ver a dos personas conversando llegue a ser noticia. Prefiero pensar que, mientras sigamos teniendo historias que contar, preguntas que hacer, recuerdos que compartir, diferencias que discutir y alguien dispuesto a regalarnos un poco de su tiempo, la conversación seguirá encontrando la manera de sobrevivir.
Después de todo, hace trescientos mil años comenzamos a hablar alrededor del fuego. Sería una verdadera lástima que, después de haber llegado tan lejos, termináramos olvidando cómo sentarnos frente a alguien, mirarlo a los ojos y decirle simplemente:
—Contame...
D. M.

