Todos necesitamos un Mediterráneo
Todos necesitamos un Mediterráneo
El tren llegó a la estación de Puntarenas como suelen hacerlo algunos domingos: sin hacer demasiado estruendo y con esa extraña sensación de que el tiempo, por un instante, decide caminar con más paciencia y menos atribulaciones. Me bajé, estiré un poco las piernas y respiré profundo. El aire cálido olía a fascinación, a sal, a mango verde y a las cajetas de coco que alguna señora acababa de envolver en una pequeña bolsa de papel.
Caminé hacia el Paseo de los Turistas sin ningún plan en particular. Hay lugares que, apenas uno vuelve a acariciar, terminan decidiendo el camino que vamos a recorrer. Los sonidos se mezclaban con el rumor del mar: el bullicio, la música lejana, las bicicletas, las risas y el clamor de las olas resonando en la playa. En medio de todo aquello sentí ese sutil cosquilleo que aparece cuando el alma quiere decir algo, pero todavía no encuentra las palabras adecuadas. Quizás las emociones sean así: primero se alojan en nosotros y después la vida, sin precipitarse, con una formidable serenidad, nos va explicando por qué.
A veces pienso que convivir con uno mismo comienza el día en que uno deja de preguntarse qué está sintiendo y empieza a preguntarse por qué, con la paciencia suficiente para aceptar que un sinfín de respuestas solo el tiempo y la memoria proporcionarán.
Durante mucho tiempo culpé al mal humor de casi todo. Hoy sospecho que, en incontables ocasiones, el mal humor solo intentaba señalar algo que yo todavía no era capaz de entender. Recuerdo aquellas tardes en que me obligaban a ponerme la suéter de lana que picaba como si la hubieran tejido con gusanos de ortiga. En aquel entonces yo no sabía que era alérgico a la lana; simplemente estaba convencido de que aquella prenda había sido diseñada por algún enemigo secreto de mi infancia. Hoy la alergia explica aquel suplicio, pero no borra el recuerdo. Aquella vieja picazón parece seguir viviendo en mí. Reaparece cuando pierdo las llaves, cuando la tostada decide carbonizarse precisamente el día en que más prisa tengo, cuando voy a llegar tarde o cuando el café se enfría mucho antes del primer sorbo. Ya no intento espantar el mal humor apenas aparece. Más bien procuro preguntarme qué intenta decirme. Con los años he descubierto que el mal humor suele ser solo el mensajero: quien envía ese mensaje casi siempre es algún recuerdo, alguna pena o alguna cicatriz que el tiempo nunca terminó de cerrar.
Cuando razona, la mente necesita creer que avanza como un tren disciplinado sobre sus rieles. Las emociones, en cambio, toman los más insólitos senderos de tierra que se escabullen por detrás de las casas viejas donde uno todavía creía que el tiempo era infinito. A veces basta el olor a tierra mojada, el golpeteo de la lluvia sobre las láminas de zinc, un rayo de luz encendiendo el horizonte al atardecer o una canción «de las de antes» que alguien pone en una soda para que, sin advertirlo, el verdadero viaje comience hacia adentro. Solo entonces la memoria intenta alcanzar al cuerpo y poner en palabras aquello que el cuerpo ya sabía.
La gratitud tiene una forma muy particular de llegar. Suele nacer en esos instantes casi imperceptibles que, mientras ocurren, parecen ser insignificantes: la cena que alguien preparó sin que uno tuviera siquiera que pedirla, el abrazo que no necesitó explicaciones o aquella llamada que llegó apenas unos minutos antes de que la tristeza terminara desbordándose en lágrimas. Solo con los años descubrimos la verdadera dimensión de algunas personas y algunas cosas. Hay agradecimientos que solo fructifican y se transparentan con el paso del tiempo. Agradecimientos que solo el tiempo sabe revelar...
Las sonrisas nacen de cosas insólitas. De un primer beso, donde el nerviosismo suele llegar unos segundos antes que los labios. De un desconocido que baila como si el ridículo hubiera sido abolido para siempre. De un niño que ríe en la playa con esa sinceridad que los adultos solemos ir perdiendo sin darnos cuenta. Las sonrisas no resuelven los grandes problemas del mundo, pero tienen una asombrosa habilidad para reparar las enormes fisuras interiores que ni siquiera sabíamos que existían... y a veces, eso resulta mucho más importante de lo que estamos dispuestos a admitir.
El corazón... ese es un caso diferente. Es una criatura imprudente, vulnerable, insolente y testaruda. Se entusiasma por detalles que la razón jamás aprobaría y, contra todo pronóstico, vuelve a sus andadas una y otra vez, convencido de que en esta ocasión todo será diferente. A veces lo observo con cierta clemencia y pienso que es la parte más inocente que todavía me queda: la que sigue creyendo, la que aún se atreve a poner algo de sí en cada nuevo intento sin dejarse paralizar por las decepciones... y la que siempre encuentra una buena razón para volver a empezar.
Y el amor, el amor es la navegación en alta mar: estremece todo. Mueve lo que parecía definitivamente paralizado. Abre habitaciones del alma que suponíamos clausuradas por siempre y enciende luces en rincones que el tiempo había ido apagando. A veces lastima, a veces protege y, casi siempre, hace ambas cosas en la misma noche. Sin embargo, cuando finalmente se retira, rara vez lo hace con las manos vacías. ¡Muy raramente! Siempre deja algo verídico: un recuerdo, una acentuada nostalgia, un resplandor o una indeleble cicatriz que, con el paso del tiempo, deja de doler... y empieza a contar una historia de esas que solo la vida sabe escribir.
Nunca terminamos de conocernos del todo. ¡Nunca! Todas las emociones cambian su técnica, su magnitud y su trayectoria. Quizás por eso convivir con uno mismo no consiste en llegar a un sitio definido, sino en volver una y otra vez hacia quien uno ha sido, hacia quien todavía es, y sobre todo, hacia esa parte de sí mismo que continúa siendo un recóndito misterio. Hace tiempo aprendí a desconfiar de aquellos que aseguran conocerse perfectamente. Siempre he creído que convivir con uno mismo consiste menos en creer que ya nos hemos descifrado y más en conservar la capacidad de sorprendernos con el inquilino que llevamos adentro. Algunos días ese inquilino es un filósofo; otros, un escritor; y otras veces, un niño que todavía recuerda el suplicio de aquella suéter de lana. Y, de vez en cuando, muy de vez en cuando, ese inquilino me lanza una mirada como si fuera la primera vez que nos encontramos.
Y entonces irrumpió la hora del regreso.
Cuando me subí al tren para volver a San José, el mar seguía murmurando detrás de mí, como si se resistiera a despedirse. Desde El Plikiti se escapaba la voz de Serrat entre las conversaciones y el viento. «Y a tus atardeceres rojos se acostumbraron mis ojos... soy cantor, soy embustero, tengo alma de marinero». Puntarenas haciendo lo que mejor sabe hacer: guardar un infinito instante de nosotros para devolverlo muchos años después, cuando la memoria vuelva a necesitarlo.
Me acomodé como pude, todavía con la melodía entrando por la ventana del vagón y el olor a mar mezclándose con los últimos colores de la tarde. Pero entonces ocurrió algo extraño: la luz comenzó a deshilacharse, el viento dejó de empujar las ventanas y, de pronto, el paisaje se plegó sobre sí mismo. El tren, las voces, la playa... todo fue perdiendo consistencia. Busqué mi asiento y me dejé caer sobre algo inesperadamente duro; salté como si me hubiera sentado sobre una bolsa de pejibayes recién hervidos. Tardé apenas un segundo en entender lo que había ocurrido: ¡no había ningún pejibaye! Era la novela de tapa gruesa que había estado leyendo la noche anterior. Nada más humano que asustarse con un pejibaye... digo, con un libro.
Ya no había tren, ni mar, ni Puntarenas extendiéndose como una postal húmeda. Estaba en la penumbra tranquila de nuestro dormitorio, con la misma novela descansando sobre mi pierna y un tenue olor imaginario a sal que todavía parecía aferrarse al amanecer. Y ahí, al otro lado de la cama, estaba mi esposa, la mujer con la que comparto la vida desde hace más de medio siglo, tarareando una melodía que, por un instante, me hizo creer que Puntarenas también se había despertado conmigo:
—«Cerca del mar, porque yo nací en el Mediterráneo...»
Me miró con esos ojos expertos en el arte de descifrar mis desvaríos nocturnos y, antes de que pudiera decir una sola palabra, soltó la sentencia con esa mezcla de cariño y autoridad que solo conceden tantos años compartidos.
—Idiay, ¿qué esperabas? Pasaste toda la noche hablando del mar, de playas, de olas y hasta diciendo que habías nacido en el Mediterráneo. ¿¡Vos naciste en el Mediterráneo!? ¡Ja!
No supe qué responder. La pierna seguía dormida por culpa de los pejibayes... digo, del libro. El orgullo, por culpa de Serrat.
Ella remató, con esa naturalidad que solo tienen quienes llevan toda una vida compartiendo los desvaríos del otro:
—Muy bonito el Mediterráneo... pero levantate ya y ayudame con el desayuno.
Sonreí mientras Puntarenas terminaba de desvanecerse. Comprendí, entonces, algo que siempre había sabido: que los sueños tienen, en incontables ocasiones, la delicadeza de devolvernos verdades que la prisa cotidiana va dejando olvidadas en el silencio. Todo había sido un sueño, sí, pero un sueño envuelto en agua salada, en la música perfecta de Serrat y en novelas de tapa dura que se transforman en pejibayes; esa magia que solo el corazón conserva cuando la razón todavía duerme y el alma sale a recorrer el universo.
Porque convivir con uno mismo también consiste en eso: permitirse andar extraviado durante un rato, regresar con Serrat todavía sonando por dentro, despertar con una mezcla inexplicable de risa y nostalgia y comprender que las emociones, incluso aquellas que solo afloran mientras soñamos, conocen verdades de nosotros que la vigilia suele olvidar.
Y quizá por eso, cada vez que tengo la fortuna de abrir los ojos y encontrarla ahí, vuelvo a comprender que mi vida habría sido infinitamente más difícil sin la paciencia, la energía y la mirada de la mujer que ha sabido acompañar todos mis naufragios y más de un aterrizaje forzoso en playas insólitas. Ella conoce cada uno de esos mapas extraños donde suelo perderme, esas geografías caprichosas que de vez en cuando inventa mi imaginación, y aun así nunca parece inquietarse demasiado. Simplemente sonríe, me devuelve con delicadeza a la realidad y pone el café sobre la mesa como si ambas cosas formaran parte del mismo ritual.
Pensándolo bien, todos deberíamos tener un Mediterráneo. Yo tuve la inmensa suerte de encontrar el mío hace ya más de medio siglo. Desde entonces, cada vez que me da por navegar demasiado lejos, ella deja que el viaje siga su curso por algún tiempo... y luego me recuerda que ayude con el desayuno y saque la basura a la acera.
—Porque hoy es lunes y pasa el camión recogiéndola...
D. M.

