Temu, la ruleta, el lapicero BIC y las vacas en la autopista
Temu, la ruleta, el lapicero BIC y las vacas en la autopista
Todo comenzó con un utensilio que prometía demasiado para el tamaño que tenía. No era un electrodoméstico revolucionario ni una herramienta quirúrgica de precisión; era una cuchara electrónica capaz de medir las calorías de los alimentos y, en caso de detectar algún exceso, cantar con entusiasmo una canción por todos conocida.
Yo no necesitaba aquel invento. Mi cocina estaba abastecida de utensilios sobrios y silenciosos que cumplían su función sin emitir juicios musicales. Sin embargo, este no era un simple instrumento doméstico: ofrecía conciencia calórica con una banda sonora integrada, como si la sobremesa requiriera de una dirección artística. En un instante de entusiasmo injustificado, decidí que aquello representaba el progreso en mi hogar.
Ingresé a la plataforma de Temu dispuesto a realizar una compra rápida y digna. Añadí el artefacto al carrito y me preparé para pagar. Fue entonces cuando apareció la primera ruleta luminosa. La giré con prudencia: el sistema me anunció que obtendría un treinta por ciento de descuento si agregaba al pedido un organizador de medias fluorescentes con compartimentos especiales para guardar los bombillos de repuesto de las medias. No sabía que las medias necesitaran bombillos; pero la oferta estaba presentada con tal convicción que dudé de mi propia ignorancia. La rechacé con la dignidad de quien todavía cree que puede retirarse a tiempo. Inmediatamente apareció una segunda ruleta. La giré; esta vez el descuento ascendía al setenta por ciento si incorporaba una lámpara con forma de zanahoria destinada a iluminar madrugadas introspectivas, lluviosas y frías. También la rechacé. Sin embargo, cada negativa parecía alimentar el entusiasmo del sistema.
Las ruletas se sucedían con una persistencia casi atemorizante. Cada giro estaba acompañado por sonidos estridentes que parecían extraídos de un concierto de reguetón de Bad Bunny, con una celebración sonora tan excesiva que uno sospechaba que el algoritmo estaba festejando algo que yo ni siquiera había ganado. El descuento aumentaba progresivamente: ochenta por ciento, noventa por ciento, noventa y cinco por ciento, noventa y nueve por ciento. Finalmente apareció el mítico cien por ciento; pero como una meta condicional y siempre desplazable, sujeto a que yo lograra referir a veinte amigos dispuestos a participar en la aventura y a cualquier requisito adicional que el sistema decidiera revelar en el último segundo.
Comencé entonces una campaña de persuasión que me llevó a escribir mensajes a personas con las que no hablaba desde el año 2008, cuando las únicas redes sociales eran las reuniones de amigos por las tardes para jugar canicas y planear alguna que otra diablura que, por decencia y moral, no detallaré aquí. Escribí a un excompañero del Liceo de San José. Escribí a un primo lejano. Escribí a conocidos que probablemente ya ni me recordaban.
El excompañero del Liceo aceptó mi llamada con una cortesía que pronto reveló ser estrategia pura. Escuchó con atención mi explicación sobre la ruleta interminable, el descuento del cien por ciento y la necesidad urgente de su apoyo solidario. Cuando terminé mi exposición, se produjo un silencio deliberativo, como si estuviera consultando a un tribunal invisible. Entonces habló y me preguntó cómo era posible que yo tuviera la audacia de solicitar su ayuda digital cuando, sesenta años atrás, él me había prestado un lapicero BIC para realizar el examen de Bachillerato, dado que yo había olvidado el mío en la casa, y jamás se lo había devuelto. Intenté defenderme recordando que aquellos lapiceros costaban menos de un colón y que el impacto financiero del incidente debía considerarse estadísticamente irrelevante. Él rechazó mi línea de defensa y declaró que el valor no era económico, sino sentimental: aquel lapicero había sido un obsequio de una exnovia cuya memoria aún conservaba en el corazón. ¡Qué romántico!
Confieso que la conversación me dejó profundamente pensativo, no por la deuda material ni por la herida romántica asociada al lapicero, sino por la constatación histórica de que en aquella época un colón tenía el poder adquisitivo suficiente para comprar un BIC, financiar un examen de Bachillerato y sembrar un conflicto diplomático con intereses acumulados durante medio siglo.
Las respuestas del resto de los contactos fueron una franca auditoría moral: bloqueos inmediatos, lecciones no solicitadas sobre carácter y principios, silencios prolongados y una sospecha reiterada de que yo necesitaba, de manera urgente, ayuda profesional. Solo Daniel, piloto de helicóptero y hombre generoso, aceptó colaborar sin exigir mayores explicaciones. Mientras tanto, las ruletas continuaban. En medio de la sexta o quizá sétima ronda apareció una oferta reveladora: un dispensador automático de salsa de tomate con sabor a mayonesa picante, equipado con reconocimiento facial para ajustar la intensidad según el estado de ánimo del comensal. Comprendí entonces que ya no estaba comprando un utensilio, sino participando en una experiencia psicológica.
La vida laboral seguía su curso con indiferencia. Decidí llamar a mi jefe y explicarle que no me sentía bien. Le describí un cuadro severo de escalofríos persistentes y la sospecha fundada de una posible infección transmitida por capibaras. Añadí que la noche anterior había visto con claridad la silueta de uno de esos animales desplazándose por mi jardín. Al otro lado de la línea se produjo un silencio fúnebre y reflexivo. Mi jefe me preguntó si estaba completamente seguro de lo que había visto. Le respondí que la figura era inequívoca y que, considerando la expansión de fauna exótica alrededor del Parque del Café, no era prudente subestimar la evidencia. No estoy completamente seguro de si se apiadó de mi posible infección capibaral o si comenzó a dudar de mi estado psiquiátrico; lo cierto es que me concedió varios días de incapacidad.
Fue durante esos días, entre giros adicionales y negociaciones emocionales con el algoritmo de Temu, cuando finalmente logré concretar la compra. El descuento del cien por ciento se reveló como una promesa móvil, siempre condicionada a un esfuerzo suplementario. Sin embargo, adquirí el artefacto con una rebaja que, en mi estado de agotamiento, interpreté como una victoria. Poco después recibí el mensaje de que el pedido había llegado a Costa Rica. La alegría fue inmediata; pero se transformó en desconcierto al leer que debía retirarlo personalmente en la Isla del Coco. ¿¡En la Isla del Coco!? ¡Infelices!
Me comuniqué con Daniel. Él me explicó que tenía el helicóptero estacionado en el aeropuerto de Liberia, en Guanacaste; el plan consistía en viajar por carretera hasta Liberia, volar en helicóptero hasta la Isla del Coco, recoger el paquete, regresar nuevamente a Liberia y luego conducir de vuelta a San José. Acepté el plan. El trayecto hacia Liberia tuvo algo de excursión improvisada: en la ruta compramos bizcochos, mangos verdes con mucha sal y gallos de papa. Yo intentaba disfrutar del paisaje mientras calculaba cuánto tiempo más podía sostener la narrativa de la infección capibaral sin que recursos humanos activara alguna sospecha adicional.
Desde Liberia despegamos hacia la Isla del Coco. Al llegar, no encontré una oficina de mensajería organizada, sino a un especialista en el comportamiento de tiburones y ostras durante la llegada del empuje frío número catorce. Este caballero, en lugar de entregarme el paquete, decidió interrogarme durante tres largas horas sobre si debía comprar en la plataforma unos binoculares digitales submarinos a todo color para observar el apareamiento de las chuchecas en primavera. Yo intentaba explicarle que solo quería retirar una cuchara cantante; pero el hombre estaba genuinamente interesado en mi experiencia como consumidor. Finalmente logré marcharme con mi utensilio en la mano.
El regreso parecía sencillo; hasta que el automóvil de Daniel tuvo un roce con un camión que transportaba ganado. La colisión fue leve; pero suficiente para que la compuerta trasera se abriera y las vacas descendieran con tranquilidad, comenzando a caminar por la autopista. Durante seis horas el tránsito quedó completamente paralizado mientras los animales paseaban entre los vehículos, dejando caer con absoluta serenidad el césped ya procesado por el extremo opuesto a la boca y perfumando el aire con un aroma intenso, inconfundiblemente rural, que se infiltraba por las ventanillas cerradas y obligaba a todos los conductores a reflexionar sobre la fragilidad de la civilización y la conveniencia de volver a utilizar los cubrebocas KN-95.
Los medios de comunicación llegaron con rapidez. Las cámaras captaron imágenes en las que yo aparecía sosteniendo mi utensilio recién recuperado, vestido con una indumentaria promocional adquirida durante la ruleta interminable. Al día siguiente recibí la llamada del departamento de recursos humanos informándome que mi contrato había sido rescindido. Mi jefe añadió que, además de mi presencia en la página de sucesos con aquella ropa cuestionable, habría sido prudente no dejar abierto el cierre del pantalón antes de convertirme en figura pública involuntaria
Esa misma noche probé la cuchara. Cuando detectó azúcar, se puso a cantar con entusiasmo imprudente aquella canción que todos conocemos y que nadie quiere oír después del postre; pero no lo hizo con el esperado acento argentino, sino con un insólito acento chino, ligeramente nasal y sorprendentemente disciplinado, como si la conciencia calórica hubiese sido subcontratada en otra latitud.
Toda la gente te tiene loco
con que estás gordo, que gordo estás
no comás tanto cuídate un poco
si no parás vas a reventar
Y, para mi sorpresa, hizo exactamente lo mismo cuando detectó sal, como si considerara que todo exceso mereciera una escandalosa comparsa de carnavales. Fue entonces cuando mi esposa, compañera de cincuenta y dos años de matrimonio y testigo involuntaria de todas mis decisiones cuestionables, se levantó de la mesa con una solemnidad casi protocolar y se dirigió a la cocina sin pronunciar ni una sola palabra. Yo permanecí inmóvil, sosteniendo la cuchara como si fuera evidencia en un proceso judicial doméstico, y podría jurar que, desde la cocina, emergió primero una risa discretamente reprimida que, segundos después, se convirtió en una carcajada imposible de disimular. En ese momento comprendí que debía demandar a Temu, no solamente por la pérdida del empleo ni por el deterioro de mis amistades ni por la crisis vial provocada por el ganado ni por haber provocado una carcajada doméstica cuya resonancia aún percibo desde la cocina, sino por haberme hecho creer que el descuento absoluto era una meta realista y no una estrategia diseñada para desorientar al ciudadano promedio.
Y si usted, estimado lector, desea adquirir una cuchara que canta cuando detecta desde un arroz con mango hasta un capibara rondando por su jardín, puede escribirme; la experiencia incluye asesoría preventiva sobre apareamiento de chuchecas y manejo del ganado bovino, incluidos sus aromas, en las autopistas nacionales. Ah, y no contempla entregas en la Isla del Coco ni risas burlonas provenientes de la cocina.
D. M.

