Siempre te recordaré, Pedro
No puedo precisar cuándo conocí a Pedro. Sencillamente forma parte de mis primeros recuerdos, con esa naturalidad que tienen ciertas presencias que parecen haber estado siempre junto a nosotros. Yo era apenas un niño y él ya era mayor que yo. Por ese entonces, esa diferencia me parecía enorme, aunque nunca fue un obstáculo para nuestra amistad. Pedro era fuerte, extraordinariamente fuerte, y durante mi infancia podía sostenerme durante un buen rato sin que pareciera importarle mi peso. Yo me acomodaba entre sus brazos con esa confianza absoluta que solo tienen los niños, cuando todavía creen en la existencia de sitios mágicos donde nada malo les ocurrirá jamás. Ahí me sentía seguro, protegido de esas pequeñas amenazas que a los ojos de un niño pueden adquirir dimensiones gigantescas, y me resistía a separarme de él cuando llegaba el momento de volver a casa.
Las primeras desgracias de mi infancia también terminaron formando parte de mis largas confidencias con Pedro: acontecimientos que, a esa edad, uno vive con la convicción de que son irreparables y absolutamente catastróficos. Le hablé de alguna pelea con un amigo que me hizo sentir que me había quedado solo en el mundo, de un juguete roto, de un castigo que consideraba profundamente injusto y hasta de aquel suéter de lana que mi madre insistía en ponerme y que me producía una picazón insoportable. Muchos años después descubrí que era alérgico a la lana; por ese entonces me limitaba a quejarme largamente con Pedro, que soportaba mis lamentos con una paciencia que los años me enseñarían a reconocer como un condimento muy escaso en nuestro mundo.
La adolescencia trajo preocupaciones diferentes y, con ellas, confidencias que ya no me atrevía a compartir con cualquiera. Hubo muchachas de las que me enamoré perdidamente, con esa intensidad desproporcionada de los quince o dieciséis años, aunque la gran mayoría de ellas, por supuesto, tuvieron la descortesía de no enterarse jamás. A esa edad, una sola mirada podía rondarnos durante toda una tarde y una noche, y una pequeña sonrisa en unos labios juveniles bastaba para alimentar falsas esperanzas durante un par de semanas o más. A algunas les escribí lo que entonces me parecían unos hermosísimos poemas. Eran versos solemnes, atormentados y, vistos desde la distancia, indudablemente espantosos. La verdad es que, vistos desde muy, muy cerca, tampoco mejoraban ni una pizca, pero yo estaba convencido de que eran capaces de conmover hasta el alma más indiferente y, en cualquier competencia, de hacer pasar un mal rato hasta al mismísimo Rubén Darío. Nunca tuve el valor de entregárselos a sus destinatarias. Pedro fue el único a quien se los leí. Lo hacía una y otra vez durante aquellas tardes interminables. Ensayaba entonaciones, cambiaba palabras y, con espantosa frecuencia, forzaba la rima hasta hacerle decir al idioma cosas que seguramente nunca tuvo la más remota intención de decir. Para esa época ya había dejado atrás otra de nuestras viejas costumbres: acomodarme entre sus brazos como lo había hecho tantas veces de niño. Había crecido demasiado para seguir haciéndolo con la misma facilidad y, sin proponérmelo, un día dejé de hacerlo. Ni siquiera recuerdo cuándo ocurrió. Tal vez porque muchas cosas de la infancia terminan precisamente así: las hacemos por última vez sin saber que será la última... y seguimos adelante sin imaginar que algo acaba de quedar rezagado para siempre, dejando una huella invisible en nuestro andar.
Cuando arribaron los años en que las decisiones tenían consecuencias más duraderas, también fueron cambiando las cosas que le contaba a Pedro. Ya no iba a buscarlo para contarle mis dos enamoramientos del día anterior o quién había dejado de saludarme. Le hablé de mis dudas sobre lo que quería hacer con mi vida, de algunos sueños que entonces me parecían enormes y de ciertos temores que procuraba ocultar delante de los demás. Hubo tardes luminosas en las que llegué colmado de entusiasmo y mañanas lúgubres en que lo hice envuelto en el más absoluto de los desencantos, convencido de haber tomado la peor decisión de mi vida. Pedro permanecía a mi lado, escuchándome con la misma paciencia de siempre. No recuerdo ninguna ocasión en que quisiera imponerme una opinión o reprocharme alguno de mis errores. Tal vez por eso, con los años, llegué a confiarle aquello que me resultaba difícil compartir con los demás.
Los amores de adolescencia fueron quedando atrás y, muchos años después, a Pedro también le conté la historia de la mujer con la que finalmente compartiría mi vida y con la que llevo ya más de medio siglo de matrimonio. Mucho antes de atreverme a hablar abiertamente con ella, ya le había confiado a Pedro mis esperanzas, mis entusiasmos, mis inseguridades y ese miedo que aparece cuando uno descubre que alguien le importa más que cualquier otra cosa en el universo y, precisamente por eso, teme que algún día pueda dejar de formar parte de su vida. Raquel, por su parte, supo muy pronto de Pedro. Le hablé tantas veces de él y de las historias que habíamos compartido desde mi infancia que, cuando finalmente lo conoció, ella sintió que estaba conociendo a alguien que ya formaba parte de sus recuerdos sin haber estado presente en ellos. Con los años también ella terminó encariñándose con Pedro y su nombre pasó a formar parte de nuestra vida en común con la misma naturalidad con que había formado parte de la mía desde niño.
Los años fueron dejando sus heridas en Pedro. La primera realmente grave ocurrió durante una de aquellas lluvias torrenciales de noviembre. Recuerdo que un vecino nuestro llegó a contarnos, todavía muy afectado, que un rayo había caído muy cerca de Pedro y le había provocado quemaduras tan graves en un brazo que no hubo forma de evitar que lo perdiera. La noticia me produjo una enorme tristeza. Durante toda mi infancia aquellos brazos habían representado para mí una seguridad absoluta; me habían sostenido en infinidad de ocasiones y yo había confiado en ellos sin siquiera pensar que algo pudiera ocurrirles. Volver a encontrarlo después sin ese brazo me enfrentó por primera vez a una realidad que hasta ese momento había preferido ignorar: Pedro también podía morir algún día.
Muchos años después de aquel terrible accidente en que perdió el brazo, seguí encontrando a Pedro en el mismo sitio de siempre, más envejecido, con las cicatrices de aquella desgracia cada vez más evidentes, pero conservando algo de la fortaleza que yo recordaba desde niño. A mis ojos, nunca volvió a ser exactamente el mismo y, sin embargo, encontrarme con él seguía produciéndome una profunda tranquilidad y me hacía pensar que, mientras Pedro siguiera presente, una parte de mi infancia se negaría también a desaparecer.
Anoche volvió a llover con una violencia que hacía bastante tiempo no se veía. Los relámpagos iluminaban continuamente las ventanas y los truenos se sucedían con tal fuerza que en varias ocasiones Raquel y yo interrumpimos la conversación. En algún momento de la madrugada la lluvia comenzó a disminuir y finalmente nos fuimos a dormir.
Hoy en la mañana recibimos una noticia terrible: durante la tormenta de anoche, un rayo había caído muy cerca de Pedro y, en cuestión de minutos, se había desatado un incendio. Las llamas lo alcanzaron y, en tan solo unos segundos, se apoderaron de él. Aunque lograron controlar el fuego, las lesiones que sufrió fueron incompatibles con la vida. La noticia llenó a Raquel de una enorme tristeza. Yo sentí ese vacío profundo que nos invade al comprender la pérdida de alguien a quien imaginábamos siempre a nuestro lado. Durante unos minutos permanecimos en silencio, tratando de aceptar que Pedro, que había formado parte de nuestra vida desde mucho antes de que yo pudiera comprender el significado de una despedida, ya no volvería a estar ahí. ¡Jamás! Pensé en el niño que fui, acomodado entre sus brazos; en aquel suéter de lana que tanto me hacía sufrir; en las peleas infantiles que parecían el fin del mundo; en los poemas espantosos que le leí durante mi adolescencia y en todas las cosas que le conté después. Pensé también en todos los años que habían transcurrido desde aquellos días, mientras la presencia de Pedro se iba entrelazando silenciosamente con una vida que ya no podía entenderse del todo sin él.
Hoy en la tarde Raquel y yo fuimos a despedirnos de Pedro. Todavía quedaban rastros de la tragedia y varias personas trabajaban retirando los destrozos que el fuego había dejado a su alrededor. No tuve fuerzas para acercarme demasiado y preferí quedarme a cierta distancia, contemplando por última vez aquella escena y tratando de reconciliarla con todos los recuerdos que conservaba de él. Raquel tomó mi mano y permanecimos en silencio durante unos minutos que, por algún capricho del universo, parecieron extenderse hasta rozar la eternidad. Cuando nos disponíamos a marcharnos, volví la vista hacia el lugar de la tragedia con la tristeza de saber que nunca volvería a encontrarlo ahí. Mientras nos alejábamos, un vehículo se detuvo a pocos metros de nosotros. En una de las puertas se leía «Municipalidad de San José». Dos hombres bajaron y comenzaron a descargar algunas herramientas. Uno de ellos encendió una motosierra y comenzó a cortar lo poco que el incendio había dejado en pie de aquel enorme árbol al que, desde que tengo memoria, llamé Pedro y del que acabábamos de despedirnos en silencio... acompañados por los recuerdos de toda una vida de amistad.
D. M.

