Melancolía
Melancolía
Ayer por la tarde, mientras escuchaba a Piero cantar «Es un buen tipo mi viejo», permanecí durante largos y serenos minutos sentado frente al jardín interior de mi casa. La lluvia descendía lentamente sobre las plantas húmedas, y las gotas resonaban sobre las láminas de zinc del techo con ese golpe seco, profundo y familiar que acompañó incontables tardes lluviosas de mi juventud. El ambiente parecía eternizarse en una quietud íntima y solemne. La canción llenaba el entorno con una mezcla extraña de ternura y reminiscencias. No era solo una música suave ni solamente triste: había en ella algo mucho más apasionado, una inquietud antigua y difícil de explicar que parecía venir desde un lugar remoto del alma. ¡Era una profunda melancolía!
«Tiene la tristeza larga
de tanto venir andando».
Hay frases sencillas que poseen una fuerza devastadora. No se escuchan únicamente con los oídos: atraviesan lentamente extensas regiones antiguas de nuestra memoria y despiertan emociones dormidas, escenas desvanecidas y nostalgias que uno creyó sepultadas para siempre bajo el peso silencioso de los años.
Algunas canciones no parecen haber sido creadas para entretenernos, sino para abrir lentamente las viejas cortinas del alma y alumbrar las habitaciones interiores que creíamos clausuradas y anochecidas para siempre. Y para iluminar todos aquellos sitios recónditos donde todavía permanecen intactos una infinidad de recuerdos, ausencias y versiones antiguas de nosotros mismos que el tiempo nunca consiguió borrar por completo.
Mientras observaba la lluvia caer sobre el jardín húmedo y taciturno, empecé a meditar acerca de la melancolía y de lo distinta que resulta de la tristeza común. La tristeza suele tener una causa concreta y visible: una pérdida reciente, una decepción amarga, una despedida inevitable. La melancolía, en cambio, es más silenciosa, más compleja y más profunda. Muchas veces ni siquiera nace de una pérdida claramente identificable; aparece como la profunda y dolorosa sensación de que algo inmensamente valioso quedó atrás en algún lugar del tiempo y que jamás podrá ser recuperado por completo. Surge como una ausencia perseverante, como si una parte de nuestra alma hubiera quedado detenida en algún rincón distante del tiempo, aferrada todavía a voces, abrazos, olores y momentos que la vida fue dejando atrás mientras nosotros continuábamos avanzando inevitablemente hacia el futuro
«Yo lo miro desde lejos,
pero somos tan distintos».
Hay canciones que producen una nostalgia inmensa incluso cuando la historia que cuentan no coincide exactamente con la nuestra. Mi padre murió hace muchos años y, sin embargo, cada vez que escucho esa canción siento que algo antiguo vuelve a abrirse silenciosamente dentro de mí. Quizás porque la melancolía no necesita reproducir literalmente nuestros recuerdos: le basta con rozar ciertas emociones subterráneas para despertar ausencias que nunca terminan de irse del todo. ¡Y que nunca lo harán!
La psicología y la filosofía han intentado comprender la melancolía durante siglos. Sigmund Freud sostenía que, en la melancolía, el ser humano no solo pierde algo externo, sino que termina quedando unido de manera inconsciente a aquello que perdió. Por eso duele de una forma tan íntima, profunda y persistente. No se experimenta únicamente como una ausencia; también puede sentirse como una lenta y silenciosa erosión del alma, como si ciertas pérdidas arrancaran delicadamente los pétalos invisibles de nuestra identidad y dejaran dentro de nosotros gigantescos vacíos que jamás volverán a llenarse por completo.
«Ahora ya caminas lerdo,
como perdonando al viento».
Tal vez por eso algunas canciones poseen la extraña y misteriosa capacidad de desmoronarnos lentamente por dentro, de descender suavemente hacia las regiones más frágiles y olvidadas del alma y despertar, con una ternura devastadora, dolores, recuerdos y ausencias que creíamos dormidos para siempre bajo las ruinas silenciosas y enigmáticas del tiempo. No hablan solamente de padres envejecidos ni de calles y barrios antiguos. Hablan también de algo infinitamente más hondo, más íntimo y profundamente humano: del angustiante descubrimiento de que el tiempo avanza sin detenerse jamás, arrastrando consigo versiones enteras de quienes fuimos, voces que alguna vez llenaron nuestros días de luz y personas que amábamos creyendo, con esa frágil e inocente esperanza que habita en todos los seres humanos, que permanecerían junto a nosotros para siempre.
«Yo soy tu sangre, mi viejo,
soy tu silencio y tu tiempo».
Con los años uno termina comprendiendo que los seres amados no desaparecen realmente después de la muerte. Lejos de diluirse con el paso del tiempo, muchas veces su presencia se vuelve más profunda, más íntima y más hermosa. Continúan viviendo en canciones antiguas que todavía nos estremecen; en fotografías lentamente borradas por la luz del sol y por el desgaste amoroso de haberlas contemplado demasiadas veces; en ciertas palabras que regresan inesperadamente a nuestra boca y en recuerdos que continúan apareciendo con una nitidez casi dolorosa. Y viven también en esa melancolía profunda e inesperada que algunas tardes lluviosas invade el alma, como si la memoria, hastiada de guardar silencio durante tantos años, decidiera finalmente regresar para sentarse a nuestro lado y susurrarnos todo aquello que el corazón jamás logró olvidar.
Y mientras las últimas gotas resbalaban desde el techo hacia el jardín húmedo y silencioso, comprendí que ciertas canciones no terminan cuando la música se detiene. Continúan viviendo dentro de nosotros; en ciertos silencios inesperados, en recuerdos que regresan sin previo aviso y en esas lágrimas densas y silenciosas que descienden por las mejillas, pero que no brotan realmente de los ojos, sino desde los rincones más adoloridos y tiernos del alma. Ahí, donde siguen viviendo, intactas y dolorosamente hermosas, las personas que alguna vez amamos con todo el corazón
«Viejo, mi querido viejo...»
D. M.

