Les perres
Les perres
Tengo una preocupación que no es nueva, pero que últimamente me está provocando un intolerable insomnio: el abandono de esas pobres criaturas que, en épocas lingüísticamente más primitivas, por no decir casi cavernícolas, habríamos llamado simplemente «perros callejeros». Solo dos palabras. Dos palabras que todo el mundo entendía y, hasta donde sabemos, los perros también. Pero hemos progresado y, como todo progreso exige una enorme cantidad de letras, formularios, asesores, comisiones y funcionarios con incontables subespecialidades, semejante expresión resulta hoy sospechosamente escueta y peligrosamente comprensible. El primer problema salta a la vista: «perros». ¡¿Por qué perros?! ¡¿Qué pasó con las perras?! ¡¿En qué tenebroso momento de nuestra historia lingüística permitimos que se desvanecieran?! Millones de ellas caminaron por nuestras calles invisibilizadas bajo esa sospechosa denominación. Nosotros creíamos verlas, las acariciábamos, les dábamos comida y hasta movían sus colitas a modo de agradecimiento, pero todo eso era una ilusión: ¡no existían! Bueno... gramaticalmente no existían. Podríamos reparar semejante injusticia diciendo «los perros y las perras». Así, por lo menos, quedarían oficialmente reconocidas ambas mitades de la especie.
Las humildes vocales llevaban siglos entre nosotros, calladas y aparentemente inofensivas, hasta que alguien descubrió que llevaban todo ese tiempo discriminando con premeditación, alevosía y absoluta impunidad. «Caninas» podría resolver el problema, pero también termina en «a»: después de siglos invisibilizando a las hembras, hemos necesitado apenas ocho segundos y medio para invisibilizar a los machos. Por fortuna, la creatividad humana no conoce límites y alguien encontró la solución definitiva: ¡«les perres»! La fórmula no discrimina a nadie y, de paso, tampoco se parece demasiado al español. Con suficiente solemnidad y una pizca de sonido gutural, hasta parece francés; no importa que ningún habitante de Francia nos entienda ni una sola palabra, porque para entonces quienes nos rodean ya estarán convencidos de que estudiamos en la Sorbona. Tampoco importa que el perro no sepa que es perro, la perra no sepa que es perra y nosotros, después de un rato, tampoco tengamos ni la menor idea de qué estamos hablando. Lo importante es que habremos alcanzado la igualdad perfecta: ¡la confusión universal! A partir de entonces entraremos oficialmente en el Gran Caos Morfosintáctico Planetario, y puede ocurrir cualquier cosa: algún planeta podría salirse de su órbita, las mareas comportarse de manera extraña y hasta producirse un eclipse solar sin que ningún astrónomo haya sido debidamente notificado. A estas alturas, nadie se atrevería a asegurar que el sistema solar podría sobrevivir al peligrosísimo advenimiento de «les perres».
Mi título original para este artículo era «La deuda pendiente con las caninas adultas mayores en situación de indigencia». Me parecía magnífico: solemne, sensible, suficientemente largo y con ese delicioso aroma a informe institucional que nadie, jamás, terminaría de leer. El entusiasmo me duró poco: ¡«caninas» está en femenino! Había invertido todo aquel despliegue lingüístico en fabricar un título irreprochablemente inclusivo y había conseguido excluir a todos los machos. El artículo todavía no tenía ni una sola línea y yo ya debía una disculpa pública, una rectificación oficial y la asistencia obligatoria a un curso de reeducación lingüística de ciento veinte horas. Todo eso antes del juicio oral y público. «Perres» tampoco resuelve todos nuestros problemas. ¿Qué ocurre con un animal que no se siente ni perro ni perra, o que todavía se encuentra explorando su identidad perruna? ¿Tenemos derecho a decidir por él basándonos exclusivamente en lo que vemos debajo de su cola? Hasta el momento no conozco ningún perro que se haya quejado de la identidad que le asignaron al nacer, aunque tampoco deberíamos interpretar su silencio como conformidad: hasta donde sabemos, ninguno ha recibido instrucciones claras sobre dónde presentar la correspondiente apelación. Durante generaciones nos hemos limitado a levantarles la cola y sacar conclusiones: macho, hembra y... a lo que vinimos; sin una entrevista previa, un formulario de autopercepción de diecisiete páginas ni la elemental cortesía de preguntarle al interesado... perdón, o a la interesada. No vaya a ser que cometamos otra atrocidad. Doce mil años de domesticación y supuesta convivencia con el mejor amigo del hombre, y jamás tuvimos la delicadeza de averiguar cómo quería ser llamado. Ni un consentimiento informado. Ni una casilla de «prefiero no responder». ¡Nada! ¡Hay civilizaciones que han desaparecido por mucho menos!
Saber cómo desea ser llamado un perro presenta dificultades que la ciencia todavía no ha conseguido resolver. Incluso cuando se les proporciona un espacio seguro para expresarse y hasta una entrevista en las más prestigiosas redes sociales, los perros suelen limitarse a jadear, ladrar, olfatear al entrevistador o pedir comida. Interpretar ese silencio como consentimiento sería, naturalmente, otra forma de imponerles nuestra voluntad. La solución exige una comisión interdisciplinaria integrada por lingüistas, veterinarios, sociólogos, psicólogos, especialistas en estudios de género, un observador internacional, tres representantes de la sociedad civil y dos perros elegidos democráticamente. La presencia de un gato y una gata también podría resultar conveniente para garantizar una mirada externa e independiente y, por supuesto, paritaria, aunque su derecho al voto tendría que discutirse en una sesión posterior. Mientras llega una resolución definitiva, «personas no humanas pertenecientes al espectro canino, adultas mayores y en situación de vulnerabilidad habitacional» parece una fórmula razonablemente segura.
Mis abuelos y mis padres jamás necesitaron una teoría lingüística para entender que cuando la maestra decía «mañana todos traen un cuaderno», también se refería a las niñas. La Real Academia Española tampoco parece encontrar demasiado misterio en el asunto: «todos» puede incluir a hombres y mujeres sin necesidad de desdoblar cada palabra. Nosotros conseguimos complicar considerablemente el asunto y, de paso, descubrimos una forma extraordinariamente cómoda de salvar a la humanidad sin siquiera levantarnos de la silla: corregir las vocales. Atender dignamente a los ancianos requiere políticas públicas, dinero e instituciones eficientes; convertirlos en «personas adultas mayores» requiere apenas un comunicado de cuarenta y siete páginas, redactado por una comisión de expertos, presentado solemnemente ante los medios de comunicación, traducido a seis idiomas y archivado inmediatamente en un lugar seguro donde jamás pueda causarle daño a nadie. Conseguir igualdad entre hombres y mujeres puede tomar generaciones; escribir «todos y todas» toma apenas dos segundos adicionales. Si uno dispone de suficiente tiempo, incluso puede añadir «todes», presentar el informe antes del almuerzo y regresar al hogar con la estupenda sensación de haber contribuido personalmente al progreso de la humanidad y, de paso, a que los planetas permanezcan obedientemente dentro de sus órbitas, los agujeros negros no se salgan de control y el universo continúe expandiéndose en la dirección prevista.
La palabra «callejera» no consiguió sobrevivir al escrutinio lingüístico. La comisión sugirió sustituirla por «en situación de indigencia», pero un integrante advirtió que «indigencia» podía resultar estigmatizante; otro propuso «en situación de vulnerabilidad habitacional» y un tercero, que probablemente era sociólogo, recomendó «en situación de exclusión sociohabitacional». Finalmente la comisión aprobó «exclusión sociohabitacional», de modo que nadie se atrevió a preguntar si «sociohabitacional» existía antes de la reunión. Nuestra perra pasó a ser una «persona no humana perteneciente al espectro canino, adulta mayor y en situación de exclusión sociohabitacional». La pobre perrita seguía igual de abandonada, pero administrativamente había experimentado un ascenso social extraordinario. Si «vieja» sonaba demasiado categórico, podíamos sustituirla por «temporalmente distanciada de la juventud». Los calvos pasarían a ser «personas en situación de diversidad capilar», denominación que apoyo sin reservas y por la cual estoy dispuesto a encadenarme a un poste, y el hambre podría convertirse en una «experiencia alimentaria deficitaria involuntaria».
Conviene aclarar algo antes de que alguna persone redacte una denuncia: las palabras importan y no todas son inocentes. Algunas ofenden, otras arrastran viejos prejuicios y unas cuantas merecen desaparecer. Tampoco tiene nada de extraño decir «señoras y señores», «amigos y amigas» o mencionar expresamente ambos sexos cuando existe una razón para hacerlo. Una cosa es utilizar el lenguaje con cortesía, precisión y respeto, y otra bastante distinta someter cada oración a un minucioso control de vocales hasta que pedirle a un grupo de estudiantes que abra el libro requiera primero hacer una encuesta para averiguar cómo quiere ser llamado cada uno. El problema comienza cuando entendernos deja de ser suficiente y cada frase tiene que superar una rigurosa inspección lingüística antes de salir a la calle. Poco importa que resulte más larga, artificiosa, impronunciable o incluso cómica. Lo esencial es que nadie pueda acusarnos de haber dejado una vocal sin supervisión. ¡Y eso no tiene precio!
Si encontramos un perro abandonado, podemos darle comida, ofrecerle agua y ayudarlo a encontrar un lugar donde dormir. Alimentarlo puede tomar unos minutos; decidir cómo debemos llamarlo podría requerir varias semanas. Para eso podemos formar una comisión, redactar un protocolo, solicitar asesoría y, si queda presupuesto, organizar un seminario internacional con refrigerio incluido. Mientras deliberamos, el perro podrá comer y mover esa cola que ningún comité ha conseguido declarar lingüísticamente problemática. Para cuando finalmente alcancemos un consenso, es muy posible que nuestra persona animal no humana adulta mayor en situación de inseguridad alimentaria y exclusión sociohabitacional ya haya emigrado al país donde se organizó el seminario internacional con refrigerio incluido, pero al menos estará con la panza llena y el corazón contento.
Y sí, por supuesto que podemos llamarla perra. Después de tantas sílabas, formularios, asesores, comisiones, protocolos, especialistas, observadores internacionales y seminarios con refrigerio incluido, quizá podamos permitirnos regresar, aunque sea por un instante, a aquellas épocas lingüísticamente primitivas, casi cavernícolas, en las que una palabra todavía tenía la extravagante pretensión de ser comprendida; tiempos remotos en los que un perro podía ser un perro, una perra podía ser una perra y nadie necesitaba convocar un comité interdisciplinario para entender de qué demonios estábamos hablando. Las consecuencias, naturalmente, podrían ser devastadoras: alguna vocal podría sentirse excluida, varias instituciones tendrían que emitir comunicados de emergencia, algún planeta podría abandonar inesperadamente su órbita y hasta podríamos presenciar un eclipse solar sin previo aviso que obligaría a los astrónomos y a uno que otro astrólogo delirante a trabajar horas extras. Y usted, estimado lector, si esta noche encuentra bajo la lluvia a una de esas pobres criaturas, mojada, hambrienta y temblando de frío, ¿qué hará? Puede convocar una comisión, solicitar un estudio de impacto lingüístico, consultar a los especialistas y esperar la resolución definitiva sobre su identidad sociohabitacional. Yo, por mi parte, pienso darle de comer, acariciarle la cabeza y cometer, sin consentimiento informado y con plena conciencia de la gravedad de mis actos, la última y más escandalosa de todas nuestras transgresiones lingüísticas: llamarla perra.
D. M.

