La primera vez
La primera vez
Estaba hablando con una amiga de la adolescencia. Al principio hablábamos de anécdotas de aquellos años. Creo que estábamos recordando episodios divertidos: los atuendos hippies que usábamos con un orgullo bastante difícil de justificar; las ridículas combinaciones de la ropa; las fotos que hoy negaríamos haber protagonizado, negaríamos haber permitido tomarlas y negaríamos incluso reconocer como propias, aun si alguien las pusiera frente a nosotros con pruebas enteramente irrefutables. Esa época en la que la presentación personal solía ir demasiados pasos por detrás del buen gusto. El caso es que, sin que yo supiera cuándo ocurrió el desvío, mi amiga empezó a contarme una historia.
Mi esposa siempre me lo ha recalcado, medio en broma y medio en serio: no entiende por qué la gente termina contándome cosas. No anécdotas. Cosas… Relatos que no suelen compartirse en conversaciones casuales. A veces lo dice con una sonrisa; otras, con esa mirada analítica suya que registra absolutamente todo. En esa conversación hubo un momento en el que habría preferido que mi esposa estuviera sentada a mi lado. Estoy casi seguro de que mi amiga no habría avanzado con tanta libertad y confianza si ella hubiera estado presente, aunque fuera escuchando en silencio.
Mi amiga recordaba esa primera vez con una claridad que no se había desgastado ni un ápice con el paso de los años. Hablaba sin adornos, sin sobreactuar la narración de sus recuerdos, con una serenidad que intensificaba el momento. Yo no la interrumpí. Había algo en su forma de describir que imponía un penetrante silencio. No parecía buscar una reacción ni ninguna complicidad de mi parte. Simplemente, avanzaba. Yo escuchaba atento, intentando no adelantarme, aunque ya sentía que el relato me llevaba a un terreno delicado.
Me habló de cómo fue todo el acto previo. De ese momento en el que el cuerpo reacciona antes de que la mente haya terminado de tomar una decisión. De la expectativa mezclada con una impaciencia física difícil de contener. De la respiración acelerándose sin aviso. De los latidos del corazón insistentes, acelerados. De una sensación de calor imposible de ignorar, que se iniciaba en los pies y comenzaba a ascender. El cuerpo reaccionando antes de que la mente pudiera procesar lo que estaba ocurriendo. En esa primera vez dudó. Dudó muchísimo. Dudó del momento. Dudó del lugar. De si no debía esperar un poco más. Esperar otra ocasión. Pero respiró muy profundo... y siguió. Y en ese instante le temblaban las manos. Y también los pies.
En su relato hizo una pausa. No para enfatizar nada, sino porque el recuerdo parecía exigirle una respiración más lenta. Como si el cuerpo todavía estuviera reaccionando a lo que acababa de contar. Yo seguía sin decir nada, ya ubicado en esa quietud incómoda que aparece cuando uno escucha algo que no sabe bien si debería estar escuchando. Me describió sensaciones concretas. El contacto con la piel. El cambio inmediato en el equilibrio. Cómo el cuerpo, de pronto, deja de responder como siempre lo ha hecho. Cómo algo altera la manera de ponerse de pie, de moverse, de ocupar el espacio. Hablaba de la desorientación inicial. De esa breve torpeza que aparece cuando el cuerpo tiene que adaptarse a una experiencia completamente nueva.
Luego me explicó lo que vino después de esa primera vez. Yo la escuchaba cada vez más atento, incómodamente atento. La sensación persistente durante horas. La conciencia constante del cuerpo, como si cada paso siguiera recordando lo ocurrido. La euforia y una incomodidad que no sabía exactamente dónde localizar en su cuerpo. El cansancio muscular y mental. La necesidad de detenerse un momento, no solo para descansar, sino también para permitir que todo su cuerpo se adaptara a una manera distinta de moverse. La certeza de que algo había cambiado.
Para entonces, mi incomodidad ya era evidente. Me pregunté, sin demasiado éxito, por qué yo era el destinatario de semejante relato y recordé una frase recurrente de mi esposa: «No entiendo por qué todo el mundo termina recurriendo a vos como confidente». Pensé que tenía razón. Y, honestamente, sigo sin saber cuál es la respuesta.
Ella continuó con la misma calma. Yo permanecí en silencio, atento a mi respiración y a ese deseo contradictorio tan humano: que la historia llegara al final y, al mismo tiempo, que no lo hiciera todavía. Me dijo, casi sonriendo, que al ponerse de pie entendió algo definitivo. Algo que, según ella, no volvió a ser igual después de ese día. Ahí confirmé dos cosas: que había vuelto a cumplir, sin buscarlo, mi papel de confidente involuntario; y que, cuando alguien empieza una historia diciendo «la primera vez», conviene contener la imaginación, respirar hondo y prepararse para cualquier cosa.
Ella me observó un instante más largo de lo habitual. Dibujó una enorme sonrisa en el rostro y dijo que había notado algo durante nuestra conversación: que yo había estado inquieto, moviéndome demasiado, sudando más de la cuenta, y que en algún momento me había visto un poco pálido. Me preguntó, sin rodeos, si habría preferido que no me contara nada. Fue entonces cuando entendí que mi incomodidad no había pasado desapercibida y que el relato había avanzado exactamente hasta donde ella había querido llevarlo, paso a paso. Sin apuros ni desvíos.
Y, sin el menor intento de disimulo, con una calma meticulosamente calculada, agregó, segura de que todo había salido como lo había previsto:
—¿Habrías estado más tranquilo si no te hubiera hablado de lo que sentí a los dieciocho años, el día que compré mis primeros zapatos de tacón muy alto, pocas horas antes de un baile?
D. M.

