La otra
La otra
Ayer salí de mi casa con mi esposa para dar una caminata alrededor del Parque del Café. Ella aceptó acompañarme con una resignación que, a duras penas, consiguió disimular. Un cielo cargado de nubes grises y una sensación espesa en el ambiente no auguraban nada favorable. Yo insistí. Hablé de no quedarnos inmóviles en la casa, de caminar un poco, de hacer algo de ejercicio en estas épocas de mesas rebosantes de comida, sobremesas interminables y voluntades que se vuelven asombrosamente complacientes con demasiada facilidad. Ella terminó por acompañarme.
Caminábamos sin apuro cuando, al llegar a una esquina del parque, la vi acercarse. El resultado fue inmediato. Mi corazón alteró su ritmo habitual y comenzó a latir con una urgencia desordenada. La respiración se volvió rápida y superficial. Los músculos se contrajeron sin una causa aparente y mi atención quedó fijada en un solo punto: en ella. Fue como si el cuerpo hubiera activado un sistema de alerta antes de que existiera una amenaza definida. Junto a esa activación surgió una sensación engañosa de recompensa anticipada, una promesa silenciosa de bienestar que me empujaba a acercarme en lugar de retroceder. El miedo, el deseo y una expectativa largamente aprendida se superpusieron sin orden. Pensar llegó después. Sentir ya había ocurrido. Y esa sensación, agradable, penetrante y familiar, me seducía. Siempre.
Desde mi adolescencia había estado enamorado de «la otra». Cada vez que aparecía, las mismas emociones regresaban con una fidelidad desconcertante. Nunca avisaba que iba a venir. Simplemente se hacía presente. Y cuando coincidíamos, porque muchas veces lo hicimos en las mañanas, en las tardes y, debo admitirlo, también en algunas noches en las que me hacían falta sus caricias, algo en mí se abandonaba sin ofrecer resistencia. Mi piel se volvía más sensible, el pensamiento perdía nitidez, la respiración adquiría una cadencia irregular, aturdida. Y es que su presencia tenía ese efecto irresistible. Su aroma delicado, la forma atropellada en que se aproximaba, la sensualidad con la que se movía sin ningún pudor, la manera desvergonzada con la que acariciaba, rozaba y envolvía, como si todo estuviera permitido desde siempre.
Debo confesarlo: no supe qué decirle a mi esposa. Cualquier palabra habría resultado inútil. Ella conocía bien a «la otra». También había tenido encuentros con ella en más de una ocasión. Pero mi esposa había aprendido a esquivarla, a apartarse de ella con una firmeza que a mí siempre me faltó. Su presencia, en cambio, seguía ejerciendo sobre mí una atracción peligrosamente tentadora, aun sabiendo que después vendrían las consecuencias. Y siempre han existido consecuencias.
Durante la época previa a mi matrimonio también cometí verdaderos descuidos con «la otra». Encuentros prolongados, exposiciones innecesarias, entregas completas sin medir los desenlaces. Sí, en muchas ocasiones me dejé vencer por la ingenuidad de mis deseos. ¿Qué le iba a hacer si, en cuanto «la otra» me acariciaba, mis defensas se desbarataban de inmediato? Por eso me dejaba envolver por su contacto reiterado, por ese roce que, aunque parecía inofensivo, terminaba adherido no solo a mi cuerpo, sino también a mi memoria. Nunca lo viví como un exceso ni como un error. Simplemente sucedía... y yo lo dejaba suceder. Ahí residía, desde siempre, mi alarmante ingenuidad.
Mi esposa siempre supo que mi deseo y mis fantasías se inclinaban, con una persistencia irresponsable, hacia «la otra». Sabía que, a pesar de mis cincuenta y dos años de matrimonio, algo en mí seguía respondiendo a su presencia con una osadía insensata, una entrega del cuerpo tan inmediata como automática, que no pedía permiso ni ofrecía disculpas. No hacía falta que me lo dijera. Bastaba su silencio endurecido por el resentimiento y esa mirada tan suya, firme y acusatoria, con la que, una vez más, me incriminaba por haber cedido.
Al final, como yo lo había previsto, en una esquina del parque, «la otra» se abalanzó sobre mí. Me rodeó sin reservas, acariciándome con una desvergonzada suavidad que lo cubría todo en segundos. Y debo confesar que también lo hizo con mi esposa. Pese a su resistencia, la envolvió con la misma fuerza persistente, ignorando cualquier límite, imponiendo su presencia con un atrevimiento casi ofensivo que hacía inútil todo intento de esquivarla.
El camino de regreso fue un interminable catálogo de reproches lanzados sin filtro ni misericordia. Mi esposa caminaba a mi lado, tensa, ansiosa, repasando en voz baja cada una de las veces en que me había advertido que no la volviera a exponer a ese tipo de situaciones, a esos encuentros que yo siempre minimizaba. Yo asentía sin defenderme, incómodo, con el cuerpo invadido por una recalcitrante intranquilidad y la certeza de haber vuelto a perder una discusión que conocía de memoria.
Entramos a la casa. Cerramos la puerta. Dejamos los zapatos en la entrada. En el pequeño jardín interior, el agua se escurría con una insólita lentitud por el angosto caño que lleva a la calle... como si pretendiera quedarse un rato más.
¡Ay, esa bendita lluvia!
D.M.

