La mujer de la que nunca he conseguido escapar
No sabría decir cuántas veces me he propuesto no volver a hacerle caso. En algunas ocasiones conseguí ignorarla durante extensas temporadas; en otras, a duras penas logré hacerlo durante unos pocos días. Hubo momentos en los que estuve convencido de que todo había terminado, de que finalmente podría continuar con mi vida sin tener que justificarle cada una de mis decisiones. Pero siempre, cuando menos lo esperaba, encontraba el modo de aparecer, decidida a reanudar alguna conversación, insistir en un viejo reclamo o retomar una discusión que yo consideraba definitivamente concluida.
Lo más desesperante de nuestra relación ha sido siempre la facilidad con que ella descubre mis debilidades. Me conoce tan bien que resulta prácticamente imposible ocultarle algo, por más que me esfuerce en darle explicaciones que, al menos para mí, son irrefutables. Durante mucho tiempo probé toda clase de artimañas para ganarme su simpatía, engatusarla o, por lo menos, conseguir que aceptara mis argumentos sin fiscalizarlos tan minuciosamente. Pero, para qué negarlo, ninguno de mis intentos dio resultado. Con el tiempo terminé por resignarme a una situación que cualquier persona con un mínimo de amor propio habría considerado intolerable: ella sabía demasiado de mí y yo no había conseguido descubrir ni siquiera una pequeñísima debilidad suya que pudiera utilizar en mi defensa.
No quisiera, sin embargo, que se llevaran una impresión equivocada de nuestra relación, porque también hemos disfrutado de entrañables períodos de armonía y satisfacción, durante los cuales el enorme cariño que nos tenemos termina pesando más que cualquier desacuerdo, hasta el punto de que llego a preguntarme si no habré exagerado algunas de nuestras discrepancias. En esas temporadas ella es encantadora, comprensiva y hasta magnánima con mis pequeñas extravagancias, y yo disfruto de su compañía sin preocuparme demasiado por los altercados que tarde o temprano volveremos a tener. Hay entre nosotros una intimidad un tanto enmarañada. Existe también una complicidad tan profunda que podemos pasar largas horas juntos, disfrutando simplemente de estar el uno con el otro, sin necesidad de pronunciar demasiadas palabras. En esos momentos, nuestras antiguas disputas parecen perder toda importancia. El problema es que esa felicidad puede verse alterada por circunstancias aparentemente insignificantes, y entonces reaparece aquella odiosa faceta de su personalidad que tantas veces me ha hecho desear que, aunque solo sea por unos días, se aleje de mi lado y me deje vivir en paz.
Hoy en la mañana decidí salir a caminar por el Parque del Café. Una brisa fresca acariciaba mi rostro, mientras las hojas de los árboles se mecían suavemente, dejando que los rayos del sol se filtraran entre sus ramas. Yo me encontraba de excelente humor, disfrutando de uno de esos días apacibles en los que parecía imposible que algo consiguiera perturbar nuestra tranquilidad. Después de una corta caminata, al llegar a una de las esquinas del parque, me encontré con un hombre harapiento, tan desaseado que resultaba difícil acercarse a él sin experimentar cierto rechazo. Estaba sentado en la acera, con una bolsa de plástico a sus pies y una mano extendida hacia las pocas personas que pasaban por ahí. Cuando me vio acercarme, levantó la cabeza y me pidió algo de dinero para desayunar. Le expliqué que tenía prisa, pero el hombre, lejos de darse por satisfecho, se levantó trabajosamente y comenzó a seguirme, repitiendo su petición con una insistencia cada vez más irritante. Intenté ignorarlo, pero continuó caminando a mi lado durante varios metros, hasta que terminé perdiendo la paciencia.
—Disculpe, no llevo nada —le contesté, acelerando el paso.
No había terminado de pronunciar aquellas palabras cuando apareció ella, tomándome tan desprevenido que me detuve en seco.
—¿Cómo que no llevás nada, mi vida? —preguntó con aquella vocecita dulzona y ligeramente acusadora que utilizaba cuando se proponía ponerme contra las cuerdas.
—Vieras que... hoy, justamente, no tengo ganas de discutir.
—¿Y quién está discutiendo, corazón? —replicó con una inocencia que, después de tantos años, ya no conseguía engañarme—. Solamente quiero saber qué pasó con los billetes que siempre guardás en el bolsillo cuando salís de la casa.
—No tengo por qué darle explicaciones a nadie sobre lo que llevo en mis bolsillos —respondí, bastante molesto por aquella intromisión.
—Por supuesto que no, mi querido buscapleitos. Pero entonces no entiendo por qué le dijiste a ese pobre hombre que no llevabas nada.
—Porque no estoy obligado a darle dinero a todo el que me lo pida.
—Claro que no, mi vida. Aunque, por un momento, pensé que habías decidido hacer una donación a una causa mucho más necesitada.
—¿A cuál causa?
—A la de mantener tu dinero bien guardadito en el fondo del bolsillo —respondió con una risita que me pareció de muy mal gusto.
Intenté explicarle que no encontraba ningún sentido en estarle dando dinero a cualquiera que me pidiera limosna en la calle, que uno nunca sabía adónde terminarían esos billetes y que, después de todo, tampoco era mi obligación resolver los problemas de cuantos desconocidos encontrara durante una caminata. Ella me escuchó sin interrumpirme y hasta me dejó desarrollar un par de argumentos adicionales que, en mi opinión, dejaban el asunto suficientemente aclarado. Sin embargo, cuando terminé, me di cuenta de que aquella paciencia suya no significaba necesariamente que estuviera de acuerdo conmigo.
—Todo eso está muy bien —admitió con una serenidad que no presagiaba nada bueno—, pero todavía no me has contestado.
—¿Qué querés que te conteste?
—Por qué le dijiste que no llevabas nada.
—¡Porque no me dio la regalada gana de darle plata! ¿Y qué? —respondí, con un tono desafiante que ni siquiera intenté disimular.
—Ahora sí, mi vida. ¿Ves qué fácil era?
Aquella respuesta me irritó más de lo que habría querido reconocer. Le dije que no tenía derecho a interrogarme por una decisión tan insignificante, que el dinero era mío y que podía hacer con él lo que me diera la gana. También le recordé que, si pretendía convertir cada encuentro con un desconocido en una discusión semejante, terminaría consiguiendo que renunciara definitivamente a mis caminatas matutinas. Ella escuchó mis protestas con una tranquilidad exasperante y, cuando por fin me quedé sin argumentos, decidió poner fin a la discusión.
—Está bien, mi vida, no te enojés tanto. Imaginemos que no pasó nada —me dijo con una dulzura que, por alguna razón, me resultó todavía más irritante que sus reproches.
Continué caminando con ella, convencido de que aquella vez no conseguiría salirse con la suya. Sin embargo, al llegar al otro extremo del parque, me puse a pensar en el hombre que había dejado atrás y en las condiciones deplorables en que se encontraba. Por más que intentaba justificar mi comportamiento recordando lo insistente y fastidioso que había sido, no conseguía quitarme de la cabeza que, obviamente, necesitaba aquel dinero mucho más que yo. Intenté olvidarme del asunto y continuar disfrutando de mi caminata, pero cuanto más trataba de distraerme, más recordaba su petición de dinero para desayunar. Finalmente, cansado de darle tantas vueltas al asunto, decidí regresar a buscarlo. El hombre seguía ahí, sentado en el mismo lugar. Me acerqué, saqué uno de los billetes que llevaba en el bolsillo y se lo entregué, aunque debo reconocer que no lo hice con la generosidad que habría deseado atribuirme. Cuando levantó la mirada y me dio las gracias, creo haber detectado en su rostro una expresión más de desconcierto por mi regreso que de agradecimiento por el dinero. Le respondí con una sonrisa y continué caminando, todavía disgustado, aunque no precisamente con él.
—¿Ahora sí? ¿Contenta? —pregunté, procurando que mi voz expresara toda la indignación que consideraba apropiada.
—Mucho, mi eterno reclamador —respondió con esa ternura suya que tantas veces conseguía disipar mi enojo.
—Espero que ahora sí, de una vez por todas, me dejés en paz.
—¿Y cuándo no te he dejado en paz, mi vida?
Tuve la tentación de ofrecerle una lista infinitamente extensa de aquellas ocasiones en las que hubiera preferido que no interviniera en mis asuntos, pero preferí guardar silencio. Después de todo, todavía estaba a tiempo de disfrutar lo que quedaba de aquella hermosa mañana y yo no estaba dispuesto a dedicarle el resto de la caminata a una discusión que, por experiencia, sabía que difícilmente conseguiría ganar. Poco a poco recuperé el buen humor y, cuando decidí regresar a casa, me despedí de ella con el cariño de siempre, agradecido de que nuestro pequeño enfrentamiento no hubiera terminado por estropear aquel agradable paseo.
Obviamente, no era la primera vez que ella conseguía sacarme de quicio, y con toda seguridad no sería la última. Sin embargo, lo que siempre me ha resultado más desconcertante de nuestra relación es la facilidad con la que podemos pasar de un enfrentamiento desagradable a una reconciliación casi inmediata, como si ambos conociéramos demasiado bien los caminos que nos permiten regresar el uno al otro. A veces basta una frase cariñosa, una pequeña concesión o alguno de esos comentarios tan suyos que, pronunciados en otras circunstancias, probablemente me habrían provocado un nuevo disgusto.
Al regresar del parque, me preparé una taza de café y me acomodé en mi sillón favorito. Mientras disfrutaba de aquella tranquilidad recuperada, pensé en las innumerables discusiones que habíamos mantenido a lo largo de los años y en lo extraño que resultaba que, después de tantos desencuentros, continuáramos tan unidos. Había momentos en los que su obstinación me resultaba verdaderamente insoportable, pero también debía reconocer que su compañía había llegado a ocupar un lugar tan importante en mi vida que me costaba imaginar cómo sería vivir sin ella.
Fue entonces cuando comprendí que había llegado el momento de reconocer algo que mi orgullo me había impedido admitir durante demasiado tiempo. No me agradaba la perspectiva de iniciar otra conversación sobre nuestra relación, pero tampoco quería seguir ocultándole lo que sentía. Después de tantos años compartidos, de tantas discusiones y reconciliaciones, me pareció que, al menos en una ocasión, merecía escuchar de mis propios labios algo que, hasta donde recuerdo, nunca había sido capaz de decirle con absoluta sinceridad.
—Quiero decirte algo —comencé, procurando encontrar las palabras adecuadas—. Después de tantos años, creo que finalmente ha llegado el momento de confesarte todo lo que significás para mí.
—Mirá qué interesante —respondió con una ternura que me resultó sospechosa—. ¿Y se puede saber a qué viene semejante declaración?
—A que, aunque estoy cansado de nuestras discusiones, de tus reclamos y de esa manía tuya de recordarme cosas que preferiría olvidar, también tengo que reconocer que, si algún día desaparecieras de mi vida, probablemente mi vida sería un infierno. Me harían falta nuestras conversaciones, tus ironías, tus chistes de mal gusto, tu manera de preocuparte por mí e incluso esas pequeñas discusiones que tantas veces me sacan de quicio. Y aunque me cueste admitirlo, creo que mi vida perdería algo que jamás podría recuperar.
—¿Probablemente? —preguntó con una ironía que me hizo sonreír—. Vaya declaración de amor, mi vida.
—Bueno, está bien, mi vida sería un infierno. ¿Así estás más contenta?
—Mucho más. Aunque todavía me gustaría saber qué pensás hacer con todas esas ganas tuyas de abandonarme cada vez que tenemos una diferencia.
La pregunta me tomó desprevenido, porque precisamente había procurado evitar ese aspecto de nuestra relación. Le expliqué que los años me habían enseñado muchas cosas, que estaba dispuesto a ser más comprensivo y que, a partir de aquel momento, me proponía dejar atrás nuestras interminables disputas. Incluso llegué a asegurarle, con una convicción que a mí mismo me sorprendió, que no volvería a darle motivos para reclamarme nada.
—¿De verdad? —preguntó, con una dulzura que comenzaba a resultarme peligrosamente familiar.
—Absolutamente. Podés confiar en mí.
Entonces soltó una risita tan espontánea que terminé sintiéndome ligeramente ofendido. Le pregunté qué encontraba de gracioso en mis palabras y le recordé, con un tono de voz cada vez más áspero, que estaba hablando muy en serio. Pero ella continuó divirtiéndose a mi costa, hasta que perdí la paciencia y terminé levantando la voz más de la cuenta.
—¡Por una vez en tu vida podrías dejar de burlarte de mí y tomarme en serio! —exclamé, incapaz de contener mi irritación.
Fue entonces cuando escuché la voz de mi esposa, que acababa de entrar en la habitación.
—¿Qué es ese escándalo que te tenés? ¿Serás capaz de estarte peleando otra vez con tu conciencia?
D. M.

