La luz siempre desvanecerá la oscuridad
La luz siempre desvanecerá la oscuridad
Anoche, en Sidney, Australia, mientras para nosotros en América el día apenas comenzaba, miles de judíos se reunían para encender la primera vela de Janucá. Era una noche dedicada a la memoria y a la esperanza. Una noche para recordar un milagro antiguo, uno de esos que no prometen un mundo sin mal, pero sí la certeza de que el mal no consigue dominarlo todo. Y sin embargo, en medio de esa reunión pacífica, dos o tres terroristas abrieron fuego a sangre fría contra la multitud. Hoy contamos doce muertos, decenas de heridos y una herida moral y mortal que atraviesa continentes y conciencias.
No es solo el horror del atentado lo que duele. Duele el contexto. Duele el momento. Duele lo que representa. Porque Janucá no es una celebración cualquiera. Janucá es, desde su origen, una respuesta espiritual frente a la oscuridad. Conmemora el milagro ocurrido en el Templo de Jerusalén cuando, tras la profanación, solo se encontró un pequeño frasco de aceite puro, suficiente apenas para un día, y sin embargo ardió ocho días completos. Ocho días de luz donde la lógica indicaba apagarse. Ocho días que permitieron devolverle al Templo su sentido y su dignidad, y recordarle al mundo que incluso lo pequeño, lo frágil y lo escaso pueden sostenerse cuando hay fe.
Por eso cada noche se enciende una vela más en la janukiá, que no tiene ocho brazos sino nueve. Porque una de ellas, el shamash, no está allí para brillar por sí misma, sino para encender a las otras. Esa vela que no arde para sí, sino para dar luz a las otras: la luz verdadera no se reserva, se comparte. Y quizás por eso Janucá ha sobrevivido siglos de persecución, exilios y silencios impuestos. Porque no celebra el poder, sino la permanencia. No celebra la fuerza, sino la continuidad.
Lo ocurrido en Australia no es un hecho aislado. Forma parte de un aumento alarmante del antisemitismo, no solo allí, sino en demasiados lugares del mundo. Un antisemitismo que se disfraza de consignas políticas, de supuesta indignación moral, de llamados a la violencia contra Israel que terminan señalando, una vez más, a judíos concretos, reales, de carne y hueso. Familias. Niños. Ancianos. Personas reunidas para encender una vela. El odio antiguo vuelve a expresarse con palabras nuevas, pero su intención sigue siendo la misma.
Hay quienes creen que el pueblo judío está acostumbrado a esto. No lo está. Nunca lo estuvo. No se acostumbra uno a ser atacado por existir, ni a ser perseguido por reunirse en paz, ni a enterrar inocentes por el solo hecho de celebrar una tradición. Y sin embargo, seguimos encendiendo velas. No por ingenuidad, sino por fidelidad a la memoria y a lo que somos. Porque sabemos que apagar la luz sería concederle a la oscuridad algo que no le pertenece.
Janucá nos recuerda que los milagros no siempre son espectaculares. A veces son silenciosos. A veces consisten simplemente en que una llama no se extinga cuando todo invita a que lo haga. En un universo tan vasto y complejo, ya es un milagro que la vida persista, que la bondad no desaparezca del todo, que aún existan personas dispuestas a reunirse para celebrar la luz aun sabiendo que el mundo se está oscureciendo.
Hoy las noticias pesan. No solo informan: aplastan. Arrastran consigo una sensación de un mundo que se vuelve más inhóspito, más áspero, más difícil de habitar con serenidad. El lenguaje se vuelve más agresivo. La empatía parece escasear. Pero Janucá insiste, con una obstinación serena y profunda, en que la oscuridad nunca es absoluta. La oscuridad puede ocupar mucho espacio, puede herir, puede matar, pero no puede crear. La luz, en cambio, incluso cuando es pequeña, tiene la capacidad de transformar todo lo que toca.
Por eso, incluso hoy, encendemos la primera vela. No para negar el dolor, sino para no rendirnos frente a él. No para olvidar a los muertos, sino para honrar su memoria. No para fingir que el mundo es justo, sino para recordar que aún puede aspirar a serlo.
Esta noche, cuando la llama arda, será más que un ritual. Será un acto de fe. Un acto de memoria. Un acto de afirmación moral y espiritual frente a la barbarie. Será decir, una vez más, que no renunciamos a la luz aunque el mundo parezca empeñado en oscurecerse.
Elevemos una plegaria profunda por las almas inocentes que perecieron en esta barbarie, por las familias destrozadas y por la pronta recuperación de la salud de quienes resultaron heridos. Que encuentren consuelo donde las palabras no alcanzan. Que la luz de Janucá los envuelva y los acompañe.
Y que no olvidemos nunca que, incluso cuando la noche parezca interminable, una sola vela basta para recordar que la oscuridad no es eterna.
D. M.

