La luz no absuelve a la negligencia
La luz no absuelve a la negligencia
Ayer escribí desde una convicción moral profunda: que la luz siempre desvanecerá la oscuridad. Lo hice desde un lugar espiritual, ético, humano. Desde la necesidad de aferrarse a algo que no sea el odio cuando el mundo parece estar desintegrándose. Nada de lo que voy a escribir hoy contradice una sola línea de aquello. No lo debilita. No lo relativiza. Al contrario: nace exactamente de ese mismo lugar.
Lo ocurrido en Sídney durante la celebración de Janucá, cuando dos terroristas fuertemente armados atacaron deliberadamente a una comunidad reunida para celebrar la vida y la memoria, no sacude solo las emociones o las conciencias sensibles. Debería sacudir a cualquier nación con una pizca de moral, de responsabilidad institucional y de respeto por la vida humana. Fue un ataque terrorista antisemita, ejecutado con brutalidad y odio explícito, que dejó numerosos muertos, heridos graves y una comunidad devastada. Y dejó, además, una pregunta imposible de esquivar: cómo fue posible que esto ocurriera del modo en que ocurrió.
Uno de los atacantes murió después de asesinar y herir de gravedad a decenas de inocentes. El otro fue capturado en estado crítico. Pero antes de eso, ambos ejercieron libremente su instinto asesino durante más de diez minutos. ¡Más de diez minutos! Diez minutos eternos en los que no hubo ninguna contención efectiva. ¡Ninguna! Diez minutos en los que el horror avanzó sin ninguna oposición. Diez minutos en los que familias enteras quedaron a merced del odio armado mientras las fuerzas encargadas de proteger no protegieron. No fue un instante. No fue un segundo trágico imposible de prever. Fue un tiempo intolerable; fue un tiempo inadmisible; fue un tiempo imperdonable, en el que la inacción permitió que la barbarie se ejecutara con método, con saña y con total impunidad.
Con el paso de las horas, lo que ha ido saliendo a la luz pública agrava aún más la conmoción y lo terrorífico de la situación. Uno de los atacantes había sido investigado años atrás por los servicios de inteligencia australianos por vínculos con el extremismo islamista. A pesar de ello, años después participó en una matanza que golpeó de lleno a la comunidad judía y volvió inocultable una amenaza largamente advertida y desatendida, exponiendo ante quien quisiera verlo el costo real de años de negligencia y permisividad. No se trata de una falla menor de diagnóstico. Es la evidencia de un fracaso absoluto del sistema de prevención y de un aparato estatal que, movido por la indiferencia, la desidia o algunos turbios intereses políticos, dejó que una amenaza conocida se convirtiera en una horrenda masacre.
Más grave aún resulta saber que el padre de ese asesino poseía legalmente seis armas de fuego en un país que se presenta ante el mundo como ejemplo de control estricto de armas. Es legítimo preguntarse, sin rodeos ni excusas, cómo se explica que alguien con ese entorno, ese historial y esas señales de alerta pudiera acceder y conservar semejante arsenal. Esas armas terminaron vertiendo sangre sobre familias, tantísimas familias, y sobre millones de seres humanos que hoy lamentamos no solo la tragedia, sino la ineficiencia, la incompetencia y, aunque cueste decirlo, la sombra inquietante de una posible complicidad por omisión.
Cuando se permite que el odio se exprese sin freno, cuando el antisemitismo se normaliza en las calles, en las redes y en las manifestaciones, cuando se tolera la excitación pública a la violencia y el señalamiento constante de una comunidad, no se está defendiendo la libertad de expresión; se está dejando el terreno fértil para que el terror actúe; se está renunciando, de hecho, a la obligación básica de todo Estado: proteger la vida de sus ciudadanos.
Lo que hoy expreso no disminuye en lo absoluto lo que escribí ayer sobre la luz de Janucá. No retrocede ni un milímetro en esa afirmación. Pero la luz no es una forma de pasividad. No es un cómodo silencio. No es una resignación insensible. La luz también exige una verdad absoluta, el mayor de los compromisos y, por sobre todas las cosas, una justicia pronta y cumplida. Exige señalar con claridad cuando los gobernantes permiten que el odio y el antisemitismo actúen a su antojo, sin consecuencias, sin límites y sin prevención real.
Ahí donde el odio operó con libertinaje porque el Estado falló en toda la extensión de la palabra, la luz no viene a ofrecer consuelo ni cómodos senderos. Viene a desnudar el abandono institucional, a señalar sin ambigüedades a los responsables y a dejar claro que cada omisión, cada demora y cada silencio también forman parte del crimen.
Elevo mi más severa protesta contra esa permisividad. Contra la insuficiente acción de quienes debían prever y prevenir. Contra los vacíos institucionales que han permitido que el odio armado se ejecute con consecuencias letales. Y, al mismo tiempo, expreso mi más profundo pésame a las familias de las víctimas, mi solidaridad con quienes hoy atraviesan el duelo y mi deseo sincero de pronta recuperación para los heridos.
Que la luz de Janucá siga encendida. No para negar la oscuridad, sino para obligarnos a mirarla de frente, a combatirla y a no permitir que vuelva a actuar con tantísima impunidad.
D. M.

