La depresión cotidiana del tico II: estudio casi científico de nuestras microtragedias
La depresión cotidiana del tico II: estudio casi científico de nuestras microtragedias
Continuando con esta serie rigurosísima, poco científica y apenas moderadamente seria sobre las causas reales de la depresión diaria del tico, hoy corresponde adentrarse en uno de sus ecosistemas más hostiles. No es la selva, no es el volcán Irazú, no es la Asamblea Legislativa… aunque podría serlo. Es el transporte. Porque si algo define la vida moderna en Costa Rica no es la puntualidad ni la eficiencia, sino la capacidad de sufrir mientras nos movemos, aunque casi nunca nos movamos.
Empecemos por el Uber, esa ruleta emocional con GPS y vocación filosófica. Uno abre la aplicación y, por un instante breve pero intenso, siente una maravillosa esperanza. Una esperanza pura, casi infantil. «Llega en 5 minutos». Uno sonríe. Todo parece posible. Dos minutos después la promesa se ajusta con delicadeza: «Llega en 10». Luego en 15. Después en 20. Y cuando uno ya está considerando seriamente caminar hasta Cartago, o replantearse la veracidad de que la Tierra sea plana, aparece el veredicto final: «Llega en 31». No treinta. No treinta y cinco. Treinta y uno. Un número elegido con precisión quirúrgica para aniquilar cualquier resto de fe en el progreso humano. No es un atraso accidental ni una falla puntual del sistema. Es una experiencia diseñada para erosionar la paciencia. Uno no espera un carro: espera una promesa que se va deshaciendo en tiempo real, minuto a minuto, como si el reloj también fuera parte del castigo. Para cuando el Uber finalmente llega, ya no hay alivio, sino un cansancio profundo. Uno se sube distinto. Más escéptico. Más viejo. Más dispuesto a aceptar que la Tierra es plana, que las palomas son drones de vigilancia y que el Wi-Fi desaparece justo cuando más se necesita por decisión de alguna autoridad superior, probablemente rusa y convenientemente invisible. Más consciente, en todo caso, de que la tecnología también puede servir para decepcionar con una eficiencia admirable.
Y luego están las presas. Esa sí es una depresión nacional crónica, persistente y completamente desatendida. Uno sale del país, regresa con una inmensa ilusión, abre Waze para volver a casa y ahí está: la bienvenida oficial. Cuarenta y nueve minutos para avanzar tres cuadras en la ciudad. Y noventa y tres minutos para desplazarse desde el aeropuerto hasta Pavas. ¡Noventa y tres! Eso, por supuesto, siempre y cuando no haya un accidente en la carretera, porque si lo hay, el tiempo deja de medirse en minutos y pasa directamente a una dimensión más abstracta... más infinita. No importa si uno estuvo afuera una semana o diez años. Las presas siempre están ahí, fieles, constantes, empeoradas. Cada año un poco más largas, un poco más crueles, como si se alimentaran exclusivamente de nuestra paciencia.
Como si todo eso no bastara, están las calles. Nuestras carreteras. Ese mapa nacional del deterioro cotidiano. Huecos mal arreglados, asfaltados a medias o simplemente disimulados con una mata seca de plátano en su interior. Huecos que no aparecen en Waze, pero sí en la suspensión del carro y en el ánimo del conductor. Tramos que obligan a reducir la velocidad no por prudencia, sino por supervivencia. Uno maneja esquivando cráteres como si participara en una prueba improvisada de destreza vehicular, preguntándose en qué momento el trayecto dejó de ser un medio para convertirse en una experiencia de resistencia mecánica y espiritual. No se trata de excepciones desafortunadas, sino de una constante que se extiende por las calles, las avenidas y las carreteras, donde avanzar implica aceptar que algo del carro, del cuerpo, del humor y de la salud va a salir peor de lo que entró.
A todo lo anterior se suma una colección infinita de microtragedias cotidianas que convierten cualquier trayecto en una prueba no solicitada de paciencia, carácter y autocontrol.
Los semáforos no regulan el tránsito: administran la paciencia humana. Funcionan cuando quieren, duran lo que les da la gana y a veces parecen detenerse a reflexionar sobre el sentido de la vida antes de cambiar a verde. Enseñan paciencia a la fuerza, humildad por agotamiento y resignación por insistencia. El problema es que ese intento pedagógico casi siempre termina en una explosión de impaciencia. Uno no sale del semáforo como mejor persona, sino como alguien exageradamente más irritable y profundamente convencido de que el tiempo propio no le importa a nadie. No responden a gritos, miradas ni a los pitazos del universo entero. Cambian a verde justo cuando la paciencia ya se extinguió, como si lo hicieran no por programación, sino como una forma sutil de burla kafkiana, y duran exactamente lo que toma un parpadeo antes de volver a ponerse en rojo.
El conductor del carril izquierdo, el que transita por la supuesta vía rápida, avanza a 27 kilómetros por hora. No 26. No 28. Veintisiete. Un ritmo cuidadosamente elegido para desesperarnos. No responde a pitos, luces ni miradas. No tiene prisa porque no la necesita. El mundo puede esperar. Él ya decidió que así va a funcionar su universo.
El bus que siempre se detiene frente a uno aparece con una puntualidad casi sobrenatural. Abre puertas, las cierra, las vuelve a abrir. Recibe pasajeros, despide conocidos, conversa. A veces uno sospecha que el chofer aprovecha para resolver asuntos pendientes de la vida: comer, reflexionar, existir… y rascarse alguna incomodidad personal que no admite espera, y en ese sitio justo de su cuerpo donde la dignidad aconseja no describirlo. Nadie va a ir a ningún lado por un buen rato y todos lo sabemos.
Y la lluvia. Esa lluvia que nunca cae antes ni después. Solo cuando uno sale corriendo de la casa. Los paraguas siempre se olvidan. Y cuando no, se abren contra el viento y quedan invertidos, inútiles, apuntando al cielo como si intentaran proteger a las nubes de la sequedad de nuestro pelo y de nuestra ropa. La lluvia no solo moja: elimina cualquier intento de presentación personal apropiada y nos recuerda, sin delicadeza alguna, quién manda realmente.
Pero no todo es transporte y meteorología. También está la lotería, ese deporte nacional de optimismo mal calculado. El domingo se juega la de consolación. Consolación, qué palabra tan honesta. Después de la Navideña, las billeteras quedaron en cuidados intensivos. Se fue el aguinaldo, se fue la esperanza y se fue la paciencia. Y aun así, aquí estamos, pidiendo bolados, préstamos emocionales y números «fijos» que esta vez sí, ahora sí, sin duda alguna, van a salir. Aprovecho para agradecer cualquier bolado serio, responsable y científicamente comprobado del número que va a salir el próximo domingo. Mi billetera lo agradecerá. El ánimo también. Y, por supuesto, no puede faltar la JPS, que tuvo el detalle casi surrealista de anunciar el número favorecido con el premio mayor de la Navideña… un número que sí salió, pero que no había sido vendido. ¡El premio mayor no había sido vendido! El número fue anunciado. El premio también. Los ganadores, no. Todo estaba dispuesto, todo giró, pero lo esencial nunca apareció.
Y encima de todo esto, llega diciembre con su broche televisivo obligatorio: El Chinamo. Ahora, además, a soportar los chistes reciclados, algunos pasados de tono y otros simplemente pasados; los gritos desaforados de ciertos animadores, la risa ensayada, la euforia forzada y esa sensación colectiva de que hay que celebrar algo, aunque no sepan vendernos la idea de qué. Una gran fiesta nacional, dicen. Música, baile y humor. Mucho humor. Tanto, que a veces uno duda si reírse, cambiar de canal o agradecer que el control remoto del televisor todavía tenga un botón para apagarlo con un solo movimiento del dedo gordo. La solución infalible.
Todo esto conforma una experiencia cotidiana compartida por millones. Un ejercicio diario de negociación con el tiempo, la paciencia y la billetera. Avanzamos despacio, pagamos caro y aprendemos a celebrar pequeñas victorias, como cuando el Uber llega antes de veinte minutos o cuando un semáforo cambia sin hacernos dudar seriamente de nuestra salud mental.
Y si nada cambia, al menos nos queda el consuelo de poder contarlo con sarcasmo. De reírnos para no colapsar. De escribir para no resignarnos. El sarcasmo, al final, sigue siendo la única infraestructura que nunca colapsa, no entra en presa, no se moja con la lluvia y, por ahora, no depende de anuncios comerciales de fin de año para subsistir.
P. D.: Recuerden que los bolados para la de consolación siguen siendo bienvenidos. Mi billetera aún se encuentra en la Unidad de Cuidados Intensivos… después de la Navideña.
D. M.

