La depresión cotidiana del tico: estudio casi científico de nuestras microtragedias
La depresión cotidiana del tico: estudio casi científico de nuestras microtragedias
He decidido inaugurar una serie de artículos rigurosísimos, poco científicos y solo medianamente serios sobre las causas reales de la depresión diaria del tico. No las causas médicas, sino las auténticas, las que uno siente en el alma, en la billetera, en la paciencia y, sobre todo, en ese transitar diario por las carreteras de Costa Rica, un territorio donde el tiempo avanza pero los automóviles no. Ignoro si esta serie sobrevivirá al cansancio nacional, pero al menos hoy existe, que ya es mucho decir después de lo que han sido las últimas semanas.
Y empezamos por el fenómeno que convirtió al país en un parqueo interminable: Bad Bunny. Ese diz que cantante, un prodigio de la ausencia: ausencia de voz, ausencia de melodía, ausencia de poesía y una absoluta falta de pudor, pero con un poder casi sobrenatural para paralizar un país entero. Bastó que decidiera vociferar babosadas en el Estadio Nacional para que todo se detuviera. Yo tardé setenta y cinco o quizás ochenta y cinco minutos en recorrer doce kilómetros entre Pavas y Santa Ana. Y no era una presa. Era un castigo que habría hecho renunciar incluso a un monje budista en plena iluminación, como si el universo quisiera recordarnos que el karma a veces se paga con reguetón.
Imagino que si Kafka hubiese nacido en La Pitahaya, habría entendido este país mucho antes que nosotros. Su novela El Proceso sería, en versión tica, la historia de un ciudadano atrapado eternamente entre el Paseo Colón y el edificio del ICE en La Sabana, preguntándose qué falta cometió para no avanzar jamás mientras la ciudad se convertía en un hervidero de bocinas, frustración y resignación acumulada. Las calles estaban tan inmóviles que uno podía analizar, con rigurosidad científica, la vida interior del conductor del carril vecino. También se podía escuchar, con una claridad sorprendente, cómo se acordaba de la mamá del presidente con una creatividad lingüística admirable. Nada se movía, excepto el reguetón, esa criatura escandalosa, ridícula e inmoral que se desparramó como peste moderna por cada carro, moto y audífono disponible en toda la vecindad.
A esto se suma otro factor depresivo de origen nacional: el fútbol. No cualquier fútbol, sino ese eterno casi casi que ya debería declararse patrimonio emocional de la frustración. Casi casi ganamos, casi casi clasificamos, casi casi hicimos historia. Aquí no celebramos victorias ni lloramos derrotas: vivimos en un punto muerto sentimental donde no se gana ni se pierde, solo se sufre. Es una costumbre nacional, un estado perpetuo de casi-logro que nadie pidió pero todos heredamos.
Luego está la lotería. Esa tradición tica en la que cada domingo invertimos dinero, esperanza y un poquito de dignidad para comprar números que casi casi salen. Y ahora viene la Navideña del próximo domingo, esa ruleta emocional donde apostamos medio aguinaldo con la fe de que esta vez sí. O casi casi sí. Y la billetera, mientras tanto, queda temblando y en estado severo de desnutrición. Y aun así insistimos, porque en este país la esperanza no muere: solo queda en observación.
Pero nada resume mejor la depresión tica que nuestro clima emocional. Con solo que caiga una garúa se inunda el país. Con solo que un semáforo se ponga tímido la ciudad se paraliza. Con solo que Waze diga doce minutos sabemos que en realidad son cuarenta y nueve. Vivimos en un paisaje hermoso, sí, pero también perfectamente diseñado para producir microtragedias diarias que drenan la serotonina nacional. La belleza no nos salva; apenas nos consuela.
Esto es apenas un prólogo. Un primer capítulo. Un mapa emocional del caos. Lo que sigue será más profundo, más filosófico y, probablemente, más deprimente. Pero por ahora, estimado lector, lo invito a colaborar en esta investigación nacional. Comparta sus hallazgos sobre este hermoso y eternamente atorado país donde un simple acorde mal cantado puede provocar embotellamientos existenciales.
Y si nada cambia, al menos nos queda el consuelo de poder contarlo con sarcasmo: esa infraestructura que nunca colapsa ni se detiene por los aullidos desaforados de un reguetonero.
D. M.

