La alegría de ser superados
La alegría de ser superados
Si alguna vez alguien me preguntara cuál considero uno de los mayores privilegios de la condición humana, no mencionaría la inteligencia, el lenguaje ni la literatura. Hablaría de la extraordinaria capacidad que tenemos de convertir en una de las mayores alegrías de nuestra vida aquello que, en casi cualquier otro ámbito de la existencia, consideraríamos una derrota.
La inmensa mayoría de nosotros crecemos convencidos de que avanzar en la vida significa superar obstáculos, alcanzar metas y, muchas veces, superar también a otras personas. Sin darnos cuenta, aprendemos a medir el éxito comparándonos:queremos ser mejores estudiantes, mejores profesionales, mejores deportistas, mejores en aquello que hacemos. Nos alegra progresar y nos duele quedar rezagados. Pareciera que esa es una de las reglas más empecinadas de la existencia, hasta que la vida misma, con una elegancia que en muy escasas ocasiones advertimos, nos demuestra que existe una excepción capaz de cambiar por completo nuestra manera de entender el éxito.
Quienes tenemos la inmensa fortuna de ser padres, y más aún quienes hemos recibido el privilegio de convertirnos en abuelos, terminamos descubriendo que uno de los mayores anhelos de nuestra vida consiste precisamente en que quienes vienen detrás de nosotros, nuestros descendientes, aquellos a quienes un día les entregaremos el relevo, lleguen infinitamente más lejos de lo que nosotros conseguimosllegar. Lo verdaderamente extraordinario no radica en albergar ese deseo, sino en que la sola posibilidad de verlo hecho realidad despierte en nosotros una felicidad tan profunda, tan intensa y tan auténtica que ninguna victoria personal, por grande que sea, podría jamás igualar. Porque, en casi cualquier otro ámbito de la existencia, ser superados despertaría frustración, desencanto o incluso tristeza. Con nuestros hijos y nuestros nietos, en cambio, ocurre lo contrario: cuanto más lejos lleguen ellos, cuanto más alto vuelen y cuanto más plenamente florezcan, infinitamente mayor es nuestra alegría.
Todo lo anterior nos conduce a una pregunta fascinante. ¿Por qué la naturaleza hizo que sintiéramos una felicidad tan profunda cuando quienes más amamos nos superan? La respuesta comenzó a escribirse hace millones de años, mucho antes de que existieran la filosofía, la psicología, la medicina o la biología evolutiva. Lo verdaderamente extraordinario es que todas ellas, desde perspectivas completamente distintas, terminan conduciéndonos a una misma conclusión: la capacidad de alegrarnos por la superación de quienes vienen detrás de nosotros no es una curiosidad de nuestra naturaleza, sino una de las capacidades más extraordinarias que hicieron posible el progreso de nuestra especie y, al mismo tiempo, uno de los mayores privilegios de la condición humana.
Los filósofos llevan siglos preguntándose qué significa realmente trascender. Con frecuencia asociamos la trascendencia con escribir un gran libro, fundar una empresa, realizar un descubrimiento científico o crear una obra de arte destinada a sobrevivirnos. Sin restarle un ápice de mérito a ninguna de esas hazañas, existe una forma de trascendencia todavía más profunda: contribuir a que aquellos que vienen detrás de nosotros lleguen más lejos de lo que nosotros pudimos llegar. Esa, a mi juicio, es la forma más elevada de trascendencia. Los libros pueden caer algún día en el olvido; las empresas pueden desaparecer; los descubrimientos científicos pueden ser superados y hasta las obras de arte, por extraordinarias que sean, pueden perder la capacidad de emocionar a las generaciones futuras. En cambio, ayudar a que la siguiente generación llegue más lejos significa incorporarnos a una historia que no terminará con nosotros. Cada generación recibirá un legado de la anterior, lo enriquecerá con su propia experiencia y lo entregará a la siguiente. Nosotros apenas habremos sido un eslabón, pero un eslabón indispensable para que quienes vengan después puedan llegar todavía más lejos.
La biología evolutiva ofrece una explicación igualmente apasionante. Solemos escuchar que la evolución favorece al más fuerte o al más apto. Es cierto, pero esa afirmación está incompleta. La evolución favorece, sobre todo, la continuidad. Nosotros no somos la meta; somos el puente. Nuestro cerebro ha sido moldeado durante millones de años para favorecer el éxito de las generaciones siguientes y, por eso, cuando un hijo o un nieto alcanza una meta importante, nuestro cerebro responde como si ese triunfo también nos perteneciera. La dopamina contribuye a esa sensación de satisfacción; la oxitocina fortalece el vínculo afectivo y hace que experimentemos el triunfo ajeno casi como si fuera propio. En términos evolutivos, la naturaleza descubrió hace muchísimo tiempo que una especie progresa cuando cada generación encuentra una inmensa satisfacción en ayudar a prosperar a la siguiente.
La psicología también aporta una reflexión profundamente humana. Erik Erikson llamó «generatividad» a esa etapa de la vida en la que dejamos de preguntarnos únicamente qué más podemos conseguir para nosotros y comenzamos a descubrir que una parte importante de nuestra felicidad consiste en alegrarnos sinceramente de que quienes vienen detrás de nosotros lleguen más lejos de lo que nosotros logramos llegar. Tal vez la verdadera madurez empiece precisamente ahí: cuando comprendemos que el mayor de nuestros triunfos no siempre es el que alcanzamos personalmente, sino el que contribuimos a hacer posible en la vida de los demás.
La medicina, por su parte, ha demostrado que los vínculos familiares sólidos no solo alimentan el alma; también protegen el cuerpo. Las relaciones afectivas saludables se asocian con menores niveles de cortisol, mejor respuesta frente al estrés, menor riesgo de enfermedad cardiovascular y una mejor salud mental. En otras palabras, cuando decimos que el orgullo de un padre o de un abuelo «nos hace bien», no estamos expresando únicamente una verdad emocional. También estamos describiendo un fenómeno biológico de asombrosa trascendencia.
Y, por supuesto, está ese entrañable sentido del humor con el que la naturaleza parece haber adornado todo este proceso. Nosotros, los padres, todavía tendemos a minimizarlo. Decimos que nuestros hijos «ahí van...», mientras por dentro apenas logramos contener el inmenso orgullo que sentimos. Los abuelos, en cambio, ya no sentimos la menor necesidad de disimularlo. Basta que alguien pregunte cómo está la familia para que el teléfono celular se transforme en un museo interactivo con fotografías, videos y anécdotas de los nietos. La conversación puede haber comenzado hablando del clima, de la economía o del fútbol; eso da exactamente igual. De una u otra manera, siempre, pero siempre, termina girando alrededor de los nietos. Ignoro si la ciencia encontrará algún día el gen responsable de semejante fenómeno. Personalmente, prefiero seguir creyendo que se trata de uno de esos pequeños milagros con los que el Universo decidió premiar a los abuelos.
Ahora bien, conviene aclarar algo que considero esencial. Cuando decimos que deseamos que quienes vienen detrás de nosotros lleguen más lejos, no estamos hablando únicamente de dinero, de fama, de reconocimiento o de posiciones de poder. Ojalá alcancen todo eso, si ese es su sueño. Pero existen conquistas infinitamente más valiosas. Todos los padres y todos los abuelos anhelamos que nuestros hijos y nuestros nietos sean más libres de lo que nosotros fuimos; que carguen con menos miedos; que aprendan mucho antes las lecciones que a nosotros nos tomó media vida comprender; que aprendan antes a distinguir lo verdaderamente importante de lo que no merece robarles ni un solo día de paz; que sepan perdonar y pedir perdón; que conserven intacta la capacidad de maravillarse y que encuentren la paz interior mucho antes de que el paso de los años les recuerde, como nos la recuerda a nosotros, la extraordinaria velocidad con la que transcurre la vida.
Cuando nuestros hijos o nuestros nietos consiguen ser más libres, vivir con menos miedos, distinguir mejor lo verdaderamente importante o encontrar antes la paz interior, no sentimos que estamos siendo desplazados. Sentimos exactamente lo contrario. Comprendemos que el esfuerzo, los desvelos, las preocupaciones, las renuncias y las incontables horas dedicadas a acompañarlos tuvieron sentido. Esa es, quizás, la única competencia en la que perder constituye una victoria.
Nunca llegaremos a saber cuántas renuncias, cuántos desvelos, cuántos sacrificios y cuántas esperanzas hicieron posible que hoy estemos donde estamos. Nuestros padres y nuestros abuelos también soñaron con que llegáramos más lejos que ellos. Ese fue, quizás, uno de los grandes motores de sus vidas, aunque muchas veces jamás lo expresaran con palabras. Hoy nos corresponde agradecerles ese privilegio y procurar que quienes vienen detrás de nosotros puedan sentir, algún día, exactamente la misma gratitud hacia nosotros.
Porque, al final de cuentas, ninguna conquista, por extraordinaria que parezca, ha conseguido ni conseguirá jamás superar la de ver que quienes vienen detrás de nosotros encontraron un camino mejor que el nuestro. Y, como hemos visto, llegar más lejos no siempre significa llegar más alto. A veces significa llegar más sereno, más libre, más bondadoso o, sencillamente, más feliz.
Tal vez sea precisamente ese uno de los mayores privilegios de la condición humana: descubrir que llega un momento en la vida en que el triunfo ajeno deja de sentirse como una derrota propia y se convierte en una de nuestras alegrías más profundas. Porque, cuando eso ocurre, comprendemos que la huella más profunda que dejamos en el mundo no es la que lleva nuestro nombre, sino la que otros convertirán en nuevos pasos, en nuevos caminos y en nuevas huellas para quienes seguirán ampliando, generación tras generación, la interminable historia de la humanidad.
D. M.

