La alegre tristeza que conmueve mi alma
La alegre tristeza que conmueve mi alma
Durante algún tiempo he estado engañándome y, quizás, engañando también a mis estimados lectores, al haberles hecho creer que la tristeza, la melancolía y el paso del tiempo son fisiológica y psicológicamente normales en los seres humanos; lo son, sí, pero no en un sentido que se pueda aceptar sin algunos tropiezos y sin asumir una que otra consecuencia. No son estados de ánimo que se presentan, se tornan fácilmente descifrables y luego se disipan sin dejar algunas cicatrices. Son realidades espesas, persistentes y, en ocasiones, devastadoras, y reducirlas a una normalidad inofensiva o relativamente agradable ha sido una forma elegante y quizás no muy valiente de evitar mirarlas con honestidad.
Desde el punto de vista de la psicología, la tristeza es una emoción básica que aparece ante una pérdida concreta, real o anticipada. Puede tratarse de la ausencia definitiva de un ser querido, de la ruptura de un vínculo importante o del deterioro de la salud. En otros casos aparece frente a una amenaza percibida; es decir, ante la posibilidad de que algo valioso se pierda o se deteriore. Y, finalmente, puede manifestarse como una frustración claramente identificable, cuando las cosas no salen como se esperaba, cuando un proyecto no resulta o cuando algo importante no ocurre como lo habíamos imaginado. La tristeza obliga a interrumpir ese impulso inmediato que tenemos de seguir adelante como si nada hubiera ocurrido. Impone una pausa emocional y un desvío de la atención hacia el interior. Exige una revisión íntima de lo que ha ocurrido, de lo que ya se perdió o de aquello que está a punto de perderse, y de lo que deberá reorganizarse a partir de esa situación.
La melancolía, en cambio, no siempre necesita de un objeto concreto para hacer su acto de aparición. Es un estado más nebuloso y perseverante, que irrumpe sin previo aviso y se queda con más frecuencia de lo que nos gustaría admitir. No depende de un hecho preciso ni de una herida reciente; aun así, persiste en el tiempo. Afecta nuestra vivencia del tiempo y del espacio: hace que ciertos recuerdos regresen una y otra vez, que pérdidas y ausencias sigan ocupando un lugar y que lo no resuelto continúe insistiendo sin que el olvido logre disiparlo por completo. Por eso el pasado se vuelve insufrible y turbulento, invade el presente y lo deforma; y el futuro se percibe como débil e inmensamente frágil. La melancolía es esa sensación que nos acompaña sin pedir permiso, cuando el tiempo deja de avanzar con ligereza y el espacio ya no nos brinda protección.
Desde la biología, la tristeza se asocia a cambios definidos en neurotransmisores, en ejes hormonales y en los ritmos del sueño. La melancolía, en cambio, se vincula a una activación prolongada de circuitos cerebrales relacionados con la memoria emocional, con la anticipación constante y con la regulación del ánimo. Desde la medicina, ambas pueden formar parte de la experiencia humana; pero también pueden volverse patológicas cuando erosionan la capacidad de disfrutar, de vincularnos con los otros y de mantener una expectativa sana del futuro.
Y aquí es necesario hablar también de la alegría. No como un contraste ingenuo de la tristeza, sino como un estado igualmente complejo y frágil, capaz de coexistir con ella sin suprimirla.
Todo lo anterior, tarde o temprano, deja de ser una escueta teoría. La tristeza y la melancolía terminan encarnándose en nuestra vida diaria y en la manera en que el tiempo comienza a sentirse diferente, más pesado, más lento, mucho más difícil de recorrer.
En mi último artículo sobre el envejecimiento escribí sobre la acumulación silenciosa de las pérdidas, sobre el cansancio que no siempre es físico y sobre la nostalgia que aparece no porque los años sean nuevos, sino porque la espalda que los carga ya viene débil y agotada. Ahí hablé de una tristeza íntima, cercana, habitual. Y es cierto: en mí, la tristeza y la melancolía no necesitan grandes tragedias para activarse ni catástrofes para intensificarse. Bastan las gotas de la lluvia al golpear las láminas de zinc, con ese sonido repetitivo y cerrado que parece aislar al mundo; bastan las madrugadas frías y oscuras, cuando el cuerpo despierta antes de tiempo y la razón no encuentra una explicación clara, aunque el cerebro sí la tenga; basta una melodía romántica, una de esas canciones de «las de antes», con letras comprensibles y melodías que no vociferan. Pero, sobre todo, basta escuchar a un hijo, a un nieto o a mi esposa decir que hoy no se sienten bien. Ahí no hay interpretación posible: esa frase simple activa un mecanismo profundo de alarma, de cuidado, de amor y de miedo, porque la tristeza más honda no es la propia, sino la que se despierta al percibir el malestar en quienes uno ama. A eso se suma el enterarse de la muerte de un amigo, aunque la cercanía haya sido intermitente; el insomnio persistente; el despertar prematuro, injustificado para el razonamiento consciente, pero no para la arquitectura íntima del sistema nervioso. Todo eso es real y muy doloroso; y es aquí donde he de reconocer el engaño. He hablado de estas tristezas como si fueran el centro del universo, como si marcaran el límite del sufrimiento humano. Y no lo hacen.
Hace muy pocos días se celebró el Día Internacional del Recuerdo del Holocausto. Y la sola mención de ese acontecimiento no necesita adornos para causar una enorme devastación. El horror no necesita exageraciones para imponerse. Resulta insoportable constatar hasta dónde puede descender la condición humana cuando se deja arrastrar por la fantasía criminal de la existencia de una supuesta raza superior; cuando multitudes siguen a un líder enloquecido, megalómano, paranoico, asesino, manipulador y psicópata, que convirtió su delirio personal en un proyecto político de exterminio. Los campos de concentración no fueron un accidente ni una exageración posterior; fueron fábricas de humillación, de tortura y de aniquilación sistemática de una parte esencial de la humanidad. Hombres, mujeres y millones de niños fueron vilmente asesinados, despojados de su nombre, de su cuerpo y de su dignidad, ante la mirada indiferente y cobarde de una buena parte del mundo.
Y como si la historia no nos hubiera enseñado nada, el 7 de octubre volvió a recordarnos hasta dónde puede llegar el mal. El ataque terrorista contra Israel dejó hombres, mujeres y niños asesinados; dejó familias destrozadas; dejó rehenes arrastrados a túneles, sometidos durante años a torturas físicas y psicológicas, privados de la luz, del tiempo y reducidos deliberadamente a objetos de intercambio. Pensar en ellos, en quienes los amaban y en quienes los mantuvimos en nuestros pensamientos día y noche, produce una profunda tristeza que deja de ser personal o circunstancial para convertirse en una exigencia moral permanente, una tristeza que obliga a tomar posición frente al mal y frente a los malvados. En la Plaza de los Rehenes de Tel Aviv, el reloj que marcaba el tiempo de su desaparición se detuvo por fin. Y ese número, 843 :12 :05:59, no es una cifra técnica ni un dato frío; es la suma intolerable de años enteros de angustia. Algunos regresaron; muchos regresaron sin vida. Nada borra eso, nada lo corrige, nada lo neutraliza.
Y aquí vuelvo a mí, y vuelvo a ustedes. El sonido de la lluvia, la melodía romántica, el insomnio y la madrugada fría conservan su capacidad de intensificar la tristeza y la melancolía personales; pero se vuelven inevitablemente menores cuando se los confronta con la magnitud de estos horrores. Hay dolores que no admiten comparación ni explicación; no se miden, no se jerarquizan y no se vuelven soportables por el solo hecho de nombrarlos.
Y usted, estimado lector, cuando escucha o lee acerca del Holocausto, cuando vuelve a enfrentarse a las imágenes de los campos, a los nombres, a los números, a los rostros, a los miles y miles de cadáveres de niños destrozados y abandonados sobre las aceras y en los crematorios de los campos de concentración; o cuando recuerda el ataque terrorista del 7 de octubre, ¿qué siente realmente? ¿Se le tensa el cuerpo y el espíritu, aparece la rabia, la impotencia, el espanto, o surge algo profundamente más inquietante: una forma silenciosa de distancia y despreocupación? No lo pregunto para juzgarlo, sino para recordarnos, usted y yo, que estas tragedias no fueron concebidas para dejarnos ilesos ni indiferentes. Fueron, y siguen siendo, una prueba brutal de nuestra capacidad de percibir el dolor ajeno, de sostener la memoria cuando incomoda y de resistir la tentación de acostumbrarnos al mal. Nos exigen algo más que estar informados o sentir horror por un momento: nos exigen una toma de posición moral, una memoria que no se negocia y la renuncia deliberada a la comodidad de la indiferencia.
Existe esa alegre tristeza que conmueve mi alma. La tristeza de saber lo que ocurrió y lo que aún ocurre; la alegría, mínima y discreta, de haber recibido a los rehenes, aun cuando regresaron fallecidos, porque cada cuerpo recuperado fue una negación del olvido, una afirmación de que esas vidas no fueron desechables y un acto de memoria frente al horror. Esa misma tristeza reaparece cada vez que el calendario nos obliga a detenernos y a recordar el Holocausto, no como un rito vacío, sino como una exigencia moral que atraviesa múltiples generaciones y que no admite olvido ni perdón. Esa alegre tristeza no brinda consuelo ni ofrece alivio alguno; no repara, no redime ni pone fin a nada. Obliga a mirar sin engaños, a no mentirse y a sostener la memoria incluso cuando pesa, abruma y no concede descanso. Esa es la tristeza que hoy acepto: la que no busco suavizar, la que no intento justificar, la que permanece conmigo sin prometer nada a cambio.
Esa es la alegre tristeza que conmueve mi alma.
D. M.

