Hormonas, aniversarios, olvidos y otras catástrofes domésticas
Hormonas, aniversarios, olvidos y otras catástrofes domésticas
Hace unos pocos días me desperté con esa tranquilidad engañosa que solo existe antes de que el cuerpo empiece a protestar. Durante unos segundos largos y tibios creí que había dormido bien, y que el nuevo amanecer prometía únicamente cosas buenas, tranquilas y llenas de diversión. Fue una ilusión infinitamente fugaz. Apenas abrí los ojos, el cortisol ya estaba ahí, instalado con naturalidad, activando mecanismos invisibles, encendiendo sistemas, empujando la sangre por donde debía ir y dejando claro, sin necesidad de palabras, que el día había comenzado y que no admitía negociaciones.
—Cinco minutos más —dije, cerrando los ojos con suavidad, más por una costumbre de mi parte que por la convicción real de que el tiempo estuviera dispuesto a negociar.
El cortisol ya estaba ahí. No negocia, no dialoga y no se conmueve; su función no es contestar, sino preparar para el daño. Permaneció firme e imperturbable, observando la escena sin grandes apuros ni comentarios, dedicado a evaluar riesgos y a esperar, con una paciencia incómoda, el momento inevitable en que algo falle.
Fue entonces cuando sentí el movimiento a mi lado. Mi esposa estaba sentada en la cama. Despierta. Muy despierta. Con esa calma profunda, densa y grave que no anuncia una discusión, sino un veredicto doméstico.
—No me dejaste dormir en toda la noche —dijo—. Pasaste hablando dormido de cómo íbamos a festejar el fin de año.
—¿Fin de año? —pregunté, entreabriendo un ojo con una incredulidad apenas disimulada.
—Sí. Brindis, música, cena. Estabas muy entusiasmadito. ¡Demasiado!
Miré el reloj. El silencio que siguió fue breve, pero suficiente. Y entonces ella agregó, con una naturalidad devastadora:
—Hoy es seis de enero.
No levantó la voz ni reclamó nada. No hizo falta. La frase cayó con una precisión quirúrgica y dejó la atmósfera paralizada, como si cualquier palabra adicional hubiera sido redundante o simplemente incapaz de mejorar lo expresado. En ese mismo instante, la adrenalina entró en acción y el cuerpo respondió como ante una emergencia mayor. El cerebro activó protocolos reservados para incendios, naufragios y caídas libres, con o sin paracaídas, y no dejó espacio para el matiz ni para la calma. La vasodilatación avanzó sin pedir permiso y el rostro se encendió en cuestión de segundos, rojo, irrefutable, delator, como si el cuerpo hubiera decidido anunciar públicamente mi torpeza. Mi torpe olvido. Porque sí, ese seis de enero cumplíamos cincuenta y dos años de casados. ¡Y yo no me había acordado!
Lo que siguió no fue una solución, sino un desorden interno perfectamente organizado. Mientras unas hormonas activaban la alarma, otras optaron por retirarse del lugar del desastre con una dignidad bastante discutible: la dopamina, irresponsable y seductora, decidió que el aniversario no era una prioridad inmediata y se fue a buscar recompensas futuras, convencida de que ya habría tiempo para arreglar las cosas; la oxitocina, públicamente fuera de lugar, se escondió a la espera de condiciones más favorables; y la serotonina, fiel a su estilo burocrático, miró hacia otro lado y fingió no haber visto nada. Nadie avisó. Nadie dejó una nota. Cobardes. Traidoras. Desertoras. Malagradecidas. Y, lo confieso, en ese mismo instante juraría haber visto a la dopamina sonreír. No una sonrisa generosa, sino una contorsión minúscula de los labios, precisa, casi profesional, como de misión cumplida.
Me levanté en silencio. El cortisol observaba la escena con una satisfacción difícil de disimular, como quien finalmente encuentra una situación que justifica su presencia. Había una amenaza concreta, un error real, una fecha mal calculada con consecuencias previsibles. La catástrofe por la que había estado esperando. El cuerpo respondió de inmediato: la energía se movilizó, las prioridades se reordenaron y el mundo se redujo a un solo problema, el de haber olvidado lo imperdonable. Las consecuencias ya no eran una hipótesis lejana, sino algo que avanzaba, sin desvíos, hacia un inevitable choque con un témpano de hielo.
Con pasos torpes fui a la cocina. Mientras preparaba el café reapareció la dopamina, joven y luminosa, cuando ya el error estaba expuesto y no había nada que celebrar. Llegó tarde, proponiendo soluciones creativas justo cuando el daño ya estaba hecho. Habló de segundas oportunidades, de flores, de detalles de último minuto que, según ella, todavía podían salvar la escena. Aseguró, con una convicción tan optimista como fuera de tiempo, que aún era posible una salida decorosa, incluso triunfal. Y yo, como tantas otras veces, decidí creerle.
Me aferré al teléfono con la determinación de salir corriendo a comprar unas rosas. Fue entonces cuando el día terminó de definirse en mi contra. En la pantalla apareció un mensaje de la Compañía Nacional de Fuerza y Luz informándome, con una cortesía impecable, que el servicio sería suspendido por falta de pago. Antes de que pudiera procesar semejante noticia, llegó otro aviso, más breve y más cruel: se habían agotado los datos móviles.
Ahí quedé. Solo yo, con el teléfono en la mano, reducido de pronto a un lujoso rectángulo negro y absolutamente inútil, y con la certeza incómoda de que cualquier movimiento, por pequeño que fuera, solo podía empeorar las cosas. Ya no contaba con el tiempo necesario para corregir nada sin dejar en evidencia mi, hasta entonces, irreparable amnesia con el calendario. El aparato permanecía mudo, indiferente, cómplice pasivo del desastre. Otro ingrato que se sumaba al complot. ¡Traidor!
La adrenalina volvió a empujar. El corazón se aceleró, los hombros se tensaron y apareció ese sabor metálico inconfundible que anuncia que algo va realmente mal. Me preparó para huir de algo que no tiene piernas ni rostro: el calendario.
—Esto no es el fin del mundo —me dije—. Es apenas una cadena bastante insólita de pequeños descuidos. Mis palabras no ayudaron en lo absoluto, pero sonaron como dichas por un adulto, adulto joven tal vez, adulto con restos de adolescencia. Adulto… dejémoslo ahí.
Salí a pie, casi por inercia, porque no había tiempo para decidir nada y el cuerpo ya se había puesto en marcha antes que la cabeza, con una misión tan simple como desesperada: encontrar unas rosas y sobrevivir al día. A media mañana apareció el hambre y, con ella, la insulina, ordenada y metódica, intentando imponer algo de sentido mientras el cerebro seguía claramente fuera de servicio. Poco después llegó el glucagón, liberando energía cuando ya todo protestaba. Discutían entre ellos mientras yo caminaba rápido, me miraba el abdomen fuera de toda proporción razonable y me preguntaba en qué momento dejé de escuchar advertencias médicas, domésticas y personales, todas ignoradas con una constancia admirable.
En el supermercado, un señor detrás mío comentó, con una calma que no admitía réplica, que al final uno termina pagando todo menos lo que realmente importa. Lo dijo mientras avanzábamos despacio en la fila, con las compras en la mano y esa paciencia resignada que aparece cuando no hay nada que logremos acelerar. Hablaba de lo evidente: de cómo uno cumple meticulosamente con la luz, el agua y el teléfono, pero se le pasan las fechas importantes, no por falta de interés o de cariño, sino porque la urgencia suele disfrazarse de otra cosa. Justo ahí. Como si yo necesitara que alguien me lo hiciera notar.
Volví a mi casa con un arreglo de rosas rojas, muy rojas para intentar justificar un olvido que no admitía compensaciones y la torpeza con la que había salido esa mañana. Volví también con unas disculpas mal ensayadas, repetidas muchas veces en la cabeza, todavía sin encontrar su sitio, junto a una oxitocina que finalmente decidió aparecer cuando el cansancio ya había ganado terreno. Llegó tarde, sí, pero llegó como llegan las cosas importantes: sin discursos, sin explicaciones y sin exigir condiciones. Aflojó el cuerpo, bajó la tensión y permitió que el silencio hiciera su parte, que el momento se acomodara solo, sin la necesidad de defenderme ni de encontrar las palabras justas. De pronto el olvido dejó de ser el centro de todo. Importaba otra cosa, más simple y más difícil de sostener: seguir juntos, acompañarnos en el error y querernos incluso cuando uno falla y el otro no. Eso no resolvió aniversarios ni facturas, pero evocó algo esencial: cincuenta y dos años no se sostienen con una memoria perfecta, sino con una paciencia trabajada, con un afecto persistente y con un cariño que sabe quedarse incluso cuando las hormonas hacen de las suyas e intentan darse a la fuga.
Por eso, si alguna vez sus hormonas toman el timón sin previo aviso, no se asuste. En teoría no conspiran ni traicionan: hacen su trabajo. En la práctica, convengamos en que a veces sí lo hacen, y con entusiasmo. El problema empieza cuando uno cree que en el reino de la bioquímica tiene la última palabra. Conviene escucharlas, hablar con ellas, no confiarles todo y, aun así, revisar dos veces el calendario cuando se trata de una fecha importante.
Hace un rato, estimado lector, ingerí nuevamente doce miligramos de melatonina. No como tratamiento del insomnio, sino como respuesta tardía a un día que se negó a terminar y que había dejado pruebas suficientes como para justificarlo. Fue una decisión simple, cansada y honesta. A partir de ahí, el cuerpo empezó a bajar el volumen por su cuenta.
Mientras escribo esto, las letras se vuelven imprecisas. Las frases se alargan y se mueven con una lentitud sospechosa. Los párpados pesan como si negociaran una rendición. Aparecen imágenes que no pedí. Un sillón que respira. Un reloj que se derrite. La pantalla se vuelve lejana y creo que iba a decir algo más, pero se me…
Buena s no ches
D. M.

