Guía muy larga para perder el tiempo con dignidad y paciencia
Guía muy larga para perder el tiempo con dignidad y paciencia
Las emociones no consultan: actúan. Y después, a uno le toca sobrevivirlas.
Hace unos días, un amigo escribió en un grupo cultural de WhatsApp un mensaje que decía: “Lean este artículo, es pequeño y fácil de leer”. Y confieso que algo en mí se encogió, como si hubiera escuchado una alarma que nadie más oyó. No por el artículo, sino por la frase. Hoy la gente quiere textos que no exijan atención, que se dejen leer sin resistencia, que se puedan digerir en menos de lo que tarda un semáforo en cambiar de luz. La lectura que exige un grado moderado de concentración cansa; la que no se deja devorar de un bocado simplemente dejó de encajar en este siglo apresurado.
Y entonces pensé en escribir algo que vaya en contra de esa prisa. Un artículo medio largo, medio divertido, levemente profundo, un poco baboso y, sobre todo, escrito para quien pretenda llegar al final con algo más que una débil sonrisa y una ingenua mocedad reciclada. Un texto que no se disculpe por tomarse su tiempo, que respire a su antojo y que no pueda comprimirse en treinta segundos de lectura veloz. Un texto sobre algunas emociones, acompañado de un insólito manual de instrucciones para esos turbios laberintos donde uno termina escorando precisamente por no tener instrucciones a mano.
Las emociones no piden permiso ni explicaciones: simplemente ocurren. Y después, a uno le toca sobrevivir a todo lo que nos dejaron incrustado.
El tren llegó a Puntarenas como llegan algunas emociones: a destiempo y sin pedir permiso. Me bajé con esa sensación extraña de caminar dentro de algo que no sabía si era un recuerdo, un presentimiento o una nostalgia recién nacida. El aire olía a sal, a mango verde, a vigorón y a cajetas de coco recién envueltas en una bolsa de papel. Caminé hacia el Paseo de los Turistas con esa obediencia ciega que uno tiene ante lo que no entiende del todo. El bullicio, las bicicletas, la música lejana y el rumor del mar se mezclaban en un desorden perfecto. Y en medio de todo eso apareció un temblor suave, ese que surge cuando el alma quiere decir algo pero aún no encuentra las palabras adecuadas. A veces convivir con uno mismo empieza así: con una marea interior que sube sin aviso.
Las emociones llegan más lejos que las ideas. El pensamiento avanza en línea recta; las emociones viajan por las más insólitas sendas de tierra que rodean las casas donde nuestras primeras memorias comenzaron a florecer. Basta un olor, una gota de lluvia sobre las latas de zinc del techo, un rayo de luz o una canción “de las de antes”, y uno regresa sin querer.
El mal humor me ha acompañado desde niño. No siempre como un enemigo; a veces como un viejo aviso que sabe exactamente cuándo volver. Recuerdo aquellas tardes en que me obligaban a usar un suéter de lana que picaba como si estuviera tejido con gusanos de ortiga. Hoy sé que era una alergia, pero entonces mi cerebro insistía en convencerme de que se trataba de una conspiración doméstica. Ese intenso prurito sigue ahí. Hoy aparece cuando pierdo las llaves o cuando la tostada decide carbonizarse justo en el único momento en que no tenía un minuto más para perder. Pero no viene a arruinar nada: solo a recordarme que hay partes de mí que aún necesitan cuidados especiales.
Instrucción 1: Si el mal humor llega sin avisar, no lo expulse. A veces solo quiere sacudirle el polvo a aquellos recuerdos que usted no ordenó bien… o que nunca se rascó como debía.
La gratitud llega en un carruaje diferente. No hace ruido, no toca la puerta, no exige aplausos. Entra como una ola suave que moja los tobillos sin que uno la note venir. Aparece en un escueto desayuno, en un abrazo espontáneo, en una llamada que evita una tormenta. Pero también surge en una silla que nos ceden sin pedirla, en la sonrisa cansada de alguien que aún encuentra fuerzas para preguntar cómo estuvo el día, en la paciencia de la salonera que escucha lo que uno no sabe pedir. Se esconde en el gesto pequeño de quien se queda un rato más aunque tenga prisa; en la mano que sostiene una bolsa pesada sin convertirlo en acto heroico; en la frase perfecta que llega justo antes de que el silencio se vuelva insoportable. La gratitud no embellece la vida: la vuelve respirable. Más amable. Más humana. Como si recordara de pronto que, incluso en los días difíciles, alguien estuvo ahí, sosteniendo una esquina del mundo para que no se viniera abajo.
Instrucción 2: La gratitud trabaja en silencio. Si hace ruido, probablemente está tratando de ser otra cosa.
Las sonrisas nacen de cosas insólitas. De un beso torpe que inaugura una armonía desconocida. De un extraño que baila como si hubiera olvidado el concepto de la ridiculez. De un niño riendo con esa sinceridad que la vida se encarga de deteriorar con los años. También brotan de una frase dicha en el momento justo, de una mirada que coincide con otra en el segundo exacto, de un minúsculo gesto que ilumina un día entero. Y claro: a veces estallan por accidente, como cuando el mundo decide ponerse a jugar de extravagante sin previo aviso. Hay sonrisas que no explican nada y otras que lo explican mejor que cualquier discurso; hay sonrisas que no resuelven nada y otras que desactivan catástrofes domésticas con una eficiencia envidiable. Pero todas reparan algo dentro de nosotros: una grieta diminuta, un cansancio entrado en años, una picazón que no sabíamos con qué rascarnos. Son restauraciones tan silenciosas que uno solo entiende su alcance cuando el día ha comenzado a pesar un poco menos.
Instrucción 3: Conserve cada sonrisa inesperada. No ocupan espacio, no requieren mantenimiento y, cuando menos lo espere, alguna de ellas terminará alegrándole una mañana, un día o incluso una semana; un recuerdo que creía perdido o una conversación que iba directa a lanzarse al precipicio. Guárdelas donde guarda lo esencial: en el alma.
El corazón es un caso aparte. Una criatura imprudente, noble y testaruda que siempre va por su cuenta. Se entusiasma con detalles que la razón no alcanza a comprender, se entrega donde no debe y no se asoma en aquellos sitios donde la vida le habría sido más sencilla. Tiene la mala costumbre de destrozarse a deshoras y la buena costumbre de repararse sin pedir permiso. Le basta una frase agradable, un delicado aroma antiguo o un gesto de cariño inesperado para volver a latir con esa obstinación que lo hace parecer más joven y, para colmo, más torpe de lo que en realidad es. A veces lo observo y pienso que es la parte más inocente que me queda: la que cree sin garantías, la que apuesta sin calcular, la que se lanza al mar sin fijarse en la marea y, aun así, regresa a la orilla convencida de que valió la pena intentarlo.
Instrucción 4: No intente domesticar al corazón. Tiende a morder rabiosamente las instrucciones y a escaparse por cualquier ranura que deje pasar la luz . Déjele siempre una salida segura y un poco de agua. Él sabrá volver cuando tenga sed y decida dejar de desobedecer.
Y el amor… ¡Ay, el amor! El amor es como navegar en un bote minúsculo en alta mar. Revuelve todo lo que estaba estancado, remueve lo que uno creía quieto y abre habitaciones que uno había clausurado por estricta salud mental. Tiene ese insólito talento para obsequiar serenidad y tormenta en la misma noche, como si disfrutara de la contradicción. A veces hiere con precisión quirúrgica; otras protege con una devoción que parece excesiva para la trama que se está desarrollando. Y casi siempre hace ambas cosas a la vez, probablemente porque no sabe comportarse de manera coherente. ¡Nunca lo hace! Pero deja algo verdadero: un rastro que uno puede seguir incluso después del naufragio y un cambio inevitable en la manera de mirar nuestra galaxia, y nuestro andar por el universo. El amor nunca llega a tiempo, pero tampoco se va cuando debería.
Instrucción 5: Cuando el amor revoluciona la casa entera, no busque a los culpables. Busque un punto firme donde apoyar el dedo gordo del pie. Si lo encuentra, ya ganó medio viaje a una hermosa playa y un pedazo del premio mayor de la lotería navideña.
Todas estas emociones conviven como los sonidos de Puntarenas al caer la tarde: el mar avanzando y retrocediendo con su rutina infinita, la música persistente de alguna soda, las risas dispersas que se mezclan con la brisa, el paso distante de una bicicleta sobre la acera caliente. Nada encaja a la perfección, pero todo encuentra su sitio sin importar el momento. Así funciona también la vida interior: un conjunto de señales que rara vez coinciden, pero que aun así terminan dibujando algo comprensible cuando uno deja de insistir en usar los pinceles que no sirven para semejante paisaje.
Instrucción 6: Antes de ordenar sus emociones, revise el pincel que se encuentra utilizando. A veces el desorden no está en ellas, sino en la mano que insiste en colorearlas.
Este artículo es incompleto porque nosotros también lo somos. Porque cada emoción cambia de rumbo sin consultarnos. Porque convivir con uno mismo no es encontrar un sitio especial en una isla desierta, sino regresar a ese territorio íntimo donde conviven lo que uno fue, lo que es y lo que todavía no sabe qué forma tendrá cuando despunte el alba. Somos mareas cambiantes: unas dóciles, otras caprichosas, otras casi violentas, todas obedeciendo una lógica que solo se revela cuando uno deja de perseguir explicaciones.
Y entonces, no sé explicar su naturaleza, sentí que había llegado el momento de volver. Cuando me subí al tren para regresar a San José, el mar seguía respirando detrás de mí como si no quisiera soltarme. Desde El Plikiti se escuchaba la voz de Serrat cantando entre risas y viento: «Y a tus atardeceres rojos se acostumbraron mis ojos… soy cantor, soy embustero, tengo alma de marinero». Era una despedida vocalizada por el cantautor. Puntarenas haciendo lo que sabe hacer: guardar algo de uno para devolverlo más adelante, cuando haga falta.
Me acomodé como pude, todavía con la melodía de Serrat entrando por la ventana del vagón y el mar respirando detrás de la estación. Pero entonces ocurrió algo extraño: la luz comenzó a deshilacharse, el sonido del viento se volvió un murmullo lejanísimo y todo el paisaje de Puntarenas empezó a plegarse como quien retira una sábana extendida al sol. El tren, las voces, la costa… todo se fue apagando con una delicadeza que no sabía si era sueño, despedida o una jugarreta de mi memoria.
Busqué mi asiento y, fiel a mi torpeza, me dejé caer encima de algo inesperadamente duro. Salté como si me hubiera sentado sobre una bolsa de pejibayes recién hervidos. Tardé un segundo en entenderlo: no había ningún pejibaye. Era una novela de tapa gruesa que había estado leyendo la noche anterior y que, en mi confusión, confundí con un fruto radioactivo. Nada más humano que asustarse de un libro.
Desperté en mi cama, con la novela de tapa dura debajo de mi muslo, y un leve olor imaginario a sal aferrado a los rayos del alba. Mi esposa estaba ahí, tarareando con impecable convicción: «Cerca del mar, porque yo nací en el Mediterráneo…».
—Idiay, ¿qué esperabas? Pasaste la noche hablando de playas y emociones —dijo mi esposa, y luego añadió—: Mediterráneo es donde vas a ir a escorar si no te levantás ya y me ayudás con el desayuno.
Convivir con uno mismo también es esto: perderse en Puntarenas, regresar cantando Mediterráneo, despertar con risa y nostalgia y entender que las emociones que vuelven, incluso desde un sueño, vienen a recordar quiénes somos cuando nadie nos ve.
Ya en la mesa, juraría haber escuchado a Alexa tararear: «Y te acercas y te vas después de besar mi aldea…». Sonreí, hasta recordar que Alexa había muerto en un pequeño accidente, y sus restos quedaron esparcidos por el piso de la cocina. No podía cantar, pero la sonrisa se quedó. Algunas sonrisas se quedan aunque la lógica proteste.
Y pensé que, a veces, son esos pequeños desvaríos los que revelan algo de nosotros que ni siquiera sabíamos que estaba ahí.
Este artículo es incompleto porque nosotros también lo somos. Lo demás, los regresos, los sobresaltos, las nostalgias inesperadas, se descubren como quien encuentra una playa nueva después de una tormenta.
Por todo esto, estimado lector, no se tome este texto demasiado en serio. No está hecho para ordenar la vida, sino para acompañarla. Y si llegó hasta aquí sin exigir que fuera breve, masticado o resumible en treinta segundos de lectura veloz, bienvenido: todavía forma parte de esa especie que aprecia un texto que respira a su ritmo y no al del reloj. Aunque, siendo justos, la lectura rápida también tiene su lugar, sobre todo cuando se trata de recetas médicas, invitaciones a conciertos de reguetón o confirmaciones de almuerzo. Para todo lo demás, tómese su tiempo. La prisa también merece vacaciones.
La impaciencia, esa emoción moderna que exige todo para ayer, llega, hojea el texto como quien compara precios en un supermercado abarrotado y pregunta: «¿Era necesario hacerlo tan largo?». Y uno solo puede sonreírle por educación, como quien concede razón al que jamás la tendrá.
Instrucción final: Si busca lecturas rápidas y fáciles, lea el título y deje el resto para cuando la prisa le dé vacaciones. Y si algún día la prisa decide marcharse sin avisar, aproveche ese raro silencio para leer algo que no pueda consumirse de un sorbo. Tal vez descubra que el verdadero lujo no es entenderlo todo, sino permitirse una leve demora. Después de todo... ¡ninguna emoción importante va a llegarle en Moto Express!
D. M.

