Gabriel y Clara
Gabriel y Clara
Gabriel se despertó al amanecer, tal y como lo había hecho durante los últimos años: cuando la luz comenzaba a abrirse paso lentamente y el día aún no terminaba de imponerse. Abrió los ojos sin grandes sobresaltos y permaneció un momento en absoluto silencio, con esa imperturbable serenidad que se consigue cuando ya no hay nada nuevo que esperar del día. Se incorporó con la fastidiosa lentitud que los años le exigían a su cuerpo y salió al exterior; ahí, donde el aire conservaba el frío y la soledad de la noche. Durante lentos, difíciles e interminables instantes, permaneció mirando hacia la montaña, y luego de un afligido suspiro, avanzó.
A pocos pasos de la casa estaba la lápida de Clara; caminó hacia ella con un paso corto y cauteloso, se detuvo frente a la inscripción en la piedra y permaneció ahí, taciturno, sin moverse, con sus pensamientos revoloteando por todos los rincones de su tribulada mente, tal y como lo hacía cada mañana desde aquel día en que todo había ocurrido con tantísima rapidez que sus pensamientos se mezclaron con el horrible desconcierto que invadió el ambiente: primero la tos persistente y la respiración que le comenzó a fallar, luego el intensísimo agotamiento que no le concedía ni una pizca de asueto, y finalmente ese silencio definitivo, sin retorno, que no solo se la llevó a ella, sino que le arrancó un gran trozo del corazón.
Esa mañana, mientras subía la montaña, sus recuerdos comenzaron a imponerse con una brillantez que no dejaba espacio para alejarlos: Clara adelantándose unos pasos, deteniéndose, regresando cuando él se quedaba atrás, obligándolo a continuar cuando dudaba. Fue entonces, luego de permanecer un instante más de lo necesario adentrado en esas imágenes, que dejó de mirar el suelo. En una fracción de segundo, el terreno cedió bajo su peso y la caída no le dio tiempo para reaccionar. Fue un descenso abrupto, sin control, que terminó en un impacto seco que le arrebató el aire y lo dejó unos segundos suspendido en una desorientación densa, incapaz de asimilar lo ocurrido.
Cuando intentó incorporarse, el cuerpo no respondió como él necesitaba, y el dolor apareció de inmediato, nítido, incuestionable, imponiéndose con tal claridad que no dejaba lugar a dudas: no iba a ser sencillo salir de ahí, por lo que volvió a intentarlo, primero con un impulso torpe, casi instintivo, y luego con un esfuerzo más meditado, buscando apoyo donde no lo había, pero cada intento terminaba en el mismo punto: con la tierra cediendo bajo el peso y el cuerpo devolviéndolo una y otra vez al fondo, mientras el dolor se instalaba con una intensidad creciente y, con cada intento fallido, lo obligaba a detenerse una vez más.
El paso del tiempo se fue dispersando hasta no poder distinguirlo; la sed apareció primero como una molestia leve, pero terminó por dominarlo, mientras la luz se retiraba poco a poco y el frío comenzaba a instalarse en el fondo del barranco, introduciéndose en su cuerpo con una lentitud insistente, despiadada. Fue entonces, cuando las nubes decidieron iniciar la lluvia: primero con gotas tímidas, aisladas, y luego con una perseverancia que transformó el entorno, hasta hacer que el agua descendiera por las paredes y llegara hasta él. Gabriel levantó la cabeza y buscó el agua que descendía por las paredes, ingiriendo todo lo que podía, sin medida, con una urgencia que no dejaba espacio para nada más, dejando que cada gota que lograba alcanzar le recorriera su garganta seca y le devolviera, poco a poco, algo de lo que había comenzado a perder. Luego de unos minutos en los que logró sobreponerse a la angustia, volvió a intentar salir del barranco; avanzó con dificultad, se detuvo cada vez que el dolor se lo imponía y retomó el impulso en cuanto logró reunir fuerzas, hasta que, tras varios intentos rigurosos, finalmente consiguió salir.
El regreso a su hogar fue lento, más de lo que su cuerpo podía sobrellevar; cada paso le exigía una perseverancia casi despótica y unas fuerzas que, desafortunadamente, ya habían quedado muy atrás. Y el camino, en incontables ocasiones recorrido sin impaciencias ni preocupaciones, se fue alargando dolorosamente hasta convertirse en una prueba silenciosa, perseverante, desgarradora. No entró; ni siquiera consideró hacerlo. Se dirigió directamente hacia la lápida de Clara y se dejó caer junto a ella, como si ese fuera el único sitio del mundo al que todavía tenía algún sentido llegar. Permaneció ahí, en silencio, inmóvil, con sus pensamientos obstaculizados en un rincón de su alma y su memoria que no conseguían salir... hasta que algo comenzó a ceder en lo más profundo, como si aquella presión reprimida durante demasiado tiempo hubiera encontrado por fin una pequeñísima brecha y y desgarrara, sin ninguna delicadeza, lo poco que aún quedaba intacto en él. Fue entonces, en ese sitio tantas veces visitado, que el llanto terminó por abrirse paso. Un llanto profundo, persistente, quejumbroso. Un llanto salido del alma. Un llanto interrumpido a ratos por la fatiga. Un llanto que arrastraba consigo todo el dolor que había quedado retenido desde la muerte de Clara. Aquel dolor intenso, sin tregua, sin alivio. Aquel dolor que jamás había conseguido mitigar.
Gabriel permaneció ahí, sin moverse, mientras la noche se alargaba, fría, solitaria, interminable, hasta que los primeros rayos de la mañana iniciaron su travesía sobre la montaña. Esa misma montaña que lo había visto caer.
Esa mañana, un vecino que pasaba por el camino se detuvo al ver la escena; se quedó observándola unos segundos más de lo habitual y, de pronto, corrió hacia la casa despavorido, golpeó la puerta con fuerza y gritó desde afuera:
—¡Abran, rápido! ¡Gabriel está muerto junto a la lápida de Clara, la pastor alemán!... tiene una de las patas traseras completamente destrozada… ¡vengan a ver!
D. M.

