Envejecer: ciencia, fe, tristeza, melancolía… y la esperanza, que aprendió a caminar despacio sin desaparecer
Envejecer: ciencia, fe, tristeza, melancolía… y la esperanza, que aprendió a caminar despacio sin desaparecer
Para la medicina, el envejecimiento es un proceso biológico progresivo, universal e irreversible. Así, dicho sin anestesia ni misticismo. Un conjunto de cambios celulares, tisulares y funcionales que, con el paso del tiempo, van reduciendo la capacidad del organismo para adaptarse, repararse y responder al estrés. Disminuye la reserva funcional de los órganos, se enlentece la regeneración celular, se acumulan errores microscópicos que antes se corregían solos. No hay nada dramático en esa definición; lo dramático viene después, cuando uno empieza a reconocer esos cambios en el propio cuerpo y en el de aquellos a quienes ama.
No es una enfermedad, insiste la ciencia, aunque se le parezca demasiado en algunos tramos del camino recorrido. Al principio aparece de forma tímida, casi discreta y respetuosa; luego, con los años, se vuelve más insistente, más exigente, más difícil de ignorar. Se manifiesta en los exámenes médicos, en las radiografías, en la letra pequeña de las historias clínicas y también en el espejo; y en lo más íntimo del cuerpo, donde se instalan sensaciones nuevas: una conciencia más nítida del tiempo, una percepción distinta de nuestros límites, una forma más cuidadosa y a menudo más frágil de estar en este mundo.
Hay un momento preciso, difícil de encontrar en el calendario, en el que el envejecimiento deja de ser una noción abstracta y se vuelve una experiencia personal, concreta, imposible de delegar. No ocurre con la primera cana ni con el primer olvido que uno se permite justificar. Ocurre cuando el cuerpo ya no obedece de forma automática y obliga a negociar con él, a escucharlo, observarlo y respetarlo. Ese día, sin que medie un aviso previo, comienza una nueva etapa.
Las religiones lo han mirado desde otro lugar. En el judaísmo, en particular, el envejecimiento no se entiende como un deterioro ni como un motivo de vergüenza, sino como una expresión de respeto profundo. Los años no le restan valor; le dan peso y sentido. La vejez se asocia a la sabiduría, a la experiencia y a una autoridad moral que nace de la coherencia entre lo que se ha dicho, lo que se ha hecho y lo que se ha sostenido con responsabilidad a lo largo del tiempo. No idealiza el desgaste, pero reconoce que tiene un sentido dentro del curso de la vida. “Corona de honra son las canas”, dice el libro de los Proverbios, no como un consuelo estético, sino como el reconocimiento a una vida marcada por la responsabilidad y la dignidad.
Entre la definición médica y la lectura religiosa aparece algo que ninguna de las dos logra abarcar del todo: la tristeza. Conviene decirlo con cuidado. La tristeza no es lo mismo que la depresión; son experiencias distintas, aunque puedan coexistir. La tristeza es una respuesta humana al reconocimiento de una pérdida, de un cambio o de una transformación significativa. Es una emoción legítima, que aparece cuando algo se pierde, cambia o se transforma sin pedir permiso. El envejecimiento trae consigo muchas pérdidas pequeñas, acumulativas, casi invisibles al comienzo, que, al ir sumándose, dejan de ser pequeñas para convertirse en un peso persistente y silencioso, difícil de poner en palabras.
A la tristeza se le suma la melancolía. Que no es lo mismo. La melancolía no es un cambio brusco, sino una transformación que se va incorporando a la vida cotidiana. Se instala cuando observamos cómo ha cambiado nuestro barrio, cómo van desapareciendo ciertos árboles que nos acompañaron durante la infancia, cómo el mundo conocido se ha vuelto distante, frío y ajeno, sin avisar. Melancolía al recordar personas que ya no están, conversaciones que no se repetirán, versiones de uno mismo que quedaron detenidas en alguna tarde de verano que ya no volverá. No duele como la tristeza; nos acompaña con una insólita suavidad. Y sabe quedarse.
Y, sin embargo, no todo es pérdida. En el envejecimiento también hay alegrías reales, concretas, reconocibles. No espectaculares, pero verdaderas. Una conversación larga con un buen amigo, de esas que no buscan soluciones y aun así alivian el peso del día. Un regaño matinal de la esposa por haberla despertado con la habladera durante el sueño, seguido, casi sin transición, por un beso de buenos días que lo concilia todo. Está también el privilegio de poder decir “ya no tengo apuro” y que sea cierto. De elegir con más cuidado dónde poner la energía. De entusiasmarnos menos, tal vez, pero de una manera más firme, más saludable, más profunda, menos sujeta a la inmediatez del mundo actual y más compatible con lo que realmente importa.
Y, por encima de todo, está la esperanza. No una esperanza ingenua ni decorativa. No una que niegue lo que más duele. Sino una esperanza persistente, aprendida con el tiempo, que no desaparece. La esperanza de seguir levantándose cada día, aun con el cansancio, las pérdidas y las preocupaciones que se acumulan, porque todavía hay algo, a veces pequeño, a veces apenas perceptible, por lo que vale la pena hacerlo: una palabra, una mejoría, una buena noticia, una conversación pendiente, o simplemente la certeza íntima de que, mientras haya un mañana, existe una razón suficiente para continuar. Un poco de tristeza, un poco de melancolía, un poco de alegría y mucha, pero mucha esperanza, acompañada quizá por ese componente discreto y persistente que algunos llaman fe.
El envejecimiento, entonces, no es una patología que deba corregirse ni una derrota que haya que disimular. Es un proceso biológico, sí, pero también una experiencia moral, humana y espiritual. La medicina puede describirlo con precisión, medirlo y anticipar muchas de sus consecuencias; la filosofía puede reflexionar sobre su significado; la fe puede ofrecer una orientación ética y existencial frente al paso del tiempo. Ninguna de estas miradas, por sí sola, resulta suficiente. Envejecer exige integrar el conocimiento científico, el pensamiento racional, la aceptación consciente de las limitaciones físicas, cognitivas y temporales que acompañan a la vida, y la capacidad de reconocer valor en la vida que se vive, aun con esas limitaciones. Tal vez por eso el envejecimiento incomoda tanto: porque nos enfrenta a la fragilidad, nos obliga a revisar prioridades y nos recuerda que vivir no consiste en acumular años, sino en asumirlos con responsabilidad y lucidez. Mientras esa posibilidad de reconocer valor en la vida que se vive permanezca, el envejecimiento deja de ser solo un desgaste y una limitación, y se convierte en una etapa en la que la vida nos sigue pidiendo compromiso, lucidez, cuidado y una forma más consciente y honesta de habitar en este mundo.
Es en el envejecimiento, vivido con conciencia y aceptación, donde la esperanza encuentra su lugar. No como una promesa exagerada ni como una respuesta simplista, sino como una actitud frente al paso del tiempo; una esperanza que no exige garantías ni resultados inmediatos y que se convierte en una forma consciente de seguir adelante. Aprende a acompañar los días tal como vienen; a sostenerse en las personas que amamos, en los amigos que estimamos, en el aroma del café al comenzar la mañana, en la lluvia golpeando las láminas de zinc del techo, en un arco iris inesperado después de la tormenta, en todo aquello simple y cotidiano que, sin grandes estruendos, nos recuerda que la vida sigue teniendo valor. Y mientras esa esperanza esté presente, aunque sea de manera discreta, el envejecimiento dejará de ser únicamente el paso del tiempo y se transformará en una manera más consciente y humana de vivir la vida en toda su complejidad y plenitud. Una esperanza que no se apresura ni promete atajos, que ya no necesita imponerse, pero que tampoco deja de acompañar. Una esperanza que aprendió a caminar despacio sin desaparecer…
D. M.

