Donde todavía estábamos todos
Donde todavía estábamos todos
Ayer comenzó a llover mientras la tarde avanzaba lentamente hacia el final del día. El encuentro de las gotas contra las láminas de zinc de mi casa tenía algo profundamente familiar, un ritmo entrañable, casi encanecido por el tiempo, que parecía abrir, sin previo aviso, puertas que creía clausuradas para siempre por el paso de las décadas. Era uno de esos sonidos capaces de despertar añoranzas dormidas y traer a la superficie fragmentos de un pasado que aún subsistía camuflado en alguna de las recónditas esquinas que posee el alma.
Afuera, el cielo se iba cubriendo de nubes cada vez más oscuras; adentro, sonaba una canción sobre el mar. No podría repetir uno solo de sus versos ni recordar con exactitud su melodía. Lo que permanece es la inesperada cadena de asociaciones que despertó. Porque la memoria conoce caminos que la razón ignora. Recorre senderos clandestinos capaces de enlazar una melodía con una escena olvidada de nuestra infancia o con la indescriptible presencia silenciosa de aquellos seres queridos que aún habitan las misteriosas profundidades de nuestro corazón.
La encontré al fondo de una gaveta, oculta entre papeles amarillentos que llevaban décadas de estar ahí. Compartía aquel rincón con documentos ya olvidados y con pequeños vestigios de infinitos instantes que parecían haberse alejado para siempre. La sostuve durante largo rato mientras la lluvia continuaba cayendo al otro lado de la ventana. En ella aparecíamos mis padres, mis tres hermanos y yo. Era una imagen sencilla, tomada en uno de esos días que, mientras ocurren, parecen no tener nada de especial. Sin embargo, con el paso de los años aquella imagen había dejado de ser una simple fotografía para convertirse en el silencioso refugio de mágicos e inagotables recuerdos. Porque el tiempo posee la extraña capacidad de transformar lo usual en extraordinario y de convertir los momentos más sencillos en reminiscencias que, lejos de marchitarse, florecen lentamente en las regiones más taciturnas del alma.
Entre todos los rostros que habitaban aquella imagen, los de mis padres fueron los que primero inmovilizaron mi mirada. Ahí estaban, cuando la juventud aún parecía haberse instalado definitivamente en ellos y el paso de los años era apenas una posibilidad remota sobre la que ninguno de nosotros se detenía a pensar. Mis hermanos y yo compartíamos con ellos aquel instante suspendido en el tiempo, reunidos en una etapa de la vida que entonces parecía destinada a prolongarse indefinidamente. Y mientras contemplaba aquellas sonrisas sentí esa nostalgia silenciosa y agridulce que sólo puede nacer del amor.
Hubo un tiempo en que la idea de la ausencia parecía absurda, casi imposible, como si ciertas personas estuvieran destinadas a acompañarnos toda la vida porque no sabíamos imaginar el mundo sin ellas. Al contemplar aquella imagen, resultaba difícil creer que aquel mundo hubiera comenzado a extinguirse. Los años poseen una paciencia infinita: no suelen arrebatarnos las cosas de golpe. Las van alejando poco a poco de nuestras vidas, con una delicadeza implacable, hasta que un día comprendemos que aquello que parecía eterno ha cruzado silenciosamente al enigmático universo de los recuerdos.
Ahí estaban todos, reunidos una vez más dentro de aquella pequeña porción de tiempo rescatada del pasado, intactos bajo la luz de un día cualquiera que aún ignoraba su formidable importancia. Mis padres y dos de mis hermanos partieron hace ya varios años, pero en aquella imagen las despedidas todavía no habían ocurrido y las pérdidas continuaban perteneciendo a un futuro inconcebible. El tiempo aún no había dejado huella sobre sus vidas y permanecían ajenos a todo aquello que los años habrían de traer consigo. Mientras contemplaba aquella imagen comprendí que el dolor de ciertas fotografías no nace únicamente de lo que muestran ni reside tan solo en recordarnos a quienes hemos perdido, sino en permitirnos contemplar, aunque sea durante un efímero sollozo del tiempo, todo ese universo que desapareció junto con ellos. Porque cuando alguien a quien amamos muere, con él desaparece muchísimo más que su presencia. También desaparecen sus tradiciones, la calidez de sus conversaciones, sus formas irrepetibles de reír y sonreír, los innumerables momentos que ya no podremos vivir a su lado y una prodigiosa manera de habitar en nuestro mundo que ya no volverá. ¡Jamás!
Mientras sostenía aquella fotografía entre las manos comprendí que la emoción que me invadía no era una simple tristeza. Había en ella algo más profundo y difícil de encasillar. Pocas emociones han sido tan incomprendidas como la melancolía. Durante mucho tiempo se la consideró una forma de tristeza de la que convenía escapar cuanto antes. Sin embargo, la psicología contemporánea ha comenzado a comprender que su naturaleza es mucho más compleja. A diferencia de la tristeza, la melancolía no sólo mira hacia aquello que hemos perdido, sino también hacia el significado que esa pérdida impone muy adentro de nosotros. No surge únicamente porque recordamos el pasado, sino porque somos capaces de otorgarle todo el sentido que se merece. Nos permite volver una y otra vez sobre aquellas situaciones que amamos profundamente, reconocer lo que dejó una huella indeleble en nuestra existencia y comprender que un fragmento irreemplazable de quienes somos está construido a partir de esas relaciones, experiencias y magníficos recuerdos que el tiempo jamás consigue borrar.
Las horas continuaron transcurriendo lentamente. Poco a poco la lluvia fue cediendo hasta desaparecer por completo. Cuando me acerqué a la ventana, las nubes comenzaban a abrirse y, allá en la distancia, sobre el horizonte, apareció un enorme arcoíris iluminando el cielo de la tarde. Permanecí observándolo durante varios minutos. La melancolía seguía ahí, pero había comenzado a transformarse. Había en ella una esperanza tenue pero persistente que parecía brotar de los mismos recuerdos que unos instantes antes me habían llevado de regreso al pasado. Mientras observaba los colores suspendidos sobre el horizonte, pensé en mis padres y en mis dos hermanos, y en todos aquellos años que compartimos cuando la vida parecía extenderse infinitamente más allá de nosotros. Pensé en las risas que todavía sobreviven en mi memoria, en las conversaciones cuyo contenido he olvidado casi por completo pero cuya cálida cercanía continúa acompañándome, en algunas actitudes sencillas que parecían insignificantes y que hoy daría cualquier cosa por volver a presenciar una sola vez más. Pensé en todo lo que el tiempo se llevó y en todo lo que, de alguna manera misteriosa, aún permanece. Pensé también en cómo ciertos vínculos continúan acompañándonos mucho después de que la vida haya seguido su curso. Y aquella tarde sentí con inusual claridad que hay cosas que el tiempo puede transformar, aunque jamás destruir por completo.
La tarde siguió avanzando lentamente mientras los colores comenzaban a disolverse en la infinita lejanía del firmamento. Antes de desaparecer por completo, aquella visión dejó en mí una inesperada sensación de paz. Pensé entonces en todo lo que el tiempo se llevó y en todo lo que, de alguna manera misteriosa, aún permanece a mi lado. Pensé en las voces que ya no escucho, en las risas que dejaron de acompañar los días, en los lugares que cambiaron para siempre y en las personas cuya ausencia continua habitando en mi memoria. Pensé también en el amor recibido, en las enseñanzas compartidas, en los recuerdos que siguen iluminando silenciosamente nuestra existencia, en lo que permanece vivo en nosotros y en todo aquello que continúa acompañándonos aun cuando quienes nos lo entregaron ya no están.
Comprendí que el tiempo no sólo nos arrebata aquello que amamos: también lo convierte en recuerdos capaces de acompañarnos por toda una eternidad. Porque, al final, los lugares más importantes de nuestra vida no son aquellos donde estuvimos, sino aquellos que perduran habitando en la memoria... en ese pequeñísimo universo detenido en la fotografía donde todavía estábamos todos.
D. M.


Las fotografías nos mueven los sentimientos que llevamos en el corazón y la memoria nos lleva de nuevo al lugar y el momento que compartimos con esos seres tan queridos qué ahora viven en nuestro corazón e iluminan con su luz nuestro día a día.
Cómo siempre, bellísimo! Me encantó.