Doña María
Doña María
Ayer salí de mi casa temprano con la intención de caminar alrededor del Parque del Café, antes de que el barrio se despertara del todo y las voces, mezcladas con los primeros ladridos, terminaran por ocupar cada rincón. El aire conservaba aún la frescura intacta de la madrugada y esa leve claridad que parece proteger las primeras horas del día. Al llegar a la esquina del parque, me encontré con doña María, que avanzaba con una naturalidad que la hacía parte del paisaje. Nos miramos y sonreímos, casi al mismo tiempo. Fue suficiente: el mundo podía seguir su curso sin apuro.
Con el paso del tiempo su figura se volvió inseparable de la casa junto al viejo árbol de la esquina. No por nada deliberado, sino por esa constancia silenciosa que enlaza a quien vuelve cada día al lugar, hasta que ya no se distingue si es el espacio el que guarda la memoria de esa presencia o si es esa presencia la que, poco a poco, deja su forma en el espacio. El parque cambia a lo largo del día; se llena, se vacía, acumula risas infantiles, pasos apresurados, conversaciones que comienzan con entusiasmo y se interrumpen sin grandes despedidas. Y sin embargo, en medio de esa movilidad constante, hay algo que se mantiene: doña María recorriendo el parque con la misma fidelidad de siempre, ajena al vaivén del día.
Su cabello dorado resplandece cuando el sol apenas empieza a elevarse; no es un brillo ostentoso, sino una luz tranquila que acompaña la mañana. Avanza con un paso grácil y firme; no llama la atención, pero resulta imposible no advertirla cuando cruza el parque. Hay en su manera de moverse algo preciso, casi medido, como si cada tramo del césped le resultara conocido. No se detiene más de lo necesario ni se apresura; simplemente atraviesa el espacio con una continuidad serena que termina por hacerse familiar. Aun en medio del movimiento creciente del día, su presencia conserva algo de esa claridad inicial, como si trajera consigo un resto intacto de la madrugada.
No siempre ha caminado sola. Hubo una época en que la acompañaba una joven de cabello igualmente dorado; yo las veía avanzar juntas al amanecer y regresar del mismo modo, compartiendo un ritmo que parecía más cercano al cariño que a la costumbre. Nunca supe con certeza qué las unía, pero entre ambas había una cercanía evidente. A veces la más joven se adelantaba unos pasos y luego se detenía, como si el mundo pudiera esperar; otras veces era doña María quien marcaba el paso y la joven caminaba a su lado sin esfuerzo. Un día dejaron de caminar juntas, y desde entonces, cuando la veo avanzar sola, en su paso se insinúa una variación casi imperceptible, un matiz mínimo que devuelve, como una sombra, la memoria de aquella presencia.
Cuando los niños comienzan a llegar y el parque se llena de movimiento, su presencia se vuelve más visible. Algunos la saludan mientras cruzan el césped; otros interrumpen el juego sólo para mirarla pasar. Ella responde con una leve inclinación de cabeza. Incluso los adultos, absorbidos por sus propias urgencias, parecen aminorar el paso al coincidir con ella, como si su manera de atravesar el parque introdujera una pausa en medio del impulso general del barrio.
Una mañana presencié algo que no he olvidado: una niña lloraba porque su cometa se había enredado en las ramas más altas de un árbol, y el hilo colgaba atrapado entre las hojas mientras el padre intentaba alcanzarlo sin éxito. El llanto tenía esa intensidad absoluta que sólo conocen los niños cuando algo pequeño se vuelve inmenso. Doña María se detuvo a unos pasos. Alzó la vista y quedó inmóvil, mirando el hilo atrapado entre las ramas. Permaneció allí, sin moverse, con esa quietud suya, apenas visible y firme, sin alterar lo que ocurría. Durante unos segundos todo pareció girar en torno a esa inmovilidad: el llanto, el esfuerzo del padre, incluso el murmullo del parque. Tal vez fue coincidencia; tal vez el viento decidió intervenir. Mientras ella seguía mirando, el hilo comenzó a deslizarse lentamente hasta quedar al alcance del padre; la cometa descendió, el llanto se transformó en risa, y el parque continuó como si nada hubiera ocurrido. Doña María reanudó su camino.
Con los perros la actitud de doña María es diferente. Si alguno ladra desde lejos cambia su trayecto con una rapidez casi imperceptible; pero cuando la amenaza se vuelve inmediata su reacción cambia. Recuerdo una mañana en que un perro enorme se soltó de su dueño y corrió hacia ella arrastrando la correa; los ladridos alteraron la calma del parque y yo me atemoricé. Ella, en cambio, se detuvo por completo. No huyó ni intentó esquivarlo. Permaneció quieta, con la mirada fija en el animal, sin agitación ni desafío. El perro redujo la marcha antes de que el dueño lograra alcanzarlo, como si algo en esa quietud lo hubiera obligado a dudar.
Ayer, después de nuestro escueto saludo, continué mi caminata mientras el parque terminaba de llenarse de risas y conversaciones dispersas. La vi avanzar unos metros delante de mí hacia la zona donde las ramas se entrelazaban formando una sombra espesa; por un instante su figura quedó suspendida entre la luz y el follaje y luego dejó de estar a la vista. Fue entonces cuando un niño interrumpió su carrera, levantó la mirada hacia esa misma sombra y permaneció inmóvil, concentrado en algo que no parecía encajar. La siguió con los ojos, atento a cada movimiento; luego, en medio del bullicio creciente del parque, giró hacia su madre y gritó:
—¡Mamá, mirá esa ardillita amarilla subiendo por el árbol!
D. M.

