De supersticiones, amuletos y otros métodos poco dignos para negociar con el azar
De supersticiones, amuletos y otros métodos poco dignos para negociar con el azar
Pocos admiten creer en supersticiones y, sin embargo, abundan las pequeñas precauciones, los augurios heredados y esos silencios cuidadosamente administrados que aparecen justo antes de tentar a la suerte. Hay quien evita pasar por debajo de una escalera; quien toca madera ante una mala noticia; quien se incomoda si una mesa queda con trece comensales; quien decide no firmar nada ciertos días del calendario. No porque crea que algo terrible vaya a ocurrir, sino porque tampoco está del todo seguro de que no ocurra.
Yo, en principio, no creía en nada de eso. No creía en amuletos, no creía en números con intenciones ocultas, no creía que el universo llevara un registro de quién se sentó dónde ni en qué fecha. No creía que la realidad tuviera memoria selectiva ni un sentido del humor tan previsible. Al menos no uno tan evidente. La ciencia era clara. El azar no tenía memoria, los números no se enojaban y el calendario no se tomaba nada personal. En el mundo real no existían fechas con vocación conspirativa ni intenciones aritméticamente hostiles. Todo eso estaba suficientemente explicado, probado, revisado y archivado por generaciones de personas que se habían tomado el trabajo de pensar acerca del mundo con disciplina y escepticismo.
El fenómeno, sin embargo, persiste. Personas inteligentes, formadas, perfectamente capaces de entender una curva de probabilidad, conservan una piedrita, un amuleto, una prenda «que siempre funcionó». No porque crean que eso altera la realidad, sino porque altera algo más íntimo: la manera de enfrentarse a ella. No es fe. Es una forma discreta de convivir con la incertidumbre. Una manera sencilla de decir «yo sé que esto no controla nada, pero déjeme sentir que hago algo». Nada de eso resiste una prueba seria. Ningún estudio ha demostrado que tocar madera cambie resultados, que un número influya en desenlaces o que el calendario tenga voluntad propia. Todo eso está refutado con elegancia y datos. Hasta aquí, todo bien: todo muy razonable, todo muy científico, todo perfectamente controlado.
Ahora bien, este artículo no iba a publicarse hoy. Iba a publicarse antes. Hace varios días. De hecho, estaba completamente terminado el martes pasado. No faltaba una coma, un adjetivo ni una ironía. Solo faltaba guardarlo y subirlo, ese trámite mínimo que uno hace con la tranquilidad de quien todavía cree que los objetos inanimados no tienen personalidad. En ese instante, la computadora se apagó. No se reinició. No dio señales. No pidió ayuda. Simplemente se apagó, como quien toma una decisión firme sobre su destino. Murió. Sin dramatismos. Sin despedidas. Durante unos segundos me quedé mirando la pantalla negra, sin entender qué estaba ocurriendo ni por qué me estaba ocurriendo a mí, repasando mentalmente cables, enchufes, actualizaciones pendientes y todas esas explicaciones razonables a las que uno se aferra cuando todavía cree que el problema es técnico. En ese momento, mi esposa pasó camino a la cocina, se detuvo un segundo, me observó en silencio y, levantando apenas una ceja, señaló el calendario que estaba peligrosamente cerca de la computadora. Tan cerca que, por un instante, me pareció ver una de sus esquinas acariciando el borde del teclado con una intimidad francamente sospechosa. Lo vi. Y lo entendí todo. ¡Martes trece!
La adrenalina se disparó de inmediato, seguida por una descarga injustificada de cortisol, noradrenalina y probablemente alguna otra hormona diseñada exclusivamente para empeorar la situación. Y, como si hiciera falta aclararlo, era martes trece. El único. El inevitable. Por un instante, incluso me pareció escuchar algo parecido a un estornudo proveniente de la computadora, lo que activó una asociación inmediata entre la temporada alta de virus respiratorios y la remota posibilidad de un virus informático contraído la semana anterior, cuando un familiar vino a casa con una computadora que, ahora que lo pienso, tenía un aspecto ligeramente pálido, casi febril, para tratarse de un aparato electrónico.
Entré en pánico. Toqué la madera del escritorio. Luego la de la mesa. Luego una tercera, la de una columna, por si las dos primeras no eran las correctas. Crucé los dedos de una mano, después los de la otra, después ambos al mismo tiempo, lo cual es incómodo, poco elegante y nada científico, pero tranquiliza. Intenté cruzar los dedos de los pies, pero alguna ley anatómico-fisiológica, todavía no incluida en los tratados clásicos, me lo impidió con una firmeza humillante. Volví a intentarlo desde otro ángulo, con resultados igualmente decepcionantes. Consideré consultar a un traumatólogo, elaboré diagramas mentales con posibles combinaciones digitales, conté los dedos de las manos, luego los de los pies, después todos juntos, ordenándolos de distintas maneras, buscando un ordenamiento aceptable: uno que no terminara ni se acercara peligrosamente al número trece, o que no atentara contra el ordenamiento general de los astros celestiales. A esas alturas, la estadística ya había sido suspendida por razones de fuerza mayor. Incluso consideré escribir con casco y con un equipo completo de protección contra virus extraterrestres, radiaciones cósmicas y cualquier otra amenaza no contemplada por el fabricante. Consideré seriamente buscar unas cápsulas de Tamiflu para esparcirlas alrededor del teclado, hasta que mi esposa, anticipando con rapidez mis intenciones, negó suavemente con la cabeza. Esa simple negativa fue suficiente para hacerme desistir de una idea claramente descabellada, aunque debo admitir que, en ese momento, mi criterio clínico ya había sido suspendido por razones emocionales.
No estoy estableciendo relaciones causales ni sugiriendo conspiraciones extrañas, pero convengamos en algo elemental: escribir un artículo burlándose de supersticiones, de amuletos y de números mal vistos, justo un martes trece, fue una imprudencia mayúscula, una provocación innecesaria, un exceso de confianza impropio de cualquier ser mínimamente sensato. ¿Cómo se me ocurrió? ¿Quién se cree uno que es? Ningún ciudadano responsable del azar se habría atrevido a tanto.
Así que aquí estamos. La computadora es nueva. El artículo fue reescrito. La humildad también es nueva. En este punto, uno empieza a preguntarse si el problema no es creer o no creer, sino la insistencia humana en buscar señales donde no hay nada que confirme nada y sentido donde tal vez solo hay una alineación azarosa de planetas indiferentes. Porque el universo no parece especialmente preocupado por nuestros calendarios, pero tampoco se molesta en desmentirlos. Se limita a seguir ahí, enorme y silencioso, girando con una parsimonia que no explica nada y que, justamente por eso, resulta tan propicia para todo tipo de interpretaciones.
Y yo… yo decía no creer en supersticiones. Lo decía con bastante seguridad. Pensaba que el azar no tenía memoria y que los números no guardaban rencor. Lo pensaba, al menos, hasta que mi computadora decidió morir un martes trece sin previo aviso. Desde entonces, sigo repitiéndome lo mismo, pero con un matiz nuevo, menos categórico. No es que haya empezado a creer en nada, pero tampoco puedo afirmar con la misma tranquilidad que no creo en absolutamente nada. Porque una cosa es el escepticismo teórico y otra muy distinta es ignorar algunas advertencias del entorno inmediato.
Por eso, antes de cerrar este artículo, interrumpí la escritura para salir al jardín y solicitarle muy amablemente al gato negro de la vecina que buscara afecto en otro domicilio, luego de que se hubiera apropiado del jardín con una tranquilidad provocadora. Yo, por mi parte, mientras intentaba convencerlo de retirarse, mantenía los dedos de ambas manos entrecruzados y apoyaba discretamente la mano derecha sobre un pequeño trozo de madera que, desde el martes anterior, dejé colocado sobre mi escritorio sin una razón claramente justificable. No fue por miedo. Fue simple sentido común.
Entonces, escribir un martes trece ya no me parece una decisión inocente, sino una imprudencia perfectamente evitable. No porque crea que algo vaya a pasar, sino porque ya pasó. Y con eso me basta y me sobra. Así que no: escribir un martes trece deja de ser una anécdota simpática y pasa a formar parte de ese reducido grupo de cosas que uno hace una sola vez, y decide no repetir. Definitivamente, escribir un martes trece, nunca más.
Y usted, estimado lector, queda debidamente advertido. Puede consultar su horóscopo, su ascendente, su descendente y, si el día viene complicado, también el del vecino y el de la vecina, especialmente si tienen un gato negro. Observe la luna, desconfíe de Mercurio cuando ande retrógrado y evite decisiones importantes cuando Saturno amanezca sensible. No hace falta creer en nada de esto; basta con mirarlo de reojo, como quien no cree en el pronóstico del tiempo pero igual sale con paraguas. Y, sobre todo, si es martes trece, no desafíe al calendario, no confíe en computadoras demasiado seguras de sí mismas ni acaricie gatos negros sin antes tocar madera. No porque vaya a pasar algo. Jamás. Pero, francamente, ¿para qué averiguarlo?
D. M.

