DE NOCHES LARGAS, DÍAS CORTOS Y AÑOS NUEVOS
La tristeza, la melancolía, la nostalgia y la alegría forman parte de ese extraño vocabulario con el que intentamos ponerles nombre a nuestros estados del alma. Se parecen, a veces se confunden, pero no son lo mismo. La tristeza suele nacer frente al dolor, la pérdida o la decepción; la melancolía resulta más indefinida y misteriosa, porque puede instalársenos muy adentro sin que logremos descubrir exactamente de dónde proviene; y la nostalgia tiene la particularidad de mirar hacia atrás, hacia aquello que alguna vez tuvimos, fuimos o amamos y que el tiempo dejó extraviado en algún rincón de nuestro andar. La alegría pareciera encontrarse en el extremo opuesto, aunque también ella posee sus propias e innumerables tonalidades: hay alegrías desbordantes, que provocan risas y abrazos, y otras tenues y silenciosas que apenas se dejan entrever.
Hay noches largas, silenciosas y pesadas en que una sonrisa se dibuja en mi rostro, no porque todo esté bien, sino porque con los años he comprendido que no hace falta que todo lo esté para encontrar un instante de serenidad, una razón para agradecer o, sencillamente, la certeza de que aquello que hoy nos duele, nos preocupa o nos fastidia también pertenece a ese arduo y maravilloso privilegio de estar vivos.
Existen también noches cortas, ruidosas y festivas, colmadas de una alegría que, paradójicamente, no siempre consigue mantener alejada a la tristeza. Esa aparente contradicción quizá solo exista porque solemos imaginar que nuestras emociones respetan fronteras perfectamente definidas, como si la llegada de una obligara necesariamente a las demás a fugarse del alma.
También hay días demasiado cortos para todo aquello que hubiéramos querido vivir en ellos. Días luminosos que parecen escapársenos entre las manos y otros, más grises y difíciles, que desearíamos acortar todavía más. El tiempo, indiferente a nuestros deseos, conserva siempre la misma medida; sin embargo, sus horas parecen interminables cuando la vida nos abruma... y maravillosamente fugaces cuando desearíamos prolongarlas mucho más allá de lo que el reloj nos quisiera conceder.
Quizás la vida consista menos en buscar una felicidad perfecta y permanente, y mucho más en aprender a recibir cada emoción cuando llega, aceptando sus inevitables contradicciones. Una alegría verdadera no exige la desaparición de toda tristeza, toda nostalgia y cualquier vestigio de melancolía.
Las emociones más dolorosas tampoco deberían convertirse en nuestra residencia permanente. Una cosa es permitir que una tristeza, una nostalgia o una melancolía nos visite, escuchar aquello que viene a decirnos y concederle el espacio que necesita; otra, muy distinta, entregarle las llaves y permitir que decida por nosotros cuánto tiempo habrá de quedarse. También las emociones más profundas necesitan encontrar, tarde o temprano, una puerta por la cual marcharse.
El paso del tiempo puede adquirir un significado diferente cuando dejamos de contemplarlo únicamente como una acumulación de días. Un año que termina y otro que comienza no constituyen solamente una sucesión de fechas en el calendario, sino una oportunidad simbólica para mirar aquello que llevamos adentro, decidir qué merece continuar acompañándonos y preguntarnos qué cargas antiguas hemos conservado durante demasiado tiempo.
Estando a las puertas de un nuevo año judío, mis deseos no podrían limitarse a pedir que los próximos meses estén colmados de alegrías, porque sería desconocer esa compleja, imprevisible y maravillosa condición humana que nos permite experimentar emociones tan diferentes y, muchas veces, aparentemente contradictorias. Prefiero desear que sepamos reconocerlas, aceptarlas y permitir que cada una ocupe el lugar que le corresponde, comprendiendo que nuestras tristezas no restan valor a nuestras alegrías y que el corazón humano tiene espacio suficiente para albergar unas y otras.
Deseo que conservemos aquellas nostalgias que nos devuelven con ternura a lo que alguna vez fuimos, pero que ninguna de ellas nos impida descubrir todo aquello que todavía podemos llegar a ser; que la melancolía pueda visitarnos sin adueñarse de nosotros; que las tristezas inevitables encuentren consuelo y que las alegrías, aun las más pequeñas y discretas, nunca nos parezcan insuficientes.
El nuevo año llegará, como llegan todos, sin garantías de felicidad permanente y sin promesas de que ninguna tristeza habrá de encontrarnos. Llegará con sus días luminosos y sus horas difíciles, con encuentros y despedidas, con certezas que se desvanecerán y nuevas esperanzas que todavía desconocemos. Quizá por eso mi deseo para este Rosh Hashaná sea mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más ambicioso: que tengamos la sabiduría necesaria para recibir cada día como venga, la fortaleza para atravesar aquello que nos duela y la sensibilidad suficiente para reconocer la felicidad cuando, incluso silenciosa y discretamente, se siente a nuestro lado.
Las noches largas, silenciosas y pesadas seguirán existiendo. Algunas llegarán cuando menos las esperemos y otras parecerán prolongarse mucho más de lo que hubiéramos querido. Ojalá que, aun en medio de ellas, una sonrisa pueda dibujarse alguna vez en nuestro rostro, no porque todo esté bien, sino porque hayamos aprendido que no hace falta que todo esté bien para seguir descubriendo algo hermoso, valioso y profundamente nuestro en la vida.
A quienes celebren conmigo la llegada de un nuevo año y a quienes simplemente quieran hacer suyos estos deseos de esperanza, serenidad y renovación, mi abrazo y mis mejores deseos.
Shaná Tová Umetuká.
D. M.

