Cuando la impunidad se agota
Cuando la impunidad se agota
La caída de Nicolás Maduro y de su esposa Cilia Flores, hoy recluidos en un centro penitenciario federal en Brooklyn, no constituye un episodio aislado ni una extravagancia geopolítica. Constituye un síntoma. Un síntoma del agotamiento definitivo de un régimen que durante años confundió a la impunidad con la eternidad y al poder con la ausencia de consecuencias.
Que la vicepresidenta Delcy Rodríguez haya recurrido a la expresión “matices sionistas” para explicar el operativo que condujo al arresto no responde a una improvisación ni a un desliz discursivo. Responde a una estrategia clásica del autoritarismo cuando pierde el control de la realidad y ya no puede sostenerse en los hechos, por lo que necesita apelar a categorías ideológicas difusas para evitar nombrar lo esencial. Nombrar al “sionismo” no es casual. Nunca lo es. ¡Nunca lo ha sido! Es el término que estos regímenes utilizan cuando buscan condensar, en una sola palabra, todo aquello que no pueden controlar ni enfrentar: la inteligencia estratégica, la coordinación internacional, la planificación precisa... la eficacia y la eficiencia operativa. No se trata de una acusación. Se trata de una confesión involuntaria. Una confesión de miedo. ¡Una confesión de terror!
Pero esa no es la única responsabilidad política de Delcy Rodríguez. Su trayectoria dentro del régimen ha estado marcada por la negación sistemática de las violaciones a los derechos humanos, por la deslegitimación reiterada de organismos internacionales y por la normalización del uso del aparato estatal como instrumento de persecución política. Ha sido una de las voceras más persistentes en desacreditar los informes de las Naciones Unidas, en atacar a la prensa independiente y en presentar las sanciones internacionales no como consecuencia de prácticas ilícitas del régimen, sino como agresiones ideológicas externas. Esa inversión deliberada de la realidad no es una retórica defensiva. Es una forma de gobierno. Gobernar consiste, para ese modelo, en negar los hechos hasta que la mentira se convierte en la versión oficial del Estado. No se trata de errores ni de propaganda ocasional, sino de imponer deliberadamente una falsedad como si fuera una verdad pública. Cuando la mentira pasa a ser la política del gobierno, la verdad deja de ser una opción y se transforma en una amenaza. Conviene recordarlo siempre: todo régimen que necesita reemplazar la realidad para sobrevivir ya está moralmente derrotado. El régimen venezolano sobrevivió durante años gracias a una combinación concreta y verificable del narcotráfico, de la corrupción estructural y de la represión sistemática. Maduro no fue un accidente histórico ni una desviación del proyecto original. Fue el heredero directo de una lógica inaugurada por Hugo Chávez, que convirtió al Estado en el botín, a la ideología en la coartada moral y a la pobreza en la herramienta de control social. Cilia Flores no ocupó un rol secundario ni simbólico dentro de esa arquitectura. Ha sido señalada reiteradamente en investigaciones internacionales por su cercanía con redes de poder informal y clandestino, ajenas a los mecanismos de control democrático, por el tráfico de influencias y por la protección institucional de estructuras criminales. No acompañaba al poder. Lo administraba.
Por eso resulta revelador que, ante estas detenciones, el discurso oficial haya sugerido la participación del Mossad. No porque se haya probado o descartado su intervención directa, sino porque simboliza aquello que el chavismo nunca pudo construir ni comprender. La planificación silenciosa, los objetivos definidos, las operaciones que no requieren propaganda ni teatralidad para ser eficaces. El chavismo dependió siempre de la sobreexposición discursiva, de la repetición constante de consignas y de la fabricación permanente de enemigos externos para ocultar su fragilidad interna. Cuando esa estrategia deja de ser creíble, el sistema se derrumba.
Hannah Arendt explicó que los sistemas totalitarios no colapsan únicamente cuando pierden el control formal del poder, sino cuando pierden la capacidad de distinguir entre la realidad y la ficción. Venezuela había cruzado ese umbral desde hace largo tiempo. El arresto de Maduro y de Flores no marca solo una derrota personal. Marca el punto en el que el relato oficial deja de ser funcional incluso para aquellos que lo sostenían.
Sin embargo, lo verdaderamente decisivo va más allá de estas dos figuras. El peligro no ha desaparecido por completo. El riesgo real sería una continuidad disfrazada, una sustitución interna que preserve intactas las mismas ideas, las mismas alianzas y las mismas estructuras ilícitas; que Delcy Rodríguez, o cualquier otro actor surgido del mismo núcleo ideológico y operativo, intente presentarse como transición mientras conserva los pactos con sectores militares leales al chavismo y con las mismas redes que sostuvieron al régimen. La historia latinoamericana está plagada de transiciones aparentes que no fueron más que relevos cosméticos sin ruptura real del poder. Venezuela no puede permitirse ese engaño. ¡El mundo no debería tolerarlo!
Este arresto importa porque rompe un precedente peligroso. Porque demuestra que los narcoestados no son intocables. Porque envía un mensaje claro a quienes creyeron que podían gobernar indefinidamente desde la ilegalidad, protegidos por fronteras, por alianzas oportunistas y por discursos incendiarios. Y porque devuelve a los venezolanos la posibilidad real de construir un futuro sin miedo y sin sometimiento.
Y sí, hay que decirlo sin rodeos. Si el Mossad ayudó desde cualquier ángulo, directo o indirecto, mi sincero reconocimiento. No solo como un gesto ideológico, sino como la confirmación de la eficacia cuando la inteligencia actúa para desarticular a las dictaduras y a las redes criminales. En ese escenario, el juicio moral resulta nítido y sin zonas grises. Se reconoce la inteligencia aplicada con rigor, la acción eficaz y eficiente orientada a resultados y la inmensa responsabilidad asumida frente a estructuras criminales que durante años se creyeron intocables. Cuando semejante capacidad técnica se pone al servicio de desarticular dictaduras y redes ilícitas, el mérito no deja lugar a interpretaciones ambiguas.
Maduro ya cayó. Su esposa también. Ahora la exigencia es otra y no admite demoras. Que el reemplazo sea democrático. Que surja del voto libre. Que rompa de manera inequívoca con el chavismo y con todo lo que representó. Que cierre definitivamente una etapa marcada por la corrupción, por la violencia institucional y por la degradación del Estado utilizada conscientemente como método de dominación.
Viva una Venezuela sin dictadores.
Viva una Venezuela sin narcoestados.
Viva el Mossad.
Viva Venezuela libre.
D. M.


excelente David!!