Cuando el mundo dejó de leer y la ignorancia aprendió a aplaudir
Cuando el mundo dejó de leer y la ignorancia aprendió a aplaudir
Ayer caminaba por mi barrio cuando noté un pequeño grupo de personas detenidas en la acera. No hablaban de política, ni de que la Liga ganó el campeonato, ni de las presas, ni del estado de las calles, ni de la bancarrota colectiva provocada por no pegar ni un cinco en la lotería de consolación. El motivo del revuelo era otro, mucho más inquietante.
En el centro del grupo había un adolescente. De pie. Quieto. Con algo entre las manos. No era un teléfono. No era una pantalla. No emitía sonidos ni vibraciones. ¡Era un libro! Un libro de solo letras. Sin dibujos. Sin superhéroes. Sin extraterrestres. Letras. Páginas. Silencio. ¡Qué absurdo!
Alguien insinuó que quizás había que llamar a una ambulancia, porque nadie encontraba una explicación razonable para que un adolescente estuviera ahí, inmóvil, concentrado en un libro. Leer en plena acera, sin pantalla ni audífonos, fue interpretado como una emergencia. Otros lo observaban con sospecha, como quien intenta recordar si un golpe reciente en la cabeza podría explicar semejante escena. No faltó quien sacara el teléfono para grabarlo, no por admiración, sino para subir el video, compartirlo y atraer aprobaciones digitales instantáneas. Nadie parecía formular la hipótesis más simple. No hacía falta decirla. Bastaba mirar el desconcierto general. Y entonces uno entiende que algo en nuestro planeta cambió... sin que nos diéramos cuenta.
Los libros no fueron prohibidos. Nadie los quemó en plazas públicas. No hizo falta. Bastó algo mucho más eficaz. Una maquinaria de distracciones diseñada para ocupar cada segundo disponible. Bastó el anuncio publicitario que grita más fuerte que cualquier idea. Bastó ese avance constante del dedo, entrenado para huir de cualquier texto que supere tres líneas, para esquivar toda idea que demande un mínimo de atención, y pasar de largo frente a cualquier pensamiento que no venga acompañado de colores brillantes, promesas inmediatas o recompensas instantáneas. A eso se sumaron fragmentos pensados para no incomodar a nadie, titulares que prometen mucho y no explican nada, y videos breves y luminosos que reemplazan la reflexión por una sacudida momentánea que se agota antes de dejar huella.
Ray Bradbury lo expresó con lucidez inquietante en Fahrenheit 451. No hacía falta quemar libros si se lograba que nadie quisiera leerlos. La censura verdaderamente eficaz no es la que prohíbe libros, sino la que consigue que ya nadie sienta que hacen falta. Y eso es exactamente lo que hemos hecho. No expulsamos los libros del mundo. Los arrinconamos en los márgenes más olvidadizos de la vida cotidiana, rodeados de distracciones, telarañas y polvo, hasta convertir la lectura en una rareza, casi en una excentricidad social, practicada por unos pocos como un hábito extraño de otra época.
Antes, leer implicaba detenerse en una idea y permitirle un desenvolvimiento total. Aceptar que no todo se comprende de inmediato. Hoy todo exige velocidad. La lentitud incomoda. La reflexión estorba. El silencio resulta sospechoso. En su lugar se ofrecen recompensas instantáneas, aprobaciones digitales y una ilusión de pertenencia tan frágil como el contenido que la reemplaza segundos después.
Por eso un adolescente leyendo en la acera provoca una alarma repentina. No interactúa con una pantalla, no reacciona a estímulos inmediatos, no participa del flujo constante de distracciones. Está ahí, quieto, concentrado, pensando. Y eso, en el mundo actual, resulta profundamente incómodo.
El mundo dejó de leer sin ninguna resistencia. Eso ya es un hecho. Renunciamos por completo a la lectura. Lo que aún está en juego es si aceptaremos esa renuncia como un destino o si seremos capaces de cuestionar el empobrecimiento intelectual colectivo que trajo consigo.
Si algo puede preservar la lectura, no será una campaña ni un manual con instrucciones de emergencia, sino un acto personal, consciente y deliberado: apartarse de la distracción permanente y abrir un libro sin prisa. Leer aunque incomode. Leer aunque no ofrezca recompensa inmediata. Leer para recuperar la atención, el criterio y la paciencia. No para aparentar profundidad, sino para no volverse dócil y dejarse llevar por la marea de la ignorancia. Tal vez no baste para cambiar el mundo, pero sí para impedir que el mundo nos vacíe por completo el intelecto. Y hoy, conservar la capacidad de pensar ya es una forma fundamental de resistencia a ese agujero negro que insiste en arrastrarnos hasta la más escalofriante oscuridad.
Cuando el mundo dejó de leer, la ignorancia no solo avanzó: encontró la manera de hacerse respetable y de recibir aplausos. Frente a eso, impedir que ese aplauso continúe no exige discursos altisonantes ni gestos heroicos, sino decisiones simples y persistentes: volver a los libros, a la experiencia simple y exigente de leer una página completa sin huir, de sostener una idea hasta entenderla, de dejar que una frase haga su trabajo lentamente. Leer no como un refugio, sino como una defensa perfecta. Porque cada página leída en silencio le resta aplausos a la ignorancia y recuerda, con sensatez y elegancia, que pensar sigue siendo posible y necesario, incluso cuando incomoda a un mundo que prefiere no detenerse ante la oscurantismo.
Al final, el muchacho siguió leyendo. No levantó la vista, no explicó nada, no pidió permiso. Permaneció ahí, en silencio, leyendo un libro con una concentración que el mundo parece haber abandonado en un tenebroso vacío. Tal vez sin saberlo, estaba haciendo algo intensamente incómodo y profundamente necesario: pensar mientras todo alrededor era una opresora confusión. Y en una época que premia la distracción y castiga la concentración, esa acción minúscula, casi imperceptible, resultó más subversiva que cualquier discurso aprendido. No estaba protestando, no estaba enseñando, no estaba dando ejemplo. Simplemente leía. Y eso, hoy, es suficiente para contrariar a la ignorancia.
D. M.

