Cuando el agua del cielo despierta lo que dormía en el alma
Cuando el agua del cielo despierta lo que dormía en el alma
Lo descubrí tarde, pero aún a tiempo: la lluvia no es un fenómeno meteorológico, sino un archivo; un archivo del tiempo y de la memoria. Cada gota arrastra olores que no vienen del cielo, sino del fondo mismo de la vida, de esos lugares íntimos donde el alma se detiene y respira.
De niño no sabía explicarlo, pero lo entendía sin esfuerzo. Bastaba sentarme junto a la ventana y ver cómo la tarde se deshacía en gotas sobre el techo de zinc. No había prisa; no había obligaciones disfrazadas de urgencias. Solo el ruido de las gotas golpeando el techo, ese sonido que entonces era un rito placentero de la infancia y que hoy, cuando lo escucho, tiene la fuerza de un recuerdo que vuelve sin pedir permiso; que me arrebata la paz y la transforma en un sinfín de fotografías: el bullicio amado de Barrio México, las carreras para no llegar tarde a la Escuela República Argentina, el olor a cuadernos nuevos, la luz colándose por las rendijas de la tarde y apurándonos a salir a jugar antes de que el anochecer nos robara el tiempo; los gritos lejanos de los amigos llamando desde la calle.
Y con ese olor también regresan ellos: mis padres, mis hermanos, mis amigos de siempre; esa multitud silenciosa que habita en las esquinas más hondas de mi alma. No los convoco, pero vuelven. No los busco, pero aparecen cada vez que la lluvia abre la puerta del tiempo. Es la infancia entrando de nuevo, con su desorden perfecto, con su amor sin explicaciones; con esa belleza que uno solo entiende plenamente cuando ya se ha ido.
Es extraño cómo funciona la memoria: basta el olor de la lluvia para que todo regrese con una claridad que ningún esfuerzo consciente podría conseguir. Ese aroma terroso, sosegado, denso y antiguo, tiene la llave de un mundo que creí guardado para siempre. Cada gota que golpea el zinc despierta travesías completas de mi infancia, como si el agua descendiera del cielo solo para recordarme quién fui; y dónde conseguí ser feliz. La lluvia no solo empapa el techo: abre infinidad de puertas. Y detrás de cada puerta aparece el mismo escenario frenético y vibrante donde crecí; el mismo barrio que sigue respirando dentro de mí. Que vive dentro de mí.
Ese escenario delirante, arrebatador y fantástico era nuestro reino. Jugábamos en la calle hasta que el cielo se volvía azul oscuro; cuando la luz ya no alcanzaba, pero la alegría desbordante sí. Usábamos empaques de cigarrillos como dinero en juegos inventados sobre la marcha; y por supuesto, los más caros valían más. Un palo de escoba se convertía en un bate de béisbol indestructible; las bolas de vidrio, grandes, pequeñas o gigantes, de todos los colores imaginables, eran los tesoros que desafiaban la puntería, la suerte y la física. Los tacos del Bar México sabían a una gloria que ninguna receta moderna podría imitar. Y la sirena del Cine Colón, cada tarde a las seis en punto, anunciaba que la película empezaría en cinco minutos; como si todo el barrio hiciera un silencio breve para recordarnos que la magia, que tenía un horario fijo, estaba por comenzar.
Aquel mundo olía y sabía distinto: a pan recién horneado; a tierra mojada; a lapiceros nuevos y cuadernos impecables; a infancia, a amistad, a una alegría que no pedía nada a cambio. Eran años como los televisores: en blanco y negro, sí, pero llenos de color en el alma. Años en los que había que levantarse para cambiar el canal; lo que implicaba negociaciones diplomáticas en la sala. Años en los que los abrazos eran reales y no símbolos luminosos. Años en los que la espera tenía sentido y el tiempo avanzaba lentamente; como si la vida se hubiera detenido un instante para dejarnos creer que los años venideros serían eternos.
Pero la nostalgia, incluso desde el más absoluto silencio, sabe señalar lo que la vida dejó atrás. Uno recuerda y entiende. Entiende que esos días ya no existen; que no van a volver. Y ese entendimiento, tan humano como inevitable, nos arranca lágrimas, unas serenas… y otras no tanto, dejando en el alma una melancolía suave, perfumada, casi dulce, casi tangible; como si uno pudiera acariciarla con las yemas de los dedos, como si pudiera contemplarla con las neuronas más recónditas, esas que guardan lo que no se olvida aunque uno crea que sí.
Y entonces vuelve a sonar en mí, inevitable, indiscutible y casi palpable, aquella frase del poeta Armando Tejada Gómez: «Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida». Qué certeza más profunda. Volvemos, no por capricho, sino por necesidad; porque en esos sitios, geográficos y sentimentales, quedó suspendida una parte de nosotros que sigue viva, esperando que la memoria la despierte. Volver no es retroceder. ¡Jamás! Volver es recordar quiénes fuimos para entender quiénes somos.
Por eso, estimado lector, cuando escuche las primeras gotas, cierre los ojos, respire profundo y deje volar su imaginación. No tenga prisa, la lluvia sabe lo que hace. Lo sabe desde hace una eternidad. Tal vez, en ese segundo que parece infinito, sienta que vuelve a un sitio que no recordaba con claridad, pero que siempre fue suyo. Y entonces comprenderá que hay memorias que no se marchan jamás: solo descansan en silencio, esperando la lluvia adecuada para regresar.
D. M.

