Chisme, paranoia y otras formas de convivencia social
Chisme, paranoia y otras formas de convivencia social
Hay personas que aseveran, con una dignidad verdaderamente admirable, que no son chismosas. Lo afirman con la serenidad de un monje tibetano mientras preguntan quién era la muchacha que iba ayer en el carro de Bryan; por qué la mamá de Andrés borró todas las fotos del viaje a Jacó; y si es cierto que el sobrino de Martha «anda en una actitud medio rara», porque lo vieron comprando una camisa rosada, ceñidísima y sospechosamente brillante en la sección unisex de Zara, acompañado además por un hombre que, según testigos profundamente comprometidos con la verdad y el bienestar emocional del vecindario, le ayudaba a cargar unas bolsas de vestidos de baño de Siman con una familiaridad que ya ha generado entre todos los que «solo queremos lo mejor para él» una cantidad verdaderamente irresponsable de críticas, comentarios y reuniones extraordinarias de análisis comunitario, incluyendo a una señora particularmente teatral que, después de escuchar una noticia de última hora que interrumpió la telenovela de las siete, ya osó relacionar todo aquello: la camisa rosada, la supuesta tos seca y unas ojeras que ella juraba haber visto desde el parqueo, con un misterioso caso de hantavirus que no recuerda bien si dijeron que ocurrió en Los Santos o en Chiriquí.
Uno los escucha conversar y comprende que el ser humano no descubrió el fuego por necesidad, sino porque quería reunirse alrededor de algo para comentar la vida ajena. De hecho, sospecho que las primeras palabras pronunciadas en la historia no fueron «mamá» ni «agua», sino algo mucho más parecido a esto: «¿Y usted vio quién fue el primero en salir corriendo cuando apareció el mamut ayer?» O quizá algo todavía más humano y muchísimo más importante para la evolución de la especie: «Dicen que la mujer de la cueva número cuatro no estaba precisamente recolectando frutas con el vecino». Porque el chisme no es un defecto moderno; es prácticamente una estrategia evolutiva de supervivencia social. El ser humano jamás estuvo realmente interesado en conquistar la Luna; lo que quería era llegar primero para comentar quién estaba allá arriba, con quién subió, quién lloró durante el viaje, cuál de todos le dejó de hablar al resto apenas aterrizaron y quién fue el irresponsable que obstruyó el inodoro de la nave con un estreñimiento crónico que, según versiones todavía no confirmadas, ya venía intentando controlarlo con Ex-Lax desde el entrenamiento en Houston.
Pensando en esa profunda necesidad humana de enterarse de todo, decidí escribir este pequeño recorrido por el chisme, la paranoia y otras formas de convivencia social; una guía sencilla, práctica y probablemente inútil, porque el chisme no es simplemente un mal hábito: es casi un reflejo neurológico. Hay personas capaces de olvidar las llaves, el aniversario de bodas e incluso el nombre de algún nieto y de varios sobrinos, pero jamás olvidarían preguntarle a la vecina quién era el hombre que salió anoche de la casa de Emilce, a qué horas se fue y por qué llevaba una bolsa negra que, según el comité internacional de señoras estratégicamente instalado detrás de las cortinas, no tenía en absoluto el tamaño ni la forma de algo completamente inocente. Esa información, por alguna razón misteriosa, ocupa en la memoria un lugar muchísimo más sólido que la clave del celular, la fecha de pago de la tarjeta y las últimas recomendaciones del cardiólogo, que curiosamente siempre desaparecen de la mente exactamente quince segundos después de salir de la consulta.
El primer consejo consiste en aprender a sobrevivir a una de las frases más peligrosas de la lengua española: «Eso sí, no le vayás a contar a nadie». La frase suele producir un efecto psicológico muy extraño; algo ocurre en el cerebro humano en ese instante y la persona deja inmediatamente de ser un ciudadano común para transformarse en una especie de detective encubierto con información clasificada. De pronto baja la voz, mira hacia ambos lados aunque esté completamente solo y empieza a sentir esa peligrosa sensación de poder que únicamente producen los secretos ajenos. Lo más extraordinario es que casi nadie rompe la promesa de inmediato; no, el verdadero profesional espera prudentemente unos minutos para luego llamar a alguien y decir en voz baja: «Mirá… te voy a contar algo, pero de verdad que esto sí es absolutamente confidencial; si esto sale de aquí y se hace un desmadre, yo jamás voy a aceptar que fui el que te lo dijo». En menos de veinticuatro horas, la noticia ya recorrió amistades, familias, grupos de WhatsApp, panaderías, supermercados y probablemente dos farmacias y un salón de belleza donde oficialmente nadie sabe nada, pero curiosamente todo el mundo ya está enterado; porque el verdadero chismoso jamás transmite únicamente la información importante, sino también todos esos detalles absolutamente innecesarios que nadie pidió, como que el restaurante italiano donde ocurrió la discusión, por cierto, no tiene nada sin gluten, cobra carísimo los refrescos y repito, aquí entre nosotros, los cubiertos tienen un espantoso sabor a herrumbre y el hielo un aroma sospechosamente parecido a ese olorcillo húmedo y penitenciario que, según ciertas personas extraordinariamente observadoras, existe en algunas bodegas de La Reforma.
Hay información que viaja más rápido que la luz, especialmente si incluye infidelidades, herencias mal repartidas o hijos «que se descarriaron», expresión profundamente elegante que durante décadas utilizaron madres, tías y abuelas para describir cualquier conducta ocurrida después de las diez de la noche. Por eso, el verdadero consejo es mucho más simple, aunque tristemente incompatible con la naturaleza humana: si alguien le confía un secreto, haga algo revolucionario y casi sobrenatural… ¡quédese callado! No convoque una reunión de análisis estratégico con sus amigas; no llame a su prima «solo para desahogarse»; y, sobre todo, no comience la conversación con: «Te voy a contar algo, pero jurame por lo que más querrás que de aquí no sale». Porque en ese instante el secreto ya salió; simplemente anda haciendo escalas en los distintos aeropuertos internacionales de la chismografía mental.
El segundo consejo consiste en abandonar esa costumbre de interpretar cualquier detalle cotidiano como si uno trabajara para la CIA, para la Interpol y además administrara un grupo de Facebook de señoras desocupadas con acceso ilimitado a café y a tiempo libre. Hay personas incapaces de ver una situación normal sin construir inmediatamente una teoría completa alrededor: si una pareja dejó de subir fotos junta, ya concluyen separación; si alguien cambió de carro, asumen una crisis de la mediana edad; y si una señora llegó sola a una boda, inmediatamente aparece alguien preguntando en tono casual, aunque con el alma completamente incendiada: «¿Y Enrique no vino… o ya se separó?» A veces Enrique simplemente tenía gripe, una intoxicación alimentaria o ganas de quedarse en la casa viendo televisión en su pijama favorita y comer cereal directamente de la caja; pero aceptar una explicación sencilla requiere una madurez emocional que el espíritu chismoso considera profundamente ofensiva. El verdadero profesional del chisme jamás tolera la ausencia de drama; si usted responde: «No, todo está bien», verá inmediatamente esa expresión de decepción que aparece cuando alguien esperaba un inmoral adulterio, una violentísima crisis matrimonial y posiblemente intervención policial, y en lugar de eso recibe una explicación completamente razonable, estable y trágicamente libre de toda posibilidad de litigio. Por eso, el verdadero consejo es bastante simple: deje de investigar la vida ajena con una intensidad que ni el Ministerio de Hacienda utiliza para revisar las declaraciones de impuestos. Si alguien sube una foto solo, no significa divorcio; si cambió de carro, no significa depresión ni que se ganó la lotería; y si salió del supermercado con vino, hielo y velas aromáticas, quizá únicamente quería pasar un viernes tranquilo y no protagonizar la película mental que usted ya escribió, dirigió, produjo y ya está considerando enviar a festivales internacionales.
El tercer consejo consiste en no disfrazar el chisme de preocupación espiritual. Existe gente que escucha una confidencia dolorosa y, exactamente siete minutos después, ya organizó una mesa redonda para analizar el tema desde perspectivas médicas, emocionales, financieras y hasta teológicas; aun así, todavía tiene el descaro de decir: «No estoy hablando mal de nadie; simplemente estoy preocupada». Claro. Profundamente preocupada. Tan preocupada que ya llamó a tres amigas, dos primas y una vecina que ni siquiera conoce a la persona involucrada, pero que «merecía saber lo que estaba pasando». Por eso, el verdadero consejo es bastante simple: si usted necesita compartir urgentemente una tragedia ajena «para pedir consejo», existe una alta probabilidad de que no esté ofreciendo apoyo emocional, sino filtrando contenido exclusivo antes de que llegue oficialmente al resto del vecindario.
El cuarto consejo consiste en aceptar una verdad dolorosa: hay información que simplemente no nos incumbe. Absolutamente nada cambiará en el destino del planeta si usted descubre quién era el hombre sentado con Laura en aquel restaurante chino que, por cierto, no tiene salsa de soya sin gluten y cobra los wantanes como si estuvieran rellenos de oro macizo, trufas italianas y secretos de Estado; los océanos seguirán moviéndose con absoluta normalidad, los rayos del sol continuarán atravesando la atmósfera cada mañana y el universo entero conservará una indiferencia profundamente ofensiva hacia ese asunto. Y aun así, hay personas incapaces de dormir hasta averiguarlo, porque el chisme produce algo parecido a una satisfacción intelectual absurda: una mezcla entre curiosidad, ansiedad y vocación detectivesca que transforma a cualquier ser humano en investigador privado sin salario, sin licencia y, en muchos casos, sin la menor dignidad. Por eso, el verdadero consejo es bastante sencillo: si un asunto no modifica su vida, sus impuestos, su presión arterial ni altera la trayectoria de los planetas, quizás no necesite convertirlo en una investigación internacional de seis capítulos narrada por usted mismo y distribuida gratuitamente entre familiares, amistades y personas que ni siquiera preguntaron.
Finalmente, el quinto consejo consiste en recordar que el chisme siempre regresa. Hoy usted comenta discretamente que el vecino anda extraño desde que empezó a usar pantalones demasiado ajustados; mañana habrá cuatro personas analizando por qué usted compra tantas multivitaminas y vaselina en envase familiar, y quién era «esa muchacha llena de tatuajes» que le habló demasiado cerca del oído en la farmacia. La vida posee un extraño sentido del equilibrio y una capacidad verdaderamente humillante para cobrarnos cada comentario innecesario.
Y ahora que llegamos al final de este artículo, quisiera pedirle un pequeño favor; algo completamente inocente, casi irrelevante. Me gustaría saber desde qué dispositivo lo leyó usted, si fue desde el celular, la computadora o el iPad; a qué hora empezó a leer; en qué párrafo se rio; si hizo una pausa para responder mensajes; si lo leyó solo o se lo enseñó a alguien más diciendo: «Vea esto… describe exactamente a la rubia oxigenada de la que le hablé». También quisiera saber quién fue la primera persona que se le vino a la mente mientras avanzaba por el texto; no hace falta que me diga el nombre completo, con las iniciales y el número de cédula es suficiente. Y si además pudiera enviarme una lista aproximada de las personas con las que sospecha que Bryan anda saliendo últimamente; explicarme por qué la mamá de Andrés borró las fotos del viaje a Jacó; confirmarme si Enrique realmente tenía gripe o si aquello terminó peor de lo que se decía; aclararme qué fue exactamente lo que pasó con Emilce aquella noche; y, ya en confianza, contarme quién era el hombre que estaba sentado con Laura en el restaurante, se lo agradecería muchísimo. No porque uno sea chismoso, por supuesto; semejante vulgaridad jamás. Es simple interés académico, estadístico y, en alguna medida, profundamente humanitario. Y también, claro está, una pequeña contribución social para mantener informada a la comunidad; porque, dicho sea de paso y únicamente como comentario completamente irrelevante, ayer escuché a alguien describir unos síntomas sospechosamente parecidos a los de aquella noticia alarmante sobre hantavirus que interrumpió la telenovela la semana pasada, aunque quizá uno ya empieza a ver cosas donde no las hay. En fin… dicen que también vieron a Roxana y a Mayra caminando en el Parque del Café demasiado cerca de un par de…
D. M.

