Caminante, no hay camino…
Caminante, no hay camino…
Anoche regresó a San José ese inconfundible aroma a tierra mojada que parece llegar siempre acompañado de recuerdos.
La lluvia había llegado con esa discreción característica de ciertos aguaceros que no necesitan imponerse para hacerse notar. Poco a poco las luces comenzaron a encenderse detrás de las ventanas, el cielo fue apagando sus últimos matices sobre los techos húmedos de la ciudad y el aire se llenó de ese melancólico y entrañable aroma que parece acompañar a nuestra memoria desde los primeros años de la vida. Durante unos minutos permanecí junto a la ventana observando cómo la lluvia descendía lentamente sobre las calles, los jardines y las ventanas, hasta que una vieja canción comenzó a sonar en alguna parte de la casa. Era Serrat. ¡Y con Serrat llegó Machado!
«Todo pasa y todo queda,
pero lo nuestro es pasar,
pasar haciendo caminos,
caminos sobre la mar…»
Hay canciones que terminan convirtiéndose en nostálgicas compañeras de viaje. Permanecen silenciosamente a nuestro lado mientras atravesamos las distintas estaciones de la existencia y, aunque a veces pasen meses, años o incluso décadas sin que volvamos a escucharlas, basta que regresen una sola vez para que, junto a ellas, reaparezcan épocas enteras que creíamos desvanecidas para siempre. Quizás por eso, ciertas melodías nos estremecen más con el paso del tiempo. Las palabras siguen siendo exactamente las mismas; somos nosotros quienes llegamos a ellas transformados por los años y la vida.
Mientras la lluvia continuaba golpeando suavemente los cristales, regresaron durante unos instantes la Escuela República Argentina, el Liceo de San José... Barrio México. No regresaron como edificios ni como lugares concretos. Regresaron como suelen hacerlo las cosas verdaderamente importantes: convertidos en fragmentos de una vida que parecía remota y que, sin embargo, permanecía intacta en algún nostálgico rincón de la memoria. Volvieron algunos rostros, ciertas conversaciones, ciertos recreos y ciertas tardes lluviosas en las que aún ignorábamos la fugacidad con la que podían transcurrir los años... y la vida. Todo apareció apenas por unos segundos y volvió a desaparecer con la misma rapidez con la que una gota resbala sobre el cristal. Y fue entonces cuando comprendí que aquello que había regresado no eran realmente los patios, las aulas ni las calles de aquellos años, sino la luz con que contemplábamos el mundo, las voces que llenaban aquellos días y aquella inocente certeza de que todo cuanto amábamos permanecería siempre a nuestro lado.
«Hace algún tiempo en ese lugar
donde hoy los bosques se visten de espinos
se oyó la voz del poeta cantar
Caminante no hay camino...»
La juventud posee una confianza que sólo llegamos a comprender cuando ya la hemos perdido. No ignora la existencia del tiempo; simplemente supone que siempre habrá más: más días, más años, más encuentros y más oportunidades para decir aquello que no dijimos y abrazar a quienes suponemos que permanecerán siempre a nuestro lado. Por eso atravesamos aquellos años con una serenidad que hoy resulta ingenua y conmovedora, convencidos de que los momentos más importantes de nuestra vida todavía estaban por llegar, sin sospechar que muchos de ellos estaban ocurriendo precisamente en ese instante.
Los años, sin embargo, avanzan con una suavidad tan silenciosa que rara vez percibimos todo aquello que van llevándose mientras nosotros estamos distraídos intentando crecer. Ningún reloj anuncia los momentos que más tarde extrañaremos con dolorosa intensidad. Ninguna campana nos advierte que determinada tarde, determinada conversación o determinada cena familiar terminarán convirtiéndose algún día en un recuerdo irrepetible. La vida continúa avanzando mientras nosotros estamos ocupados viviéndola y, cuando por fin volvemos la vista atrás, descubrimos que algunos de los momentos más felices que nos fueron concedidos llegaron y se marcharon disfrazados de días comunes, envueltos en una sencillez tan perfecta que nunca sospechamos cuánto llegaríamos a extrañarlos.
«Caminante, son tus huellas
el camino y nada más.»
La lluvia parece mantener una insólita alianza con la memoria. Basta escucharla caer sobre los techos para que regresen aromas olvidados, voces que hace años no escuchamos y pequeñas escenas que creíamos definitivamente perdidas. No suelen volver los grandes acontecimientos. Regresan cosas mucho más sencillas: una caminata bajo un aguacero inesperado, una conversación al final de una tarde cualquiera, una ventana iluminada esperándonos al regresar a casa o una carcajada compartida en un momento que entonces nos impresionó como algo completamente intrascendente.
«Al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.»
Entre todos los recuerdos que la lluvia suele despertar hay uno que siempre parece llegar primero: el aroma a tierra mojada. Resulta difícil explicar por qué un olor tan simple y afable posea semejante poder sobre nosotros. Quizás porque estuvo presente en demasiados momentos importantes sin que lo notáramos. Quizás porque acompañó silenciosamente la infancia, la juventud y buena parte de la vida adulta. O quizás porque la memoria aprendió hace mucho tiempo a asociarlo con una época en la que el mundo parecía más amplio, los días parecían más largos y el futuro parecía extenderse sin límites ante nuestros ojos. Era una época en la que contemplábamos el futuro con la tranquila certeza de que siempre traería algo mejor.
Cuando ese aroma a tierra mojada regresa, también vuelve por un infinito instante la persona que alguna vez fuimos, junto con una enormidad de ilusiones que parecían inagotables y ciertas certezas que los años terminaron desmintiendo. Vuelve la sensación de que el tiempo era abundante y la vida era inagotable. Reaparece la confianza con que contemplábamos el porvenir. Y vuelve también, aunque sólo sea durante unos instantes, aquella persona que todavía no conocía de pérdidas ni de despedidas y que avanzaba por la vida con una ligereza que hoy contemplamos con una mezcla inseparable de dulzura, añoranza y una infatigable melancolía.
«Caminante, no hay camino
sino estelas en la mar.»
Con el paso del tiempo uno termina comprendiendo que la vida nunca estuvo compuesta exclusivamente por los grandes acontecimientos que ocupan los álbumes familiares o los relatos que repetimos una y otra vez. La vida verdadera se encontraba también en las cosas pequeñas que apenas percibimos mientras ocurrían. Estaba en las conversaciones aparentemente insignificantes, en las tardes lluviosas que parecían iguales a todas las demás y, sobre todo, en las personas cuya presencia considerábamos tan natural que jamás imaginamos que algún día podrían faltar. Las cosas extraordinarias llegaron disfrazadas de intrascendencia, protegidas por la ingenua convicción de que las personas que amábamos siempre estarían ahí.
Quizás por eso, en ciertas noches de lluvia, Machado termina encontrándonos de nuevo. No porque nos enseñe algo que desconocíamos, sino porque pone palabras a una intuición que todos terminamos descubriendo tarde o temprano: que la vida avanza mientras estamos ocupados viviéndola y que sólo muchos años después comprendemos el verdadero valor de aquello que creíamos permanente. Al volver la vista atrás descubrimos que una parte inmensa de nuestra felicidad habitaba precisamente ahí: en ciertas tardes, en ciertas personas y en esos momentos sencillos que apenas llamaron nuestra atención mientras ocurrían y que hoy regresan transformados por esa agridulce melancolía con que la memoria rescata aquello que ya no puede recuperar.
«Golpe a golpe,
verso a verso…»
La lluvia continuó cayendo durante horas sobre San José. Las luces de la ciudad temblaban sobre el pavimento mojado y el aroma a tierra húmeda seguía entrando lentamente por la ventana entreabierta mientras Serrat continuaba cantando. Permanecí largo rato observando aquella escena y pensando en las personas que alguna vez compartieron el camino conmigo, en quienes todavía permanecen, en quienes se quedaron atrás y en todas esas épocas de la vida que hoy sobreviven únicamente en la memoria.
«Al andar se hace el camino
y al volver la vista atrás se ve la senda
que nunca se ha de volver a pisar…»
Cuando la canción estaba a punto de acabar, la lluvia seguía cayendo sobre la ciudad y las luces continuaban reflejándose sobre el asfalto oscuro. Entonces pensé que quizás la nostalgia no sea únicamente tristeza por aquello que el tiempo nos arrebató. Hay también en ella una forma serena de gratitud; la gratitud de haber recorrido ciertos caminos, de haber conocido determinadas personas, de haber respirado una y otra vez el aroma de la tierra mojada después de la lluvia y de conservar todavía, muchos años después, la capacidad de emocionarnos cuando una vieja canción nos devuelve, aunque sólo sea por unos instantes, a quienes fuimos alguna vez.
Porque el tiempo consigue ahuyentar lugares, rostros y estaciones enteras de la vida, pero existen una infinidad de senderos que continúan acompañándonos mucho después de haber desaparecido. Ya no figuran en los mapas ni pueden encontrarse en ninguna ciudad: sobreviven en la memoria, como sobrevive el aroma de la tierra mojada después de la lluvia o el reflejo tembloroso de ciertas luces sobre el pavimento húmedo, brillando durante unos instantes antes de confundirse nuevamente con la oscuridad. Y quizás sea precisamente por eso que algunas canciones nos acompañan durante toda la vida: porque nos recuerdan que los años pasan, que los caminos quedan atrás y que muchas de las personas y cosas que amamos terminan perdiéndose en la distancia, pero también que nada de lo verdaderamente vivido desaparece por completo mientras alguien lo conserve en la memoria.
«Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar...»
D. M.

