7 de octubre… tres años después
Hay fechas que pasan a los libros de historia y otras que quedan incrustadas para siempre en la memoria de un pueblo. El 7 de octubre de 2023 pertenece a esas fechas que no envejecen con el calendario, porque permanecen como una herida que nunca conseguirá cicatrizar.
La mañana del 7 de octubre de 2023, Israel despertó bajo uno de los ataques más atroces de su historia. Terroristas de Hamás y miembros de otros grupos armados atravesaron la frontera desde Gaza y atacaron comunidades, viviendas, carreteras y un festival de música. No se trató únicamente de una incursión militar ni de un enfrentamiento entre combatientes. Los civiles fueron buscados y asesinados deliberadamente, muchos de ellos dentro de sus propias casas o mientras intentaban escapar; otros fueron secuestrados y llevados a Gaza. Las investigaciones posteriores demostraron que el asesinato de civiles y la toma de rehenes no fueron hechos fortuitos, sino parte esencial de un ataque planificado.
La matanza del 7 de octubre dejó más de mil personas asesinadas y alrededor de 250 secuestradas. Entre las víctimas había hombres, mujeres, ancianos y niños; personas que habían desayunado en sus casas, que habían salido a bailar o que habían acostado a sus hijos la noche anterior sin imaginar que, al amanecer, sus vidas serían destruidas. Familias enteras quedaron arrasadas en cuestión de horas.
La magnitud de aquella barbarie sigue estremeciendo incluso tres años después. La ONU ha documentado asesinatos deliberados, secuestros, malos tratos y actos de violencia sexual cometidos durante el ataque, mientras que Human Rights Watch concluyó que el asesinato de civiles y la toma de rehenes constituyeron crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad. Aquellos hechos obligan todavía hoy a enfrentarnos con una pregunta terrible: ¿hasta dónde puede llegar un ser humano cuando deja de reconocer como humano a quien tiene enfrente?
La respuesta de Israel fue una ofensiva militar contra Hamás con dos objetivos fundamentales: impedir que una atrocidad semejante pudiera repetirse y recuperar a quienes habían sido llevados como rehenes a Gaza. La guerra produjo también un enorme dolor entre la población palestina, con numerosas víctimas civiles y familias destruidas. Esa tragedia merece ser reconocida, pero no puede narrarse como si hubiera surgido en el vacío ni desligarse del acontecimiento que desencadenó esta guerra: un ataque planificado en el que los terroristas de Hamás y otros grupos armados asesinaron deliberadamente a civiles y secuestraron a cientos de personas, entre ellas ancianos, mujeres y niños. Ninguna consideración política puede hacer aceptable la muerte de un niño inocente, sea israelí o palestino, pero tampoco debería utilizarse ese dolor para desdibujar quién perpetró la masacre que dio origen al conflicto.
La guerra en Gaza vino acompañada de otro fenómeno que, para una inmensidad de judíos alrededor del mundo, resultó dolorosamente familiar. La indignación provocada por el conflicto comenzó, con demasiada frecuencia, a dejar atrás cualquier discusión política y a dirigirse contra millones de personas que nada tenían que ver con la guerra. Judíos de distintas nacionalidades, edades e ideas comenzaron a ser señalados, hostigados o agredidos por el simple hecho de pertenecer al pueblo judío.
El resurgimiento del antisemitismo trajo de vuelta algo que muchos creíamos definitivamente relegado a las páginas más oscuras de la historia. No regresó necesariamente con los mismos símbolos, las mismas consignas ni las mismas palabras de otros tiempos, porque el odio aprende a disfrazarse y a encontrar nuevos lenguajes sin dejar de ser odio. Pero su esencia resultó inquietantemente reconocible: volver a señalar a todo un pueblo, convertirlo en sospechoso colectivo y atribuirle culpas por el simple hecho de ser judío. Después de siglos de persecuciones, expulsiones, pogromos y exterminio, comprobar que ese mecanismo puede reaparecer con tanta facilidad no es solamente doloroso; es una advertencia que ninguna sociedad debería atreverse a ignorar.
La diferencia entre la legítima discrepancia política y el antisemitismo debería ser imposible de confundir. Se pueden cuestionar determinadas decisiones políticas o militares relacionadas con la guerra sin trasladar esa indignación al pueblo judío. La frontera se esfuma cuando la crítica deja de centrarse en hechos concretos y comienza a volcarse contra los judíos como colectividad. Se esfuma cuando una sinagoga se convierte en blanco por hechos ocurridos a miles de kilómetros, cuando millones de judíos son obligados a cargar con culpas ajenas y cuando ser judío vuelve a convertirse, por sí mismo, en motivo de sospecha. En ese momento ya no estamos hablando de crítica, de protesta ni de desacuerdo político. Estamos hablando de algo mucho más antiguo y mucho más oscuro: de esa rancia y completamente absurda costumbre de convertir al judío, simplemente por ser judío, en responsable de todos los males de la humanidad.
El tercer aniversario de la masacre del 7 de octubre me lleva a un terreno muy distinto del análisis político. No soy político, ni militar, ni estratega, ni diplomático, ni especialista en conflictos internacionales. Soy médico, soy pediatra y, por encima de cualquier profesión, religión, nacionalidad o ideología, soy un ser humano. Desde ese lugar quisiera hablar, no de ejércitos, gobiernos, fronteras o territorios, sino de algo mucho más elemental y, quizás por eso mismo, mucho más difícil de lograr: seguir reconociendo al otro como un ser humano cuando el miedo, el dolor y el odio amenazan con borrar precisamente esa condición.
Mi vida profesional ha transcurrido, en buena parte, atendiendo niños, y la medicina me ha enseñado algo que ninguna frontera puede modificar: el dolor no tiene religión ni nacionalidad. El miedo de un niño, la angustia de una madre y la desesperación de una familia son, en esencia, los mismos en cualquier sitio del mundo. El dolor no pregunta por pasaportes, fronteras ni banderas antes de instalarse en una casa. El sufrimiento de una madre israelí que llora a un hijo asesinado y el de una madre palestina que llora a un hijo muerto pueden provenir de historias, religiones, idiomas y realidades profundamente diferentes. Existe, sin embargo, un lugar atroz en el que ambas se comprenden perfectamente: ninguna debería haber tenido que enterrar a su hijo. ¡Jamás! Perder la capacidad de comprender una verdad tan elemental significaría haber perdido también una parte esencial de nuestra propia humanidad.
La memoria del 7 de octubre exige también mantener claras las responsabilidades. Aquella mañana hubo víctimas buscadas deliberadamente, familias masacradas y seres humanos arrancados de sus hogares y llevados como rehenes. Fueron los terroristas de Hamás quienes perpetraron aquella matanza y desencadenaron una guerra cuyas consecuencias alcanzaron también a innumerables personas que jamás participaron en aquellos crímenes. Reconocer el dolor de esas víctimas inocentes no debilita la memoria del 7 de octubre; por el contrario, reafirma justamente aquello que Hamás pisoteó aquella mañana: el inconmensurable valor de toda vida humana.
La indignación selectiva se ha convertido en otra de las dolorosas manifestaciones de estos años. Nos conmueve profundamente la muerte de unos mientras encontramos explicaciones para la de otros; reclamamos humanidad cuando el dolor nos pertenece y, demasiadas veces, la relativizamos cuando pertenece a quienes hemos colocado del otro lado. Quizás una parte esencial del problema nazca precisamente ahí, mucho antes del disparo y mucho antes de la guerra: en el instante en que dejamos de reconocer en el dolor ajeno algo que también podría ser muy nuestro.
En este tercer aniversario pienso, ante todo, en quienes fueron asesinados el 7 de octubre y en quienes fueron arrancados de sus hogares y llevados como rehenes. Pienso en sus familias y en ese instante inconcebible en que una llamada, un silencio o una puerta que nunca volvió a abrirse dividieron sus vidas para siempre entre un antes y un después. Pienso también en las personas inocentes que la guerra se llevó más tarde y, de manera inevitable, mi pensamiento se detiene especialmente en los niños, israelíes y palestinos: en los que ya no están y en los que siguen creciendo entre sirenas, miedo, ausencias y adultos que todavía no han encontrado la manera de poner fin a tantísimo dolor.
Como pediatra, me resulta particularmente difícil aceptar que un niño pueda heredar un odio que nació mucho antes que él. Como médico, no puedo evitar preguntarme cómo una humanidad capaz de encontrar tantas maneras de producir heridas tan profundas sigue siendo tan incapaz de cerrarlas. Y, simplemente como ser humano, me niego a resignarme a que la herencia que dejemos a quienes vienen detrás sea una memoria cargada de dolor, odio y cuentas pendientes que algún día alguien pretenda enseñarles a saldar.
Pedir entendimiento después de tanta sangre puede parecer ingenuo. Pedir solidaridad cuando cada pueblo cuenta sus muertos y desconfía de las lágrimas del otro puede parecer incluso infantil. Y pedir conciencia, después de tantos años de dolor, miedo y odio acumulado, puede parecer casi imposible. Prefiero, sin embargo, correr el riesgo de esa ingenuidad y de ese aparente infantilismo antes que resignarme a pensar que estamos condenados a transmitir, generación tras generación, el mismo legado de dolor, odio y ausencias; a dejar en nuestros hijos heridas que no les pertenecen y memorias de muertos que nunca debieron formar parte de sus vidas. ¡Nunca jamás!
A tres años de la masacre no quisiera pensar en victorias ni en derrotas. Prefiero pensar en los vivos, en quienes todavía conservan la posibilidad de decidir qué hacer con todo este dolor y en la responsabilidad que tenemos de impedir que el sufrimiento de hoy se convierta en la justificación del sufrimiento de mañana.
Quisiera que la conmemoración de este 7 de octubre fuera, finalmente, un llamado al entendimiento, a la solidaridad y a la conciencia, pero, por encima de todo, la expresión de un deseo que después de tanta muerte ya no debería parecer ingenuo, sino profundamente urgente: mucha, muchísima paz.
D. M.

