<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?><rss xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom" version="2.0" xmlns:itunes="http://www.itunes.com/dtds/podcast-1.0.dtd" xmlns:googleplay="http://www.google.com/schemas/play-podcasts/1.0"><channel><title><![CDATA[Fragmentos que quedan]]></title><description><![CDATA[Dr. David Montvelisky]]></description><link>https://fragmentosquequedan.com</link><image><url>https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!lrnM!,w_256,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fcf3cc942-83c0-47c3-acb9-413a75497f78_896x896.png</url><title>Fragmentos que quedan</title><link>https://fragmentosquequedan.com</link></image><generator>Substack</generator><lastBuildDate>Thu, 16 Apr 2026 11:33:26 GMT</lastBuildDate><atom:link href="https://fragmentosquequedan.com/feed" rel="self" type="application/rss+xml"/><copyright><![CDATA[Fragmentos que se quedan]]></copyright><language><![CDATA[es]]></language><webMaster><![CDATA[fragmentosquesequedan@substack.com]]></webMaster><itunes:owner><itunes:email><![CDATA[fragmentosquesequedan@substack.com]]></itunes:email><itunes:name><![CDATA[Fragmentos que quedan]]></itunes:name></itunes:owner><itunes:author><![CDATA[Fragmentos que quedan]]></itunes:author><googleplay:owner><![CDATA[fragmentosquesequedan@substack.com]]></googleplay:owner><googleplay:email><![CDATA[fragmentosquesequedan@substack.com]]></googleplay:email><googleplay:author><![CDATA[Fragmentos que quedan]]></googleplay:author><itunes:block><![CDATA[Yes]]></itunes:block><item><title><![CDATA[Cada uno tenía un nombre… y una historia que no pudo continuar]]></title><description><![CDATA[Cada uno ten&#237;a un nombre&#8230; y una historia que no pudo continuar]]></description><link>https://fragmentosquequedan.com/p/cada-uno-tenia-un-nombre-y-una-historia</link><guid isPermaLink="false">https://fragmentosquequedan.com/p/cada-uno-tenia-un-nombre-y-una-historia</guid><dc:creator><![CDATA[Fragmentos que quedan]]></dc:creator><pubDate>Mon, 13 Apr 2026 19:32:29 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!lrnM!,w_256,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fcf3cc942-83c0-47c3-acb9-413a75497f78_896x896.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>Cada uno ten&#237;a un nombre&#8230; y una historia que no pudo continuar</p><p>Hoy, en Yom HaSho&#225;, no hay lugar para la indiferencia.</p><p>Seis millones. La cifra se repite hasta desgastarse, como si la repetici&#243;n la volviera manejable. Pero no lo es. No puede serlo. Porque incluso esa cifra, que parece desbordarlo todo, est&#225; incompleta si se la deja sola: junto a esos seis millones de jud&#237;os hubo tambi&#233;n millones de no jud&#237;os; hombres, mujeres, ni&#241;os, ancianos, perseguidos, degradados y exterminados por una l&#243;gica perversa que termin&#243; por convertir la vida humana en un estorbo.</p><p>Pero incluso decir &#171;millones&#187; sigue siendo una forma de esconder la verdad. Porque no fueron millones. &#161;Fueron  seis millones de personas!</p><p>Y fueron ni&#241;os. Ni&#241;os que no llegaron a aprender a leer, que no alcanzaron a entender por qu&#233; los separaban de sus madres, que murieron con miedo, con fr&#237;o, con hambre, con una confusi&#243;n que ning&#250;n adulto deber&#237;a permitirse ignorar. &#161;Jam&#225;s! Fueron ni&#241;os, no cifras; fueron risas que nunca llegaron a quedarse en la memoria, fueron risas que el universo no alcanz&#243; a conservar.</p><p>Y fueron madres. Madres que sostuvieron a sus hijos hasta el &#250;ltimo instante, sabiendo, muchas veces, lo que ven&#237;a, que intentaron proteger con el cuerpo lo que el mundo ya hab&#237;a decidido destruir. Fueron madres, no cifras; fueron el &#250;ltimo lugar seguro&#8230; hasta que ese mundo perverso tambi&#233;n se los arrebat&#243;.</p><p>Y fueron cient&#237;ficos, m&#250;sicos, m&#233;dicos, artesanos, estudiantes. Inteligencias que no consiguieron desarrollarse, talentos que nunca fueron descubiertos, ideas que nunca fueron escritas. Fueron vidas arrebatadas en toda su plenitud; y con ellas, todo lo que habr&#237;an creado, amado y dejado en el mundo. Fueron mentes, no cifras; fueron futuros que fueron arrancados&#8230; por mentes enfermas y destructoras.</p><p>Y s&#237;, hubo tortura. Hubo humillaci&#243;n sistem&#225;tica. Hambre que no daba tregua, que vaciaba el cuerpo y apagaba la voluntad; trabajo forzado hasta el colapso; violencia gratuita, calculada, repetida hasta desgarrar todo el sentido humano. No hay palabras que alcancen para decirlo sin traicionarlo; porque incluso cuando intentamos narrarlo, lo hacemos desde la distancia, desde la seguridad de no haber estado ah&#237;. Fueron cuerpos, no cifras; fueron vidas sometidas a lo indecible&#8230; hasta que el dolor dej&#243; de ser un l&#237;mite y se convirti&#243; en una rutina aterradora. Y eso tambi&#233;n hay que decirlo. Porque el horror fue la muerte&#8230; y todo lo que la precedi&#243;. Fue el proceso: la degradaci&#243;n progresiva de los seres humanos hasta convertirlos, a los ojos de otros seres humanos, en algo innecesario&#8230; hasta que eliminarlos dej&#243; de exigir una justificaci&#243;n. </p><p>Y todo lo anterior no fue inevitable. Fue hecho. Fue ejecutado. Fue perpetuado por personas. Personas que obedecieron sin pensar, que justificaron lo injustificable, que miraron hacia otro lado mientras otros eran humillados, torturados y asesinados, que encontraron razones donde solo hab&#237;a cobard&#237;a y odio. No fue solo la locura de uno; fue la acci&#243;n consciente de muchos. De demasiados. De mentes enfermas, crueles y destructoras, que decidieron que otras vidas no merec&#237;an existir. Por eso, quiz&#225;s, el gesto m&#225;s honesto en este d&#237;a no es intentar decir algo nuevo, ni encontrar palabras que est&#233;n a la altura de lo ocurrido. Es, m&#225;s bien, resistirse con el cuerpo, con el alma, con todo lo que uno es, a la tentaci&#243;n de simplificarlo. Simplificarlo... &#161;jam&#225;s!</p><p>Porque no basta con encender una vela, ni con pronunciar un nombre, ni con guardar silencio, si esos gestos no arden por dentro, si no pesan, si no incomodan. No basta si la memoria no se queda, si no insiste, si no se niega a irse. Hace falta una memoria que duela, que acompa&#241;e, que se interponga cada vez que intentamos seguir como si nada; una memoria que no permita que lo ocurrido se vuelva una rutina, que no se diluya en el calendario, que no termine siendo algo que se cumple&#8230; y se olvida. &#161;Jam&#225;s!</p><p>Recordar no es cumplir. Recordar es sostener el peso de lo ocurrido sin rebajarlo, sin suavizarlo, sin volverlo soportable. Es negarse a que esas vidas, cada una de ellas irrepetible, se disuelvan en una cifra que, por inmensa que sea, nunca podr&#225; contenerlas. Es impedir que lo inconmensurable termine reducido a un n&#250;mero. Reducido a un n&#250;mero... &#161;jam&#225;s!</p><p>Cada uno ten&#237;a un nombre&#8230; Y ese nombre era una vida entera. Era una historia entera; una voz &#250;nica; una forma irrepetible de estar en el mundo, en el universo. Al decir &#171;seis millones&#187;, el lenguaje intenta abarcar lo inabarcable&#8230; &#161;y aun as&#237; no alcanza! Al recordar un nombre, en cambio, la distancia se rompe. Porque un nombre no se reduce sin que algo en nosotros tambi&#233;n se pierda, se desvanezca en el vac&#237;o. Y quiz&#225; ah&#237; reside la verdadera exigencia de la memoria: no permitir que el horror se vuelva c&#243;modo, no aceptar que lo irrepetible se disuelva en lo narrable, no olvidar que, mientras exista un solo nombre que alguien sea capaz de pronunciar, la derrota no ser&#225; total&#8230; &#161;jam&#225;s!</p><p></p><p><strong>D. M.</strong></p><p></p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Yo solo quería una taza de café]]></title><description><![CDATA[Yo solo quer&#237;a una taza de caf&#233;]]></description><link>https://fragmentosquequedan.com/p/yo-solo-queria-una-taza-de-cafe</link><guid isPermaLink="false">https://fragmentosquequedan.com/p/yo-solo-queria-una-taza-de-cafe</guid><dc:creator><![CDATA[Fragmentos que quedan]]></dc:creator><pubDate>Thu, 09 Apr 2026 21:47:47 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!lrnM!,w_256,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fcf3cc942-83c0-47c3-acb9-413a75497f78_896x896.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p></p><p><strong>Yo solo quer&#237;a una taza de caf&#233;</strong></p><p>Ayer fui a la cocina por un poco de caf&#233;, nada m&#225;s que eso, una simple tacita de caf&#233;, algo sencillo, de todos los d&#237;as, pero bast&#243; ver que uno de los cables de la cafetera estaba microsc&#243;picamente da&#241;ado para que todos mis pensamientos se desviaran con una rapidez realmente dif&#237;cil de comprender, porque en ese preciso instante el caf&#233; dej&#243; de existir en mis pensamientos y fue reemplazado por algo totalmente diferente.</p><p>En el lugar que ocupaba el caf&#233; aparecieron unas ideas que la corteza prefrontal adopt&#243; con una seriedad desproporcionada, como si estuviera evitando una tragedia. De modo que fui a buscar a la bodega un rollo de cinta adhesiva, convencido de que estaba resolviendo algo de vital trascendencia, como si estuviera a punto de corregir una peque&#241;a falla en la arquitectura del universo, una ley menor pero imprescindible que, de no ajustarse a tiempo, acabar&#237;a por desordenarlo todo en el cosmos: primero de forma casi invisible, luego con desajustes que comenzar&#237;an a propagarse sin control, hasta terminar alterando la &#243;rbita de alg&#250;n planeta menor, el comportamiento de las mareas y de los astros, y, en un escenario perfectamente plausible, incluso cosas tan delicadas como intentar servirme un caf&#233; sin provocar una cat&#225;strofe. Lo que nunca imagin&#233; es que acababa de abrir una puerta que no iba a conseguir cerrar con facilidad.</p><p>En la bodega, ese territorio confuso y salvaje donde los objetos envejecen sin ning&#250;n prop&#243;sito definido y se extrav&#237;an con una facilidad casi ofensiva, desapareciendo justo cuando uno empieza a necesitarlos, encontr&#233; un alicate herrumbrado. Ah&#237; apareci&#243; esa trampa psicol&#243;gica en la que uno queda convencido de que no puede avanzar con la tarea principal sin antes resolver una secundaria que nadie solicit&#243;, como si existiera una jerarqu&#237;a secreta que exige cierto decoro en las herramientas antes de autorizar su uso. As&#237; que decid&#237; aplicarle aceite en aerosol, no porque fuera necesario, sino porque el cerebro recompensa ese tipo de peque&#241;&#237;simas decisiones con una descarga sutil de satisfacci&#243;n, esa dopamina discreta que no distingue entre lo &#250;til y lo irrelevante. Y, por supuesto, el aerosol decidi&#243; dejar una inmensa firma estampada en mi camisa: una garrafal mancha oscura que en ese instante reconfigur&#243; todas las prioridades, desplazando el cable, el caf&#233; y cualquier vestigio de l&#243;gica. Porque si algo caracteriza a la mente humana es su capacidad de abandonar lo importante en cuanto aparece algo que parece urgente, aunque no tenga la menor importancia o, como en este caso, una m&#225;s de las frecuentes zancadillas de mi ins&#243;lito cerebro.</p><p>Fui entonces a buscar algo para limpiar la mancha y, en el trayecto, not&#233; un vaso fuera de lugar en el fregadero; lo acomod&#233;, lo cual me llev&#243; a ver los platos, y lav&#233; uno, solamente uno, bueno&#8230; dos, porque incluso en el caos hay principios &#233;ticos que uno decide respetar. Pero esos dos platos activaron una cadena de asociaciones que no respondieron a ninguna l&#243;gica consciente, como si el cerebro hubiera decidido que, ya que estaba ah&#237;, deb&#237;a intervenir en todo lo que se cruzara en su campo visual. As&#237;, la casa empez&#243; a transformarse en un desorden disperso, inconcluso, casi salvaje, dif&#237;cil de explicar, con objetos desplazados, tareas iniciadas y abandonadas, peque&#241;as huellas de intenci&#243;n que nunca llegaron a completarse y que terminaron por convertirse en una especie de museo del esfuerzo in&#250;til que, visto desde afuera, comenzaba peligrosamente a parecer arte contempor&#225;neo, con una disposici&#243;n tan arbitraria que habr&#237;a dejado a Salvador Dal&#237; tomando notas y pregunt&#225;ndose si no se le hab&#237;a olvidado pintar algo.</p><p>En alg&#250;n punto, mientras yo transitaba ese recorrido sin una direcci&#243;n establecida, me encontr&#233; a mi esposa observando la escena con esa expresi&#243;n que no era exactamente un enojo abierto ni una sorpresa inesperada, sino algo m&#225;s complejo, una mezcla dif&#237;cil de clasificar, a medio camino entre la incredulidad, el disgusto dominado y la sospecha razonable de que lo que ten&#237;a enfrente no pod&#237;a explicarse del todo con argumentos l&#243;gicos, porque, despu&#233;s de todo, le hab&#237;a desordenado casi toda la casa. Refunfu&#241;aba, con raz&#243;n, mientras yo, completamente ajeno a la dimensi&#243;n externa del desastre, comenzaba a buscar mis anteojos con una convicci&#243;n que solo pod&#237;a explicarse por una desconexi&#243;n moment&#225;nea entre la percepci&#243;n y la realidad. Revis&#233; mesas, cajones, sitios improbables, lugares donde jam&#225;s los habr&#237;a dejado, incluso me fij&#233; en las partes m&#225;s profundas del refrigerador, lo cual, en retrospectiva, ten&#237;a una justificaci&#243;n bastante seria: porque ya en una ocasi&#243;n, durante una noche de sed, me hab&#237;a levantado de la cama en la madrugada a buscar un poco de agua y hab&#237;a regresado con una empanada de queso, una bolsa de papas tostadas y una guayaba enorme, aparentemente sin mis anteojos, que al d&#237;a siguiente, despu&#233;s de horas de b&#250;squeda infructuosa, mi esposa los encontr&#243; adentro de la nevera, encima de la bolsa con empanadas; lo cual confirmaba dos cosas: que mi criterio nocturno era sumamente discutible y que, en circunstancias espec&#237;ficas, el refrigerador s&#237; entraba dentro del rango de posibilidades razonables.</p><p>Pas&#243; casi una hora antes de que la realidad del extrav&#237;o de mis anteojos, siempre sencilla y siempre humillante, se impusiera: &#161;los ten&#237;a puestos! En ese instante se produjo un silencio interno dif&#237;cil de describir, una pausa en la que el cerebro intent&#243; reconstruir la secuencia de eventos sin lograr encontrar un punto claro de origen, como si toda la cadena hubiera sido inevitable desde el primer segundo. Regres&#233; entonces a la cocina con la intenci&#243;n de terminar, de una vez, lo que en teor&#237;a hab&#237;a sido el prop&#243;sito original de toda aquella odisea: preparar una simple taza de caf&#233;, y ah&#237; estaba la cafetera: intacta, con su problema inicial; sin haber sido intervenida; sin caf&#233;. La camisa segu&#237;a manchada; la casa, desordenada; y yo, con una taza vac&#237;a en la mano, observ&#225;ndolo todo con una mezcla inc&#243;moda de lucidez y resignaci&#243;n, intentando entender en qu&#233; momento exacto una acci&#243;n tan simple hab&#237;a decidido salirse completamente de control y, sobre todo, c&#243;mo hab&#237;a logrado invertir casi una hora sin producir absolutamente nada, salvo evidencia concreta en mi contra.</p><p>Avanc&#233; entonces con una determinaci&#243;n renovada, casi heroica, ignorando el estado de la casa, la camisa con el gran manch&#243;n todav&#237;a fresco y cualquier rastro de caos previo. Pero en el trayecto, justo al cruzar el garaje, vi en el suelo una mancha oscura que, por alguna raz&#243;n que mi cerebro consider&#243; absolutamente incuestionable, interpret&#233; como aceite, lo cual activ&#243; de inmediato una nueva l&#237;nea de acci&#243;n que no admit&#237;a demoras, porque claro, uno no puede vivir con la sospecha de una fuga mec&#225;nica sin verificarla; as&#237; que fui por una linterna, me agach&#233;, luego me arrodill&#233; y luego pr&#225;cticamente me arrastr&#233; debajo del carro con una seriedad digna de un peritaje internacional, iluminando cada cent&#237;metro como si fuera a encontrar evidencia clave para un juicio hist&#243;rico.</p><p>Tras varios minutos de inspecci&#243;n minuciosa, conclu&#237; que la supuesta mancha de aceite no era m&#225;s que un inocente charco de agua, lo cual no solo invalidaba toda la investigaci&#243;n, sino que adem&#225;s dejaba una consecuencia inmediata y tangible: la nueva camisa, esa que me hab&#237;a puesto para reemplazar la anterior, ahora ten&#237;a una enorme marca en la espalda, producto de mi contacto &#237;ntimo con el suelo del garaje; de modo que, sin haber arreglado el min&#250;sculo da&#241;o del cable, sin haber preparado la tacita de caf&#233; y habiendo logrado ensuciar dos camisas en menos de una hora, me encontr&#233; de pie, linterna en mano, contemplando lo que ya no parec&#237;a tener ninguna l&#243;gica, con una serenidad sospechosa, esa calma que aparece cuando ya no queda absolutamente nada m&#225;s por arruinar.</p><p>Y as&#237; fue como, en alg&#250;n punto que no logro reconstruir con precisi&#243;n, terminamos en una mesa de Starbucks, con dos caf&#233;s frente a nosotros. Mi esposa me miraba con esa expresi&#243;n severa que no necesita palabras, mientras yo trataba de contener una risa que se me escapaba a intervalos irregulares, como si mi propio cerebro a&#250;n estuviera procesando lo ocurrido, hasta que el empleado, con una calma admirable, me pregunt&#243;:</p><p>&#8212;&#191;C&#243;mo desea su caf&#233;?</p><p>Y yo, sin pensarlo demasiado, le respond&#237;:</p><p>&#8212;Lo quiero ya, en una taza, caliente y, por favor, no me distraiga con m&#225;s preguntas&#8230; es que acabo de ver que mi reloj tiene el minutero atrasado; y, si me pongo a adelantarlo, no volvemos a mi casa este a&#241;o.</p><p>Mi esposa gir&#243; lentamente la cabeza hacia m&#237;, con esa precisi&#243;n milim&#233;trica que suele preceder a un dictamen, y no dijo nada, lo cual siempre es peor, porque el silencio en ese tipo de situaciones no es una ausencia de di&#225;logo, sino una enorme acumulaci&#243;n de conclusiones; minutos despu&#233;s, mientras esperaba que ocurriera lo inevitable, me llev&#233; la mano al bolsillo del pantal&#243;n, palp&#233; una vez, luego otra, y sent&#237; ese vac&#237;o existencial que solo producen los objetos olvidados, la mir&#233; con una mezcla de cautela y esperanza y le dije:</p><p>&#8212;Decime una cosa&#8230; &#191;vos trajiste plata?</p><p>Ella no respondi&#243; de inmediato, solo mantuvo su mirada fija en la m&#237;a, esa mirada que encerraba un juicio completo en la Corte Internacional de La Haya, con debate incluido, sentencia firme y, si uno insist&#237;a en resistir esa mirada, con altas probabilidades de obtener una apelaci&#243;n denegada. Fue entonces cuando supe que su respuesta, m&#225;s que afirmativa o negativa, era, en realidad, una evaluaci&#243;n profunda de mis capacidades funcionales como adulto, con diagn&#243;sticos, pron&#243;stico reservado y tratamiento a largo plazo incluidos.</p><p>Al final, el caf&#233; estaba ah&#237;, no como una fabulosa conquista, sino como una especie de tregua, como si despu&#233;s de todo aquel absurdo recorrido, la realidad hubiera decidido devolverme, sin bombos ni platillos, al punto exacto del que nunca deb&#237; salir. Mientras lo sosten&#237;a en la mano, todav&#237;a con esa enorme sonrisa que aparece cuando uno reconoce el ins&#243;lito disparate en el que se meti&#243; solo, entend&#237; algo mucho m&#225;s concreto de lo que me gustar&#237;a admitir: no es que uno se distraiga ni que sea torpe, es que la mente, con una habilidad casi art&#237;stica, evita lo simple cuando tiene la oportunidad de complicarlo. Como si resolver lo inmediato fuera demasiado f&#225;cil y necesitara adornarlo con una cadena innecesaria de desv&#237;os, y as&#237;, sin darse cuenta, uno convierte una taza de caf&#233; en una expedici&#243;n completa, con planificaci&#243;n improvisada, ejecuci&#243;n err&#225;tica, m&#250;ltiples l&#237;neas de acci&#243;n abiertas al mismo tiempo y resultados francamente discutibles. Una de esas misiones en las que uno sale por caf&#233; y termina con dos camisas sucias, la casa desordenada y, por supuesto, sin caf&#233;.</p><p>&#8212;Ay&#8230; &#8212;murmur&#233;&#8212;, esos benditos olvidos que empiezan a hacer peque&#241;os estragos en los adultos.</p><p>&#8212;&#191;En los adultos? &#8212;replic&#243; mi esposa, con una iron&#237;a cuidadosamente calibrada para no ofender&#8212;. En los adultos de la cuarta edad&#8230; habr&#225;s querido decir.</p><p>Pero esas &#250;ltimas palabras no fueron bien procesadas por mi cerebro, porque para entonces ya estaba completamente concentrado en adelantar el minutero de mi reloj, con la misma seriedad con la que, horas antes, hab&#237;a decidido arreglar un cable que, hasta donde s&#233;, sigue exactamente igual.</p><p>Y a usted, estimado lector, &#191;le ocurre alguna vez que sale hacia la cocina con la intenci&#243;n perfectamente razonable de prepararse una taza de caf&#233; y, sin saber muy bien en qu&#233; punto exacto se desvi&#243;, termina atravesando la bodega, ese territorio confuso y salvaje donde los objetos desaparecen justo cuando uno los necesita, ensuciando una, luego otra camisa, arrastr&#225;ndose bajo el autom&#243;vil con una linterna en la mano para investigar una supuesta fuga de l&#237;quido que no existe; mientras en alg&#250;n rinc&#243;n de su mente calcula trayectorias con una precisi&#243;n inquietante, como si estuviera supervisando la aproximaci&#243;n de una nave espacial a la Luna?</p><p>Al final, uno termina, inevitablemente, sentado en un Starbucks, frente a una taza de caf&#233; que no prepar&#243;, bajo la mirada silenciosa de su esposa, que ya no discute, porque ha entrado en una fase m&#225;s avanzada de evaluaci&#243;n cl&#237;nica, intentando recordar en qu&#233; momento exacto todo se sali&#243; de control.</p><p></p><p><strong>D. M.</strong></p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Gabriel y Clara ]]></title><description><![CDATA[Gabriel y Clara]]></description><link>https://fragmentosquequedan.com/p/gabriel-y-clara</link><guid isPermaLink="false">https://fragmentosquequedan.com/p/gabriel-y-clara</guid><dc:creator><![CDATA[Fragmentos que quedan]]></dc:creator><pubDate>Sun, 29 Mar 2026 05:13:30 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!lrnM!,w_256,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fcf3cc942-83c0-47c3-acb9-413a75497f78_896x896.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Gabriel y Clara </p><p style="text-align: justify;">Gabriel se despert&#243; al amanecer, tal y como lo hab&#237;a hecho durante los &#250;ltimos a&#241;os: cuando la luz comenzaba a abrirse paso lentamente y el d&#237;a a&#250;n no terminaba de imponerse. Abri&#243; los ojos sin grandes sobresaltos y permaneci&#243; un momento en absoluto silencio, con esa  imperturbable serenidad que se consigue cuando ya no hay nada nuevo que esperar del d&#237;a. Se incorpor&#243; con la fastidiosa lentitud que los a&#241;os le exig&#237;an a su cuerpo y sali&#243; al exterior; ah&#237;, donde el aire conservaba el fr&#237;o y la soledad de la noche. Durante lentos, dif&#237;ciles e interminables instantes, permaneci&#243; mirando hacia la monta&#241;a, y luego de un afligido suspiro, avanz&#243;.</p><p style="text-align: justify;">A pocos pasos de la casa estaba la l&#225;pida de Clara; camin&#243; hacia ella con un paso corto y cauteloso, se detuvo frente a la inscripci&#243;n en la piedra y permaneci&#243; ah&#237;, taciturno, sin moverse, con sus pensamientos revoloteando por todos los rincones de su tribulada mente, tal y como lo hac&#237;a cada ma&#241;ana desde aquel d&#237;a en que todo hab&#237;a ocurrido con tant&#237;sima rapidez que sus pensamientos se mezclaron con el horrible desconcierto que invadi&#243; el ambiente: primero la tos persistente y la respiraci&#243;n que le comenz&#243; a fallar, luego el intens&#237;simo agotamiento que no le conced&#237;a ni una pizca de asueto, y finalmente ese silencio definitivo, sin retorno, que no solo se la llev&#243; a ella, sino que le arranc&#243; un gran trozo del coraz&#243;n.</p><p style="text-align: justify;">Esa ma&#241;ana, mientras sub&#237;a la monta&#241;a, sus recuerdos comenzaron a imponerse con una brillantez que no dejaba espacio para alejarlos: Clara adelant&#225;ndose unos pasos, deteni&#233;ndose, regresando cuando &#233;l se quedaba atr&#225;s, oblig&#225;ndolo a continuar cuando dudaba. Fue entonces, luego de permanecer un instante m&#225;s de lo necesario adentrado en esas im&#225;genes, que dej&#243; de mirar el suelo. En una fracci&#243;n de segundo, el terreno cedi&#243; bajo su peso y la ca&#237;da no le dio tiempo para reaccionar. Fue un descenso abrupto, sin control, que termin&#243; en un impacto seco que le arrebat&#243; el aire y lo dej&#243; unos segundos suspendido en una desorientaci&#243;n densa, incapaz de asimilar lo ocurrido.</p><p style="text-align: justify;">Cuando intent&#243; incorporarse, el cuerpo no respondi&#243; como &#233;l necesitaba, y el dolor apareci&#243; de inmediato, n&#237;tido, incuestionable, imponi&#233;ndose con tal claridad que no dejaba lugar a dudas: no iba a ser sencillo salir de ah&#237;, por lo que volvi&#243; a intentarlo, primero con un impulso torpe, casi instintivo, y luego con un esfuerzo m&#225;s meditado, buscando apoyo donde no lo hab&#237;a, pero cada intento terminaba en el mismo punto: con la tierra cediendo bajo el peso y el cuerpo devolvi&#233;ndolo una y otra vez al fondo, mientras el dolor se instalaba con una intensidad creciente y, con cada intento fallido, lo obligaba a detenerse una vez m&#225;s. </p><p style="text-align: justify;">El paso del tiempo se fue diluyendo hasta no poder distinguirlo; la sed apareci&#243; primero como una molestia leve, pero termin&#243; por dominarlo, mientras la luz se retiraba poco a poco y el fr&#237;o comenzaba a instalarse en el fondo del barranco, introduci&#233;ndose en su cuerpo con una lentitud insistente, despiadada. Entonces empez&#243; la lluvia: primero con gotas t&#237;midas, aisladas, y luego con una perseverancia que transform&#243; el entorno, hasta hacer que el agua descendiera por las paredes y llegara hasta &#233;l. Gabriel levant&#243; la cabeza y busc&#243; aquella corriente que comenzaba a formarse, bebiendo todo lo que pod&#237;a, sin medida, con una urgencia que no dejaba espacio para nada m&#225;s, dejando que cada gota que lograba alcanzar le recorriera la garganta seca y le devolviera, poco a poco, algo de lo que hab&#237;a comenzado a perder.</p><p style="text-align: justify;"> Luego de unos minutos en los que logr&#243; sobreponerse a la angustia, volvi&#243; a intentar salir del barranco; avanz&#243; con dificultad, se detuvo cada vez que el dolor se lo impon&#237;a y retom&#243; el impulso en cuanto reuni&#243; fuerzas, hasta que, tras varios intentos consecutivos, finalmente consigui&#243; salir.El regreso a su hogar fue lento, m&#225;s de lo que su cuerpo pod&#237;a sobrellevar; cada paso le exig&#237;a una perseverancia casi desp&#243;tica y unas fuerzas que, desafortunadamente, ya hab&#237;an quedado muy atr&#225;s. Y el camino, en incontables ocasiones recorrido sin impaciencias ni preocupaciones, se fue alargando dolorosamente hasta convertirse en una prueba silenciosa, perseverante, desgarradora. No entr&#243;; ni siquiera consider&#243; hacerlo. Se dirigi&#243; directamente hacia la l&#225;pida de Clara y se dej&#243; caer junto a ella, como si ese fuera el &#250;nico sitio del mundo al que todav&#237;a ten&#237;a alg&#250;n sentido llegar. Permaneci&#243; ah&#237;, en silencio, inm&#243;vil, con sus pensamientos obstaculizados en un rinc&#243;n de su alma y su memoria que no consegu&#237;an salir... hasta que algo comenz&#243; a ceder en lo m&#225;s profundo, como si aquella presi&#243;n reprimida durante demasiado tiempo hubiera encontrado por fin una peque&#241;&#237;sima brecha y y desgarrara, sin ninguna delicadeza, lo poco que a&#250;n quedaba intacto en &#233;l. Fue entonces, en ese sitio tantas veces visitado, que el llanto termin&#243; por abrirse paso. Un llanto profundo, persistente, quejumbroso. Un llanto salido del alma. Un llanto interrumpido a ratos por la fatiga. Un llanto que arrastraba consigo todo el dolor que hab&#237;a quedado retenido desde la muerte de Clara. Aquel dolor intenso, sin tregua, sin alivio. Aquel dolor que jam&#225;s hab&#237;a conseguido mitigar. </p><p style="text-align: justify;">Gabriel permaneci&#243; ah&#237;, sin moverse, mientras la noche se alargaba, fr&#237;a, solitaria, interminable, hasta que los primeros rayos de la ma&#241;ana iniciaron su traves&#237;a sobre la monta&#241;a. Esa misma monta&#241;a que lo hab&#237;a visto caer.</p><p style="text-align: justify;">Esa ma&#241;ana, un vecino que pasaba por el camino se detuvo al ver la escena; se qued&#243; observ&#225;ndola unos segundos m&#225;s de lo habitual y, de pronto, corri&#243; hacia la casa despavorido, golpe&#243; la puerta con fuerza y grit&#243; desde afuera:</p><p style="text-align: justify;">&#8212;&#161;Abran, r&#225;pido! &#161;Gabriel est&#225; muerto junto a la l&#225;pida de Clara, la pastor alem&#225;n!... tiene una de las patas traseras completamente destrozada&#8230; &#161;vengan a ver!</p><p></p><p><strong>D. M.</strong></p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Doña María ]]></title><description><![CDATA[Do&#241;a Mar&#237;a]]></description><link>https://fragmentosquequedan.com/p/dona-maria</link><guid isPermaLink="false">https://fragmentosquequedan.com/p/dona-maria</guid><dc:creator><![CDATA[Fragmentos que quedan]]></dc:creator><pubDate>Thu, 19 Feb 2026 17:59:11 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!lrnM!,w_256,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fcf3cc942-83c0-47c3-acb9-413a75497f78_896x896.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>Do&#241;a Mar&#237;a  </p><p>Ayer sal&#237; de mi casa temprano con la intenci&#243;n de caminar alrededor del Parque del Caf&#233;, antes de que el barrio se despertara del todo y las voces, mezcladas con los primeros ladridos, terminaran por ocupar cada rinc&#243;n. El aire conservaba a&#250;n la frescura intacta de la madrugada y esa leve claridad que parece proteger las primeras horas del d&#237;a. Al llegar a la esquina del parque, me encontr&#233; con do&#241;a Mar&#237;a, que avanzaba con una naturalidad que la hac&#237;a parte del paisaje. Nos miramos y sonre&#237;mos, casi al mismo tiempo. Fue suficiente: el mundo pod&#237;a seguir su curso sin apuro.</p><p>Con el paso del tiempo su figura se volvi&#243; inseparable de la casa junto al viejo &#225;rbol de la esquina. No por nada deliberado, sino por esa constancia silenciosa que enlaza a quien vuelve cada d&#237;a al lugar, hasta que ya no se distingue si es el espacio el que guarda la memoria de esa presencia o si es esa presencia la que, poco a poco, deja su forma en el espacio. El parque cambia a lo largo del d&#237;a; se llena, se vac&#237;a, acumula risas infantiles, pasos apresurados, conversaciones que comienzan con entusiasmo y se interrumpen sin grandes despedidas. Y sin embargo, en medio de esa movilidad constante, hay algo que se mantiene: do&#241;a Mar&#237;a recorriendo el parque con la misma fidelidad de siempre, ajena al vaiv&#233;n del d&#237;a.</p><p>Su cabello dorado resplandece cuando el sol apenas empieza a elevarse; no es un brillo ostentoso, sino una luz tranquila que acompa&#241;a la ma&#241;ana. Avanza con un paso gr&#225;cil y firme; no llama la atenci&#243;n, pero resulta imposible no advertirla cuando cruza el parque. Hay en su manera de moverse algo preciso, casi medido, como si cada tramo del c&#233;sped le resultara conocido. No se detiene m&#225;s de lo necesario ni se apresura; simplemente atraviesa el espacio con una continuidad serena que termina por hacerse familiar. Aun en medio del movimiento creciente del d&#237;a, su presencia conserva algo de esa claridad inicial, como si trajera consigo un resto intacto de la madrugada.</p><p>No siempre ha caminado sola. Hubo una &#233;poca en que la acompa&#241;aba una joven de cabello igualmente dorado; yo las ve&#237;a avanzar juntas al amanecer y regresar del mismo modo, compartiendo un ritmo que parec&#237;a m&#225;s cercano al cari&#241;o que a la costumbre. Nunca supe con certeza qu&#233; las un&#237;a, pero entre ambas hab&#237;a una cercan&#237;a evidente. A veces la m&#225;s joven se adelantaba unos pasos y luego se deten&#237;a, como si el mundo pudiera esperar; otras veces era do&#241;a Mar&#237;a quien marcaba el paso y la joven caminaba a su lado sin esfuerzo. Un d&#237;a dejaron de caminar juntas, y desde entonces, cuando la veo avanzar sola, en su paso se insin&#250;a una variaci&#243;n casi imperceptible, un matiz m&#237;nimo que devuelve, como una sombra, la memoria de aquella presencia.</p><p>Cuando los ni&#241;os comienzan a llegar y el parque se llena de movimiento, su presencia se vuelve m&#225;s visible. Algunos la saludan mientras cruzan el c&#233;sped; otros interrumpen el juego s&#243;lo para mirarla pasar. Ella responde con una leve inclinaci&#243;n de cabeza. Incluso los adultos, absorbidos por sus propias urgencias, parecen aminorar el paso al coincidir con ella, como si su manera de atravesar el parque introdujera una pausa en medio del impulso general del barrio.</p><p>Una ma&#241;ana presenci&#233; algo que no he olvidado: una ni&#241;a lloraba porque su cometa se hab&#237;a enredado en las ramas m&#225;s altas de un &#225;rbol, y el hilo colgaba atrapado entre las hojas mientras el padre intentaba alcanzarlo sin &#233;xito. El llanto ten&#237;a esa intensidad absoluta que s&#243;lo conocen los ni&#241;os cuando algo peque&#241;o se vuelve inmenso. Do&#241;a Mar&#237;a se detuvo a unos pasos. Alz&#243; la vista y qued&#243; inm&#243;vil, mirando el hilo atrapado entre las ramas. Permaneci&#243; all&#237;, sin moverse, con esa quietud suya, apenas visible y firme, sin alterar lo que ocurr&#237;a. Durante unos segundos todo pareci&#243; girar en torno a esa inmovilidad: el llanto, el esfuerzo del padre, incluso el murmullo del parque. Tal vez fue coincidencia; tal vez el viento decidi&#243; intervenir. Mientras ella segu&#237;a mirando, el hilo comenz&#243; a deslizarse lentamente hasta quedar al alcance del padre; la cometa descendi&#243;, el llanto se transform&#243; en risa, y el parque continu&#243; como si nada hubiera ocurrido. Do&#241;a Mar&#237;a reanud&#243; su camino.</p><p>Con los perros la actitud  de do&#241;a Mar&#237;a es diferente. Si alguno ladra desde lejos cambia su trayecto con una rapidez casi imperceptible; pero cuando la amenaza se vuelve inmediata su reacci&#243;n cambia. Recuerdo una ma&#241;ana en que un perro enorme se solt&#243; de su due&#241;o y corri&#243; hacia ella arrastrando la correa; los ladridos alteraron la calma del parque y yo me atemoric&#233;. Ella, en cambio, se detuvo por completo. No huy&#243; ni intent&#243; esquivarlo. Permaneci&#243; quieta, con la mirada fija en el animal, sin agitaci&#243;n ni desaf&#237;o. El perro redujo la marcha antes de que el due&#241;o lograra alcanzarlo, como si algo en esa quietud lo hubiera obligado a dudar.</p><p>Ayer, despu&#233;s de nuestro escueto saludo, continu&#233; mi caminata mientras el parque terminaba de llenarse de risas y conversaciones dispersas. La vi avanzar unos metros delante de m&#237; hacia la zona donde las ramas se entrelazaban formando una sombra espesa; por un instante su figura qued&#243; suspendida entre la luz y el follaje y luego dej&#243; de estar a la vista. Fue entonces cuando un ni&#241;o interrumpi&#243; su carrera, levant&#243; la mirada hacia esa misma sombra  y permaneci&#243; inm&#243;vil, concentrado en algo que no parec&#237;a encajar. La sigui&#243; con los ojos, atento a cada movimiento; luego, en medio del bullicio creciente del parque, gir&#243; hacia su madre y grit&#243;:</p><p>&#8212;&#161;Mam&#225;, mir&#225; esa ardillita amarilla subiendo por el &#225;rbol!</p><p></p><p><strong>D. M.</strong></p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Temu, la ruleta, el lapicero BIC y las vacas en la autopista]]></title><description><![CDATA[Temu, la ruleta, el lapicero BIC y las vacas en la autopista]]></description><link>https://fragmentosquequedan.com/p/temu-la-ruleta-el-lapicero-bic-y</link><guid isPermaLink="false">https://fragmentosquequedan.com/p/temu-la-ruleta-el-lapicero-bic-y</guid><dc:creator><![CDATA[Fragmentos que quedan]]></dc:creator><pubDate>Fri, 13 Feb 2026 19:01:10 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!lrnM!,w_256,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fcf3cc942-83c0-47c3-acb9-413a75497f78_896x896.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p><strong>Temu, la ruleta, el lapicero BIC y las vacas en la autopista</strong></p><p>Todo comenz&#243; con un utensilio que promet&#237;a demasiado para el tama&#241;o que ten&#237;a. No era un electrodom&#233;stico revolucionario ni una herramienta quir&#250;rgica de precisi&#243;n; era una cuchara electr&#243;nica capaz de medir las calor&#237;as de los alimentos y, en caso de detectar alg&#250;n exceso, cantar con entusiasmo una canci&#243;n por todos conocida.</p><p>Yo no necesitaba aquel invento. Mi cocina estaba abastecida de utensilios sobrios y silenciosos que cumpl&#237;an su funci&#243;n sin emitir juicios musicales. Sin embargo, este no era un simple instrumento dom&#233;stico: ofrec&#237;a conciencia cal&#243;rica con una banda sonora integrada, como si la sobremesa requiriera de una direcci&#243;n art&#237;stica. En un instante de entusiasmo injustificado, decid&#237; que aquello representaba el progreso en mi hogar.</p><p>Ingres&#233; a la plataforma de Temu dispuesto a realizar una compra r&#225;pida y digna. A&#241;ad&#237; el artefacto al carrito y me prepar&#233; para pagar. Fue entonces cuando apareci&#243; la primera ruleta luminosa. La gir&#233; con prudencia: el sistema me anunci&#243; que obtendr&#237;a un treinta por ciento de descuento si agregaba al pedido un organizador de medias fluorescentes con compartimentos especiales para guardar los bombillos de repuesto de las medias. No sab&#237;a que las medias necesitaran bombillos; pero la oferta estaba presentada con tal convicci&#243;n que dud&#233; de mi propia ignorancia. La rechac&#233; con la dignidad de quien todav&#237;a cree que puede retirarse a tiempo. Inmediatamente apareci&#243; una segunda ruleta. La gir&#233;; esta vez el descuento ascend&#237;a al setenta por ciento si incorporaba una l&#225;mpara con forma de zanahoria destinada a iluminar madrugadas introspectivas, lluviosas y fr&#237;as. Tambi&#233;n la rechac&#233;. Sin embargo, cada negativa parec&#237;a alimentar el entusiasmo del sistema.</p><p>Las ruletas se suced&#237;an con una persistencia casi atemorizante. Cada giro estaba acompa&#241;ado por sonidos estridentes que parec&#237;an extra&#237;dos de un concierto de reguet&#243;n de Bad Bunny, con una celebraci&#243;n sonora tan excesiva que uno sospechaba que el algoritmo estaba festejando algo que yo ni siquiera hab&#237;a ganado. El descuento aumentaba progresivamente: ochenta por ciento, noventa por ciento, noventa y cinco por ciento, noventa y nueve por ciento. Finalmente apareci&#243; el m&#237;tico cien por ciento; pero como una meta condicional y siempre desplazable, sujeto a que yo lograra referir a veinte amigos dispuestos a participar en la aventura y a cualquier requisito adicional que el sistema decidiera revelar en el &#250;ltimo segundo.</p><p>Comenc&#233; entonces una campa&#241;a de persuasi&#243;n que me llev&#243; a escribir mensajes a personas con las que no hablaba desde el a&#241;o 2008, cuando las &#250;nicas redes sociales eran las reuniones de amigos por las tardes para jugar canicas y planear alguna que otra diablura que, por decencia y moral, no detallar&#233; aqu&#237;. Escrib&#237; a un excompa&#241;ero del Liceo de San Jos&#233;. Escrib&#237; a un primo lejano. Escrib&#237; a conocidos que probablemente ya ni me recordaban.</p><p>El excompa&#241;ero del Liceo acept&#243; mi llamada con una cortes&#237;a que pronto revel&#243; ser estrategia pura. Escuch&#243; con atenci&#243;n mi explicaci&#243;n sobre la ruleta interminable, el descuento del cien por ciento y la necesidad urgente de su apoyo solidario. Cuando termin&#233; mi exposici&#243;n, se produjo un silencio deliberativo, como si estuviera consultando a un tribunal invisible. Entonces habl&#243; y me pregunt&#243; c&#243;mo era posible que yo tuviera la audacia de solicitar su ayuda digital cuando, sesenta a&#241;os atr&#225;s, &#233;l me hab&#237;a prestado un lapicero BIC para realizar el examen de Bachillerato, dado que yo hab&#237;a olvidado el m&#237;o en la casa, y jam&#225;s se lo hab&#237;a devuelto. Intent&#233; defenderme recordando que aquellos lapiceros costaban menos de un col&#243;n y que el impacto financiero del incidente deb&#237;a considerarse estad&#237;sticamente irrelevante. &#201;l rechaz&#243; mi l&#237;nea de defensa y declar&#243; que el valor no era econ&#243;mico, sino sentimental: aquel lapicero hab&#237;a sido un obsequio de una exnovia cuya memoria a&#250;n conservaba en el coraz&#243;n. &#161;Qu&#233; rom&#225;ntico!</p><p>Confieso que la conversaci&#243;n me dej&#243; profundamente pensativo, no por la deuda material ni por la herida rom&#225;ntica asociada al lapicero, sino por la constataci&#243;n hist&#243;rica de que en aquella &#233;poca un col&#243;n ten&#237;a el poder adquisitivo suficiente para comprar un BIC, financiar un examen de Bachillerato y sembrar un conflicto diplom&#225;tico con intereses acumulados durante medio siglo.</p><p>Las respuestas del resto de los contactos fueron una franca auditor&#237;a moral: bloqueos inmediatos, lecciones no solicitadas sobre car&#225;cter y principios, silencios prolongados y una sospecha reiterada de que yo necesitaba, de manera urgente, ayuda profesional. Solo Daniel, piloto de helic&#243;ptero y hombre generoso, acept&#243; colaborar sin exigir mayores explicaciones. Mientras tanto, las ruletas continuaban. En medio de la sexta o quiz&#225; s&#233;tima ronda apareci&#243; una oferta reveladora: un dispensador autom&#225;tico de salsa de tomate con sabor a mayonesa picante, equipado con reconocimiento facial para ajustar la intensidad seg&#250;n el estado de &#225;nimo del comensal. Comprend&#237; entonces que ya no estaba comprando un utensilio, sino participando en una experiencia psicol&#243;gica.</p><p>La vida laboral segu&#237;a su curso con indiferencia. Decid&#237; llamar a mi jefe y explicarle que no me sent&#237;a bien. Le describ&#237; un cuadro severo de escalofr&#237;os persistentes y la sospecha fundada de una posible infecci&#243;n transmitida por capibaras. A&#241;ad&#237; que la noche anterior hab&#237;a visto con claridad la silueta de uno de esos animales desplaz&#225;ndose por mi jard&#237;n. Al otro lado de la l&#237;nea se produjo un silencio f&#250;nebre y reflexivo. Mi jefe me pregunt&#243; si estaba completamente seguro de lo que hab&#237;a visto. Le respond&#237; que la figura era inequ&#237;voca y que, considerando la expansi&#243;n de fauna ex&#243;tica alrededor del Parque del Caf&#233;, no era prudente subestimar la evidencia. No estoy completamente seguro de si se apiad&#243; de mi posible infecci&#243;n capibaral o si comenz&#243; a dudar de mi estado psiqui&#225;trico; lo cierto es que me concedi&#243; varios d&#237;as de incapacidad.</p><p>Fue durante esos d&#237;as, entre giros adicionales y negociaciones emocionales con el algoritmo de Temu, cuando finalmente logr&#233; concretar la compra. El descuento del cien por ciento se revel&#243; como una promesa m&#243;vil, siempre condicionada a un esfuerzo suplementario. Sin embargo, adquir&#237; el artefacto con una rebaja que, en mi estado de agotamiento, interpret&#233; como una victoria. Poco despu&#233;s recib&#237; el mensaje de que el pedido hab&#237;a llegado a Costa Rica. La alegr&#237;a fue inmediata; pero se transform&#243; en desconcierto al leer que deb&#237;a retirarlo personalmente en la Isla del Coco. &#191;&#161;En la Isla del Coco!? &#161;Infelices!</p><p>Me comuniqu&#233; con Daniel. &#201;l me explic&#243; que ten&#237;a el helic&#243;ptero estacionado en el aeropuerto de Liberia, en Guanacaste; el plan consist&#237;a en viajar por carretera hasta Liberia, volar en helic&#243;ptero hasta la Isla del Coco, recoger el paquete, regresar nuevamente a Liberia y luego conducir de vuelta a San Jos&#233;. Acept&#233; el plan. El trayecto hacia Liberia tuvo algo de excursi&#243;n improvisada: en la ruta compramos bizcochos, mangos verdes con mucha sal y gallos de papa. Yo intentaba disfrutar del paisaje mientras calculaba cu&#225;nto tiempo m&#225;s pod&#237;a sostener la narrativa de la infecci&#243;n capibaral sin que recursos humanos activara alguna sospecha adicional.</p><p>Desde Liberia despegamos hacia la Isla del Coco. Al llegar, no encontr&#233; una oficina de mensajer&#237;a organizada, sino a un especialista en el comportamiento de tiburones y ostras durante la llegada del empuje fr&#237;o n&#250;mero catorce. Este caballero, en lugar de entregarme el paquete, decidi&#243; interrogarme durante tres largas horas sobre si deb&#237;a comprar en la plataforma unos binoculares digitales submarinos a todo color para observar el apareamiento de las chuchecas en primavera. Yo intentaba explicarle que solo quer&#237;a retirar una cuchara cantante; pero el hombre estaba genuinamente interesado en mi experiencia como consumidor. Finalmente logr&#233; marcharme con mi utensilio en la mano.</p><p>El regreso parec&#237;a sencillo; hasta que el autom&#243;vil de Daniel tuvo un roce con un cami&#243;n que transportaba ganado. La colisi&#243;n fue leve; pero suficiente para que la compuerta trasera se abriera y las vacas descendieran con tranquilidad, comenzando a caminar por la autopista. Durante seis horas el tr&#225;nsito qued&#243; completamente paralizado mientras los animales paseaban entre los veh&#237;culos, dejando caer con absoluta serenidad el c&#233;sped ya procesado por el extremo opuesto a la boca y perfumando el aire con un aroma intenso, inconfundiblemente rural, que se infiltraba por las ventanillas cerradas y obligaba a todos los conductores a reflexionar sobre la fragilidad de la civilizaci&#243;n y la conveniencia de volver a utilizar los cubrebocas KN-95.</p><p>Los medios de comunicaci&#243;n llegaron con rapidez. Las c&#225;maras captaron im&#225;genes en las que yo aparec&#237;a sosteniendo mi utensilio reci&#233;n recuperado, vestido con una indumentaria promocional adquirida durante la ruleta interminable. Al d&#237;a siguiente recib&#237; la llamada del departamento de recursos humanos inform&#225;ndome que mi contrato hab&#237;a sido rescindido. Mi jefe a&#241;adi&#243; que, adem&#225;s de mi presencia en la p&#225;gina de sucesos con aquella ropa cuestionable, habr&#237;a sido prudente no dejar abierto el cierre del pantal&#243;n antes de convertirme en figura p&#250;blica involuntaria</p><p>Esa misma noche prob&#233; la cuchara. Cuando detect&#243; az&#250;car, se puso a cantar con entusiasmo imprudente aquella canci&#243;n que todos conocemos y que nadie quiere o&#237;r despu&#233;s del postre; pero no lo hizo con el esperado acento argentino, sino con un ins&#243;lito acento chino, ligeramente nasal y sorprendentemente disciplinado, como si la conciencia cal&#243;rica hubiese sido subcontratada en otra latitud.</p><p>Toda la gente te tiene loco<br>con que est&#225;s gordo, que gordo est&#225;s<br>no com&#225;s tanto cu&#237;date un poco<br>si no par&#225;s vas a reventar</p><p>Y, para mi sorpresa, hizo exactamente lo mismo cuando detect&#243; sal, como si considerara que todo exceso mereciera una escandalosa comparsa de carnavales. Fue entonces cuando mi esposa, compa&#241;era de cincuenta y dos a&#241;os de matrimonio y testigo involuntaria de todas mis decisiones cuestionables, se levant&#243; de la mesa con una solemnidad casi protocolar y se dirigi&#243; a la cocina sin pronunciar ni una sola palabra. Yo permanec&#237; inm&#243;vil, sosteniendo la cuchara como si fuera evidencia en un proceso judicial dom&#233;stico, y podr&#237;a jurar que, desde la cocina, emergi&#243; primero una risa discretamente reprimida que, segundos despu&#233;s, se convirti&#243; en una carcajada imposible de disimular. En ese momento comprend&#237; que deb&#237;a demandar a Temu, no solamente por la p&#233;rdida del empleo ni por el deterioro de mis amistades ni por la crisis vial provocada por el ganado ni por haber provocado una carcajada dom&#233;stica cuya resonancia a&#250;n percibo desde la cocina, sino por haberme hecho creer que el descuento absoluto era una meta realista y no una estrategia dise&#241;ada para desorientar al ciudadano promedio.</p><p>Y si usted, estimado lector, desea adquirir una cuchara que canta cuando detecta desde un arroz con mango hasta un capibara rondando por su jard&#237;n, puede escribirme; la experiencia incluye asesor&#237;a preventiva sobre apareamiento de chuchecas y manejo del ganado bovino, incluidos sus aromas, en las autopistas nacionales. Ah, y no contempla entregas en la Isla del Coco ni risas burlonas provenientes de la cocina.</p><p><strong>D. M.</strong></p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Por favor, seamos inclusivos]]></title><description><![CDATA[Por favor, seamos inclusivos:]]></description><link>https://fragmentosquequedan.com/p/por-favor-seamos-inclusivos</link><guid isPermaLink="false">https://fragmentosquequedan.com/p/por-favor-seamos-inclusivos</guid><dc:creator><![CDATA[Fragmentos que quedan]]></dc:creator><pubDate>Wed, 11 Feb 2026 04:53:32 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!lrnM!,w_256,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fcf3cc942-83c0-47c3-acb9-413a75497f78_896x896.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>Por favor, seamos inclusivos:</p><p>Este 14 de febrero no diga &#171;personas sin pareja&#187;, diga &#171;individuos emocionalmente independientes, marcados por una biograf&#237;a afectiva que a&#250;n no encuentra editor&#187;&#185;.</p><p>&#185; Monte, David. Consideraciones preliminares, provisorias y probablemente in&#250;tiles sobre la persistencia de la independencia emocional en adultos funcionales. Revista Internacional de Estudios Afectivos Improbables, vol. 0, n&#250;m. 0, n&#250;mero especial dedicado a fen&#243;menos sin explicaci&#243;n satisfactoria.</p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[La alegre tristeza que conmueve mi alma]]></title><description><![CDATA[La alegre tristeza que conmueve mi alma]]></description><link>https://fragmentosquequedan.com/p/la-alegre-tristeza-que-conmueve-mi</link><guid isPermaLink="false">https://fragmentosquequedan.com/p/la-alegre-tristeza-que-conmueve-mi</guid><dc:creator><![CDATA[Fragmentos que quedan]]></dc:creator><pubDate>Fri, 30 Jan 2026 18:30:28 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!lrnM!,w_256,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fcf3cc942-83c0-47c3-acb9-413a75497f78_896x896.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>La alegre tristeza que conmueve mi alma</p><p>Durante alg&#250;n tiempo he estado enga&#241;&#225;ndome y, quiz&#225;s, enga&#241;ando tambi&#233;n a mis estimados lectores, al haberles hecho creer que la tristeza, la melancol&#237;a y el paso del tiempo son fisiol&#243;gica y psicol&#243;gicamente normales en los seres humanos; lo son, s&#237;, pero no en un sentido que se pueda aceptar sin algunos tropiezos y sin asumir una que otra consecuencia. No son estados de &#225;nimo que se presentan, se tornan f&#225;cilmente descifrables y luego se disipan sin dejar algunas cicatrices. Son realidades espesas, persistentes y, en ocasiones, devastadoras, y reducirlas a una normalidad inofensiva o relativamente agradable ha sido una forma elegante y quiz&#225;s no muy valiente de evitar mirarlas con honestidad.</p><p>Desde el punto de vista de la psicolog&#237;a, la tristeza es una emoci&#243;n b&#225;sica que aparece ante una p&#233;rdida concreta, real o anticipada. Puede tratarse de la ausencia definitiva de un ser querido, de la ruptura de un v&#237;nculo importante o del deterioro de la salud. En otros casos aparece frente a una amenaza percibida; es decir, ante la posibilidad de que algo valioso se pierda o se deteriore. Y, finalmente, puede manifestarse como una frustraci&#243;n claramente identificable, cuando las cosas no salen como se esperaba, cuando un proyecto no resulta o cuando algo importante no ocurre como lo hab&#237;amos imaginado. La tristeza obliga a interrumpir ese impulso inmediato que tenemos de seguir adelante como si nada hubiera ocurrido. Impone una pausa emocional y un desv&#237;o de la atenci&#243;n hacia el interior. Exige una revisi&#243;n &#237;ntima de lo que ha ocurrido, de lo que ya se perdi&#243; o de aquello que est&#225; a punto de perderse, y de lo que deber&#225; reorganizarse a partir de esa situaci&#243;n.</p><p>La melancol&#237;a, en cambio, no siempre necesita de un objeto concreto para hacer su acto de aparici&#243;n. Es un estado m&#225;s nebuloso y perseverante, que irrumpe sin previo aviso y se queda con m&#225;s frecuencia de lo que nos gustar&#237;a admitir. No depende de un hecho preciso ni de una herida reciente; aun as&#237;, persiste en el tiempo. Afecta nuestra vivencia del tiempo y del espacio: hace que ciertos recuerdos regresen una y otra vez, que p&#233;rdidas y ausencias sigan ocupando un lugar y que lo no resuelto contin&#250;e insistiendo sin que el olvido logre disiparlo por completo. Por eso el pasado se vuelve insufrible y turbulento, invade el presente y lo deforma; y el futuro se percibe como d&#233;bil e inmensamente fr&#225;gil. La melancol&#237;a es esa sensaci&#243;n que nos acompa&#241;a sin pedir permiso, cuando el tiempo deja de avanzar con ligereza y el espacio ya no nos brinda protecci&#243;n.</p><p>Desde la biolog&#237;a, la tristeza se asocia a cambios definidos en neurotransmisores, en ejes hormonales y en los ritmos del sue&#241;o. La melancol&#237;a, en cambio, se vincula a una activaci&#243;n prolongada de circuitos cerebrales relacionados con la memoria emocional, con la anticipaci&#243;n constante y con la regulaci&#243;n del &#225;nimo. Desde la medicina, ambas pueden formar parte de la experiencia humana; pero tambi&#233;n pueden volverse patol&#243;gicas cuando erosionan la capacidad de disfrutar, de vincularnos con los otros y de mantener una expectativa sana del futuro.</p><p>Y aqu&#237; es necesario hablar tambi&#233;n de la alegr&#237;a. No como un contraste ingenuo de la tristeza, sino como un estado igualmente complejo y fr&#225;gil, capaz de coexistir con ella sin suprimirla. </p><p>Todo lo anterior, tarde o temprano, deja de ser una escueta teor&#237;a. La tristeza y la melancol&#237;a terminan encarn&#225;ndose en nuestra vida diaria y en la manera en que el tiempo comienza a sentirse diferente, m&#225;s pesado, m&#225;s lento, mucho m&#225;s dif&#237;cil de recorrer.</p><p>En mi &#250;ltimo art&#237;culo sobre el envejecimiento escrib&#237; sobre la acumulaci&#243;n silenciosa de las p&#233;rdidas, sobre el cansancio que no siempre es f&#237;sico y sobre la nostalgia que aparece no porque los a&#241;os sean nuevos, sino porque la espalda que los carga ya viene d&#233;bil y agotada. Ah&#237; habl&#233; de una tristeza &#237;ntima, cercana, habitual. Y es cierto: en m&#237;, la tristeza y la melancol&#237;a no necesitan grandes tragedias para activarse ni cat&#225;strofes para intensificarse. Bastan las gotas de la lluvia al golpear las l&#225;minas de zinc, con ese sonido repetitivo y cerrado que parece aislar al mundo; bastan las madrugadas fr&#237;as y oscuras, cuando el cuerpo despierta antes de tiempo y la raz&#243;n no encuentra una explicaci&#243;n clara, aunque el cerebro s&#237; la tenga; basta una melod&#237;a rom&#225;ntica, una de esas canciones de &#171;las de antes&#187;, con letras comprensibles y melod&#237;as que no vociferan. Pero, sobre todo, basta escuchar a un hijo, a un nieto o a mi esposa decir que hoy no se sienten bien. Ah&#237; no hay interpretaci&#243;n posible: esa frase simple activa un mecanismo profundo de alarma, de cuidado, de amor y de miedo, porque la tristeza m&#225;s honda no es la propia, sino la que se despierta al percibir el malestar en quienes uno ama. A eso se suma el enterarse de la muerte de un amigo, aunque la cercan&#237;a haya sido intermitente; el insomnio persistente; el despertar prematuro, injustificado para el razonamiento consciente, pero no para la arquitectura &#237;ntima del sistema nervioso. Todo eso es real y muy doloroso; y es aqu&#237; donde he de reconocer el enga&#241;o. He hablado de estas tristezas como si fueran el centro del universo, como si marcaran el l&#237;mite del sufrimiento humano. Y no lo hacen.</p><p>Hace muy pocos d&#237;as se celebr&#243; el D&#237;a Internacional del Recuerdo del Holocausto. Y la sola menci&#243;n de ese acontecimiento no necesita adornos para causar una enorme devastaci&#243;n. El horror no necesita exageraciones para imponerse. Resulta insoportable constatar hasta d&#243;nde puede descender la condici&#243;n humana cuando se deja arrastrar por la fantas&#237;a criminal de la existencia de una supuesta raza superior; cuando multitudes siguen a un l&#237;der enloquecido, megal&#243;mano, paranoico, asesino, manipulador y psic&#243;pata, que convirti&#243; su delirio personal en un proyecto pol&#237;tico de exterminio. Los campos de concentraci&#243;n no fueron un accidente ni una exageraci&#243;n posterior; fueron f&#225;bricas de humillaci&#243;n, de tortura y de aniquilaci&#243;n sistem&#225;tica de una parte esencial de la humanidad. Hombres, mujeres y millones de ni&#241;os fueron vilmente asesinados, despojados de su nombre, de su cuerpo y de su dignidad, ante la mirada indiferente y cobarde de una buena parte del mundo.</p><p>Y como si la historia no nos hubiera ense&#241;ado nada, el 7 de octubre volvi&#243; a recordarnos hasta d&#243;nde puede llegar el mal. El ataque terrorista contra Israel dej&#243; hombres, mujeres y ni&#241;os asesinados; dej&#243; familias destrozadas; dej&#243; rehenes arrastrados a t&#250;neles, sometidos durante a&#241;os a torturas f&#237;sicas y psicol&#243;gicas, privados de la luz, del tiempo y reducidos deliberadamente a objetos de intercambio. Pensar en ellos, en quienes los amaban y en quienes los mantuvimos en nuestros pensamientos d&#237;a y noche, produce una profunda tristeza que deja de ser personal o circunstancial para convertirse en una exigencia moral permanente, una tristeza que obliga a tomar posici&#243;n frente al mal y frente a los malvados. En la Plaza de los Rehenes de Tel Aviv, el reloj que marcaba el tiempo de su desaparici&#243;n se detuvo por fin. Y ese n&#250;mero, 843 :12 :05:59, no es una cifra t&#233;cnica ni un dato fr&#237;o; es la suma intolerable de a&#241;os enteros de angustia. Algunos regresaron; muchos regresaron sin vida. Nada borra eso, nada lo corrige, nada lo neutraliza.</p><p>Y aqu&#237; vuelvo a m&#237;, y vuelvo a ustedes. El sonido de la lluvia, la melod&#237;a rom&#225;ntica, el insomnio y la madrugada fr&#237;a conservan su capacidad de intensificar la tristeza y la melancol&#237;a personales; pero se vuelven inevitablemente menores cuando se los confronta con la magnitud de estos horrores. Hay dolores que no admiten comparaci&#243;n ni explicaci&#243;n; no se miden, no se jerarquizan y no se vuelven soportables por el solo hecho de nombrarlos.</p><p>Y usted, estimado lector, cuando escucha o lee acerca del Holocausto, cuando vuelve a enfrentarse a las im&#225;genes de los campos, a los nombres, a los n&#250;meros, a los rostros, a los miles y miles de cad&#225;veres de ni&#241;os destrozados y abandonados sobre las aceras y en los crematorios de los campos de concentraci&#243;n; o cuando recuerda el ataque terrorista del 7 de octubre, &#191;qu&#233; siente realmente? &#191;Se le tensa el cuerpo y el esp&#237;ritu, aparece la rabia, la impotencia, el espanto, o surge algo profundamente m&#225;s inquietante: una forma silenciosa de distancia y despreocupaci&#243;n?  No lo pregunto para juzgarlo, sino para recordarnos, usted y yo, que estas tragedias no fueron concebidas para dejarnos ilesos ni indiferentes. Fueron, y siguen siendo, una prueba brutal de nuestra capacidad de percibir el dolor ajeno, de sostener la memoria cuando incomoda y de resistir la tentaci&#243;n de acostumbrarnos al mal. Nos exigen algo m&#225;s que estar informados o sentir horror por un momento: nos exigen una toma de posici&#243;n moral, una memoria que no se negocia y la renuncia deliberada a la comodidad de la indiferencia.</p><p>Existe esa alegre tristeza que conmueve mi alma. La tristeza de saber lo que ocurri&#243; y lo que a&#250;n ocurre; la alegr&#237;a, m&#237;nima y discreta, de haber recibido a los rehenes, aun cuando regresaron fallecidos, porque cada cuerpo recuperado fue una negaci&#243;n del olvido, una afirmaci&#243;n de que esas vidas no fueron desechables y un acto de memoria frente al horror. Esa misma tristeza reaparece cada vez que el calendario nos obliga a detenernos y a recordar el Holocausto, no como un rito vac&#237;o, sino como una exigencia moral que atraviesa m&#250;ltiples generaciones y que no admite olvido ni perd&#243;n. Esa alegre tristeza no brinda consuelo ni ofrece alivio alguno; no repara, no redime ni pone fin a nada. Obliga a mirar sin enga&#241;os, a no mentirse y a sostener la memoria incluso cuando pesa, abruma y no concede descanso. Esa es la tristeza que hoy acepto: la que no busco suavizar, la que no intento justificar, la que permanece conmigo sin prometer nada a cambio.</p><p>Esa es la alegre tristeza que conmueve mi alma.</p><p><strong>D. M.</strong></p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Envejecer: ciencia, fe, tristeza, melancolía… y la esperanza, que aprendió a caminar despacio sin desaparecer]]></title><description><![CDATA[Envejecer: ciencia, fe, tristeza, melancol&#237;a&#8230; y la esperanza, que aprendi&#243; a caminar despacio sin desaparecer]]></description><link>https://fragmentosquequedan.com/p/envejecer-ciencia-fe-tristeza-melancolia</link><guid isPermaLink="false">https://fragmentosquequedan.com/p/envejecer-ciencia-fe-tristeza-melancolia</guid><dc:creator><![CDATA[Fragmentos que quedan]]></dc:creator><pubDate>Mon, 26 Jan 2026 19:42:38 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!lrnM!,w_256,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fcf3cc942-83c0-47c3-acb9-413a75497f78_896x896.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>Envejecer: ciencia, fe, tristeza, melancol&#237;a&#8230; y la esperanza, que aprendi&#243; a caminar despacio sin desaparecer</p><p>Para la medicina, el envejecimiento es un proceso biol&#243;gico progresivo, universal e irreversible. As&#237;, dicho sin anestesia ni misticismo. Un conjunto de cambios celulares, tisulares y funcionales que, con el paso del tiempo, van reduciendo la capacidad del organismo para adaptarse, repararse y responder al estr&#233;s. Disminuye la reserva funcional de los &#243;rganos, se enlentece la regeneraci&#243;n celular, se acumulan errores microsc&#243;picos que antes se correg&#237;an solos. No hay nada dram&#225;tico en esa definici&#243;n; lo dram&#225;tico viene despu&#233;s, cuando uno empieza a reconocer esos cambios en el propio cuerpo y en el de aquellos a quienes ama.</p><p>No es una enfermedad, insiste la ciencia, aunque se le parezca demasiado en algunos tramos del camino recorrido. Al principio aparece de forma t&#237;mida, casi discreta y respetuosa; luego, con los a&#241;os, se vuelve m&#225;s insistente, m&#225;s exigente, m&#225;s dif&#237;cil de ignorar. Se manifiesta en los ex&#225;menes m&#233;dicos, en las radiograf&#237;as, en la letra peque&#241;a de las historias cl&#237;nicas y tambi&#233;n en el espejo; y en lo m&#225;s &#237;ntimo del cuerpo, donde se instalan sensaciones nuevas: una conciencia m&#225;s n&#237;tida del tiempo, una percepci&#243;n distinta de nuestros l&#237;mites, una forma m&#225;s cuidadosa y a menudo m&#225;s fr&#225;gil de estar en este mundo.</p><p>Hay un momento preciso, dif&#237;cil de encontrar en el calendario, en el que el envejecimiento deja de ser una noci&#243;n abstracta y se vuelve una experiencia personal, concreta, imposible de delegar. No ocurre con la primera cana ni con el primer olvido que uno se permite justificar. Ocurre cuando el cuerpo ya no obedece de forma autom&#225;tica y obliga a negociar con &#233;l, a escucharlo, observarlo y respetarlo. Ese d&#237;a, sin que medie un aviso previo, comienza una nueva etapa.</p><p>Las religiones lo han mirado desde otro lugar. En el juda&#237;smo, en particular, el envejecimiento no se entiende como un deterioro ni como un motivo de verg&#252;enza, sino como una expresi&#243;n de respeto profundo. Los a&#241;os no le restan valor; le dan peso y sentido. La vejez se asocia a la sabidur&#237;a, a la experiencia y a una autoridad moral que nace de la coherencia entre lo que se ha dicho, lo que se ha hecho y lo que se ha sostenido con responsabilidad a lo largo del tiempo. No idealiza el desgaste, pero reconoce que tiene un sentido dentro del curso de la vida. &#8220;Corona de honra son las canas&#8221;, dice el libro de los Proverbios, no como un consuelo est&#233;tico, sino como el reconocimiento a una vida marcada por la responsabilidad y la dignidad.</p><p>Entre la definici&#243;n m&#233;dica y la lectura religiosa aparece algo que ninguna de las dos logra abarcar del todo: la tristeza. Conviene decirlo con cuidado. La tristeza no es lo mismo que la depresi&#243;n; son experiencias distintas, aunque puedan coexistir. La tristeza es una respuesta humana al reconocimiento de una p&#233;rdida, de un cambio o de una transformaci&#243;n significativa. Es una emoci&#243;n leg&#237;tima, que aparece cuando algo se pierde, cambia o se transforma sin pedir permiso. El envejecimiento trae consigo muchas p&#233;rdidas peque&#241;as, acumulativas, casi invisibles al comienzo, que, al ir sum&#225;ndose, dejan de ser peque&#241;as para convertirse en un peso persistente y silencioso, dif&#237;cil de poner en palabras.</p><p>A la tristeza se le suma la melancol&#237;a. Que no es lo mismo. La melancol&#237;a no es un cambio brusco, sino una transformaci&#243;n que se va incorporando a la vida cotidiana. Se instala cuando observamos c&#243;mo ha cambiado nuestro barrio, c&#243;mo van desapareciendo ciertos &#225;rboles que nos acompa&#241;aron durante la infancia, c&#243;mo el mundo conocido se ha vuelto distante, fr&#237;o y ajeno, sin avisar. Melancol&#237;a al recordar personas que ya no est&#225;n, conversaciones que no se repetir&#225;n, versiones de uno mismo que quedaron detenidas en alguna tarde de verano que ya no volver&#225;. No duele como la tristeza; nos acompa&#241;a con una ins&#243;lita suavidad. Y sabe quedarse.</p><p>Y, sin embargo, no todo es p&#233;rdida. En el envejecimiento tambi&#233;n hay alegr&#237;as reales, concretas, reconocibles. No espectaculares, pero verdaderas. Una conversaci&#243;n larga con un buen amigo, de esas que no buscan soluciones y aun as&#237; alivian el peso del d&#237;a. Un rega&#241;o matinal de la esposa por haberla despertado con la habladera durante el sue&#241;o, seguido, casi sin transici&#243;n, por un beso de buenos d&#237;as que lo concilia todo. Est&#225; tambi&#233;n el privilegio de poder decir &#8220;ya no tengo apuro&#8221; y que sea cierto. De elegir con m&#225;s cuidado d&#243;nde poner la energ&#237;a. De entusiasmarnos menos, tal vez, pero de una manera m&#225;s firme, m&#225;s saludable, m&#225;s profunda, menos sujeta a la inmediatez del mundo actual y m&#225;s compatible con lo que realmente importa.</p><p>Y, por encima de todo, est&#225; la esperanza. No una esperanza ingenua ni decorativa. No una que niegue lo que m&#225;s duele. Sino una esperanza persistente, aprendida con el tiempo, que no desaparece. La esperanza de seguir levant&#225;ndose cada d&#237;a, aun con el cansancio, las p&#233;rdidas y las preocupaciones que se acumulan, porque todav&#237;a hay algo, a veces peque&#241;o, a veces apenas perceptible, por lo que vale la pena hacerlo: una palabra, una mejor&#237;a, una buena noticia, una conversaci&#243;n pendiente, o simplemente la certeza &#237;ntima de que, mientras haya un ma&#241;ana, existe una raz&#243;n suficiente para continuar. Un poco de tristeza, un poco de melancol&#237;a, un poco de alegr&#237;a y mucha, pero mucha esperanza, acompa&#241;ada quiz&#225; por ese componente discreto y persistente que algunos llaman fe.</p><p>El envejecimiento, entonces, no es una patolog&#237;a que deba corregirse ni una derrota que haya que disimular. Es un proceso biol&#243;gico, s&#237;, pero tambi&#233;n una experiencia moral, humana y espiritual. La medicina puede describirlo con precisi&#243;n, medirlo y anticipar muchas de sus consecuencias; la filosof&#237;a puede reflexionar sobre su significado; la fe puede ofrecer una orientaci&#243;n &#233;tica y existencial frente al paso del tiempo. Ninguna de estas miradas, por s&#237; sola, resulta suficiente. Envejecer exige integrar el conocimiento cient&#237;fico, el pensamiento racional, la aceptaci&#243;n consciente de las limitaciones f&#237;sicas, cognitivas y temporales que acompa&#241;an a la vida, y la capacidad de reconocer valor en la vida que se vive, aun con esas limitaciones. Tal vez por eso el envejecimiento incomoda tanto: porque nos enfrenta a la fragilidad, nos obliga a revisar prioridades y nos recuerda que vivir no consiste en acumular a&#241;os, sino en asumirlos con responsabilidad y lucidez. Mientras esa posibilidad de reconocer valor en la vida que se vive permanezca, el envejecimiento deja de ser solo un desgaste y una limitaci&#243;n, y se convierte en una etapa en la que la vida nos sigue pidiendo compromiso, lucidez, cuidado y una forma m&#225;s consciente y honesta de habitar en este mundo.</p><p>Es en el envejecimiento, vivido con conciencia y aceptaci&#243;n, donde la esperanza encuentra su lugar. No como una promesa exagerada ni como una respuesta simplista, sino como una actitud frente al paso del tiempo; una esperanza que no exige garant&#237;as ni resultados inmediatos y que se convierte en una forma consciente de seguir adelante. Aprende a acompa&#241;ar los d&#237;as tal como vienen; a sostenerse en las personas que amamos, en los amigos que estimamos, en el aroma del caf&#233; al comenzar la ma&#241;ana, en la lluvia golpeando las l&#225;minas de zinc del techo, en un arco iris inesperado despu&#233;s de la tormenta, en todo aquello simple y cotidiano que, sin grandes estruendos, nos recuerda que la vida sigue teniendo valor. Y mientras esa esperanza est&#233; presente, aunque sea de manera discreta, el envejecimiento dejar&#225; de ser &#250;nicamente el paso del tiempo y se transformar&#225; en una manera m&#225;s consciente y humana de vivir la vida en toda su complejidad y plenitud. Una esperanza que no se apresura ni promete atajos, que ya no necesita imponerse, pero que tampoco deja de acompa&#241;ar. Una esperanza que aprendi&#243; a caminar despacio sin desaparecer&#8230;</p><p><strong>D. M.</strong></p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[De supersticiones, amuletos y otros métodos poco dignos para negociar con el azar]]></title><description><![CDATA[De supersticiones, amuletos y otros m&#233;todos poco dignos para negociar con el azar]]></description><link>https://fragmentosquequedan.com/p/de-supersticiones-amuletos-y-otros</link><guid isPermaLink="false">https://fragmentosquequedan.com/p/de-supersticiones-amuletos-y-otros</guid><dc:creator><![CDATA[Fragmentos que quedan]]></dc:creator><pubDate>Sun, 18 Jan 2026 04:16:16 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!lrnM!,w_256,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fcf3cc942-83c0-47c3-acb9-413a75497f78_896x896.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p><strong>De supersticiones, amuletos y otros m&#233;todos poco dignos para negociar con el azar</strong></p><p>Pocos admiten creer en supersticiones y, sin embargo, abundan las peque&#241;as precauciones, los augurios heredados y esos silencios cuidadosamente administrados que aparecen justo antes de tentar a la suerte. Hay quien evita pasar por debajo de una escalera; quien toca madera ante una mala noticia; quien se incomoda si una mesa queda con trece comensales; quien decide no firmar nada ciertos d&#237;as del calendario. No porque crea que algo terrible vaya a ocurrir, sino porque tampoco est&#225; del todo seguro de que no ocurra.</p><p>Yo, en principio, no cre&#237;a en nada de eso. No cre&#237;a en amuletos, no cre&#237;a en n&#250;meros con intenciones ocultas, no cre&#237;a que el universo llevara un registro de qui&#233;n se sent&#243; d&#243;nde ni en qu&#233; fecha. No cre&#237;a que la realidad tuviera memoria selectiva ni un sentido del humor tan previsible. Al menos no uno tan evidente. La ciencia era clara. El azar no ten&#237;a memoria, los n&#250;meros no se enojaban y el calendario no se tomaba nada personal. En el mundo real no exist&#237;an fechas con vocaci&#243;n conspirativa ni intenciones aritm&#233;ticamente hostiles. Todo eso estaba suficientemente explicado, probado, revisado y archivado por generaciones de personas que se hab&#237;an tomado el trabajo de pensar acerca del mundo con disciplina y escepticismo.</p><p>El fen&#243;meno, sin embargo, persiste. Personas inteligentes, formadas, perfectamente capaces de entender una curva de probabilidad, conservan una piedrita, un amuleto, una prenda &#171;que siempre funcion&#243;&#187;. No porque crean que eso altera la realidad, sino porque altera algo m&#225;s &#237;ntimo: la manera de enfrentarse a ella. No es fe. Es una forma discreta de convivir con la incertidumbre. Una manera sencilla de decir &#171;yo s&#233; que esto no controla nada, pero d&#233;jeme sentir que hago algo&#187;. Nada de eso resiste una prueba seria. Ning&#250;n estudio ha demostrado que tocar madera cambie resultados, que un n&#250;mero influya en desenlaces o que el calendario tenga voluntad propia. Todo eso est&#225; refutado con elegancia y datos. Hasta aqu&#237;, todo bien: todo muy razonable, todo muy cient&#237;fico, todo perfectamente controlado.</p><p>Ahora bien, este art&#237;culo no iba a publicarse hoy. Iba a publicarse antes. Hace varios d&#237;as. De hecho, estaba completamente terminado el martes pasado. No faltaba una coma, un adjetivo ni una iron&#237;a. Solo faltaba guardarlo y subirlo, ese tr&#225;mite m&#237;nimo que uno hace con la tranquilidad de quien todav&#237;a cree que los objetos inanimados no tienen personalidad. En ese instante, la computadora se apag&#243;. No se reinici&#243;. No dio se&#241;ales. No pidi&#243; ayuda. Simplemente se apag&#243;, como quien toma una decisi&#243;n firme sobre su destino. Muri&#243;. Sin dramatismos. Sin despedidas. Durante unos segundos me qued&#233; mirando la pantalla negra, sin entender qu&#233; estaba ocurriendo ni por qu&#233; me estaba ocurriendo a m&#237;, repasando mentalmente cables, enchufes, actualizaciones pendientes y todas esas explicaciones razonables a las que uno se aferra cuando todav&#237;a cree que el problema es t&#233;cnico. En ese momento, mi esposa pas&#243; camino a la cocina, se detuvo un segundo, me observ&#243; en silencio y, levantando apenas una ceja, se&#241;al&#243; el calendario que estaba peligrosamente cerca de la computadora. Tan cerca que, por un instante, me pareci&#243; ver una de sus esquinas acariciando el borde del teclado con una intimidad francamente sospechosa. Lo vi. Y lo entend&#237; todo. &#161;Martes trece!</p><p>La adrenalina se dispar&#243; de inmediato, seguida por una descarga injustificada de cortisol, noradrenalina y probablemente alguna otra hormona dise&#241;ada exclusivamente para empeorar la situaci&#243;n. Y, como si hiciera falta aclararlo, era martes trece. El &#250;nico. El inevitable. Por un instante, incluso me pareci&#243; escuchar algo parecido a un estornudo proveniente de la computadora, lo que activ&#243; una asociaci&#243;n inmediata entre la temporada alta de virus respiratorios y la remota posibilidad de un virus inform&#225;tico contra&#237;do la semana anterior, cuando un familiar vino a casa con una computadora que, ahora que lo pienso, ten&#237;a un aspecto ligeramente p&#225;lido, casi febril, para tratarse de un aparato electr&#243;nico.</p><p>Entr&#233; en p&#225;nico. Toqu&#233; la madera del escritorio. Luego la de la mesa. Luego una tercera, la de una columna, por si las dos primeras no eran las correctas. Cruc&#233; los dedos de una mano, despu&#233;s los de la otra, despu&#233;s ambos al mismo tiempo, lo cual es inc&#243;modo, poco elegante y nada cient&#237;fico, pero tranquiliza. Intent&#233; cruzar los dedos de los pies, pero alguna ley anat&#243;mico-fisiol&#243;gica, todav&#237;a no incluida en los tratados cl&#225;sicos, me lo impidi&#243; con una firmeza humillante. Volv&#237; a intentarlo desde otro &#225;ngulo, con resultados igualmente decepcionantes. Consider&#233; consultar a un traumat&#243;logo, elabor&#233; diagramas mentales con posibles combinaciones digitales, cont&#233; los dedos de las manos, luego los de los pies, despu&#233;s todos juntos, orden&#225;ndolos de distintas maneras, buscando un ordenamiento aceptable: uno que no terminara ni se acercara peligrosamente al n&#250;mero trece, o que no atentara contra el ordenamiento general de los astros celestiales. A esas alturas, la estad&#237;stica ya hab&#237;a sido suspendida por razones de fuerza mayor. Incluso consider&#233; escribir con casco y con un equipo completo de protecci&#243;n contra virus extraterrestres, radiaciones c&#243;smicas y cualquier otra amenaza no contemplada por el fabricante. Consider&#233; seriamente buscar unas c&#225;psulas de Tamiflu para esparcirlas alrededor del teclado, hasta que mi esposa, anticipando con rapidez mis intenciones, neg&#243; suavemente con la cabeza. Esa simple negativa fue suficiente para hacerme desistir de una idea claramente descabellada, aunque debo admitir que, en ese momento, mi criterio cl&#237;nico ya hab&#237;a sido suspendido por razones emocionales.</p><p>No estoy estableciendo relaciones causales ni sugiriendo conspiraciones extra&#241;as, pero convengamos en algo elemental: escribir un art&#237;culo burl&#225;ndose de supersticiones, de amuletos y de n&#250;meros mal vistos, justo un martes trece, fue una imprudencia may&#250;scula, una provocaci&#243;n innecesaria, un exceso de confianza impropio de cualquier ser m&#237;nimamente sensato. &#191;C&#243;mo se me ocurri&#243;? &#191;Qui&#233;n se cree uno que es? Ning&#250;n ciudadano responsable del azar se habr&#237;a atrevido a tanto.</p><p>As&#237; que aqu&#237; estamos. La computadora es nueva. El art&#237;culo fue reescrito. La humildad tambi&#233;n es nueva. En este punto, uno empieza a preguntarse si el problema no es creer o no creer, sino la insistencia humana en buscar se&#241;ales donde no hay nada que confirme nada y sentido donde tal vez solo hay una alineaci&#243;n azarosa de planetas indiferentes. Porque el universo no parece especialmente preocupado por nuestros calendarios, pero tampoco se molesta en desmentirlos. Se limita a seguir ah&#237;, enorme y silencioso, girando con una parsimonia que no explica nada y que, justamente por eso, resulta tan propicia para todo tipo de interpretaciones.</p><p>Y yo&#8230; yo dec&#237;a no creer en supersticiones. Lo dec&#237;a con bastante seguridad. Pensaba que el azar no ten&#237;a memoria y que los n&#250;meros no guardaban rencor. Lo pensaba, al menos, hasta que mi computadora decidi&#243; morir un martes trece sin previo aviso. Desde entonces, sigo repiti&#233;ndome lo mismo, pero con un matiz nuevo, menos categ&#243;rico. No es que haya empezado a creer en nada, pero tampoco puedo afirmar con la misma tranquilidad que no creo en absolutamente nada. Porque una cosa es el escepticismo te&#243;rico y otra muy distinta es ignorar algunas advertencias del entorno inmediato.</p><p>Por eso, antes de cerrar este art&#237;culo, interrump&#237; la escritura para salir al jard&#237;n y solicitarle muy amablemente al gato negro de la vecina que buscara afecto en otro domicilio, luego de que se hubiera apropiado del jard&#237;n con una tranquilidad provocadora. Yo, por mi parte, mientras intentaba convencerlo de retirarse, manten&#237;a los dedos de ambas manos entrecruzados y apoyaba discretamente la mano derecha sobre un peque&#241;o trozo de madera que, desde el martes anterior, dej&#233; colocado sobre mi escritorio sin una raz&#243;n claramente justificable. No fue por miedo. Fue simple sentido com&#250;n.</p><p>Entonces, escribir un martes trece ya no me parece una decisi&#243;n inocente, sino una imprudencia perfectamente evitable. No porque crea que algo vaya a pasar, sino porque ya pas&#243;. Y con eso me basta y me sobra. As&#237; que no: escribir un martes trece deja de ser una an&#233;cdota simp&#225;tica y pasa a formar parte de ese reducido grupo de cosas que uno hace una sola vez, y decide no repetir. Definitivamente, escribir un martes trece, nunca m&#225;s.</p><p>Y usted, estimado lector, queda debidamente advertido. Puede consultar su hor&#243;scopo, su ascendente, su descendente y, si el d&#237;a viene complicado, tambi&#233;n el del vecino y el de la vecina, especialmente si tienen un gato negro. Observe la luna, desconf&#237;e de Mercurio cuando ande retr&#243;grado y evite decisiones importantes cuando Saturno amanezca sensible. No hace falta creer en nada de esto; basta con mirarlo de reojo, como quien no cree en el pron&#243;stico del tiempo pero igual sale con paraguas. Y, sobre todo, si es martes trece, no desaf&#237;e al calendario, no conf&#237;e en computadoras demasiado seguras de s&#237; mismas ni acaricie gatos negros sin antes tocar madera. No porque vaya a pasar algo. Jam&#225;s. Pero, francamente, &#191;para qu&#233; averiguarlo?</p><p></p><p>D. M.</p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Hormonas, aniversarios, olvidos y otras catástrofes domésticas]]></title><description><![CDATA[Hormonas, aniversarios, olvidos y otras cat&#225;strofes dom&#233;sticas]]></description><link>https://fragmentosquequedan.com/p/hormonas-aniversarios-olvidos-y-otras</link><guid isPermaLink="false">https://fragmentosquequedan.com/p/hormonas-aniversarios-olvidos-y-otras</guid><dc:creator><![CDATA[Fragmentos que quedan]]></dc:creator><pubDate>Fri, 09 Jan 2026 23:49:14 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!lrnM!,w_256,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fcf3cc942-83c0-47c3-acb9-413a75497f78_896x896.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>Hormonas, aniversarios, olvidos y otras cat&#225;strofes dom&#233;sticas</p><p>Hace unos pocos d&#237;as me despert&#233; con esa tranquilidad enga&#241;osa que solo existe antes de que el cuerpo empiece a protestar. Durante unos segundos largos y tibios cre&#237; que hab&#237;a dormido bien, y que el nuevo amanecer promet&#237;a &#250;nicamente cosas buenas, tranquilas y llenas de diversi&#243;n. Fue una ilusi&#243;n infinitamente fugaz. Apenas abr&#237; los ojos, el cortisol ya estaba ah&#237;, instalado con naturalidad, activando mecanismos invisibles, encendiendo sistemas, empujando la sangre por donde deb&#237;a ir y dejando claro, sin necesidad de palabras, que el d&#237;a hab&#237;a comenzado y que no admit&#237;a negociaciones.</p><p>&#8212;Cinco minutos m&#225;s &#8212;dije, cerrando los ojos con suavidad, m&#225;s por una costumbre de mi parte que por la convicci&#243;n real de que el tiempo estuviera dispuesto a negociar.</p><p>El cortisol ya estaba ah&#237;. No negocia, no dialoga y no se conmueve; su funci&#243;n no es contestar, sino preparar para el da&#241;o. Permaneci&#243; firme e imperturbable, observando la escena sin grandes apuros ni comentarios, dedicado a evaluar riesgos y a esperar, con una paciencia inc&#243;moda, el momento inevitable en que algo falle.</p><p>Fue entonces cuando sent&#237; el movimiento a mi lado. Mi esposa estaba sentada en la cama. Despierta. Muy despierta. Con esa calma profunda, densa y grave que no anuncia una discusi&#243;n, sino un veredicto dom&#233;stico.</p><p>&#8212;No me dejaste dormir en toda la noche &#8212;dijo&#8212;. Pasaste hablando dormido de c&#243;mo &#237;bamos a festejar el fin de a&#241;o.</p><p>&#8212;&#191;Fin de a&#241;o? &#8212;pregunt&#233;, entreabriendo un ojo con una incredulidad apenas disimulada.</p><p>&#8212;S&#237;. Brindis, m&#250;sica, cena. Estabas muy entusiasmadito. &#161;Demasiado!</p><p>Mir&#233; el reloj. El silencio que sigui&#243; fue breve, pero suficiente. Y entonces ella agreg&#243;, con una naturalidad devastadora:</p><p>&#8212;Hoy es seis de enero.</p><p>No levant&#243; la voz ni reclam&#243; nada. No hizo falta. La frase cay&#243; con una precisi&#243;n quir&#250;rgica y dej&#243; la atm&#243;sfera paralizada, como si cualquier palabra adicional hubiera sido redundante o simplemente incapaz de mejorar lo expresado. En ese mismo instante, la adrenalina entr&#243; en acci&#243;n y el cuerpo respondi&#243; como ante una emergencia mayor. El cerebro activ&#243; protocolos reservados para incendios, naufragios y ca&#237;das libres, con o sin paraca&#237;das, y no dej&#243; espacio para el matiz ni para la calma. La vasodilataci&#243;n avanz&#243; sin pedir permiso y el rostro se encendi&#243; en cuesti&#243;n de segundos, rojo, irrefutable, delator, como si el cuerpo hubiera decidido anunciar p&#250;blicamente mi torpeza. Mi torpe olvido. Porque s&#237;, ese seis de enero cumpl&#237;amos cincuenta y dos a&#241;os de casados. &#161;Y yo no me hab&#237;a acordado!</p><p>Lo que sigui&#243; no fue una soluci&#243;n, sino un desorden interno perfectamente organizado. Mientras unas hormonas activaban la alarma, otras optaron por retirarse del lugar del desastre con una dignidad bastante discutible: la dopamina, irresponsable y seductora, decidi&#243; que el aniversario no era una prioridad inmediata y se fue a buscar recompensas futuras, convencida de que ya habr&#237;a tiempo para arreglar las cosas; la oxitocina, p&#250;blicamente fuera de lugar, se escondi&#243; a la espera de condiciones m&#225;s favorables; y la serotonina, fiel a su estilo burocr&#225;tico, mir&#243; hacia otro lado y fingi&#243; no haber visto nada. Nadie avis&#243;. Nadie dej&#243; una nota. Cobardes. Traidoras. Desertoras. Malagradecidas. Y, lo confieso, en ese mismo instante jurar&#237;a haber visto a la dopamina sonre&#237;r. No una sonrisa generosa, sino una contorsi&#243;n min&#250;scula de los labios, precisa, casi profesional, como de misi&#243;n cumplida.</p><p>Me levant&#233; en silencio. El cortisol observaba la escena con una satisfacci&#243;n dif&#237;cil de disimular, como quien finalmente encuentra una situaci&#243;n que justifica su presencia. Hab&#237;a una amenaza concreta, un error real, una fecha mal calculada con consecuencias previsibles. La cat&#225;strofe por la que hab&#237;a estado esperando. El cuerpo respondi&#243; de inmediato: la energ&#237;a se moviliz&#243;, las prioridades se reordenaron y el mundo se redujo a un solo problema, el de haber olvidado lo imperdonable. Las consecuencias ya no eran una hip&#243;tesis lejana, sino algo que avanzaba, sin desv&#237;os, hacia un inevitable choque con un t&#233;mpano de hielo.</p><p>Con pasos torpes fui a la cocina. Mientras preparaba el caf&#233; reapareci&#243; la dopamina, joven y luminosa, cuando ya el error estaba expuesto y no hab&#237;a nada que celebrar. Lleg&#243; tarde, proponiendo soluciones creativas justo cuando el da&#241;o ya estaba hecho. Habl&#243; de segundas oportunidades, de flores, de detalles de &#250;ltimo minuto que, seg&#250;n ella, todav&#237;a pod&#237;an salvar la escena. Asegur&#243;, con una convicci&#243;n tan optimista como fuera de tiempo, que a&#250;n era posible una salida decorosa, incluso triunfal. Y yo, como tantas otras veces, decid&#237; creerle.</p><p>Me aferr&#233; al tel&#233;fono con la determinaci&#243;n de salir corriendo a comprar unas rosas. Fue entonces cuando el d&#237;a termin&#243; de definirse en mi contra. En la pantalla apareci&#243; un mensaje de la Compa&#241;&#237;a Nacional de Fuerza y Luz inform&#225;ndome, con una cortes&#237;a impecable, que el servicio ser&#237;a suspendido por falta de pago. Antes de que pudiera procesar  semejante noticia, lleg&#243; otro aviso, m&#225;s breve y m&#225;s cruel: se hab&#237;an agotado los datos m&#243;viles.</p><p>Ah&#237; qued&#233;. Solo yo, con el tel&#233;fono en la mano, reducido de pronto a un lujoso rect&#225;ngulo negro y absolutamente in&#250;til, y con la certeza inc&#243;moda de que cualquier movimiento, por peque&#241;o que fuera, solo pod&#237;a empeorar las cosas. Ya no contaba con el tiempo necesario para corregir nada sin dejar en evidencia mi, hasta entonces, irreparable amnesia con el calendario. El aparato permanec&#237;a mudo, indiferente, c&#243;mplice pasivo del desastre. Otro ingrato que se sumaba al complot. &#161;Traidor!</p><p>La adrenalina volvi&#243; a empujar. El coraz&#243;n se aceler&#243;, los hombros se tensaron y apareci&#243; ese sabor met&#225;lico inconfundible que anuncia que algo va realmente mal. Me prepar&#243; para huir de algo que no tiene piernas ni rostro: el calendario.</p><p>&#8212;Esto no es el fin del mundo &#8212;me dije&#8212;. Es apenas una cadena bastante ins&#243;lita de peque&#241;os descuidos. Mis palabras no ayudaron en lo absoluto, pero sonaron como dichas por un adulto, adulto joven tal vez, adulto con restos de adolescencia. Adulto&#8230; dej&#233;moslo ah&#237;.</p><p>Sal&#237; a pie, casi por inercia, porque no hab&#237;a tiempo para decidir nada y el cuerpo ya se hab&#237;a puesto en marcha antes que la cabeza, con una misi&#243;n tan simple como desesperada: encontrar unas rosas y sobrevivir al d&#237;a. A media ma&#241;ana apareci&#243; el hambre y, con ella, la insulina, ordenada y met&#243;dica, intentando imponer algo de sentido mientras el cerebro segu&#237;a claramente fuera de servicio. Poco despu&#233;s lleg&#243; el glucag&#243;n, liberando energ&#237;a cuando ya todo protestaba. Discut&#237;an entre ellos mientras yo caminaba r&#225;pido, me miraba el abdomen fuera de toda proporci&#243;n razonable y me preguntaba en qu&#233; momento dej&#233; de escuchar advertencias m&#233;dicas, dom&#233;sticas y personales, todas ignoradas con una constancia admirable.</p><p>En el supermercado, un se&#241;or detr&#225;s m&#237;o coment&#243;, con una calma que no admit&#237;a r&#233;plica, que al final uno termina pagando todo menos lo que realmente importa. Lo dijo mientras avanz&#225;bamos despacio en la fila, con las compras en la mano y esa paciencia resignada que aparece cuando no hay nada que logremos acelerar. Hablaba de lo evidente: de c&#243;mo uno cumple meticulosamente con la luz, el agua y el tel&#233;fono, pero se le pasan las fechas importantes, no por falta de inter&#233;s o de cari&#241;o, sino porque la urgencia suele disfrazarse de otra cosa. Justo ah&#237;. Como si yo necesitara que alguien me lo hiciera notar.</p><p>Volv&#237; a mi casa con un arreglo de rosas rojas, muy rojas para intentar justificar un olvido que no admit&#237;a compensaciones y la torpeza con la que hab&#237;a salido esa ma&#241;ana. Volv&#237; tambi&#233;n con unas disculpas mal ensayadas, repetidas muchas veces en la cabeza, todav&#237;a sin encontrar su sitio, junto a una oxitocina que finalmente decidi&#243; aparecer cuando el cansancio ya hab&#237;a ganado terreno. Lleg&#243; tarde, s&#237;, pero lleg&#243; como llegan las cosas importantes: sin discursos, sin explicaciones y sin exigir condiciones. Afloj&#243; el cuerpo, baj&#243; la tensi&#243;n y permiti&#243; que el silencio hiciera su parte, que el momento se acomodara solo, sin la necesidad de defenderme ni de encontrar las palabras justas. De pronto el olvido dej&#243; de ser el centro de todo. Importaba otra cosa, m&#225;s simple y m&#225;s dif&#237;cil de sostener: seguir juntos, acompa&#241;arnos en el error y querernos incluso cuando uno falla y el otro no. Eso no resolvi&#243; aniversarios ni facturas, pero evoc&#243; algo esencial: cincuenta y dos a&#241;os no se sostienen con una memoria perfecta, sino con una paciencia trabajada, con un afecto persistente y con un cari&#241;o que sabe quedarse incluso cuando las hormonas hacen de las suyas e intentan darse a la fuga.</p><p>Por eso, si alguna vez sus hormonas toman el tim&#243;n sin previo aviso, no se asuste. En teor&#237;a no conspiran ni traicionan: hacen su trabajo. En la pr&#225;ctica, convengamos en que a veces s&#237; lo hacen, y con entusiasmo. El problema empieza cuando uno cree que en el reino de la bioqu&#237;mica tiene la &#250;ltima palabra. Conviene escucharlas, hablar con ellas, no confiarles todo y, aun as&#237;, revisar dos veces el calendario cuando se trata de una fecha importante.</p><p>Hace un rato, estimado lector, inger&#237; nuevamente doce miligramos de melatonina. No como tratamiento del insomnio, sino como respuesta tard&#237;a a un d&#237;a que se neg&#243; a terminar y que hab&#237;a dejado pruebas suficientes como para justificarlo. Fue una decisi&#243;n simple, cansada y honesta. A partir de ah&#237;, el cuerpo empez&#243; a bajar el volumen por su cuenta.</p><p>Mientras escribo esto, las letras se vuelven imprecisas. Las frases se alargan y se mueven con una lentitud sospechosa. Los p&#225;rpados pesan como si negociaran una rendici&#243;n. Aparecen im&#225;genes que no ped&#237;. Un sill&#243;n que respira. Un reloj que se derrite. La pantalla se vuelve lejana y creo que iba a decir algo m&#225;s, pero se me&#8230;</p><p>Buena s no ches</p><p><strong>D. M.</strong></p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Cuando la impunidad se agota]]></title><description><![CDATA[Cuando la impunidad se agota]]></description><link>https://fragmentosquequedan.com/p/cuando-la-impunidad-se-agota</link><guid isPermaLink="false">https://fragmentosquequedan.com/p/cuando-la-impunidad-se-agota</guid><dc:creator><![CDATA[Fragmentos que quedan]]></dc:creator><pubDate>Sun, 04 Jan 2026 18:26:56 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!lrnM!,w_256,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fcf3cc942-83c0-47c3-acb9-413a75497f78_896x896.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p><strong>Cuando la impunidad se agota</strong></p><p>La ca&#237;da de Nicol&#225;s Maduro y de su esposa Cilia Flores, hoy recluidos en un centro penitenciario federal en Brooklyn, no constituye un episodio aislado ni una extravagancia geopol&#237;tica. Constituye un s&#237;ntoma. Un s&#237;ntoma del agotamiento definitivo de un r&#233;gimen que durante a&#241;os confundi&#243; a la impunidad con la eternidad y al poder con la ausencia de consecuencias.</p><p>Que la vicepresidenta Delcy Rodr&#237;guez haya recurrido a la expresi&#243;n &#8220;matices sionistas&#8221; para explicar el operativo que condujo al arresto no responde a una improvisaci&#243;n ni a un desliz discursivo. Responde a una estrategia cl&#225;sica del autoritarismo cuando pierde el control de la realidad y ya no puede sostenerse en los hechos, por lo que necesita apelar a categor&#237;as ideol&#243;gicas difusas para evitar nombrar lo esencial. Nombrar al &#8220;sionismo&#8221; no es casual. Nunca lo es. &#161;Nunca lo ha sido! Es el t&#233;rmino que estos reg&#237;menes utilizan cuando buscan condensar, en una sola palabra, todo aquello que no pueden controlar ni enfrentar: la inteligencia estrat&#233;gica, la coordinaci&#243;n internacional, la planificaci&#243;n precisa... la eficacia y la eficiencia operativa. No se trata de una acusaci&#243;n. Se trata de una confesi&#243;n involuntaria. Una confesi&#243;n de miedo. &#161;Una confesi&#243;n de terror!</p><p>Pero esa no es la &#250;nica responsabilidad pol&#237;tica de Delcy Rodr&#237;guez. Su trayectoria dentro del r&#233;gimen ha estado marcada por la negaci&#243;n sistem&#225;tica de las violaciones a los derechos humanos, por la deslegitimaci&#243;n reiterada de organismos internacionales y por la normalizaci&#243;n del uso del aparato estatal como instrumento de persecuci&#243;n pol&#237;tica. Ha sido una de las voceras m&#225;s persistentes en desacreditar los informes de las Naciones Unidas, en atacar a la prensa independiente y en presentar las sanciones internacionales no como consecuencia de pr&#225;cticas il&#237;citas del r&#233;gimen, sino como agresiones ideol&#243;gicas externas. Esa inversi&#243;n deliberada de la realidad no es una ret&#243;rica defensiva. Es una forma de gobierno. Gobernar consiste, para ese modelo, en negar los hechos hasta que la mentira se convierte en la versi&#243;n oficial del Estado. No se trata de errores ni de propaganda ocasional, sino de imponer deliberadamente una falsedad como si fuera una verdad p&#250;blica. Cuando la mentira pasa a ser la pol&#237;tica del gobierno, la verdad deja de ser una opci&#243;n y se transforma en una amenaza. Conviene recordarlo siempre: todo r&#233;gimen que necesita reemplazar la realidad para sobrevivir ya est&#225; moralmente derrotado. El r&#233;gimen venezolano sobrevivi&#243; durante a&#241;os gracias a una combinaci&#243;n concreta y verificable del narcotr&#225;fico, de la corrupci&#243;n estructural y de la represi&#243;n sistem&#225;tica. Maduro no fue un accidente hist&#243;rico ni una desviaci&#243;n del proyecto original. Fue el heredero directo de una l&#243;gica inaugurada por Hugo Ch&#225;vez, que convirti&#243; al Estado en el bot&#237;n, a la ideolog&#237;a en la coartada moral y a la pobreza en la herramienta de control social. Cilia Flores no ocup&#243; un rol secundario ni simb&#243;lico dentro de esa arquitectura. Ha sido se&#241;alada reiteradamente en investigaciones internacionales por su cercan&#237;a con redes de poder informal y clandestino, ajenas a los mecanismos de control democr&#225;tico, por el tr&#225;fico de influencias y por la protecci&#243;n institucional de estructuras criminales. No acompa&#241;aba al poder. Lo administraba.</p><p>Por eso resulta revelador que, ante estas detenciones, el discurso oficial haya sugerido la participaci&#243;n del Mossad. No porque se haya probado o descartado su intervenci&#243;n directa, sino porque simboliza aquello que el chavismo nunca pudo construir ni comprender. La planificaci&#243;n silenciosa, los objetivos definidos, las operaciones que no requieren propaganda ni teatralidad para ser eficaces. El chavismo dependi&#243; siempre de la sobreexposici&#243;n discursiva, de la repetici&#243;n constante de consignas y de la fabricaci&#243;n permanente de enemigos externos para ocultar su fragilidad interna. Cuando esa estrategia deja de ser cre&#237;ble, el sistema se derrumba.</p><p>Hannah Arendt explic&#243; que los sistemas totalitarios no colapsan &#250;nicamente cuando pierden el control formal del poder, sino cuando pierden la capacidad de distinguir entre la realidad y la ficci&#243;n. Venezuela hab&#237;a cruzado ese umbral desde hace largo tiempo. El arresto de Maduro y de Flores no marca solo una derrota personal. Marca el punto en el que el relato oficial deja de ser funcional incluso para aquellos que lo sosten&#237;an.</p><p>Sin embargo, lo verdaderamente decisivo va m&#225;s all&#225; de estas dos figuras. El peligro no ha desaparecido por completo. El riesgo real ser&#237;a una continuidad disfrazada, una sustituci&#243;n interna que preserve intactas las mismas ideas, las mismas alianzas y las mismas estructuras il&#237;citas; que Delcy Rodr&#237;guez, o cualquier otro actor surgido del mismo n&#250;cleo ideol&#243;gico y operativo, intente presentarse como transici&#243;n mientras conserva los pactos con sectores militares leales al chavismo y con las mismas redes que sostuvieron al r&#233;gimen. La historia latinoamericana est&#225; plagada de transiciones aparentes que no fueron m&#225;s que relevos cosm&#233;ticos sin ruptura real del poder. Venezuela no puede permitirse ese enga&#241;o. &#161;El mundo no deber&#237;a tolerarlo!</p><p>Este arresto importa porque rompe un precedente peligroso. Porque demuestra que los narcoestados no son intocables. Porque env&#237;a un mensaje claro a quienes creyeron que pod&#237;an gobernar indefinidamente desde la ilegalidad, protegidos por fronteras, por alianzas oportunistas y por discursos incendiarios. Y porque devuelve a los venezolanos la posibilidad real de construir un futuro sin miedo y sin sometimiento.</p><p>Y s&#237;, hay que decirlo sin rodeos. Si el Mossad ayud&#243; desde cualquier &#225;ngulo, directo o indirecto, mi sincero reconocimiento. No solo como un gesto ideol&#243;gico, sino como la confirmaci&#243;n de la eficacia<strong> </strong>cuando la inteligencia act&#250;a para desarticular a las dictaduras y a las redes criminales. En ese escenario, el juicio moral resulta n&#237;tido y sin zonas grises. Se reconoce la inteligencia aplicada con rigor, la acci&#243;n eficaz y eficiente orientada a resultados y la inmensa responsabilidad asumida frente a estructuras criminales que durante a&#241;os se creyeron intocables. Cuando semejante capacidad t&#233;cnica se pone al servicio de desarticular dictaduras y redes il&#237;citas, el m&#233;rito no deja lugar a interpretaciones ambiguas.</p><p>Maduro ya cay&#243;. Su esposa tambi&#233;n. Ahora la exigencia es otra y no admite demoras. Que el reemplazo sea democr&#225;tico. Que surja del voto libre. Que rompa de manera inequ&#237;voca con el chavismo y con todo lo que represent&#243;. Que cierre definitivamente una etapa marcada por la corrupci&#243;n, por la violencia institucional y por la degradaci&#243;n del Estado utilizada conscientemente como m&#233;todo de dominaci&#243;n.</p><p>Viva una Venezuela sin dictadores.<br>Viva una Venezuela sin narcoestados.<br>Viva el Mossad.<br>Viva Venezuela libre.</p><p>D. M.</p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[La primera vez]]></title><description><![CDATA[La primera vez]]></description><link>https://fragmentosquequedan.com/p/la-primera-vez</link><guid isPermaLink="false">https://fragmentosquequedan.com/p/la-primera-vez</guid><dc:creator><![CDATA[Fragmentos que quedan]]></dc:creator><pubDate>Mon, 29 Dec 2025 15:44:17 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!lrnM!,w_256,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fcf3cc942-83c0-47c3-acb9-413a75497f78_896x896.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>La primera vez</p><p>Estaba hablando con una amiga de la adolescencia. Al principio habl&#225;bamos de an&#233;cdotas de aquellos a&#241;os. Creo que est&#225;bamos recordando episodios divertidos: los atuendos hippies que us&#225;bamos con un orgullo bastante dif&#237;cil de justificar; las rid&#237;culas combinaciones de la ropa; las fotos que hoy negar&#237;amos haber protagonizado, negar&#237;amos haber permitido tomarlas y negar&#237;amos incluso reconocer como propias, aun si alguien las pusiera frente a nosotros con pruebas enteramente irrefutables. Esa &#233;poca en la que la presentaci&#243;n personal sol&#237;a ir demasiados pasos por detr&#225;s del buen gusto. El caso es que, sin que yo supiera cu&#225;ndo ocurri&#243; el desv&#237;o, mi amiga empez&#243; a contarme una historia.</p><p>Mi esposa siempre me lo ha recalcado, medio en broma y medio en serio: no entiende por qu&#233; la gente termina cont&#225;ndome cosas. No an&#233;cdotas. Cosas&#8230; Relatos que no suelen compartirse en conversaciones casuales. A veces lo dice con una sonrisa; otras, con esa mirada anal&#237;tica suya que registra absolutamente todo.  En esa conversaci&#243;n hubo un momento en el que habr&#237;a preferido que mi esposa estuviera sentada a mi lado. Estoy casi seguro de que mi amiga no habr&#237;a avanzado con tanta libertad y confianza si ella hubiera estado presente, aunque fuera escuchando en silencio.</p><p>Mi amiga recordaba esa primera vez con una claridad que no se hab&#237;a desgastado ni un &#225;pice con el paso de los a&#241;os. Hablaba sin adornos, sin sobreactuar la narraci&#243;n de sus recuerdos, con una serenidad que intensificaba el momento. Yo no la interrump&#237;. Hab&#237;a algo en su forma de describir que impon&#237;a un penetrante silencio. No parec&#237;a buscar una reacci&#243;n ni ninguna complicidad de mi parte. Simplemente, avanzaba. Yo escuchaba atento, intentando no adelantarme, aunque ya sent&#237;a que el relato me llevaba a un terreno delicado.</p><p>Me habl&#243; de c&#243;mo fue todo el acto previo. De ese momento en el que el cuerpo reacciona antes de que la mente haya terminado de tomar una decisi&#243;n. De la expectativa mezclada con una impaciencia f&#237;sica dif&#237;cil de contener. De la respiraci&#243;n aceler&#225;ndose sin aviso. De los latidos del coraz&#243;n insistentes, acelerados. De una sensaci&#243;n de calor imposible de ignorar, que se iniciaba en los pies y comenzaba a ascender. El cuerpo reaccionando antes de que la mente pudiera procesar lo que estaba ocurriendo. En esa primera vez dud&#243;. Dud&#243; much&#237;simo. Dud&#243; del momento. Dud&#243; del lugar. De si no deb&#237;a esperar un poco m&#225;s. Esperar otra ocasi&#243;n. Pero respir&#243; muy profundo... y sigui&#243;. Y en ese instante le temblaban las manos. Y tambi&#233;n los pies.</p><p>En su relato hizo una pausa. No para enfatizar nada, sino porque el recuerdo parec&#237;a exigirle una respiraci&#243;n m&#225;s lenta. Como si el cuerpo todav&#237;a estuviera reaccionando a lo que acababa de contar. Yo segu&#237;a sin decir nada, ya ubicado en esa quietud inc&#243;moda que aparece cuando uno escucha algo que no sabe bien si deber&#237;a estar escuchando. Me describi&#243; sensaciones concretas. El contacto con la piel. El cambio inmediato en el equilibrio. C&#243;mo el cuerpo, de pronto, deja de responder como siempre lo ha hecho. C&#243;mo algo altera la manera de ponerse de pie, de moverse, de ocupar el espacio. Hablaba de la desorientaci&#243;n inicial. De esa breve torpeza que aparece cuando el cuerpo tiene que adaptarse a una experiencia completamente nueva.</p><p>Luego me explic&#243; lo que vino despu&#233;s de esa primera vez. Yo la escuchaba cada vez m&#225;s atento, inc&#243;modamente atento. La sensaci&#243;n persistente durante horas. La conciencia constante del cuerpo, como si cada paso siguiera recordando lo ocurrido. La euforia y una incomodidad que no sab&#237;a exactamente d&#243;nde localizar en su cuerpo. El cansancio muscular y mental. La necesidad de detenerse un momento, no solo para descansar, sino tambi&#233;n para permitir que todo su cuerpo se adaptara a una manera distinta de moverse. La certeza de que algo hab&#237;a cambiado.</p><p>Para entonces, mi incomodidad ya era evidente. Me pregunt&#233;, sin demasiado &#233;xito, por qu&#233; yo era el destinatario de semejante relato y record&#233; una frase recurrente de mi esposa: &#171;No entiendo por qu&#233; todo el mundo termina recurriendo a vos como confidente&#187;. Pens&#233; que ten&#237;a raz&#243;n. Y, honestamente, sigo sin saber cu&#225;l es la respuesta.</p><p>Ella continu&#243; con la misma calma. Yo permanec&#237; en silencio, atento a mi respiraci&#243;n y a ese deseo contradictorio tan humano: que la historia llegara al final y, al mismo tiempo, que no lo hiciera todav&#237;a. Me dijo, casi sonriendo, que al ponerse de pie entendi&#243; algo definitivo. Algo que, seg&#250;n ella, no volvi&#243; a ser igual despu&#233;s de ese d&#237;a. Ah&#237; confirm&#233; dos cosas: que hab&#237;a vuelto a cumplir, sin buscarlo, mi papel de confidente involuntario; y que, cuando alguien empieza una historia diciendo &#171;la primera vez&#187;, conviene contener la imaginaci&#243;n, respirar hondo y prepararse para cualquier cosa.</p><p>Ella me observ&#243; un instante m&#225;s largo de lo habitual. Dibuj&#243; una enorme sonrisa en el rostro y dijo que hab&#237;a notado algo durante nuestra conversaci&#243;n: que yo hab&#237;a estado inquieto, movi&#233;ndome demasiado, sudando m&#225;s de la cuenta, y que en alg&#250;n momento me hab&#237;a visto un poco p&#225;lido. Me pregunt&#243;, sin rodeos, si habr&#237;a preferido que no me contara nada. Fue entonces cuando entend&#237; que mi incomodidad no hab&#237;a pasado desapercibida y que el relato hab&#237;a avanzado exactamente hasta donde ella hab&#237;a querido llevarlo, paso a paso. Sin apuros ni desv&#237;os.</p><p>Y, sin el menor intento de disimulo, con una calma meticulosamente calculada, agreg&#243;, segura de que todo hab&#237;a salido como lo hab&#237;a previsto:</p><p>&#8212;&#191;Habr&#237;as estado m&#225;s tranquilo si no te hubiera hablado de lo que sent&#237; a los dieciocho a&#241;os, el d&#237;a que compr&#233; mis primeros zapatos de tac&#243;n muy alto, pocas horas antes de un baile?</p><p></p><p>D. M.</p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[La otra]]></title><description><![CDATA[La otra]]></description><link>https://fragmentosquequedan.com/p/la-otra</link><guid isPermaLink="false">https://fragmentosquequedan.com/p/la-otra</guid><dc:creator><![CDATA[Fragmentos que quedan]]></dc:creator><pubDate>Thu, 25 Dec 2025 17:16:27 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!lrnM!,w_256,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fcf3cc942-83c0-47c3-acb9-413a75497f78_896x896.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>La otra</p><p>Ayer sal&#237; de mi casa con mi esposa para dar una caminata alrededor del Parque del Caf&#233;. Ella acept&#243; acompa&#241;arme con una resignaci&#243;n que, a duras penas, consigui&#243; disimular. Un cielo cargado de nubes grises y una sensaci&#243;n espesa en el ambiente no auguraban nada favorable. Yo insist&#237;. Habl&#233; de no quedarnos inm&#243;viles en la casa, de caminar un poco, de hacer algo de ejercicio en estas &#233;pocas de mesas rebosantes de comida, sobremesas interminables y voluntades que se vuelven asombrosamente complacientes con demasiada facilidad. Ella termin&#243; por acompa&#241;arme.</p><p>Camin&#225;bamos sin apuro cuando, al llegar a una esquina del parque, la vi acercarse. El resultado fue inmediato. Mi coraz&#243;n alter&#243; su ritmo habitual y comenz&#243; a latir con una urgencia desordenada. La respiraci&#243;n se volvi&#243; r&#225;pida y superficial. Los m&#250;sculos se contrajeron sin una causa aparente y mi atenci&#243;n qued&#243; fijada en un solo punto: en ella. Fue como si el cuerpo hubiera activado un sistema de alerta antes de que existiera una amenaza definida. Junto a esa activaci&#243;n surgi&#243; una sensaci&#243;n enga&#241;osa de recompensa anticipada, una promesa silenciosa de bienestar que me empujaba a acercarme en lugar de retroceder. El miedo, el deseo y una expectativa largamente aprendida se superpusieron sin orden. Pensar lleg&#243; despu&#233;s. Sentir ya hab&#237;a ocurrido. Y esa sensaci&#243;n, agradable, penetrante y familiar, me seduc&#237;a. Siempre.</p><p>Desde mi adolescencia hab&#237;a estado enamorado de &#171;la otra&#187;. Cada vez que aparec&#237;a, las mismas emociones regresaban con una fidelidad desconcertante. Nunca avisaba que iba a venir. Simplemente se hac&#237;a presente. Y cuando coincid&#237;amos, porque muchas veces lo hicimos en las ma&#241;anas, en las tardes y, debo admitirlo, tambi&#233;n en algunas noches en las que me hac&#237;an falta sus caricias, algo en m&#237; se abandonaba sin ofrecer resistencia. Mi piel se volv&#237;a m&#225;s sensible, el pensamiento perd&#237;a nitidez, la respiraci&#243;n adquir&#237;a una cadencia irregular, aturdida. Y es que su presencia ten&#237;a ese efecto irresistible. Su aroma delicado, la forma atropellada en que se aproximaba, la sensualidad con la que se mov&#237;a sin ning&#250;n pudor, la manera desvergonzada con la que acariciaba, rozaba y envolv&#237;a, como si todo estuviera permitido desde siempre.</p><p>Debo confesarlo: no supe qu&#233; decirle a mi esposa. Cualquier palabra habr&#237;a resultado in&#250;til. Ella conoc&#237;a bien a &#171;la otra&#187;. Tambi&#233;n hab&#237;a tenido encuentros con ella en m&#225;s de una ocasi&#243;n. Pero mi esposa hab&#237;a aprendido a esquivarla, a apartarse de ella con una firmeza que a m&#237; siempre me falt&#243;. Su presencia, en cambio, segu&#237;a ejerciendo sobre m&#237; una atracci&#243;n peligrosamente tentadora, aun sabiendo que despu&#233;s vendr&#237;an las consecuencias. Y siempre han existido consecuencias.</p><p>Durante la &#233;poca previa a mi matrimonio tambi&#233;n comet&#237; verdaderos descuidos con &#171;la otra&#187;. Encuentros prolongados, exposiciones innecesarias, entregas completas sin medir los desenlaces. S&#237;, en muchas ocasiones me dej&#233; vencer por la ingenuidad de mis deseos. &#191;Qu&#233; le iba a hacer si, en cuanto &#171;la otra&#187; me acariciaba, mis defensas se desbarataban de inmediato? Por eso me dejaba envolver por su contacto reiterado, por ese roce que, aunque parec&#237;a inofensivo, terminaba adherido no solo a mi cuerpo, sino tambi&#233;n a mi memoria. Nunca lo viv&#237; como un exceso ni como un error. Simplemente suced&#237;a... y  yo lo dejaba suceder. Ah&#237; resid&#237;a, desde siempre, mi alarmante ingenuidad.</p><p>Mi esposa siempre supo que mi deseo y mis fantas&#237;as se inclinaban, con una persistencia irresponsable, hacia &#171;la otra&#187;. Sab&#237;a que, a pesar de mis cincuenta y dos a&#241;os de matrimonio, algo en m&#237; segu&#237;a respondiendo a su presencia con una osad&#237;a insensata, una entrega del cuerpo tan inmediata como autom&#225;tica, que no ped&#237;a permiso ni ofrec&#237;a disculpas. No hac&#237;a falta que me lo dijera. Bastaba su silencio endurecido por el resentimiento y esa mirada tan suya, firme y acusatoria, con la que, una vez m&#225;s, me incriminaba por haber cedido.</p><p>Al final, como yo lo hab&#237;a previsto, en una esquina del parque, &#171;la otra&#187; se abalanz&#243; sobre m&#237;. Me rode&#243; sin reservas, acarici&#225;ndome con una desvergonzada suavidad que lo cubr&#237;a todo en segundos. Y debo confesar que tambi&#233;n lo hizo con mi esposa. Pese a su resistencia, la envolvi&#243; con la misma fuerza persistente, ignorando cualquier l&#237;mite, imponiendo su presencia con un atrevimiento casi ofensivo que hac&#237;a in&#250;til todo intento de esquivarla.</p><p>El camino de regreso fue un interminable cat&#225;logo de reproches lanzados sin filtro ni misericordia. Mi esposa caminaba a mi lado, tensa, ansiosa, repasando en voz baja cada una de las veces en que me hab&#237;a advertido que no la volviera a exponer a ese tipo de situaciones, a esos encuentros que yo siempre minimizaba. Yo asent&#237;a sin defenderme, inc&#243;modo, con el cuerpo invadido por una recalcitrante intranquilidad y la certeza de haber vuelto a perder una discusi&#243;n que conoc&#237;a de memoria.</p><p>Entramos a la casa. Cerramos la puerta. Dejamos los zapatos en la entrada. En el peque&#241;o jard&#237;n interior, el agua se escurr&#237;a con una ins&#243;lita lentitud por el angosto ca&#241;o que lleva a la calle... como si pretendiera quedarse un rato m&#225;s.</p><p>&#161;Ay, esa bendita lluvia!</p><p><strong>D.M.</strong></p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Cuando el mundo dejó de leer y la ignorancia aprendió a aplaudir]]></title><description><![CDATA[Cuando el mundo dej&#243; de leer y la ignorancia aprendi&#243; a aplaudir]]></description><link>https://fragmentosquequedan.com/p/cuando-el-mundo-dejo-de-leer-y-la</link><guid isPermaLink="false">https://fragmentosquequedan.com/p/cuando-el-mundo-dejo-de-leer-y-la</guid><dc:creator><![CDATA[Fragmentos que quedan]]></dc:creator><pubDate>Mon, 22 Dec 2025 21:33:50 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!lrnM!,w_256,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fcf3cc942-83c0-47c3-acb9-413a75497f78_896x896.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>Cuando el mundo dej&#243; de leer y la ignorancia aprendi&#243; a aplaudir</p><p>Ayer caminaba por mi barrio cuando not&#233; un peque&#241;o grupo de personas detenidas en la acera. No hablaban de pol&#237;tica, ni de que la Liga gan&#243; el campeonato, ni de las presas, ni del estado de las calles, ni de la bancarrota colectiva provocada por no pegar ni un cinco en la loter&#237;a de consolaci&#243;n. El motivo del revuelo era otro, mucho m&#225;s inquietante.</p><p>En el centro del grupo hab&#237;a un adolescente. De pie. Quieto. Con algo entre las manos. No era un tel&#233;fono. No era una pantalla. No emit&#237;a sonidos ni vibraciones. &#161;Era un libro! Un libro de solo letras. Sin dibujos. Sin superh&#233;roes. Sin extraterrestres. Letras. P&#225;ginas. Silencio. &#161;Qu&#233; absurdo!</p><p>Alguien insinu&#243; que quiz&#225;s hab&#237;a que llamar a una ambulancia, porque nadie encontraba una explicaci&#243;n razonable para que un adolescente estuviera ah&#237;, inm&#243;vil, concentrado en un libro. Leer en plena acera, sin pantalla ni aud&#237;fonos, fue interpretado como una emergencia. Otros lo observaban con sospecha, como quien intenta recordar si un golpe reciente en la cabeza podr&#237;a explicar semejante escena. No falt&#243; quien sacara el tel&#233;fono para grabarlo, no por admiraci&#243;n, sino para subir el video, compartirlo y atraer aprobaciones digitales instant&#225;neas. Nadie parec&#237;a formular la hip&#243;tesis m&#225;s simple. No hac&#237;a falta decirla. Bastaba mirar el desconcierto general. Y entonces uno entiende que algo en nuestro planeta cambi&#243;... sin que nos di&#233;ramos cuenta.</p><p>Los libros no fueron prohibidos. Nadie los quem&#243; en plazas p&#250;blicas. No hizo falta. Bast&#243; algo mucho m&#225;s eficaz. Una maquinaria de distracciones dise&#241;ada para ocupar cada segundo disponible. Bast&#243; el anuncio publicitario que grita m&#225;s fuerte que cualquier idea. Bast&#243; ese avance constante del dedo, entrenado para huir de cualquier texto que supere tres l&#237;neas, para esquivar toda idea que demande un m&#237;nimo de atenci&#243;n, y pasar de largo frente a cualquier pensamiento que no venga acompa&#241;ado de colores brillantes, promesas inmediatas o recompensas instant&#225;neas. A eso se sumaron fragmentos pensados para no incomodar a nadie, titulares que prometen mucho y no explican nada, y videos breves y luminosos que reemplazan la reflexi&#243;n por una sacudida moment&#225;nea que se agota antes de dejar huella.</p><p>Ray Bradbury lo expres&#243; con lucidez inquietante en Fahrenheit 451. No hac&#237;a falta quemar libros si se lograba que nadie quisiera leerlos. La censura verdaderamente eficaz no es la que proh&#237;be libros, sino la que consigue que ya nadie sienta que hacen falta. Y eso es exactamente lo que hemos hecho. No expulsamos los libros del mundo. Los arrinconamos en los m&#225;rgenes m&#225;s olvidadizos de la vida cotidiana, rodeados de distracciones, telara&#241;as y polvo, hasta convertir la lectura en una rareza, casi en una excentricidad social, practicada por unos pocos como un h&#225;bito extra&#241;o de otra &#233;poca.</p><p>Antes, leer implicaba detenerse en una idea y permitirle un desenvolvimiento total. Aceptar que no todo se comprende de inmediato. Hoy todo exige velocidad. La lentitud incomoda. La reflexi&#243;n estorba. El silencio resulta sospechoso. En su lugar se ofrecen recompensas instant&#225;neas, aprobaciones digitales y una ilusi&#243;n de pertenencia tan fr&#225;gil como el contenido que la reemplaza segundos despu&#233;s.</p><p>Por eso un adolescente leyendo en la acera provoca una alarma repentina. No interact&#250;a con una pantalla, no reacciona a est&#237;mulos inmediatos, no participa del flujo constante de distracciones. Est&#225; ah&#237;, quieto, concentrado, pensando. Y eso, en el mundo actual, resulta profundamente inc&#243;modo.</p><p>El mundo dej&#243; de leer sin ninguna resistencia. Eso ya es un hecho. Renunciamos por completo a la lectura. Lo que a&#250;n est&#225; en juego es si aceptaremos esa renuncia como un destino o si seremos capaces de cuestionar el empobrecimiento intelectual colectivo que trajo consigo.</p><p>Si algo puede preservar la lectura, no ser&#225; una campa&#241;a ni un manual con instrucciones de emergencia, sino un acto personal, consciente y deliberado: apartarse de la distracci&#243;n permanente y abrir un libro sin prisa. Leer aunque incomode. Leer aunque no ofrezca recompensa inmediata. Leer para recuperar la atenci&#243;n, el criterio y la paciencia. No para aparentar profundidad, sino para no volverse d&#243;cil y dejarse llevar por la marea de la ignorancia. Tal vez no baste para cambiar el mundo, pero s&#237; para impedir que el mundo nos vac&#237;e por completo el intelecto. Y hoy, conservar la capacidad de pensar ya es una forma fundamental de resistencia a ese agujero negro que insiste en arrastrarnos hasta la m&#225;s escalofriante oscuridad.</p><p>Cuando el mundo dej&#243; de leer, la ignorancia no solo avanz&#243;: encontr&#243; la manera de hacerse respetable y de recibir aplausos. Frente a eso, impedir que ese aplauso contin&#250;e no exige discursos altisonantes ni gestos heroicos, sino decisiones simples y persistentes: volver a los libros, a la experiencia simple y exigente de leer una p&#225;gina completa sin huir, de sostener una idea hasta entenderla, de dejar que una frase haga su trabajo lentamente. Leer no como un refugio, sino como una defensa perfecta. Porque cada p&#225;gina le&#237;da en silencio le resta aplausos a la ignorancia y recuerda, con sensatez y elegancia, que pensar sigue siendo posible y necesario, incluso cuando incomoda a un mundo que prefiere no detenerse ante la oscurantismo.</p><p>Al final, el muchacho sigui&#243; leyendo. No levant&#243; la vista, no explic&#243; nada, no pidi&#243; permiso. Permaneci&#243; ah&#237;, en silencio, leyendo un libro con una concentraci&#243;n que el mundo parece haber abandonado en un tenebroso vac&#237;o. Tal vez sin saberlo, estaba haciendo algo intensamente inc&#243;modo y profundamente necesario: pensar mientras todo alrededor era una opresora confusi&#243;n. Y en una &#233;poca que premia la distracci&#243;n y castiga la concentraci&#243;n, esa acci&#243;n min&#250;scula, casi imperceptible, result&#243; m&#225;s subversiva que cualquier discurso aprendido. No estaba protestando, no estaba ense&#241;ando, no estaba dando ejemplo. Simplemente le&#237;a. Y eso, hoy, es suficiente para contrariar a la ignorancia.</p><p><strong>D. M.</strong></p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[La depresión cotidiana del tico II: estudio casi científico de nuestras microtragedias]]></title><description><![CDATA[La depresi&#243;n cotidiana del tico II: estudio casi cient&#237;fico de nuestras microtragedias]]></description><link>https://fragmentosquequedan.com/p/la-depresion-cotidiana-del-tico-ii</link><guid isPermaLink="false">https://fragmentosquequedan.com/p/la-depresion-cotidiana-del-tico-ii</guid><dc:creator><![CDATA[Fragmentos que quedan]]></dc:creator><pubDate>Wed, 17 Dec 2025 22:41:41 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!lrnM!,w_256,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fcf3cc942-83c0-47c3-acb9-413a75497f78_896x896.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p><strong>La depresi&#243;n cotidiana del tico II: estudio casi cient&#237;fico de nuestras microtragedias</strong></p><p>Continuando con esta serie riguros&#237;sima, poco cient&#237;fica y apenas moderadamente seria sobre las causas reales de la depresi&#243;n diaria del tico, hoy corresponde adentrarse en uno de sus ecosistemas m&#225;s hostiles. No es la selva, no es el volc&#225;n Iraz&#250;, no es la Asamblea Legislativa&#8230; aunque podr&#237;a serlo. Es el transporte. Porque si algo define la vida moderna en Costa Rica no es la puntualidad ni la eficiencia, sino la capacidad de sufrir mientras nos movemos, aunque casi nunca nos movamos.</p><p>Empecemos por el Uber, esa ruleta emocional con GPS y vocaci&#243;n filos&#243;fica. Uno abre la aplicaci&#243;n y, por un instante breve pero intenso, siente una maravillosa esperanza. Una esperanza pura, casi infantil. &#171;Llega en 5 minutos&#187;. Uno sonr&#237;e. Todo parece posible. Dos minutos despu&#233;s la promesa se ajusta con delicadeza: &#171;Llega en 10&#187;. Luego en 15. Despu&#233;s en 20. Y cuando uno ya est&#225; considerando seriamente caminar hasta Cartago, o replantearse la veracidad de que la Tierra sea plana, aparece el veredicto final: &#171;Llega en 31&#187;. No treinta. No treinta y cinco. Treinta y uno. Un n&#250;mero elegido con precisi&#243;n quir&#250;rgica para aniquilar cualquier resto de fe en el progreso humano. No es un atraso accidental ni una falla puntual del sistema. Es una experiencia dise&#241;ada para erosionar la paciencia. Uno no espera un carro: espera una promesa que se va deshaciendo en tiempo real, minuto a minuto, como si el reloj tambi&#233;n fuera parte del castigo. Para cuando el Uber finalmente llega, ya no hay alivio, sino un cansancio profundo. Uno se sube distinto. M&#225;s esc&#233;ptico. M&#225;s viejo. M&#225;s dispuesto a aceptar que la Tierra es plana, que las palomas son drones de vigilancia y que el Wi-Fi desaparece justo cuando m&#225;s se necesita por decisi&#243;n de alguna autoridad superior, probablemente rusa y convenientemente invisible. M&#225;s consciente, en todo caso, de que la tecnolog&#237;a tambi&#233;n puede servir para decepcionar con una eficiencia admirable.</p><p>Y luego est&#225;n las presas. Esa s&#237; es una depresi&#243;n nacional cr&#243;nica, persistente y completamente desatendida. Uno sale del pa&#237;s, regresa con una inmensa ilusi&#243;n, abre Waze para volver a casa y ah&#237; est&#225;: la bienvenida oficial. Cuarenta y nueve minutos para avanzar tres cuadras en la ciudad. Y noventa y tres minutos para desplazarse desde el aeropuerto hasta Pavas. &#161;Noventa y tres! Eso, por supuesto, siempre y cuando no haya un accidente en la carretera, porque si lo hay, el tiempo deja de medirse en minutos y pasa directamente a una dimensi&#243;n m&#225;s abstracta... m&#225;s infinita. No importa si uno estuvo afuera una semana o diez a&#241;os. Las presas siempre est&#225;n ah&#237;, fieles, constantes, empeoradas. Cada a&#241;o un poco m&#225;s largas, un poco m&#225;s crueles, como si se alimentaran exclusivamente de nuestra paciencia.</p><p>Como si todo eso no bastara, est&#225;n las calles. Nuestras carreteras. Ese mapa nacional del deterioro cotidiano. Huecos mal arreglados, asfaltados a medias o simplemente disimulados con una mata seca de pl&#225;tano en su interior. Huecos que no aparecen en Waze, pero s&#237; en la suspensi&#243;n del carro y en el &#225;nimo del conductor. Tramos que obligan a reducir la velocidad no por prudencia, sino por supervivencia. Uno maneja esquivando cr&#225;teres como si participara en una prueba improvisada de destreza vehicular, pregunt&#225;ndose en qu&#233; momento el trayecto dej&#243; de ser un medio para convertirse en una experiencia de resistencia mec&#225;nica y espiritual. No se trata de excepciones desafortunadas, sino de una constante que se extiende por las calles, las avenidas y las carreteras, donde avanzar implica aceptar que algo del carro, del cuerpo, del humor y de la salud va a salir peor de lo que entr&#243;.</p><p>A todo lo anterior se suma una colecci&#243;n infinita de microtragedias cotidianas que convierten cualquier trayecto en una prueba no solicitada de paciencia, car&#225;cter y autocontrol.</p><p>Los sem&#225;foros no regulan el tr&#225;nsito: administran la paciencia humana. Funcionan cuando quieren, duran lo que les da la gana y a veces parecen detenerse a reflexionar sobre el sentido de la vida antes de cambiar a verde. Ense&#241;an paciencia a la fuerza, humildad por agotamiento y resignaci&#243;n por insistencia. El problema es que ese intento pedag&#243;gico casi siempre termina en una explosi&#243;n de impaciencia. Uno no sale del sem&#225;foro como mejor persona, sino como alguien exageradamente m&#225;s irritable y profundamente convencido de que el tiempo propio no le importa a nadie. No responden a gritos, miradas ni a los pitazos del universo entero. Cambian a verde justo cuando la paciencia ya se extingui&#243;, como si lo hicieran no por programaci&#243;n, sino como una forma sutil de burla kafkiana, y duran exactamente lo que toma un parpadeo antes de volver a ponerse en rojo.</p><p>El conductor del carril izquierdo, el que transita por la supuesta v&#237;a r&#225;pida, avanza a 27 kil&#243;metros por hora. No 26. No 28. Veintisiete. Un ritmo cuidadosamente elegido para desesperarnos. No responde a pitos, luces ni miradas. No tiene prisa porque no la necesita. El mundo puede esperar. &#201;l ya decidi&#243; que as&#237; va a funcionar su universo.</p><p>El bus que siempre se detiene frente a uno aparece con una puntualidad casi sobrenatural. Abre puertas, las cierra, las vuelve a abrir. Recibe pasajeros, despide conocidos, conversa. A veces uno sospecha que el chofer aprovecha para resolver asuntos pendientes de la vida: comer, reflexionar, existir&#8230; y rascarse alguna incomodidad personal que no admite espera, y en ese sitio justo de su cuerpo donde la dignidad aconseja no describirlo. Nadie va a ir a ning&#250;n lado por un buen rato y todos lo sabemos.</p><p>Y la lluvia. Esa lluvia que nunca cae antes ni despu&#233;s. Solo cuando uno sale corriendo de la casa. Los paraguas siempre se olvidan. Y cuando no, se abren contra el viento y quedan invertidos, in&#250;tiles, apuntando al cielo como si intentaran proteger a las nubes de la sequedad de nuestro pelo y de nuestra ropa. La lluvia no solo moja: elimina cualquier intento de presentaci&#243;n personal apropiada y nos recuerda, sin delicadeza alguna, qui&#233;n manda realmente.</p><p>Pero no todo es transporte y meteorolog&#237;a. Tambi&#233;n est&#225; la loter&#237;a, ese deporte nacional de optimismo mal calculado. El domingo se juega la de consolaci&#243;n. Consolaci&#243;n, qu&#233; palabra tan honesta. Despu&#233;s de la Navide&#241;a, las billeteras quedaron en cuidados intensivos. Se fue el aguinaldo, se fue la esperanza y se fue la paciencia. Y aun as&#237;, aqu&#237; estamos, pidiendo bolados, pr&#233;stamos emocionales y n&#250;meros &#171;fijos&#187; que esta vez s&#237;, ahora s&#237;, sin duda alguna, van a salir. Aprovecho para agradecer cualquier bolado serio, responsable y cient&#237;ficamente comprobado del n&#250;mero que va a salir el pr&#243;ximo domingo. Mi billetera lo agradecer&#225;. El &#225;nimo tambi&#233;n. Y, por supuesto, no puede faltar la JPS, que tuvo el detalle casi surrealista de anunciar el n&#250;mero favorecido con el premio mayor de la Navide&#241;a&#8230; un n&#250;mero que s&#237; sali&#243;, pero que no hab&#237;a sido vendido. &#161;El premio mayor no hab&#237;a sido vendido! El n&#250;mero fue anunciado. El premio tambi&#233;n. Los ganadores, no. Todo estaba dispuesto, todo gir&#243;, pero lo esencial nunca apareci&#243;. </p><p>Y encima de todo esto, llega diciembre con su broche televisivo obligatorio: El Chinamo. Ahora, adem&#225;s, a soportar los chistes reciclados, algunos pasados de tono y otros simplemente pasados; los gritos desaforados de ciertos animadores, la risa ensayada, la euforia forzada y esa sensaci&#243;n colectiva de que hay que celebrar algo, aunque no sepan vendernos la idea de qu&#233;. Una gran fiesta nacional, dicen. M&#250;sica, baile y humor. Mucho humor. Tanto, que a veces uno duda si re&#237;rse, cambiar de canal o agradecer que el control remoto del televisor todav&#237;a tenga un bot&#243;n para apagarlo con un solo movimiento del dedo gordo. La soluci&#243;n infalible.</p><p>Todo esto conforma una experiencia cotidiana compartida por millones. Un ejercicio diario de negociaci&#243;n con el tiempo, la paciencia y la billetera. Avanzamos despacio, pagamos caro y aprendemos a celebrar peque&#241;as victorias, como cuando el Uber llega antes de veinte minutos o cuando un sem&#225;foro cambia sin hacernos dudar seriamente de nuestra salud mental.</p><p>Y si nada cambia, al menos nos queda el consuelo de poder contarlo con sarcasmo. De re&#237;rnos para no colapsar. De escribir para no resignarnos. El sarcasmo, al final, sigue siendo la &#250;nica infraestructura que nunca colapsa, no entra en presa, no se moja con la lluvia y, por ahora, no depende de anuncios comerciales de fin de a&#241;o para subsistir.</p><p>P. D.: Recuerden que los bolados  para la de consolaci&#243;n siguen siendo bienvenidos. Mi billetera a&#250;n se encuentra en la Unidad de Cuidados Intensivos&#8230; despu&#233;s de la Navide&#241;a.</p><p><strong>D. M.</strong></p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[La luz no absuelve a la negligencia]]></title><description><![CDATA[La luz no absuelve a la negligencia]]></description><link>https://fragmentosquequedan.com/p/la-luz-no-absuelve-a-la-negligencia</link><guid isPermaLink="false">https://fragmentosquequedan.com/p/la-luz-no-absuelve-a-la-negligencia</guid><dc:creator><![CDATA[Fragmentos que quedan]]></dc:creator><pubDate>Mon, 15 Dec 2025 22:09:42 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!lrnM!,w_256,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fcf3cc942-83c0-47c3-acb9-413a75497f78_896x896.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>Ayer escrib&#237; desde una convicci&#243;n moral profunda: que la luz siempre desvanecer&#225; la oscuridad. Lo hice desde un lugar espiritual, &#233;tico, humano. Desde la necesidad de aferrarse a algo que no sea el odio cuando el mundo parece estar desintegr&#225;ndose. Nada de lo que voy a escribir hoy contradice una sola l&#237;nea de aquello. No lo debilita. No lo relativiza. Al contrario: nace exactamente de ese mismo lugar.</p><p>Lo ocurrido en S&#237;dney durante la celebraci&#243;n de Januc&#225;, cuando dos terroristas fuertemente armados atacaron deliberadamente a una comunidad reunida para celebrar la vida y la memoria, no sacude solo las emociones o las conciencias sensibles. Deber&#237;a sacudir a cualquier naci&#243;n con una pizca de moral, de responsabilidad institucional y de respeto por la vida humana. Fue un ataque terrorista antisemita, ejecutado con brutalidad y odio expl&#237;cito, que dej&#243; numerosos muertos, heridos graves y una comunidad devastada. Y dej&#243;, adem&#225;s, una pregunta imposible de esquivar: c&#243;mo fue posible que esto ocurriera del modo en que ocurri&#243;.</p><p>Uno de los atacantes muri&#243; despu&#233;s de asesinar y herir de gravedad a decenas de inocentes. El otro fue capturado en estado cr&#237;tico. Pero antes de eso, ambos ejercieron libremente su instinto asesino durante m&#225;s de diez minutos. &#161;M&#225;s de diez minutos! Diez minutos eternos en los que no hubo ninguna contenci&#243;n efectiva. &#161;Ninguna! Diez minutos en los que el horror avanz&#243; sin ninguna oposici&#243;n. Diez minutos en los que familias enteras quedaron a merced del odio armado mientras las fuerzas encargadas de proteger no protegieron. No fue un instante. No fue un segundo tr&#225;gico imposible de prever. Fue un tiempo intolerable; fue un tiempo inadmisible; fue un tiempo imperdonable, en el que la inacci&#243;n permiti&#243; que la barbarie se ejecutara con m&#233;todo, con sa&#241;a y con total impunidad.</p><p>Con el paso de las horas, lo que ha ido saliendo a la luz p&#250;blica agrava a&#250;n m&#225;s la conmoci&#243;n y lo terror&#237;fico de la situaci&#243;n. Uno de los atacantes hab&#237;a sido investigado a&#241;os atr&#225;s por los servicios de inteligencia australianos por v&#237;nculos con el extremismo islamista. A pesar de ello, a&#241;os despu&#233;s particip&#243; en una matanza que golpe&#243; de lleno a la comunidad jud&#237;a y volvi&#243; inocultable una amenaza largamente advertida y desatendida, exponiendo ante quien quisiera verlo el costo real de a&#241;os de negligencia y permisividad. No se trata de una falla menor de diagn&#243;stico. Es la evidencia de un fracaso absoluto del sistema de prevenci&#243;n y de un aparato estatal que, movido por la indiferencia, la desidia o algunos turbios intereses pol&#237;ticos, dej&#243; que una amenaza conocida se convirtiera en una horrenda masacre.</p><p>M&#225;s grave a&#250;n resulta saber que el padre de ese asesino pose&#237;a legalmente seis armas de fuego en un pa&#237;s que se presenta ante el mundo como ejemplo de control estricto de armas. Es leg&#237;timo preguntarse, sin rodeos ni excusas, c&#243;mo se explica que alguien con ese entorno, ese historial y esas se&#241;ales de alerta pudiera acceder y conservar semejante arsenal. Esas armas terminaron vertiendo sangre sobre familias, tant&#237;simas familias, y sobre millones de seres humanos que hoy lamentamos no solo la tragedia, sino la ineficiencia, la incompetencia y, aunque cueste decirlo, la sombra inquietante de una posible complicidad por omisi&#243;n.</p><p>Cuando se permite que el odio se exprese sin freno, cuando el antisemitismo se normaliza en las calles, en las redes y en las manifestaciones, cuando se tolera la excitaci&#243;n p&#250;blica a la violencia y el se&#241;alamiento constante de una comunidad, no se est&#225; defendiendo la libertad de expresi&#243;n; se est&#225; dejando el terreno f&#233;rtil para que el terror act&#250;e; se est&#225; renunciando, de hecho, a la obligaci&#243;n b&#225;sica de todo Estado: proteger la vida de sus ciudadanos.</p><p>Lo que hoy expreso no disminuye en lo absoluto lo que escrib&#237; ayer sobre la luz de Januc&#225;. No retrocede ni un mil&#237;metro en esa afirmaci&#243;n. Pero la luz no es una forma de pasividad. No es un c&#243;modo silencio. No es una resignaci&#243;n insensible. La luz tambi&#233;n exige una verdad absoluta, el mayor de los compromisos y, por sobre todas las cosas, una justicia pronta y cumplida. Exige se&#241;alar con claridad cuando los gobernantes permiten que el odio y el antisemitismo act&#250;en a su antojo, sin consecuencias, sin l&#237;mites y sin prevenci&#243;n real.</p><p>Ah&#237; donde el odio oper&#243; con libertinaje porque el Estado fall&#243; en toda la extensi&#243;n de la palabra, la luz no viene a ofrecer consuelo ni c&#243;modos senderos. Viene a desnudar el abandono institucional, a se&#241;alar sin ambig&#252;edades a los responsables y a dejar claro que cada omisi&#243;n, cada demora y cada silencio tambi&#233;n forman parte del crimen.</p><p>Elevo mi m&#225;s severa protesta contra esa permisividad. Contra la insuficiente acci&#243;n de quienes deb&#237;an prever y prevenir. Contra los vac&#237;os institucionales que han permitido que el odio armado se ejecute con consecuencias letales. Y, al mismo tiempo, expreso mi m&#225;s profundo p&#233;same a las familias de las v&#237;ctimas, mi solidaridad con quienes hoy atraviesan el duelo y mi deseo sincero de pronta recuperaci&#243;n para los heridos.</p><p>Que la luz de Januc&#225; siga encendida. No para negar la oscuridad, sino para obligarnos a mirarla de frente, a combatirla y a no permitir que vuelva a actuar con tant&#237;sima impunidad.</p><p><strong>D. M.</strong></p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[La luz siempre desvanecerá la oscuridad]]></title><description><![CDATA[La luz siempre desvanecer&#225; la oscuridad]]></description><link>https://fragmentosquequedan.com/p/la-luz-siempre-desvanecera-la-oscuridad</link><guid isPermaLink="false">https://fragmentosquequedan.com/p/la-luz-siempre-desvanecera-la-oscuridad</guid><dc:creator><![CDATA[Fragmentos que quedan]]></dc:creator><pubDate>Sun, 14 Dec 2025 17:14:02 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!lrnM!,w_256,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fcf3cc942-83c0-47c3-acb9-413a75497f78_896x896.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>La luz siempre desvanecer&#225; la oscuridad</p><p>Anoche, en Sidney, Australia, mientras para nosotros en Am&#233;rica el d&#237;a apenas comenzaba, miles de jud&#237;os se reun&#237;an para encender la primera vela de Januc&#225;. Era una noche dedicada a la memoria y a la esperanza. Una noche para recordar un milagro antiguo, uno de esos que no prometen un mundo sin mal, pero s&#237; la certeza de que el mal no consigue dominarlo todo. Y sin embargo, en medio de esa reuni&#243;n pac&#237;fica, dos o tres terroristas abrieron fuego a sangre fr&#237;a contra la multitud. Hoy contamos doce muertos, decenas de heridos y una herida moral y mortal que atraviesa continentes y conciencias.</p><p>No es solo el horror del atentado lo que duele. Duele el contexto. Duele el momento. Duele lo que representa. Porque Januc&#225; no es una celebraci&#243;n cualquiera. Januc&#225; es, desde su origen, una respuesta espiritual frente a la oscuridad. Conmemora el milagro ocurrido en el Templo de Jerusal&#233;n cuando, tras la profanaci&#243;n, solo se encontr&#243; un peque&#241;o frasco de aceite puro, suficiente apenas para un d&#237;a, y sin embargo ardi&#243; ocho d&#237;as completos. Ocho d&#237;as de luz donde la l&#243;gica indicaba apagarse. Ocho d&#237;as que permitieron devolverle al Templo su sentido y su dignidad, y recordarle al mundo que incluso lo peque&#241;o, lo fr&#225;gil y lo escaso pueden sostenerse cuando hay fe.</p><p>Por eso cada noche se enciende una vela m&#225;s en la januki&#225;, que no tiene ocho brazos sino nueve. Porque una de ellas, el shamash, no est&#225; all&#237; para brillar por s&#237; misma, sino para encender a las otras. Esa vela que no arde para s&#237;, sino para dar luz a las otras: la luz verdadera no se reserva, se comparte. Y quiz&#225;s por eso Januc&#225; ha sobrevivido siglos de persecuci&#243;n, exilios y silencios impuestos. Porque no celebra el poder, sino la permanencia. No celebra la fuerza, sino la continuidad.</p><p>Lo ocurrido en Australia no es un hecho aislado. Forma parte de un aumento alarmante del antisemitismo, no solo all&#237;, sino en demasiados lugares del mundo. Un antisemitismo que se disfraza de consignas pol&#237;ticas, de supuesta indignaci&#243;n moral, de llamados a la violencia contra Israel que terminan se&#241;alando, una vez m&#225;s, a jud&#237;os concretos, reales, de carne y hueso. Familias. Ni&#241;os. Ancianos. Personas reunidas para encender una vela. El odio antiguo vuelve a expresarse con palabras nuevas, pero su intenci&#243;n sigue siendo la misma.</p><p>Hay quienes creen que el pueblo jud&#237;o est&#225; acostumbrado a esto. No lo est&#225;. Nunca lo estuvo. No se acostumbra uno a ser atacado por existir, ni a ser perseguido por reunirse en paz, ni a enterrar inocentes por el solo hecho de celebrar una tradici&#243;n. Y sin embargo, seguimos encendiendo velas. No por ingenuidad, sino por fidelidad a la memoria y a lo que somos. Porque sabemos que apagar la luz ser&#237;a concederle a la oscuridad algo que no le pertenece.</p><p>Januc&#225; nos recuerda que los milagros no siempre son espectaculares. A veces son silenciosos. A veces consisten simplemente en que una llama no se extinga cuando todo invita a que lo haga. En un universo tan vasto y complejo, ya es un milagro que la vida persista, que la bondad no desaparezca del todo, que a&#250;n existan personas dispuestas a reunirse para celebrar la luz aun sabiendo que el mundo se est&#225; oscureciendo.</p><p>Hoy las noticias pesan. No solo informan: aplastan. Arrastran consigo una sensaci&#243;n de un mundo que se vuelve m&#225;s inh&#243;spito, m&#225;s &#225;spero, m&#225;s dif&#237;cil de habitar con serenidad. El lenguaje se vuelve m&#225;s agresivo. La empat&#237;a parece escasear. Pero Januc&#225; insiste, con una obstinaci&#243;n serena y profunda, en que la oscuridad nunca es absoluta. La oscuridad puede ocupar mucho espacio, puede herir, puede matar, pero no puede crear. La luz, en cambio, incluso cuando es peque&#241;a, tiene la capacidad de transformar todo lo que toca.</p><p>Por eso, incluso hoy, encendemos la primera vela. No para negar el dolor, sino para no rendirnos frente a &#233;l. No para olvidar a los muertos, sino para honrar su memoria. No para fingir que el mundo es justo, sino para recordar que a&#250;n puede aspirar a serlo.</p><p>Esta noche, cuando la llama arda, ser&#225; m&#225;s que un ritual. Ser&#225; un acto de fe. Un acto de memoria. Un acto de afirmaci&#243;n moral y espiritual frente a la barbarie. Ser&#225; decir, una vez m&#225;s, que no renunciamos a la luz aunque el mundo parezca empe&#241;ado en oscurecerse.</p><p>Elevemos una plegaria profunda por las almas inocentes que perecieron en esta barbarie, por las familias destrozadas y por la pronta recuperaci&#243;n de la salud de quienes resultaron heridos. Que encuentren consuelo donde las palabras no alcanzan. Que la luz de Januc&#225; los envuelva y los acompa&#241;e.</p><p>Y que no olvidemos nunca que, incluso cuando la noche parezca interminable, una sola vela basta para recordar que la oscuridad no es eterna.</p><p>D. M.</p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[La depresión cotidiana del tico: estudio casi científico de nuestras microtragedias]]></title><description><![CDATA[La depresi&#243;n cotidiana del tico: estudio casi cient&#237;fico de nuestras microtragedias]]></description><link>https://fragmentosquequedan.com/p/la-depresion-cotidiana-del-tico-estudio</link><guid isPermaLink="false">https://fragmentosquequedan.com/p/la-depresion-cotidiana-del-tico-estudio</guid><dc:creator><![CDATA[Fragmentos que quedan]]></dc:creator><pubDate>Thu, 11 Dec 2025 17:14:20 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!lrnM!,w_256,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fcf3cc942-83c0-47c3-acb9-413a75497f78_896x896.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p><strong>La depresi&#243;n cotidiana del tico: estudio casi cient&#237;fico de nuestras microtragedias</strong></p><p>He decidido inaugurar una serie de art&#237;culos riguros&#237;simos, poco cient&#237;ficos y solo medianamente serios sobre las causas reales de la depresi&#243;n diaria del tico. No las causas m&#233;dicas, sino las aut&#233;nticas, las que uno siente en el alma, en la billetera, en la paciencia y, sobre todo, en ese transitar diario por las carreteras de Costa Rica, un territorio donde el tiempo avanza pero los autom&#243;viles no. Ignoro si esta serie sobrevivir&#225; al cansancio nacional, pero al menos hoy existe, que ya es mucho decir despu&#233;s de lo que han sido las &#250;ltimas semanas.</p><p>Y empezamos por el fen&#243;meno que convirti&#243; al pa&#237;s en un parqueo interminable: Bad Bunny. Ese diz que cantante, un prodigio de la ausencia: ausencia de voz, ausencia de melod&#237;a, ausencia de poes&#237;a y una absoluta falta de pudor, pero con un poder casi sobrenatural para paralizar un pa&#237;s entero. Bast&#243; que decidiera vociferar babosadas en el Estadio Nacional para que todo se detuviera. Yo tard&#233; setenta y cinco o quiz&#225;s ochenta y cinco minutos en recorrer doce kil&#243;metros entre Pavas y Santa Ana. Y no era una presa. Era un castigo que habr&#237;a hecho renunciar incluso a un monje budista en plena iluminaci&#243;n, como si el universo quisiera recordarnos que el karma a veces se paga con reguet&#243;n.</p><p>Imagino que si Kafka hubiese nacido en La Pitahaya, habr&#237;a entendido este pa&#237;s mucho antes que nosotros. Su novela El Proceso ser&#237;a, en versi&#243;n tica, la historia de un ciudadano atrapado eternamente entre el Paseo Col&#243;n y el edificio del ICE en La Sabana, pregunt&#225;ndose qu&#233; falta cometi&#243; para no avanzar jam&#225;s mientras la ciudad se convert&#237;a en un hervidero de bocinas, frustraci&#243;n y resignaci&#243;n acumulada. Las calles estaban tan inm&#243;viles que uno pod&#237;a analizar, con rigurosidad cient&#237;fica, la vida interior del conductor del carril vecino. Tambi&#233;n se pod&#237;a escuchar, con una claridad sorprendente, c&#243;mo se acordaba de la mam&#225; del presidente con una creatividad ling&#252;&#237;stica admirable. Nada se mov&#237;a, excepto el reguet&#243;n, esa criatura escandalosa, rid&#237;cula e inmoral que se desparram&#243; como peste moderna por cada carro, moto y aud&#237;fono disponible en toda la vecindad.</p><p>A esto se suma otro factor depresivo de origen nacional: el f&#250;tbol. No cualquier f&#250;tbol, sino ese eterno casi casi que ya deber&#237;a declararse patrimonio emocional de la frustraci&#243;n. Casi casi ganamos, casi casi clasificamos, casi casi hicimos historia. Aqu&#237; no celebramos victorias ni lloramos derrotas: vivimos en un punto muerto sentimental donde no se gana ni se pierde, solo se sufre. Es una costumbre nacional, un estado perpetuo de casi-logro que nadie pidi&#243; pero todos heredamos.</p><p>Luego est&#225; la loter&#237;a. Esa tradici&#243;n tica en la que cada domingo invertimos dinero, esperanza y un poquito de dignidad para comprar n&#250;meros que casi casi salen. Y ahora viene la Navide&#241;a del pr&#243;ximo domingo, esa ruleta emocional donde apostamos medio aguinaldo con la fe de que esta vez s&#237;. O casi casi s&#237;. Y la billetera, mientras tanto, queda temblando y en estado severo de desnutrici&#243;n. Y aun as&#237; insistimos, porque en este pa&#237;s la esperanza no muere: solo queda en observaci&#243;n.</p><p>Pero nada resume mejor la depresi&#243;n tica que nuestro clima emocional. Con solo que caiga una gar&#250;a se inunda el pa&#237;s. Con solo que un sem&#225;foro se ponga t&#237;mido la ciudad se paraliza. Con solo que Waze diga doce minutos sabemos que en realidad son cuarenta y nueve. Vivimos en un paisaje hermoso, s&#237;, pero tambi&#233;n perfectamente dise&#241;ado para producir microtragedias diarias que drenan la serotonina nacional. La belleza no nos salva; apenas nos consuela.</p><p>Esto es apenas un pr&#243;logo. Un primer cap&#237;tulo. Un mapa emocional del caos. Lo que sigue ser&#225; m&#225;s profundo, m&#225;s filos&#243;fico y, probablemente, m&#225;s deprimente. Pero por ahora, estimado lector, lo invito a colaborar en esta investigaci&#243;n nacional. Comparta sus hallazgos sobre este hermoso y eternamente atorado pa&#237;s donde un simple acorde mal cantado puede provocar embotellamientos existenciales.</p><p>Y si nada cambia, al menos nos queda el consuelo de poder contarlo con sarcasmo: esa infraestructura que nunca colapsa ni se detiene por los aullidos desaforados de un reguetonero.</p><p>D. M.</p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Guía muy larga para perder el tiempo con dignidad y paciencia]]></title><description><![CDATA[Gu&#237;a muy larga para perder el tiempo con dignidad y paciencia]]></description><link>https://fragmentosquequedan.com/p/guia-muy-larga-para-perder-el-tiempo</link><guid isPermaLink="false">https://fragmentosquequedan.com/p/guia-muy-larga-para-perder-el-tiempo</guid><dc:creator><![CDATA[Fragmentos que quedan]]></dc:creator><pubDate>Sun, 07 Dec 2025 15:19:12 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!lrnM!,w_256,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fcf3cc942-83c0-47c3-acb9-413a75497f78_896x896.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p><strong>Gu&#237;a muy larga para perder el tiempo con dignidad y paciencia</strong></p><p>Las emociones no consultan: act&#250;an. Y despu&#233;s, a uno le toca sobrevivirlas.</p><p>Hace unos d&#237;as, un amigo escribi&#243; en un grupo cultural de WhatsApp un mensaje que dec&#237;a: &#8220;Lean este art&#237;culo, es peque&#241;o y f&#225;cil de leer&#8221;. Y confieso que algo en m&#237; se encogi&#243;, como si hubiera escuchado una alarma que nadie m&#225;s oy&#243;. No por el art&#237;culo, sino por la frase. Hoy la gente quiere textos que no exijan atenci&#243;n, que se dejen leer sin resistencia, que se puedan digerir en menos de lo que tarda un sem&#225;foro en cambiar de luz. La lectura que exige un grado moderado de concentraci&#243;n cansa; la que no se deja devorar de un bocado simplemente dej&#243; de encajar en este siglo apresurado.</p><p>Y entonces pens&#233; en escribir algo que vaya en contra de esa prisa. Un art&#237;culo medio largo, medio divertido, levemente profundo, un poco baboso y, sobre todo, escrito para quien pretenda llegar al final con algo m&#225;s que una d&#233;bil sonrisa y una ingenua mocedad reciclada. Un texto que no se disculpe por tomarse su tiempo, que respire a su antojo y que no pueda comprimirse en treinta segundos de lectura veloz. Un texto sobre algunas emociones, acompa&#241;ado de un ins&#243;lito manual de instrucciones para esos turbios laberintos donde uno termina escorando precisamente por no tener instrucciones a mano.</p><p>Las emociones no piden permiso ni explicaciones: simplemente ocurren. Y despu&#233;s, a uno le toca sobrevivir a todo lo que nos dejaron incrustado.</p><p>El tren lleg&#243; a Puntarenas como llegan algunas emociones: a destiempo y sin pedir permiso. Me baj&#233; con esa sensaci&#243;n extra&#241;a de caminar dentro de algo que no sab&#237;a si era un recuerdo, un presentimiento o una nostalgia reci&#233;n nacida. El aire ol&#237;a a sal, a mango verde, a vigor&#243;n y a cajetas de coco reci&#233;n envueltas en una bolsa de papel. Camin&#233; hacia el Paseo de los Turistas con esa obediencia ciega que uno tiene ante lo que no entiende del todo. El bullicio, las bicicletas, la m&#250;sica lejana y el rumor del mar se mezclaban en un desorden perfecto. Y en medio de todo eso apareci&#243; un temblor suave, ese que surge cuando el alma quiere decir algo pero a&#250;n no encuentra las palabras adecuadas. A veces convivir con uno mismo empieza as&#237;: con una marea interior que sube sin aviso.</p><p>Las emociones llegan m&#225;s lejos que las ideas. El pensamiento avanza en l&#237;nea recta; las emociones viajan por las m&#225;s ins&#243;litas sendas de tierra que rodean las casas donde nuestras primeras memorias comenzaron a florecer. Basta un olor, una gota de lluvia sobre las latas de zinc del techo, un rayo de luz o una canci&#243;n &#8220;de las de antes&#8221;, y uno regresa sin querer.</p><p>El mal humor me ha acompa&#241;ado desde ni&#241;o. No siempre como un enemigo; a veces como un viejo aviso que sabe exactamente cu&#225;ndo volver. Recuerdo aquellas tardes en que me obligaban a usar un su&#233;ter de lana que picaba como si estuviera tejido con gusanos de ortiga. Hoy s&#233; que era una alergia, pero entonces mi cerebro insist&#237;a en convencerme de que se trataba de una conspiraci&#243;n dom&#233;stica. Ese intenso prurito sigue ah&#237;. Hoy aparece cuando pierdo las llaves o cuando la tostada decide carbonizarse justo en el &#250;nico momento en que no ten&#237;a un minuto m&#225;s para perder. Pero no viene a arruinar nada: solo a recordarme que hay partes de m&#237; que a&#250;n necesitan cuidados especiales.</p><p>Instrucci&#243;n 1: Si el mal humor llega sin avisar, no lo expulse. A veces solo quiere sacudirle el polvo a aquellos recuerdos que usted no orden&#243; bien&#8230; o que nunca se rasc&#243; como deb&#237;a.</p><p>La gratitud llega en un carruaje diferente. No hace ruido, no toca la puerta, no exige aplausos. Entra como una ola suave que moja los tobillos sin que uno la note venir. Aparece en un escueto desayuno, en un abrazo espont&#225;neo, en una llamada que evita una tormenta. Pero tambi&#233;n surge en una silla que nos ceden sin pedirla, en la sonrisa cansada de alguien que a&#250;n encuentra fuerzas para preguntar c&#243;mo estuvo el d&#237;a, en la paciencia de la salonera que escucha lo que uno no sabe pedir. Se esconde en el gesto peque&#241;o de quien se queda un rato m&#225;s aunque tenga prisa; en la mano que sostiene una bolsa pesada sin convertirlo en acto heroico; en la frase perfecta que llega justo antes de que el silencio se vuelva insoportable. La gratitud no embellece la vida: la vuelve respirable. M&#225;s amable. M&#225;s humana. Como si recordara de pronto que, incluso en los d&#237;as dif&#237;ciles, alguien estuvo ah&#237;, sosteniendo una esquina del mundo para que no se viniera abajo.</p><p>Instrucci&#243;n 2: La gratitud trabaja en silencio. Si hace ruido, probablemente est&#225; tratando de ser otra cosa.</p><p>Las sonrisas nacen de cosas ins&#243;litas. De un beso torpe que inaugura una armon&#237;a desconocida. De un extra&#241;o que baila como si hubiera olvidado el concepto de la ridiculez. De un ni&#241;o riendo con esa sinceridad que la vida se encarga de deteriorar con los a&#241;os. Tambi&#233;n brotan de una frase dicha en el momento justo, de una mirada que coincide con otra en el segundo exacto, de un min&#250;sculo gesto que ilumina un d&#237;a entero. Y claro: a veces estallan por accidente, como cuando el mundo decide ponerse a jugar de extravagante sin previo aviso. Hay sonrisas que no explican nada y otras que lo explican mejor que cualquier discurso; hay sonrisas que no resuelven nada y otras que desactivan cat&#225;strofes dom&#233;sticas con una eficiencia envidiable. Pero todas reparan algo dentro de nosotros: una grieta diminuta, un cansancio entrado en a&#241;os, una picaz&#243;n que no sab&#237;amos con qu&#233; rascarnos. Son restauraciones tan silenciosas que uno solo entiende su alcance cuando el d&#237;a ha comenzado a pesar un poco menos.</p><p>Instrucci&#243;n 3<strong>:</strong> Conserve cada sonrisa inesperada. No ocupan espacio, no requieren mantenimiento y, cuando menos lo espere, alguna de ellas terminar&#225; alegr&#225;ndole una ma&#241;ana, un d&#237;a o incluso una semana; un recuerdo que cre&#237;a perdido o una conversaci&#243;n que iba directa a lanzarse al precipicio. Gu&#225;rdelas donde guarda lo esencial: en el alma.</p><p>El coraz&#243;n es un caso aparte. Una criatura imprudente, noble y testaruda que siempre va por su cuenta. Se entusiasma con detalles que la raz&#243;n no alcanza a comprender, se entrega donde no debe y no se asoma en aquellos sitios donde la vida le habr&#237;a sido m&#225;s sencilla. Tiene la mala costumbre de destrozarse a deshoras y la buena costumbre de repararse sin pedir permiso. Le basta una frase agradable, un delicado aroma antiguo o un gesto de cari&#241;o inesperado para volver a latir con esa obstinaci&#243;n que lo hace parecer m&#225;s joven y, para colmo, m&#225;s torpe de lo que en realidad es. A veces lo observo y pienso que es la parte m&#225;s inocente que me queda: la que cree sin garant&#237;as, la que apuesta sin calcular, la que se lanza al mar sin fijarse en la marea y, aun as&#237;, regresa a la orilla convencida de que vali&#243; la pena intentarlo.</p><p>Instrucci&#243;n 4<strong>:</strong> No intente domesticar al coraz&#243;n. Tiende a morder rabiosamente las instrucciones y a escaparse por cualquier ranura que deje pasar la luz . D&#233;jele siempre una salida segura y un poco de agua. &#201;l sabr&#225; volver cuando tenga sed y decida dejar de desobedecer.</p><p>Y el amor&#8230; &#161;Ay, el amor! El amor es como navegar en un bote min&#250;sculo en alta mar. Revuelve todo lo que estaba estancado, remueve lo que uno cre&#237;a quieto y abre habitaciones que uno hab&#237;a clausurado por estricta salud mental. Tiene ese ins&#243;lito talento para obsequiar serenidad y tormenta en la misma noche, como si disfrutara de la contradicci&#243;n. A veces hiere con precisi&#243;n quir&#250;rgica; otras protege con una devoci&#243;n que parece excesiva para la trama que se est&#225; desarrollando. Y casi siempre hace ambas cosas a la vez, probablemente porque no sabe comportarse de manera coherente. &#161;Nunca lo hace! Pero deja algo verdadero: un rastro que uno puede seguir incluso despu&#233;s del naufragio y un cambio inevitable en la manera de mirar nuestra galaxia, y nuestro andar por el universo. El amor nunca llega a tiempo, pero tampoco se va cuando deber&#237;a.</p><p><strong>Instrucci&#243;n 5:</strong> Cuando el amor revoluciona la casa entera, no busque a los culpables. Busque un punto firme donde apoyar el dedo gordo del pie. Si lo encuentra, ya gan&#243; medio viaje a una hermosa playa y un pedazo del premio mayor de la loter&#237;a navide&#241;a.</p><p>Todas estas emociones conviven como los sonidos de Puntarenas al caer la tarde: el mar avanzando y retrocediendo con su rutina infinita, la m&#250;sica persistente de alguna soda, las risas dispersas que se mezclan con la brisa, el paso distante de una bicicleta sobre la acera caliente. Nada encaja a la perfecci&#243;n, pero todo encuentra su sitio sin importar el momento. As&#237; funciona tambi&#233;n la vida interior: un conjunto de se&#241;ales que rara vez coinciden, pero que aun as&#237; terminan dibujando algo comprensible cuando uno deja de insistir en usar los pinceles que no sirven para semejante paisaje.</p><p>Instrucci&#243;n 6: Antes de ordenar sus emociones, revise el pincel que se encuentra utilizando. A veces el desorden no est&#225; en ellas, sino en la mano que insiste en colorearlas.</p><p>Este art&#237;culo es incompleto porque nosotros tambi&#233;n lo somos. Porque cada emoci&#243;n cambia de rumbo sin consultarnos. Porque convivir con uno mismo no es encontrar un sitio especial en una isla desierta, sino regresar a ese territorio &#237;ntimo donde conviven lo que uno fue, lo que es y lo que todav&#237;a no sabe qu&#233; forma tendr&#225; cuando despunte el alba. Somos mareas cambiantes: unas d&#243;ciles, otras caprichosas, otras casi violentas, todas obedeciendo una l&#243;gica que solo se revela cuando uno deja de perseguir explicaciones.</p><p>Y entonces, no s&#233; explicar su naturaleza, sent&#237; que hab&#237;a llegado el momento de volver. Cuando me sub&#237; al tren para regresar a San Jos&#233;, el mar segu&#237;a respirando detr&#225;s de m&#237; como si no quisiera soltarme. Desde El Plikiti se escuchaba la voz de Serrat cantando entre risas y viento: &#171;Y a tus atardeceres rojos se acostumbraron mis ojos&#8230; soy cantor, soy embustero, tengo alma de marinero&#187;. Era una despedida vocalizada por el cantautor. Puntarenas haciendo lo que sabe hacer: guardar algo de uno para devolverlo m&#225;s adelante, cuando haga falta.</p><p>Me acomod&#233; como pude, todav&#237;a con la melod&#237;a de Serrat entrando por la ventana del vag&#243;n y el mar respirando detr&#225;s de la estaci&#243;n. Pero entonces ocurri&#243; algo extra&#241;o: la luz comenz&#243; a deshilacharse, el sonido del viento se volvi&#243; un murmullo lejan&#237;simo y todo el paisaje de Puntarenas empez&#243; a plegarse como quien retira una s&#225;bana extendida al sol. El tren, las voces, la costa&#8230; todo se fue apagando con una delicadeza que no sab&#237;a si era sue&#241;o, despedida o una jugarreta de mi memoria.</p><p>Busqu&#233; mi asiento y, fiel a mi torpeza, me dej&#233; caer encima de algo inesperadamente duro. Salt&#233; como si me hubiera sentado sobre una bolsa de pejibayes reci&#233;n hervidos. Tard&#233; un segundo en entenderlo: no hab&#237;a ning&#250;n pejibaye. Era una novela de tapa gruesa que hab&#237;a estado leyendo la noche anterior y que, en mi confusi&#243;n, confund&#237; con un fruto radioactivo. Nada m&#225;s humano que asustarse de un libro.</p><p>Despert&#233; en mi cama, con la novela de tapa dura debajo de mi muslo, y un leve olor imaginario a sal aferrado a los rayos del alba. Mi esposa estaba ah&#237;, tarareando con impecable convicci&#243;n: &#171;Cerca del mar, porque yo nac&#237; en el Mediterr&#225;neo&#8230;&#187;.</p><p>&#8212;Idiay, &#191;qu&#233; esperabas? Pasaste la noche hablando de playas y emociones &#8212;dijo mi esposa, y luego a&#241;adi&#243;&#8212;: Mediterr&#225;neo es donde vas a ir a escorar si no te levant&#225;s ya y me ayud&#225;s con el desayuno.</p><p>Convivir con uno mismo tambi&#233;n es esto: perderse en Puntarenas, regresar cantando Mediterr&#225;neo, despertar con risa y nostalgia y entender que las emociones que vuelven, incluso desde un sue&#241;o, vienen a recordar qui&#233;nes somos cuando nadie nos ve.</p><p>Ya en la mesa, jurar&#237;a haber escuchado a Alexa tararear: &#171;Y te acercas y te vas despu&#233;s de besar mi aldea&#8230;&#187;. Sonre&#237;, hasta recordar que Alexa hab&#237;a muerto en un peque&#241;o accidente, y sus restos quedaron esparcidos por el piso de la cocina. No pod&#237;a cantar, pero la sonrisa se qued&#243;. Algunas sonrisas se quedan aunque la l&#243;gica proteste.</p><p>Y pens&#233; que, a veces, son esos peque&#241;os desvar&#237;os los que revelan algo de nosotros que ni siquiera sab&#237;amos que estaba ah&#237;.</p><p>Este art&#237;culo es incompleto porque nosotros tambi&#233;n lo somos. Lo dem&#225;s, los regresos, los sobresaltos, las nostalgias inesperadas, se descubren como quien encuentra una playa nueva despu&#233;s de una tormenta.</p><p>Por todo esto, estimado lector, no se tome este texto demasiado en serio. No est&#225; hecho para ordenar la vida, sino para acompa&#241;arla. Y si lleg&#243; hasta aqu&#237; sin exigir que fuera breve, masticado o resumible en treinta segundos de lectura veloz, bienvenido: todav&#237;a forma parte de esa especie que aprecia un texto que respira a su ritmo y no al del reloj. Aunque, siendo justos, la lectura r&#225;pida tambi&#233;n tiene su lugar, sobre todo cuando se trata de recetas m&#233;dicas, invitaciones a conciertos de reguet&#243;n o confirmaciones de almuerzo. Para todo lo dem&#225;s, t&#243;mese su tiempo. La prisa tambi&#233;n merece vacaciones.</p><p>La impaciencia, esa emoci&#243;n moderna que exige todo para ayer, llega, hojea el texto como quien compara precios en un supermercado abarrotado y pregunta: &#171;&#191;Era necesario hacerlo tan largo?&#187;. Y uno solo puede sonre&#237;rle por educaci&#243;n, como quien concede raz&#243;n al que jam&#225;s la tendr&#225;.</p><p>Instrucci&#243;n final: Si busca lecturas r&#225;pidas y f&#225;ciles, lea el t&#237;tulo y deje el resto para cuando la prisa le d&#233; vacaciones. Y si alg&#250;n d&#237;a la prisa decide marcharse sin avisar, aproveche ese raro silencio para leer algo que no pueda consumirse de un sorbo. Tal vez descubra que el verdadero lujo no es entenderlo todo, sino permitirse una leve demora. Despu&#233;s de todo... &#161;ninguna emoci&#243;n importante va a llegarle en Moto Express!</p><p><strong>D. M.</strong></p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Cuando el agua del cielo despierta lo que dormía en el alma]]></title><description><![CDATA[Cuando el agua del cielo despierta lo que dorm&#237;a en el alma]]></description><link>https://fragmentosquequedan.com/p/cuando-el-agua-del-cielo-despierta</link><guid isPermaLink="false">https://fragmentosquequedan.com/p/cuando-el-agua-del-cielo-despierta</guid><dc:creator><![CDATA[Fragmentos que quedan]]></dc:creator><pubDate>Fri, 28 Nov 2025 04:29:08 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!lrnM!,w_256,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fcf3cc942-83c0-47c3-acb9-413a75497f78_896x896.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>Cuando el agua del cielo despierta lo que dorm&#237;a en el alma</p><p>Lo descubr&#237; tarde, pero a&#250;n a tiempo: la lluvia no es un fen&#243;meno meteorol&#243;gico, sino un archivo; un archivo del tiempo y de la memoria. Cada gota arrastra olores que no vienen del cielo, sino del fondo mismo de la vida, de esos lugares &#237;ntimos donde el alma se detiene y respira.</p><p>De ni&#241;o no sab&#237;a explicarlo, pero lo entend&#237;a sin esfuerzo. Bastaba sentarme junto a la ventana y ver c&#243;mo la tarde se deshac&#237;a en gotas sobre el techo de zinc. No hab&#237;a prisa; no hab&#237;a obligaciones disfrazadas de urgencias. Solo el ruido de las gotas golpeando el techo, ese sonido que entonces era un  rito placentero de la infancia y que hoy, cuando lo escucho, tiene la fuerza de un recuerdo que vuelve sin pedir permiso; que me arrebata la paz y la transforma en un sinf&#237;n de fotograf&#237;as: el bullicio amado de Barrio M&#233;xico, las carreras para no llegar tarde a la Escuela Rep&#250;blica Argentina, el olor a cuadernos nuevos, la luz col&#225;ndose por las rendijas de la tarde y apur&#225;ndonos a salir a jugar antes de que el anochecer nos robara el tiempo; los gritos lejanos de los amigos llamando desde la calle.</p><p>Y con ese olor tambi&#233;n regresan ellos: mis padres, mis hermanos, mis amigos de siempre; esa multitud silenciosa que habita en las esquinas m&#225;s hondas de mi alma. No los convoco, pero vuelven. No los busco, pero aparecen cada vez que la lluvia abre la puerta del tiempo. Es la infancia entrando de nuevo, con su desorden perfecto, con su amor sin explicaciones; con esa belleza que uno solo entiende plenamente cuando ya se ha ido.</p><p>Es extra&#241;o c&#243;mo funciona la memoria: basta el olor de la lluvia para que todo regrese con una claridad que ning&#250;n esfuerzo consciente podr&#237;a conseguir. Ese aroma terroso, sosegado, denso y antiguo, tiene la llave de un mundo que cre&#237; guardado para siempre. Cada gota que golpea el zinc despierta traves&#237;as completas de mi infancia, como si el agua descendiera del cielo solo para recordarme qui&#233;n fui; y d&#243;nde consegu&#237; ser feliz. La lluvia no solo empapa el techo: abre infinidad de puertas. Y detr&#225;s de cada puerta aparece el mismo escenario fren&#233;tico y vibrante donde crec&#237;; el mismo barrio que sigue respirando dentro de m&#237;. Que vive dentro de m&#237;.</p><p>Ese escenario delirante, arrebatador y fant&#225;stico era nuestro reino. Jug&#225;bamos en la calle hasta que el cielo se volv&#237;a azul oscuro; cuando la luz ya no alcanzaba, pero la alegr&#237;a desbordante s&#237;. Us&#225;bamos empaques de cigarrillos como dinero en juegos inventados sobre la marcha; y por supuesto, los m&#225;s caros val&#237;an m&#225;s. Un palo de escoba se convert&#237;a en un bate de b&#233;isbol indestructible; las bolas de vidrio, grandes, peque&#241;as o gigantes, de todos los colores imaginables, eran los tesoros que desafiaban la punter&#237;a, la suerte y la f&#237;sica. Los tacos del Bar M&#233;xico sab&#237;an a una gloria que ninguna receta moderna podr&#237;a imitar. Y la sirena del Cine Col&#243;n, cada tarde a las seis en punto, anunciaba que la pel&#237;cula empezar&#237;a en cinco minutos; como si todo el barrio hiciera un silencio breve para recordarnos que la magia, que ten&#237;a  un horario fijo, estaba por comenzar.</p><p>Aquel mundo ol&#237;a y sab&#237;a distinto: a pan reci&#233;n horneado; a tierra mojada; a lapiceros nuevos y cuadernos impecables; a infancia, a amistad, a una alegr&#237;a que no ped&#237;a nada a cambio. Eran a&#241;os como los televisores: en blanco y negro, s&#237;, pero llenos de color en el alma. A&#241;os en los que hab&#237;a que levantarse para cambiar el canal; lo que implicaba negociaciones diplom&#225;ticas en la sala. A&#241;os en los que los abrazos eran reales y no s&#237;mbolos luminosos. A&#241;os en los que la espera ten&#237;a sentido y el tiempo avanzaba lentamente; como si la vida se hubiera detenido un instante para dejarnos creer que los a&#241;os venideros ser&#237;an eternos.</p><p>Pero la nostalgia, incluso desde el m&#225;s absoluto silencio, sabe se&#241;alar lo que la vida dej&#243; atr&#225;s. Uno recuerda y entiende. Entiende que esos d&#237;as ya no existen; que no van a volver. Y ese entendimiento, tan humano como inevitable, nos arranca l&#225;grimas, unas serenas&#8230; y otras no tanto, dejando en el alma una melancol&#237;a suave, perfumada, casi dulce, casi tangible; como si uno pudiera acariciarla con las yemas de los dedos, como si pudiera contemplarla con las neuronas m&#225;s rec&#243;nditas, esas que guardan lo que no se olvida aunque uno crea que s&#237;.</p><p>Y entonces vuelve a sonar en m&#237;, inevitable, indiscutible  y casi  palpable, aquella frase del poeta Armando Tejada G&#243;mez: &#171;Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde am&#243; la vida&#187;. Qu&#233; certeza m&#225;s profunda. Volvemos, no por capricho, sino por necesidad; porque en esos sitios, geogr&#225;ficos y sentimentales, qued&#243; suspendida una parte de nosotros que sigue viva, esperando que la memoria la despierte. Volver no es retroceder. &#161;Jam&#225;s! Volver es recordar qui&#233;nes fuimos para entender qui&#233;nes somos.</p><p>Por eso, estimado lector, cuando escuche las primeras gotas, cierre los ojos, respire profundo y deje volar su imaginaci&#243;n. No tenga prisa, la lluvia sabe lo que hace. Lo sabe desde hace una eternidad. Tal vez, en ese segundo que parece infinito, sienta que vuelve a un sitio que no recordaba con claridad, pero que siempre fue suyo. Y entonces comprender&#225; que hay memorias que no se marchan jam&#225;s: solo descansan en silencio, esperando la lluvia adecuada para regresar.</p><p>D. M.</p><p></p>]]></content:encoded></item></channel></rss>